En esta presentación daré cuenta de una historia alternativa a la ya conocida del Hombre de acero. Pero para llegar a la historia en sí, que da título a esta ponencia, he considerado necesario dedicar unas líneas al contexto de la creación del héroe y lo que éste significó para los lectores de entonces, a diferencia de lo que simboliza en Superman hijo rojo. Publicada originalmente en 2003 por DC bajo el sello Elseworlds—en el que los personajes de mayor peso de la editorial son puestos en mundos paralelos, con historias que divergen de las canónicas—narra cómo Superman, en lugar de aterrizar en la pradera estadounidense cae en una granja colectiva ucraniana.

La judeidad de las figuras más prominentes de la Era Dorada del comic, que de acuerdo al consenso de los críticos comenzó en 1938 en virtud de la aparición y el inmediato éxito de Superman, en Action Comics 1, resulta un elemento insoslayable, considerando el período histórico al que nos remitimos: el surgimiento del nazismo en Alemania y su virulento avance sobre otras naciones europeas. Varios de los autores y editores importantes del comic estadounidense eran descendientes de judíos europeos: Bob Kane, creador de Batman y seudónimo de Robert Cohen; la pareja creativa que produjo Superman, Joe Shuster y Jerry Siegel; el magnífico dibujante—reivindicado postreramente—Jack Kirby (seudónimo de Jacob Kurtzberg), creador de una miríada de personajes tanto para Marvel como DC; y el omnipresente comodín de Marvel Stan Lee, cuyo nombre real es Stanley Lieber.

 

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De acuerdo a Philippe Guedj,

“Superman ha sido objeto de innumerables decodificaciones bíblicas, como por ejemplo la analogía con Moisés: al pequeño Kal El (nombre de Superman en su planeta de origen, Krypton) sus padres lo colocan en una cuna espacial para que huya de una muerte segura, antes de ser adoptado por un pueblo extranjero. Superman, no obstante, se llevará mejor con los terrícolas que Moisés con los egipcios.”[i]

 

Vale mencionar que la partícula El tiene origen semítico, y puede traducirse como “deidad”; en la religión canaanita representaba al Dios creador, mientras que para los hebreos podía tratarse de cualquier deidad o Dios mismo. Parece no ser casual que esté presente en el nombre de Superman, que de a poco irá perdiendo su divinidad para confundirse entre los hombres, adoptando el alias de Clark Kent, y cumplir así su misión de proteger la verdad, la justicia y el “American Way”.

 

Es posible considerar que Superman, el mito, al igual que el legendario Golem[ii], concedía poder a aquellos que no lo tenían, o lo estaban perdiendo avasallados por la cruenta maquinaria nazi. El conglomerado anglo-sajón—WASP[iii]—solía mirar con desconfianza al inmigrante europeo, en particular luego de la Revolución Rusa de 1917. La asociación entre judío, comunista y ateo[iv] o enemigo de las tradiciones norteamericanas era fácilmente hecha. Eso en cuanto al contexto de la historia ya conocida de Superman; remitámonos a la que hoy nos convoca.

 

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Superman hijo rojo es una novela gráfica en 3 actos que cuenta el ascenso paulatino al poder—primero soviético y luego mundial—del héroe kriptoniano, y las estrategias que urde Lex Luthor, que en esta versión es el paladín norteamericano, a lo largo de cincuenta años, para derrocarlo. La serie está narrada por el mismo Superman, contada desde su punto de vista. Es interesante esta variación, porque no se trata sólo de su propia trama, sino la de toda la humanidad y la de los villanos y héroes más representativos del mundo supermaniano, como lo son Diana, la Mujer Maravilla, y Batman, quien emerge como tal también en Rusia, luego de que el jefe de policía asesina a sus padres por ser agitadores anti-Superman.

