Antes de partir a la provincia del Chaco por trabajo, Carlos Rousselot, un vecino de Palermo, se cruzó en la calle con Adrián Alejandro Ferreiro, mejor conocido como “Pechito”. Rousselot, como varios de los porteños que pasan todos los días por la esquina de Scalabrini Ortiz y Santa Fe, tenía una relación cordial con ese linyera famoso que vivía con un colchón, un televisor, un equipo de música y dos perros, y que varias veces había sido entrevistado por diarios y canales de televisión.

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“Ale, me estoy yendo; cuidate, nos vemos pronto”, le dijo a modo de despedida. “Cuidate vos, que a mí me cuidan ellos”, respondió Pechito, señalando a sus dos mascotas, Galo y Pechín (o también Alberto Cortez y Don Bravo). A la primera la había adoptado cuando su anterior dueño había muerto; a la segunda la había encontrado de cachorra, en Retiro.

Hoy Rousselot recuerda la anécdota con tristeza: esa fue la última vez que vio a Ferreira, a quien describe como “un sabio, un tipo bueno de alma, súper respetuoso, atento y carismático”. En abril de 2012, el linyera había sido el protagonista de una nota en el diario Clarín. “Hago changuitas, mandados”, decía entonces. “¿Quién sospecharía de un linyera que lleva guita? Pago cuentas, compro puchos o nada, no hago nada. Te lo digo así porque odio que me tengan lástima. No soy un resentido. Tampoco me siento discriminado. Hace 12 años que vivo en esta cuadra. Carisma y respeto, eso es todo lo que tengo, y te lo digo con orgullo”.

Algunos días después de la despedida, el pasado viernes 30 de agosto, Ferreira dejó vacío su colchón. A los empleados de los comercios cercanos les resultó raro. Ferreira había manifestado varias veces sus intenciones de permanecer en esa esquina en la que ya llevaba doce años y de no ir a ningún lado.

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La búsqueda surgió espontáneamente: en Facebook todavía existe el grupo “Dónde está Alejandro ‘Pechito’?” y en Twitter, la cuenta @BuscoAPechito. Dos días después de su desaparición, el linyera fue hallado en el hospital Piñeiro. Su estado era grave; una infección pulmonar, según la versión oficial, lo había jaqueado, pero según los vecinos que lo vieron, Ferreira había recibido una paliza. “Queridos vecinos: Tengo el dolor de informarles que nuestro querido vecino, Alejandro Adrián Ferreiro, falleció el día de hoy, con él se va una figura de amor, cariño y un ejemplo de solidaridad”, se leyó en el grupo de Facebook el sábado 8 de septiembre. Pechito tenía 40 años.

Así las cosas, el derrotero final del linyera todavía es opaco: se sabe que fue levantado –junto a sus dos perros- por una unidad del servicio 108 del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con el objetivo de llevarlo al Hogar Rawson. Los vecinos fueron a buscarlo allí, pero les dijeron que Pechito había sido derivado al Hospital Penna.

“Una vez en el hospital, los vecinos constataron que ni él ni sus mascotas estaban en el lugar. Ante los reclamos, el Gobierno de la Ciudad se desentendió por completo del asunto argumentando que su única función era el traslado hacia el nosocomio”, se lee en un comunicado publicado en el grupo de Facebook. Dos días después, dieron con él en el hospital Piñeiro, adonde había ingresado como NN luego de aparecer desnudo, descompensado y golpeado. Los vecinos insistieron para que fuera derivado, y el linyera fue trasladado al hospital Rivadavia. Sus amigos del barrio se turnaron para estar a su lado, y le llevaron ropa y frazadas. A algunos de ellos alcanzó a decirles que había sido maltratado.

Hoy el caso tiene en pie de guerra a los vecinos de la zona y hasta una legisladora porteña, María José Lubertino, lo ha tomado como bandera para enfrentarse contra el gobierno de Mauricio Macri. Y aunque existen dos causas abiertas para saber qué pasó con Ferreira, en la justicia nacional y en la de la Ciudad, los Juzgados número 15, 16 y 18 desestimaron el pedido de un abogado que era vecino de Pechito para que se realizara una segunda autopsia. Por su parte, la legisladora Lubertino denunció penalmente al jefe de gobierno por “abandono de persona” y promete ampliar su presentación a “lesiones y homicidio culposo”.

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“Además del dolor que tengo, siento gratitud hacia Pechito”, sigue el vecino Rousselot. “Él me ayudó a cambiar la forma de ver al otro, con su calidez y sencillez, con su arte, con su personalidad histriónica, con sus problemas, pero sobre todo con el amor a sus compañeros de vida, esos perros que hoy quedan en el plano terrenal desconcertados, tal vez, por la partida de su papá, que los rescato de la vagabundez y los domicilió en la, a partir de ahora, mítica esquina de Scalabrini Ortiz y Santa Fe”. Su propuesta es recordar a Pechito con un mojón, una efigie o un bajorrelieve en una pared de mármol cercana al sitio donde aquel se había instalado.

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