Acaba de morir su padre, y mientras un duelo ambiguo lo invade, Claudio intenta poner orden en su vida. Es un duelo marcado por el rencor y las cuentas pendientes, y su vida no invita al orden estricto. Tampoco aspira a eso: se conforma con un diagrama, unas pautas de circulación y seguridad mientras el horizonte se despeja.

Y no se despeja, ciertamente. Claudio viene de un proceso de rehabilitación de cocaína, tras haber sido un dealer exitoso y un consumidor desbordado. Ahora mantiene algunos clientes, que le garantizan unas citas semanales. Se recuesta en ese exangüe estar, coloreado por vicios menores, enriquecido de golpe por la aparición de una mujer. Pero el destino es lo que debemos cumplir, y no el plan que trazamos con displicencia. La ilusión de un paréntesis, mientras las piezas vuelvan a encajar, mientras él descubre que pieza es y donde puede encajar, se desvanece. Las cuentas pendientes, las suyas y las de su padre, se presentan con carácter de ultimátum. El natural peligro de su vida se asoma a la lisa y llana violencia. Al final, esa era la única cita importante, y para ese momento se venía preparando.

Con una escritura seca, con una mirada que desnuda la impostura y la hipocresía de la ciudad, Marcos Herrera inscribe esta novela en la doble tradición de Roberto Arlt: la del cross a la mandíbula y la de la imaginación fabulosa revestida de realismo. Frivolidad y discreción están gloriosamente ausentes en Polígono Buenos Aires. En su lugar, la existencia como amenaza, la traición latente, el azar que puede salvar o abatir en un segundo, una ligera angustia al atardecer, y allá lejos, y no del todo firme, una luz venturosa que alienta a seguir. Pero sobre todo, literatura exquisita y soberbia para narrar sin piedad, aunque con ternura, ciertas vidas que perseveran contra su propio porvenir.

Haciendo un paréntesis entre Cacerías (1997) y Polígono Buenos Aires (2013), es fácil observar que el universo de bajo fondo y los personajes miserables siguen presentes: tranzas, asesinos, falopa, relaciones desesperadas. Todo sigue ahí. ¿Qué es lo que te seduce de ese mundo a la hora de escribir?

Creo que lo que me interesa es descorrer el telón de las convenciones sociales (que son siempre las de la clase media conservadora, la hipocresía religiosa, los diversos dispositivos del poder que construyen la moral hegemónica) y mostrar que hay un mundo que no se quiere ver. Por otro lado, me parece que todos vamos y venimos entre la “normalidad” y la “locura”. Por supuesto que me parece más interesante la locura. Ahora, si uno se queda viviendo en “la casa de los locos” termina muerto. Me parece que cuando escribo soy como esos tipos que navegan en el botecito que cruza el Riachuelo hasta la Isla Maciel. La poesía, para mí, está ahí, en la orilla de enfrente de la civilización.

Por otro lado, para alguien que se crió eligiendo la libertad y la experimentación de la cultura rock, alguien que hizo la secundaria durante la dictadura, elegir los márgenes y sentir simpatía por lo que está afuera de las pantallas de televisión, lo que es juzgado por las pantallas de televisión, es natural. Me acuerdo de una foto muy vieja de los Redonditos de Ricota, están Skay, el Indio y Poly, y el Indio tiene un papelito que dice EN CONTRA. Creo que ese espíritu me guía. Se trata de elegir los caminos de tierra en lugar de las autopistas. Hay que aclarar que la palabra “libertad” está, en general, mal entendida. Volviendo a los Redonditos, a la letra del Indio en el Blues de la libertad, que dice “La libertad no es fantástica”, es porque cuando elegís la libertad te tenés que hacer cargo de que no es la elección más cómoda. Elegir la libertad es elegir el desamparo y el riesgo. Por todas estas razones creo que escribo como escribo y aparecen los temas y los personajes que aparecen.

El policial funciona como un marco en el que las historias de los personajes se desarrollan ¿Qué posibilidades encontrás en el género policial para ambientar tus historias?