 

Pyotr Roslov, jefe de la policía secreta, hijo ilegítimo de Stalin y enemigo celoso de Superman, menciona que su interferencia alienígena eventualmente terminará por causar más problemas de los que soluciona. De acuerdo al escritor Danny Fingeroth,

 

“El superhéroe no es un agente activo de cambio en la sociedad. Una vez que él o ella cruza esa línea, la misión se vuelve diferente, ya no se tratará de proteger sino de reformar, pero puede resultar un camino escabroso, como ha sido explorado en Watchmen y Escuadrón Supremo, además de la película Superman IV. Los resultados de tales intromisiones son en gran parte desastrosos: cuando los superhéroes tratan de cambiar la sociedad por su cuenta, las cosas casi siempre terminan peor de lo que estaban en el comienzo.”[v]

 

Por su parte, Luthor, al ser sólo humano, aunque genio tecnológico y científico, puede llevar a la raza al máximo de su potencial sin consecuencias ulteriores. Resulta atractivo ver cómo el villano de siempre acaba siendo el gran benefactor de la humanidad, y cómo el héroe con las mejores intenciones resulta instaurando un despotismo global.

 

En la primera parte de la serie, Luthor trabaja para el estado norteamericano y crea, a pedido del presidente, una versión clonada de Superman que resume a “Norman Rockwell, el pastel de manzana, las barras y las estrellas y el 4 de julio” (p. 46). Aquí, los Estados Unidos han perdido poder en la esfera internacional; la balanza en la carrera armamentística, tal vez a diferencia del hecho histórico, está del lado soviético. Jimmy Olsen, usual aliado de Superman, en esta versión agente del estado, comenta que le parece estar en una película de ciencia ficción. Su evaluación resulta apropiada, porque la historia tiene elementos propios del género: el “científico loco”, en este caso Lex Luthor; “ese bizarro…engendro” (p. 42), es decir el duplicado, el doppelganger, el terror nuclear y la amenaza roja. El concepto de Guerra Fría y los elementos pertinentes a ella, como el Pacto de Varsovia y la expansión del comunismo, están explorados también.

 

Existe una ironía en que tanto Stalin como Superman hayan tenido como sobrenombre Hombre de acero. Stalin muere en la historieta el tercer martes de noviembre de 1953 (fecha que no coincide con la real), de modo que el héroe debe hacerse cargo como Premier soviético, aunque se muestre inicialmente reacio, llegando a mencionar que la política no le interesa y que es un “trabajador” (p. 50). En esta serie, si bien posee un traje militar y otro de fajina, Superman carece de una doble identidad. Ha sido cooptado por el estado soviético, y en este sentido se parece un poco más al Capitán América que al Superman de la línea narrativa convencional. Su identidad pertenece al pueblo, al que terminará sometiendo. Al toparse con su amor de la infancia, Lana, que está con sus hijos pequeños, se entera de que hay personas con hambre en Rusia, por lo que decide hacerse cargo de la situación, sólo porque puede.

 

Se menciona que en los 60s “Los Estados Unidos y Chile son las dos últimas economías capitalistas del mundo”. (p. 63) Cualquier coincidencia con la realidad es sólo un ejercicio de la imaginación ficcional.

 

Superman hijo rojo tiene elementos intertextuales que pueden referirnos a la distopía política por excelencia, la que parece servir de matriz para historias del mismo tono: 1984. El mundo avanza hacia una única superpotencia global, un estado policial totalitario gobernado y monitoreado por el omnipotente Superman. Lo que Orwell llamó thoughtcrime es también castigado en esta historia: los que se animan a disentir con el líder son transformados en cyborgs, que atraviesan un proceso de lavado de cerebro. Batman existe como un forajido, un rebelde antisistema, que planta bombas en lugares simbólicos, por ejemplo el museo de Superman. Por metonimia, al no poder matarlo, ataca a sus preciadas posesiones. Roslov llega a director de la KGB y le pide al Líder que la caza de Batman se vuelva más violenta, como en los viejos tiempos. Hay una crítica explícita al régimen del Stalin histórico en las palabras de Superman, que dice “Esta utopía no se construirá sobre los huesos de (sus) oponentes. Ese era el estilo del camarada Stalin, no el mío”. (p. 71)

 

Al igual que en tantos otros textos posmodernos, en los que se incluyen sociedades secretas, paranoias y conspiraciones, en esta historia se hallan varios juegos con “la historia oficial”. Luthor revela que en 1947 un OVNI se estrelló en Roswell y de él rescataron un cuerpo y un objeto de sumo interés. La Mujer Maravilla menciona indignada que en 1978 el presidente es Kennedy y todavía en los capitalistas Estados Unidos hay niños durmiendo en la calle. De ella también aprendemos que Nixon fue asesinado en 1963 (¿una expresión de deseo?) y que el país no ha sido el mismo desde entonces. La esposa de Kennedy es una tal Norma Jean—aquí se está jugando con la figura histórica de Marilyn Monroe, quien se cree fue amante del asesinado presidente.

