Entre dimensiones confusas, entre un enfoque y otros, emerge la trama y su revés tan cerca de lados ignorados, ocultos u olvidados. ¿Literatura fantástica?, quizás. ¿Reencarnación de un nuevo ayer?, tal vez.

Esclavitud y “cazanegros”. ¿Dónde y cuándo?

Personajes atrapados en esta historia de ida y vuelta; brutalidad y encanto.

Un horror hecho poesía. Una belleza trágica. Los dueños de la carne, la política; el ejército a disposición de los estancieros. Un rosario de muertes; el silencio. Las cartas enfrascadas y enterradas en arena fría. Las noches del desierto; los escorpiones, las trampas. Curaciones, oraciones e invocaciones al filo del cuchillo; parásitos extirpados. El cigarro de la libertad alucinada. La nube negra que se acerca; las langostas y las moscas mercenarias. Espejos del peligro ajeno y propio. Un mapa de palabras que se escapan.

Poblaciones siempre abandonadas; ruinas, sequía y fuego. Carne y sangre, por hambre y sed. La piedra, la vieja, el beso y las cenizas. Silencio, soledad, la mala sombra y un volver a hablar. La salida, la ausencia y el testigo. El túnel, las antorchas y los guardias. Dios y los hombres; la mosca y los gusanos.

Robos, peste y muerte; población diezmada. Falta de alimentos, recolección y reparto; mercado negro. Basura acumulada.

Cadáveres amontonados; charcos de sangre, cuerpos destrozados.

Paranoia y lucidez fascista. Caza de brujas, linchamientos, listas negras; perseguidos y ejecutados. Cuerpos escupidos, orinados y prendidos fuego.

El refugio subterráneo y el cura protector ante los ríos de sangre de inocentes, ante los chicos muertos colgando de los árboles. Y ese mismo cura despojado de su lugar en la Iglesia; después asesinado.

Otra matanza más. Y otra fuga intentada entre “los dientes de la muerte”. Imágenes, imaginación; todo es poesía. Marcelo Carnero nos ubica en una esfera, nos para en el centro interno de un círculo espejado en el que cada tiempo gira y por momentos frena. Así es más clara la advertencia de tanta atrocidad, posiblemente venidera. Es un espejo cóncavo que refleja escenas, entre los tiempos atrapados en la circunferencia de este mundo; son tiempos agravados por la ciencia ya en poder del mal.

Es la imagen de la humanidad cautiva en esos tiempos repetibles, apenas demorados. Es la imaginación de una mirada hacia atrás y hacia adelante; es otra memoria anticipada. Es un faro poético que suplica no olvidar hasta dónde es capaz de regresar y descender el ser humano, creador y custodio de todos los infiernos. 

La novela, la trama, la imprecisión como recurso, obliga a preguntarnos sobre la idea y el enfoque elegido, sobre las dimensiones alcanzadas y sobre el movimiento del tiempo. ¿Podemos hablar de ello?

A la hora de sentarme a escribir, tenía ganas de romper cierta idea de organización dentro del texto. Narrar una persecución me gustaba, pero no quería que fuera una persecución lineal,  aunque finalmente todas lo sean. Tampoco quería un lector pasivo con toda la historia digerida de antemano por el narrador, no me interesa eso. Trabajé queriendo lograr que el texto, si bien fuera impreciso en su temporalidad, si bien dejara que el lector se perdiera, tuviese ciertos rasgos que lo hicieran familiar. Como llegar a un lugar desconocido pero que en el fondo por algunos climas, algunos mínimos desajustes nos haga permanecer, no nos expulse, sino todo lo contrario, nos sostenga hasta el final, porque en definitiva la idea es esa.  Para mí ese era el desafío: cómo lograr sostener un lector que va a atravesar un texto donde el mayor rasgo es la dureza o el vértigo. Cómo lograr contar una serie de sucesos crueles, duros, que yo por momentos sentía hermosos, pero oscuros, sin que el lector cierre el libro en la segunda página y no lo abra más.

Con respecto a la idea del movimiento del tiempo, me interesaba que para los personajes el tiempo vuelva a ser una medida metafísica, de introspección, de reflexión. Quería que los personajes tuvieran un proceso en relación al tiempo adentro del texto. A veces pienso que vivimos el tiempo que nos toca, no como  si la vida fuera una medida de reflexión, de aprendizaje, sino algo a pasar, algo a atravesar a una velocidad poco sublime. Y por otro lado es como si la fuerza que le opusiéramos a la muerte fuera no madurar afectivamente, emocionalmente, sino neuróticamente, desde lo enfermo, no desde lo vital. 

marcelo carnero

«Durante mucho tiempo intenté hacer convivir todo lo que me pasó en la infancia y adolescencia con algo vital y no con algo muerto. Escribiendo me pasa algo parecido. No siento que el horror y la belleza sean algo tan difícil de conciliar, si es con y desde el lenguaje.» 

Estos personajes, que recurrentemente ceden protagonismo, parecería que cobran más fuerza en el revés de la trama, mediante determinados desplazamientos del conflicto. ¿Estoy en lo cierto?

Puede ser, el desplazamiento del protagonismo sobre distintos personajes me sirvió para hacer que la historia fluya y sea dinámica, pero también para generar una tensión narrativa que es la que sentí que necesitaba para escribir. Es una historia con muchos focos y muchos frentes abiertos a la vez, y sentía que para sostenerme dentro de ella necesitaba escuchar esas voces claramente, en un mismo rango de importancia. Y otra vez vuelvo a pensar en la incomodidad del lector, en esa pulsión que por momentos puede volverse esquizofrénica y me divierte. 

¿Qué podrías adelantarle al lector sobre los huérfanos Amador y  Milagros en lo que hace al peso específico de cada uno de ellos? 

