EL PUEBLO PERDIDO | Entrevista a Josefina Licitra

Un contenido necesario, un enfoque elegido, un tono acertado, un resultado esperado. En fin, una excelente crónica de interés social, de interés humano. 

Josefina Licitra presenta un relato que narra aquel acontecer esencial, al tiempo de contextualizar la información que articula mediante un lenguaje, claro y directo, que atrapa al lector despertando su interés en conocer la realidad de Villa Epecuén, su abrupta desaparición. Es la recuperación de una historia entre más verbos que adjetivos. Y es una apuesta a recordar- no a revivir- la experiencia compartida a duras penas entre los habitantes de esa villa turística.

Testimonios, descripciones, elementos de valoración que reconocen e instalan el por qué de las ruinas, entre confiados y alarmistas, entre el poder y el pueblo.

Las seis lagunas encadenadas y el final anunciado desde arriba, desde el cielo. Los bordes de la barricada; el golpe de las olas contra el muro.

Es el agua crecida que empuja; es el terraplén erosionado que ya está a punto de colapsar. Y, a renglón seguido, el paraíso hundido y todos convertidos en náufragos, entre el pasado y el futuro.

Los viejos muertos escapando del cementerio tragado por el agua; son féretros a la deriva. Después de haber sido una perla de la oligarquía; después del esplendor empañado por el peronismo que haría lo suyo; después de una decadencia coyuntural, llegó la inundación -el castigo- y, sobre el castigo, el abandono.

1985: diáspora, silencio y, desde entonces, imágenes de la ausencia.   

¿Podemos decir algo sobre el pecado original de Villa Epecuén?, me refiero a la masacre a consecuencia de la Campaña del Desierto.

No sé si plantearía el origen de Villa Epecuén en términos de “pecado”. En ese caso, siguiendo las lógicas religiosas, uno debería entender la desaparición de la Villa como una forma de saldar ese pecado, de repararlo. Y creo que esa inundación fue una tragedia sin relación moral con los orígenes de Epecuén. Dicho esto, desde ya que la zona emergió a la “cultura occidental” como tantas otras en el interior argentino:  donde antes había comunidades aborígenes (“barbarie”), después hubo “civilización”. Ese es un tramo doloroso de nuestra historia, que supera ampliamente los confines de Epecuén y del municipio de Adolfo Alsina.

 ¿Cómo se inicia y crece en su desarrollo la villa turística?

El Lago Epecuén tenía un nivel de salinidad extraordinario, muy similar al del Mar Muerto en Medio Oriente. Esas sales tenían propiedades curativas: aliviaban el reuma, suavizaban las dolencias provocadas por la sífilis, y en tiempos previos al descubrimiento de la penicilina eran vistas en términos casi milagrosos. La condición salubre del Lago Epecuén hizo que desde la década de 1920, aproximadamente, empezara a llegar un turismo de clase alta que se pasaba los veranos enteros cerca del lago. Así nació el pueblo como destino turístico. En un comienzo, paraban en hoteles elegantísimos como el Plage, que fueron construidos siguiendo los criterios estéticos de la belle époque.

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 ¿Hasta qué punto el peronismo de los años ´40 malogró la estética de la Villa?

No es que haya malogrado la estética. Alteró la composición social de Villa Epecuén, y eso espantó a los veraneantes tradicionales. La llegada del peronismo y los derechos laborales (aguinaldo, vacaciones pagas, etcétera) hizo que en Epecuén se construyeran los primeros hoteles sindicales y empezaran a llegar masas de trabajadores. En el ’40 , la Villa fue cambiando lentamente hasta transformarse en lo que terminó siendo: un lugar familiar y popular.

Noviembre de 1985 nos conduciría a un necesario de deslinde de responsabilidades, entre ellas las políticas. ¿Cómo repartir las culpas entre pasadas dictaduras y aquella incipiente democracia, teniendo en cuenta un escenario político de acciones perversas y omisiones injustificadas?

La pregunta sobre quién tuvo la culpa es clave en la historia de la inundación. Básicamente porque no hay un único sujeto (individual o colectivo) al que se pueda culpabilizar. La inundación de Epecuén es el resultado de muchas inacciones y también de muchas acciones erradas. Hay incumplimiento de deberes de funcionario público (cuando a fines de los 60 y principios de los 70 se permitió la construcción de un canal que empezó a llevar agua de un modo sostenido hasta la cuenca en la que está el Lago Epecuén), una democracia incipiente en la que los ciudadanos aún tenían miedo de hablar (entonces aquellos que temían un desastre como producto de la construcción del canal, se callaron la boca por miedo a sufrir represalias), hubo necedad de buena parte de los vecinos, que a sabiendas de que el terraplén estaba por romperse insistieron en seguir viviendo ahí con la expectativa de llegar a “hacer temporada” y ganar los ingresos del verano en la Villa, hubo una mentira explícita por parte de los funcionarios locales, que aseguraron que Epecuén no se inundaría aún cuando sabían que eso inevitablemente iba a suceder… La cadena de responsabilidades incluye a todos, en mayor o menor grado.

