Javier Galarza nació en Buenos Aires en 1968. Dirigió la revista Vestite y Andate entre 1997 y 2000. Publicó Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades (2001), con arte de Gastón Pérsico, El silencio continente (2008), Reversión (2010) y Refracción (2012), entre otros. Es profesor de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, donde ha dictado cursos sobre Hölderlin, Rilke y Paul Celan. Ha escrito notas y ensayos sobre Osip Mandelstam y Alejandra Pizarnik. También dirigió la revista del Festival Poesía en la Escuela 2011; y coordina grupos de investigación literaria.

Tu libro comienza con un epígrafe de Blanchot: “El trazo de la escritura. (…) ¿El mundo? ¿Un texto?”. ¿En qué sentido podrías decir que el mundo es texto?

Al principio el libro tenía un epígrafe de Hölderlin. Durante la corrección me manejé con el concepto de “libro artefacto”, es decir: una máquina rústica pero eficaz, con piezas intercambiables. Quise que si el lirismo aparecía fuera por necesidad y no por una idea previa. Comencé a necesitar una frase muy sencilla: “todo escribe”. Busqué si alguien había dicho algo parecido y llegué al epígrafe de Blanchot. Después pensé en la amistad de Blanchot y Levinas. Porque la tercera parte de “Lo atenuado” lleva un epígrafe de Levinas.  El mundo es texto en tanto la vida misma es escritura. Y muchas veces uno reescribe libretos, los borra, los altera o los tacha. Me interesó ese desborde de la hoja de papel sobre la vida misma.

¿Por qué “Lo atenuado”?

Pensé que la mayoría de las grandes obras de arte fueron producidas por gente  joven. Esto es válido para la literatura pero también para la pintura y la música. Hay excepciones, claro está, pero… ¿qué edades tuvieron Kierkegaard, Kafka, Munch o los Beatles durante sus períodos más creativos? A partir de esta reflexión, consideré que la actitud más sensata que se podía adoptar en la mediana edad y en la madurez es redirigir la luz o el sonido de lo que se sembró durante la juventud. Eso implica atenuar algo de la violencia y de las desesperaciones propias de una edad más temprana. Y para esta reflexión me ayudó mucho la lectura de los poetas chinos.

“Algo en la alternancia / entre los colores de la tinta / y la hendidura certera / de la pluma sobre el papel, / lo blanco…”, ¿cómo llevás adelante el acto creativo?

Justamente, buscando en la escritura  ese fluido, en las marcas de los libros, en papeles borroneados, en agendas con tachaduras, en colores de tinta y notas al margen. Y ayuda tener la atención focalizada en la escritura. “La atención es la oración natural del alma” dice Paul Celan citando a Malebranche. Durante la escritura de ese poema también pensé en un libro de Derrida que se llama “Espolones. Los estilos de Nietzsche”.

Javier Galarza Presentacion

Presentación Lo Atenuado

En el primer poema de tu libro, Advenimiento e indigencia, “La palabra resiste en la orilla”. ¿Hasta dónde puede la palabra resistir? ¿Y la poesía en particular?

La poesía es una necesidad humana. Pienso en Heidegger que dice que solo donde hay lenguaje hay historia, la poesía está en los mitos, en los libros sagrados de cualquier religión. Y es resistencia política porque todo en el mundo pide linealidad, concreción, eficacia. En ese punto la poesía rompe los discursos hegemónicos.  Rilke tiene un verso que dice: “¿Quién habla de victorias? Resistir lo es todo”.

¿Cuáles son tus referentes poéticos?

De chico fueron los poetas malditos: Rimbaud, Artaud y Pizarnik por ejemplo. Osip Mandelstam y Ezra Pound son poetas de madurez. La supervivencia me ha llevado inevitablemente a los poetas chinos, los taoistas y los de la Dinastía Tang. De todas formas trato de ser fiel a la historia de la poesía y de rescatar todos los movimientos, los clásicos y las vanguardias.