No es tan simple. No es una estrategia. Cuando escribo me meto en una zona no demasiado racional. En esa zona hay un montón de cosas. Está el policial, la poesía, la filosofía, los comics, el rock, el cine. La crítica y el mercado necesitan definirte, explicarte, y clasificarte para meterte en alguna góndola. Pero yo no soy un autor de policiales, eso vos lo notás porque la pregunta que me hacés apunta a que utilizo algo del género, pero no es literatura de género. La presencia del policial es porque soy fanático del policial negro. Es parte constitutiva de mi formación como lector, entonces es inevitable que aparezcan elementos del género. Y si tengo que explicar por qué me interesa el género negro, tengo que decir que es porque da cuenta de “la realidad” haciendo un abordaje interesante. Como diría Ed McBain busca “dónde está lo podrido”. Por otro lado es un género que nunca muere, porque es un género mutante. Va mutando junto con el capitalismo. Por eso es capaz de representar muy bien el funcionamiento del mundo. Creo que hay muchos autores que no son autores policiales pero que usan al policial: Burroughs, Arlt, Pynchon, Piglia, hasta Onetti. Creo que Piglia decía en algún lado que en los relatos de Onetti aparecen ruinas de historias policiales. Pienso, por ejemplo, en todo el tema del contrabando y los prostíbulos que aparece en su obra.

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El padre del personaje, definido como un pistolero sofisticado y luego un ejecutivo, es un hombre que cambió de herramienta de trabajo: un arma en los ochenta por un celular en los noventa. Parece que las cosas nunca fueran a mejorar y lo único que cambia son las maneras -que empeoran-. “Estamos atrapados”, parece ser el sentimiento que hermana a los personajes. ¿Hay una idea detrás de eso?

Sí, es una idea pesimista. Estamos atrapados. De todos modos, hay grietas. Pequeños oasis de resistencia. La idea de “victoria”, de “venceremos”, creo que es una idea que quedó sepultada junto con otras tantas utopías. Sin embargo, me parece que la sal de este viaje que se llama vida es no dejar de tratar de ponerle el cascabel al gato. El partido de pool lo perdemos seguro, pero podemos meter unas cuantas bolas en las buchacas y cuando nos pongan el sobretodo de madera vamos a tener el dedo mayor levantado en un glorioso fuck you. A mi me gustaría que me velen a cajón abierto, que me acomoden acostadito haciendo un corte de mangas. Poco maquillaje, por favor.

Capítulos cortos en los que encontramos una sensación de incomodidad, como si los personajes estuvieran atrapados en su propio cuerpo y sus propias decisiones, y no pudieran soportar estar mucho tiempo en el mismo lugar viéndose obligados a salir a hacer otra cosa. ¿Responde a una necesidad de los personajes o a una mera decisión estética del escritor?

Como te decía antes: uno escribe con todo lo que es. Soy impaciente, no aguanto demasiado tiempo quieto, y creo que todos nos sentimos atrapados en nuestro propio cuerpo. Es parte de la condición humana. Sin esta carencia, el hombre no se las hubiera ingeniado para inventar todas las cosas que inventó. Quiero decir, por ejemplo, que si pudiéramos volar, no hubiéramos inventado el avión. Y si fuéramos inmortales, la medicina y la ciencia farmacéutica no hubieran existido. Cuando a mi primera novela la titulé Ropa de fuego, justamente pensé en esta condición de incomodidad o insatisfacción. Personajes a los que les quema la propia ropa. Desasosiego existencial. Así que, volviendo a tu pregunta, no pasa por los personajes ni por una mera decisión estética. Creo que tiene que ver con algo más profundo: una manera de respirar, de mirar al mundo, de moverse. En zigzag y rápido, para que los pungas no te afanen la billetera.

Presentaste tu novela con la reedición de Entre Hombres de Germán Maggiori, otra novela negra. ¿Qué pensás del interés que se viene gestando en los últimos años por el género policial? ¿Con qué autores te sentís emparentado a la hora de escribir, y cuáles disfrutás leyendo?