 

En complot con la CIA y Roslov, Batman provoca a Superman al secuestrar a Diana y llevarla a un campo de concentración en Siberia. Superman llega a la escena, en donde, con su visión de rayos X, puede ver que Batman tiene una bomba en sus entrañas. Batman dispuso además una ronda de lámparas solares, que debilitan al héroe. La hibris de Superman, al igual que en otros tantos superhéroes, ha sido su arrogancia, pensar que no podía ser derrotado. Batman no quiere matarlo, por eso termina confinando al héroe a un sótano, con las suficientes provisiones para que sobreviva. Diana logra soltarse y destruir los generadores que daban luz; Superman recupera sus poderes y se entera que fue Roslov el que lo traicionó. Batman detona la bomba que tenía en su cuerpo. Como consecuencia de esta experiencia, Superman extiende aún más su control sobre el mundo y la resistencia—siguiendo el ejemplo del mártir Batman—se vuelve más firme; a Roslov le lavan el cerebro y Diana sufre una especie de trauma psicológico.

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Existe un juego de palabras en la parte tres de la serie entre son (hijo) y sun (sol) en el título “Red Son Setting” (el sol rojo es el que drena el poder de Superman haciéndolo vulnerable, mientras que el amarillo es el que le otorga sus habilidades). En el cumpleaños 63 del héroe, quien ya muestra ciertos signos de vejez, “hay casi 6 billones de comunistas” (p. 106). El mundo funciona como una maquinaria perfecta, todos trabajan y descansan acorde. No hay crimen ni accidentes, y no llueve a menos que el sistema cibernético que Superman diseñó, Brainiac, lo crea necesario. Los Batmen opositores fueron lobotomizados y son sirvientes de Superman. Al igual que en 1984, las estadísticas sobre crecimiento y éxito son relevantes. En cuanto a Estados Unidos, la situación del país es calamitosa: “350 millones de personas están al borde de la hambruna” (p. 109). Superman, no obstante, decide no intervenir ni invadir. Luthor se postula para presidente y gana. En 2001—año significativo para el país del norte si los hubo—Estados Unidos deja de tener comercio con el resto del mundo, y en unos meses logra recuperar su orden y reflotar la economía hasta entonces en ruinas, llegando a un nivel de pleno empleo y de inusitada aprobación presidencial del 100%.

 

Diana se retira de la posición que tiene de embajadora de la paz del estado soviético para vivir en Themyschira, el paraíso de amazonas que comanda. Es posible ver un feminismo implícito aquí: Superman, luego de derrotar a todos los héroes que Luthor envía contra él, debe hacer frente a Diana y sus congéneres. Simbólicamente puede tratarse de la lucha final entre géneros, si se considera que Superman representa al último hombre, al macho autosuficiente (en ningún momento de la historia parece mostrar interés sexual genuino en Diana, por más que resulte la candidata ideal para él, dada su herencia divina).

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Finalmente, en un intento desesperado ante la invasión de Superman, Estados Unidos envía a un grupo de súper villanos, también creación de Luthor. Superman los derrota sin esfuerzo, pero al llegar a la Casa Blanca se encuentra con una carta escrita por Luthor; su contenido, “¿Por qué no metes a todo el MUNDO en una BOTELLA, Superman?” (p. 136) descorazona al Hombre de Acero, que termina abandonando la lucha. Cae en cuenta de que tanto él como Brainiac son alienígenas que no tienen derecho a intervenir en los designios del planeta y la sociedad humana. Brainiac ataca a traición a Superman, considerándolo inferior, pero Luthor decide ayudar a su enemigo. El héroe destruye a Brainiac, pero la nave tiene un mecanismo de autodestrucción que está por detonarse, con la fuerza de “6 mini-agujeros negros” (p. 141). Superman lleva la nave al espacio, donde estalla, en apariencia muriendo por la humanidad. El rol del martirio es significativo: Superman—en tanto semidiós—no puede morir por sus ideales; sólo se retira para adoptar una identidad que lo oculte del ojo público; mientras que Batman, que es un hombre sin poderes especiales, da su vida por “la causa”. Además, el intervencionismo, la autodeterminación y el libre albedrío, incluso en su sentido cuasi-religioso, son explorados con maestría aquí.