¿Cómo nace en vos la escritura?

Como el deseo de expandir el mundo, no en el sentido de crear una ficción, sino en el de apresar un caudal de existencia que de otra forma seria inasible. De chico utilizaba plumas, tintas, lapiceras, cuadernos viejos y modernos, máquinas de escribir. Luego llegó la era de los ordenadores y también utilicé los blogs y las redes.  Estamos en una era de transición que no sabemos hacia donde nos lleva. Esto involucra tanto a la escritura como a la figura del intelectual.

En tu poética cuerpo y escritura trazan un tándem inevitable, ¿qué podés decirnos de esa relación?

Un verso de un libro que escribí en el 2008 dice que el cuerpo es la única certeza palpable. Aunque me considero místico, el cuerpo es lo único que tenemos. Pero no hablo de un cuerpo publicitario sino de una fuerza que incluye los accidentes, las caricias, las violencias y la promesa de silencio. Las jaquecas son parte del estilo de Nietzsche. ¿Cuánto incidió la hipocondría en la obra de Kafka o el asma en la novela de Proust? Se escribe con el cuerpo y se crea, al escribir, un nuevo cuerpo.

Hay en “Lo atenuado” una fuerte presencia de la segunda persona, ese otro que por momentos pareciera ser el ser deseado (“Para detonarme / en todos los idiomas, // yo ardía en tus dialectos, / temblaba // donde no estabas…”), y por momentos la poesía misma (“… y nuestro código / lo insalvable de decir…”). ¿Podríamos hablar de un destinatario poético bifurcado? En ese caso, ¿cómo lo articulás?

La tercera parte del libro, que se llama “Tu idioma”, parte de dos conceptos. Una frase de Adrienne Rich que leí hace mucho en algún lugar y dice que ganar un idioma es ganar un mundo. Y también me impactó mucho un reportaje a Emmanuel Levinas que habla sobre la obligación de responsabilizarnos por el otro. Ese otro, en “Lo atenuado” es una búsqueda, una ética, una forma de intentar llegar a su misterio y a su diferencia. Como un idioma a aprender.

Al comienzo de tu libro el poema se presenta como “morada a habitar”, eso que “pronto debe hacer lugar a otra cosa. / Para que ningún sentido se cristalice. / O permanezca”. Y hacia el final, en “El aliento corto del ojo, el hombre”, “desplaza el eje en torno al cual rota, / se sale de órbita, / eso, lo roto, lo que rota, lo desorbitado, decía / desplaza el eje, / lo multiplica / lo descentra…”. ¿Cómo consigue la poesía desplazarse permanentemente y al mismo tiempo ser morada?

Haciendo del poema una  “tienda de campaña”, es decir apenas un refugio momentáneo, no un lugar para confortarse sino un espacio que permita la supervivencia y el desplazamiento. El lenguaje podría ser la casa del ser y el inconsciente estar estructurado como un lenguaje, pero no puedo dejar morir estas palabras en un aforismo. Cada vez que leo un poema vuelvo a construir esa morada momentánea pero hacerlo es asumir el riesgo y el fracaso como posibilidades ciertas.

Hay un lugar intersticial de tu poética: “… Vivo en un no instante, / en el ya no de tu partida y el aún no / de quien serás”; “Que tu nombre sea ese hiato / entre lo aprensible / y lo indescifrable del mundo”, aquella alternancia de “La hendidura”. ¿Es ese estar “entre” uno de los refugios de tu yo poético?

Puede ser un refugio pero no es sin la intemperie. Puede ser un lugar pero no es sin el “no lugar”. Parafraseando a Antonio Porchia, es el intento de no suicidarse en cualquier verdad. No la tibieza de un sitio medio o neutral sino tal vez un movimiento de desmarcación, cierta perplejidad no exenta de contemplación o incluso de humor y juego. Esa alternancia de “La hendidura” tiene que ver con la definición lacaniana de la poesía: es violencia contra el uso cristalizado de la lengua.

 

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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