Presentar la novela con Germán fue genial. Somos amigos. Nos conocimos en 2001 (cuando salió por primera vez Entre hombres, y había salido mi primera novela, Ropa de fuego) en un programa de cable que hacía Silvia Hopenhayn. En cuanto al interés que se viene gestando por el género policial, me parece que es una pelotudez del mercado. Para mí es como si alguien viniera y me dijera como si fuera una novedad que el agua moja o que el oro es un metal precioso. Además ¿De qué estamos hablando? ¿Del perro de Mankell? Por favor, ¿hace cuánto que el pobre Jim Thompson escribió 1280 almas? En cuanto a la escritura, me siento, no emparentado, pero sí estimulado por Burroughs, Arlt, James Ellroy, Faulkner, Pynchon, Bukowski, Cormac McCarthy, las canciones del Indio Solari, Daniel Duran que es un poeta argentino de mi generación, Ted Hughes (poeta inglés), la lista es grande. Pero estos autores, sus estilos, sus voces, sus temas, siempre me empujaron a escribir. Por otro lado, disfruto mucho leyendo policiales. Lo último que me impresionó es un autor inglés que se llama David Peace, su novela Tokio año cero, que ocurre en el año 1946 tras la derrota japonesa luego de los bombazos a Hiroshima y Nagasaki. Onetti (siempre lo estoy releyendo), Juan L. Ortiz, Leónidas y Osvaldo Lamborghini, Philip Larkin, Sylvia Plath, Borges, Saer, Piglia, Miguel Briante, etc. Y leo mucha literatura norteamericana, me encanta John Fante, Raymond Carver, Don Carpenter, etc. De mi generación, me gusta mucho el poeta Sergio Raimondi, Fabián Casas, Germán Maggiori, Mauro Peverelli, Leandro Araujo, Selva Almada, Hernán Ronsino, etc. Un gran ensayista que es David Oubiña.

Se nota una marcada influencia de la poesía en la narración de la novela, ¿es una herencia de tu trabajo como poeta que se filtra? ¿O su inclusión responde a una intención estética?

Creo que tiene que ver con la herencia del trabajo como poeta. Onetti decía que si intentabas ser “poético” a propósito en la escritura narrativa, seguro la cagabas. Yo creo que tenía razón. En realidad, lo que pasa cuando escribo es que la poesía se contamina con cosas narrativas y la narrativa con cosas de la poesía.

¿Cuáles fueron tus lecturas fundacionales y qué rastro queda de ellas en tu estilo?

Bueno las primeras lecturas que recuerdo son las de la colección Robin Hood. Sobre todo me encantaba Emilio Salgari. Pero cuando empecé a leer como escritor, lo que me marcó fue la poesía. Dylan Thomas, Artaud fue fundamental, Alejandra Pizarnik, Vicente Huidobro, César Vallejo, muchas cosas del surrealismo, Edgar Bayley, Joaquín Giannuzzi, Francisco Madariaga, etc. Después las novelas negras, desde Chandler a Hammett, Jim Thompson, etc. Luego vinieron Faulkner y Hemingway y después la Beat Generation. En el camino, me marcó mucho.

Polígono Buenos Aires se instala en la tradición de novelas o relatos sobre el duelo y la construcción de la memoria de la que forman parte también obras como La invención de la soledad, de Paul Auster, o Historia de mi padre, de Raymond Carver. En el caso de los dos norteamericanos, estas obras formaron parte activa de su proceso de duelo por la muerte del padre, aunque participaran del mundo ficcional de los autores –más en el caso de Auster-. En tu caso personal, ¿Polígono… participa de un proceso personal que excede a la creación literaria?

Al principio cuando empecé a escribir fue una especie de catarsis con esa escena que tomé de la realidad que es cuando bajamos con mi hermano el cadáver de mi viejo por el ascensor del edificio donde vivía. Luego dejé pasar el tiempo y retomé la escritura y empezó a aparecer la novela, que, si bien tiene algunos elementos autobiográficos, es ficción. Pero cuando se publicó empecé a darme cuenta lo que había escrito y puedo decirte que es una novela de duelo. Creo que es un homenaje amargo y distópico a mi viejo, que entra dentro de esa tradición que mencionás y que la novela está emparentada con esas obras que citás de Carver y de Auster. De una manera distinta, por supuesto, pero está relacionada con esos textos que sirven para cerrar heridas.

 

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