Amador y Milagros son dos personajes importantes en éste y en algún futuro libro que escribo a veces también. Son personajes que pensé mucho. A la vez hay algo que no deja de ser autobiográfico en esa hermandad huérfana, nómade, sin un destino demasiado cierto. 

La novela tiene un valor agregado que merece ser destacado; el personal estilo literario, su excelente prosa poética. ¿Cómo conciliar el horror con la belleza tratándose, en principio, de cicatrices sociales visibles e invisibles y de un riesgo siempre cierto? 

Tengo la sensación de que el trabajo sobre el lenguaje es un trabajo que implica todo el tiempo esa frontera. “Contar con palabras de este mundo…”

Viniendo de un lugar de mucha marginalidad quise fundar mi vida en la posibilidad del lenguaje, casi como un encantado. Me gusta creer que el límite móvil de esa posibilidad en el mundo es el lenguaje: mi adquisición, mi pequeño tesoro, mi trinchera, mi modo de resistencia, mi forma de permanecer, quiero que sea el lenguaje. Desde ahí trato de trabajar, vivir, con todo lo que eso implica. Durante mucho tiempo intenté hacer convivir todo lo que me pasó en la infancia y adolescencia con algo vital y no con algo muerto. Escribiendo me pasa algo parecido. No siento que el horror y la belleza sean algo tan difícil de conciliar, si es con y desde el lenguaje. 

 

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Encuentro pasajes que me llevan a recordar leyendas y hechos puntuales. ¿Qué podés decirnos al respecto?
No sé si busqué tener referencias precisas dentro del texto, tal vez sí.  De alguna manera ahí entra mi idea del trabajo con lo residual, con lo que va sedimentando de toda la información que absorbemos y  también con la que traemos. Me interesaba trabajar el texto en capas. Pienso que si esas leyendas estuviesen, es de alguna manera un trabajo subterráneo,  como si alimentaran las napas del texto y lo empaparan desde adentro. Pienso: si todo está escrito, si todo está hecho, no es una sola vez que lo está. Siento que cuando leemos un libro está ya atravesado por toda la historia de la literatura. Como esto: el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, etc. O algo así.

Con respecto a la libertad posible, me críe en una casa, en una familia que primero fue propiedad de la violencia de mi padre y después cuando mi padre fue echado por mis hermanas, se convirtió en una casa de mujeres. Una casa de mujeres en un contexto tremendamente masculino y donde los hombres hicieron mucho daño.  Crecí en una familia que sufrió mucho la intervención de lo masculino y he visto a mi madre padecer tantísimas vejaciones laborales, agresiones físicas, psíquicas, por ser una mujer sola con tres hijas y un hijo, todos chiquitos y no tener al lado un macho adulto que frene la embestida. Y lo digo así para que se entienda que realmente esas cosas son una animalada. Me parece que ahí nace toda una mitología de admiración en mí hacia la fuerza y la determinación femeninas. 

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Hay frases contundentes -me animaría a decir que todas-; quisiera tomar una par de ellas como ejemplos de interpelación y de denuncia respectivamente. “…cómo puede una mirar a otro ser humano que vive en esa situación y sentirse una mujer cristiana y con dignidad.” Y,  “Entrampados como ratas, así moríamos.” Esta última frase, me transporta a los años ´70, cuando legisladores nacionales proponían, lisa y llanamente, “perseguir y  matar como a ratas” a otros argentinos. Te pido una reflexión. 

Decía por ahí que me gusta pensar en la intimidad de la reacción, de cómo reaccionamos como individuos y no solamente como sociedad. Me parece que como sociedad, todavía nos debemos una respuesta a como reaccionamos como individuos en muchos años tan oscuros. Creo que esa reacción no es un hecho menor a la hora de que una idea de tamaña magnitud como la desaparición, asesinato y apropiación de personas, entre otras cosas, se hayan llevado a cabo.

Yo nací a finales de los ´70, pero sufrí y sufro las consecuencias como muchos. De igual forma siento que todavía hay un odio que aflora en las situaciones cotidianas, domesticas, del bar, de la calle, del trabajo. Y que si bien se lograron muchas cosas en ese sentido, me parece que queda todavía un grandísimo trabajo por hacer. Por otro lado, siento que en ciertos aspectos esa demostración de odio se disfraza otra vez en el presente de un silencio cómplice. Porque siento que aquel silencio no dista mucho del que mantienen tantísimos políticos, autoridades y gran parte de la sociedad con respecto a los crímenes cometidos contra mujeres que día tras día aparecen asesinadas, mutiladas, violadas u otras, desaparecidas. De qué manera se explica nuestra profunda indiferencia con respecto al tema. Y quién responde por esas muertes de las que todos somos responsables. Porque aunque suene obvio, esas mujeres no mueren solamente a manos de sus asesinos, mueren también en nuestra indiferencia, mueren en cómo educamos a nuestros hijos, mueren en los chistes que elegimos hacer y en tantas otras cosas que tenemos completamente naturalizadas. 

 

¿Podemos hablar de la paranoia y de la lucidez fascista, de las listas negras, de los linchamientos y de la muerte como estilo de vida?

Siento que esa enumeración que hacés está ahí, latente, cuando no pasando todo el tiempo. Y son cosas a las que uno tiene que responder enérgicamente, pero me alarmo un poco también cuando veo las otras, sutiles, con las que nos envenenamos en pequeñas dosis sin dejar de sonreír.

 Hablemos del “alma amaestrada” y del alma pura; del entendimiento, de la sensibilidad, de la voluntad y de la memoria, es decir, hablemos de las virtudes del alma que hicieron posible La boca seca.

Hablaría con gusto pero no sabría qué decir.

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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