Luthor combina sus ideas con viejos planes de Superman para crear un nuevo sistema global, en el que gobiernan artistas, escritores, filósofos y científicos[vi], y los políticos son obsoletos. El promedio de vida se vuelve 800 años, y el sistema solar entero es colonizado por la humanidad. La convivencia de parejas se vuelve un menage a trois regulado por el estado. Luthor muere en “el 4to milenio…con una sonrisa en sus labios” (p. 145) por haber derrotado a Superman; no obstante, en su funeral aparece una extraña figura, muy parecida a su archienemigo: el héroe se ha apartado de los asuntos de la humanidad para volverse uno más entre la multitud. La raza humana evoluciona tanto que los descendientes de Luthor alcanzan niveles de desarrollo insospechados. Uno de ellos, Jor L, predice que el sol rojo ha de acabar con la vida en la tierra, de manera que envía a su hijo, Kal L, en una nave-cuna cósmica, para terminar aterrizando en Ucrania en 1938. La narración termina como empezó y, como en una cinta de Moebius, el ciclo de la historia parece infinito.

 

Para nuestra era, y su equivalente en el mundo del comic, la era moderna, Superman ha dejado de representar un producto puramente estadounidense: se trata, más bien, de una figura global, con características de un mito más universalizado. Ya sus aventuras no se ven reducidas a una escala local, y las repercusiones de ellas tampoco afectan a un tiempo o un espacio acotado.

 

 

 

Bibliografía consultada:

 

Eco, Umberto. Apocalípticos e integrados. Barcelona: Debolsillo, 2010

 

Fingeroth, Danny, Superman on the Couch: What Superheroes Really Tell us about Ourselves and our Society. Nueva York: Continuum, 2004

 

Guedj, Philip. Comics: en la piel de los superhéroes. Barcelona: Robinbook, 2007

 

Lopes, Paul. Demanding Respect: the Evolution of the American Comic Book. Filadelfia: Temple University Press, 2009

 

Millar, Mark, et. al. Superman hijo rojo. Barcelona: DC/ECC, 2013

 

Wandtke, Terrence R, The Meaning of Superhero Comic Books. Jefferson: McFarland, 2012

Notas:

 

[i]  Cómics, en la piel de los superhéroes, p. 207

 

[ii] En la cosmogonía de Superman existe un personaje similar a él (una sub-versión torpe) que tiene bastante del Golem, Bizarro. Tiene los mismos poderes del héroe pero cambiados: visión de hielo y oídos de rayos X.

[iii] Siglas de White Anglo-Saxon Protestant, blanco, anglosajón y protestante

[iv] El colectivo judío no era el único en padecer este prejuicio; baste con tener en cuenta los cientos de miles de deportados y enviados a la cárcel, o torturados y ejecutados, sospechados de ser agitadores o terroristas sólo por su origen étnico, por ejemplo el paradigmático caso de Sacco y Vanzetti.

[v]  Superman on the Couch, p. 161. Mi traducción.

[vi] Tal vez un guiño a La República de Platón.

Sobre El Autor

Nacido en Tandil, Argentina, en 1980. Apasionado por las letras desde una temprana edad (el mito familiar indica que aprendió a leer y escribir a los 3 años), fue pasando por distintas instituciones y carreras hasta llegar a la Licenciatura en Lengua Inglesa de la Universidad de San Martín, en la que ha podido sumar a sus estudios otra de sus aficiones: el cine. Entre sus proyectos actuales figuran la realización de dos cortometrajes y colaboraciones con reseñas, artículos de crítica y traducciones para revistas nacionales.

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