 

 ¿De haberse mantenido el centro turístico como perla exclusiva de la oligarquía, hubiera corrido la misma suerte?; ¿se hubiera evitado el negociado que se denuncia como causa eficiente de la tragedia?

Aclaro primero cuál fue el negociado. Fuera de la cuenca donde está Villa Epecuén, había una serie de bañados (campos inundados) con muy bajo valor. Hubo gente que compró entonces esos bañados a un precio de ganga y que luego impulsó una obra hidráulica que desagotara y revalorizara esos terrenos. Muchos dicen que esos individuos eran funcionarios de las dictaduras de los militares Juan Carlos Onganía, Roberto Levingston y Agustín Lanusse, que habían gobernado de facto entre 1968 y 1973. Pero no hay pruebas. Sólo se sabe que en 1975, como resultado de varios años de presión, se construyó un canal llamado Florentino Ameghino puesto para drenar las aguas que anegaban la región. La obra costó treinta millones de dólares y cumplió su función. Sin las aguas, la tierra se volvió altamente rentable y permitió desarrollar allí una de las mejores zonas girasoleras de la cuenca. Sin embargo, mientras esos campos se regeneraban, otros territorios entraban en riesgo: el agua, Canal Ameghino mediante, terminaba en el Sistema de Encadenadas al que pertenece Villa Epecuén. En un comienzo esta dinámica no asustó a nadie, porque la obra del Ameghino preveía la construcción de una compuerta que controlara el paso y redujera el flujo en el caso de que las Encadenadas empezaran a sobrecargarse. Pero después llegó la preocupación: aún cuando estaba el dinero para hacerla, la compuerta jamás fue realizada. Por lo que el Ameghino terminó transformándose en un brazo que alimentaba el sistema de Encadenadas de un modo imparable. Esa omisión, sumada a la llegada de una temporada de lluvias, hizo que lentamente el agua fuera superando los límites de los terraplenes y que, entre los años 1980 y 1985, fuera bajando como una cascada silenciosa hasta Epecuén.

Ahora bien: ¿Habría pasado esto si hubiera sido una zona de veraneo de gente rica? No lo sé. No me gusta hacer ese tipo de hipótesis. Supongo que si Epecuén hubiera sido el lugar de descanso de las mismas familias de los funcionarios, esa medida destructiva de crear un canal en perjuicio de toda una cuenca no se habría dado. Pero es una especulación; no hay forma de contrastar lo que estoy diciendo.11131925_799795376781452_697288081_n

Los testimonios sangran por la herida, por las pérdidas, por la injusticia. ¿Cuál de ellos caló más hondo en vos?

Todos fueron elegidos por algo. Todos dolieron. La generación de gente que hoy tiene de setenta años en adelante –y que tenía entre cuarenta y cincuenta cuando se inundó la Villa- fue descomunalmente golpeada por la tragedia. Se trataba de gente que había pasado en Epecuén su vida entera y que con la inundación se había quedado no sólo sin patrimonio sino también sin pasado, sin la vereda de su casa. Esas personas quedaron muy lastimadas, con una sensación de intemperie que aún hoy no se va. Algunos murieron de modo relativamente temprano, producto de infartos, depresiones, accidentes cerebrovasculares… Y los que quedaron, cada vez que recuerdan la inundación se ponen a llorar, como si no hubiera pasado el tiempo desde entonces.

 Supongo que mantener fija la mirada y al mismo tiempo el ritmo en este relato conmovedor, sin intentar violar la veracidad de los acontecimientos, requiere de técnica y pasión, ¿es así?

Hay que conectar con el tema, dejarse tomar con él. Pero a la vez, si uno quiere ser eficaz en el relato y transmitir lo que realmente se desea transmitir, hay que ser –por cínico que suene- frío. Hay que escribir en frío, ponderar, medir, evaluar la pertinencia de una frase o una palabra o una historia entera. Así que sí, en cierto modo, hay algo de la pasión y de la técnica que están involucrados en la escritura.

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 ¿Qué podés decirnos del género elegido?; hablemos de la crónica como medio de expresión. ¿Cómo ves el panorama actual en la crónica argentina?

Como ocurre en el resto de América Latina, sigue siendo un género  ambicioso pero de “circuito chico”, que no tiene cabida en los grandes medios porque a las empresas periodísticas les resulta antieconómico tener un periodista trabajando en un tema por un largo tiempo. Así que ese es el panorama: hay autores, pero los canales de publicación siguen sin ser masivos. Por suerte hay revistas que dan espacio y están también los libros, que hoy son un canal de expresión que funciona bastante bien para hacer periodismo de largo aliento.

 En el libro utilizás fotogrfías de distintos autorías, ¿podés comentar algo acerca de dichas colaboraciones?

Algunas fotos fueron cedidas por Dolores Flores, ex habitante de Epecuén. Algunas son mías: las tomé en los tantos viajes que hice. Y otras fueron tomadas por el escritor Gustavo Nielsen, quien también es mi pareja. Nielsen hizo uno de los viajes conmigo y tomó unos planos-detalle maravillosos, que aparecen en el libro abriendo algunos capítulos.

 

 

 

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Luis Adrian Vives

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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