AFUERA HAY GENTE QUE ESPERA | Entrevista a Jorge Franco

Medellín en los años ´70. Una violencia subterránea; una realidad honda y callada, apenas percibida por miradas curiosas y serenas. Una novela, una forma y un ritmo. Sentimiento, imaginación y pensamiento.

 

Medellín en los años ´70. Una violencia subterránea; una realidad honda y callada, apenas percibida por miradas curiosas y serenas. Una novela, una forma y un ritmo. Sentimiento, imaginación y pensamiento.

Una captación de la psicología de cada ser representado en esta historia; una emoción que la envuelve en tiempos interrumpidos por espacios recorridos en una pista de trescientas páginas. Casa de muñecas. Y un mundo idílico; un bosque encantador como refugio de aquella “princesa” que se aburría aislada en el castillo- un sueño ajeno- que ella abandonaba cruzando la puerta de servicio, para transformarse en niña libre, y no rendirse.

Magia y fantasía en ese espacio separado de la fortaleza insuficiente. Siempre alguien está observando, pacientemente, sin apartar la mirada.

La institutriz; las clases de bordado y de piano. El paje, las criadas, el jardinero.

La historia de un encuentro, de un romance previo. Los padres de aquella niña, Diego y Dita, se conocieron en la Alemania derrotada. Bailes de salón; María Callas-Tristán e Isolda-; noches de intimidad y, el resultado, un proyecto en común, la idea de formar una familia.                        

Un secuestro enredado en las hilachas de una obsesión que corta el aire lúcido; esa idea fija que se apodera de un espíritu insatisfecho, puesto en rebeldía-tal vez una rebeldía provocada-.

Dos encierros en distintos tiempos; primero el de la niña Isolda en el castillo y, luego, el de su padre en la casucha. Son  tiempos atrapados entre paredes y, mientras tanto, afuera hay gente que espera.

Una narrativa que rescata y recrea el escenario ocupado  por aquellas vidas colmadas de dicha y de desdicha. El valor literario de la novela se enriquece con reflejos del alma de los personajes, en una mezcla de sentimientos y resentimientos, de aventura y miedo, de impiedad y ternura, de esperanza y frustración.

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La novela alcanza varias dimensiones y cruza lo fantástico con lo real, lo individual con lo social y el humor con la tragedia, que podrías decirnos al respecto.

Desde el comienzo tuve la intención de establecer contrastes en la historia; que fuera una novela que se moviera mucho entre opuestos, es decir, es el encuentro básicamente de dos mundos. De ahí también viene un poco el título El mundo de afuera. Los mundos interiores, también de los personajes, con un contraste de un aspecto un poco más social basado en un Medellín que, en ese instante, lo creíamos idílico, paradisíaco, un lugar tranquilo, donde básicamente pasaba poco, y un Medellín industrial, pujante que avanzaba con el ritmo de una ciudad moderna, enfrentado a un Medellín que está surgiendo de una manera muy marginal producto de muchas cosas, empezando porque esa industrialización trajo tanta migración del campo a la ciudad y eso generó desorden social dado que la ciudad no estaba preparada, la ciudad tampoco miraba a esos sectores nuevos; entonces también hay dos mundos enfrentados y, al mismo tiempo, hay dos formas de narrar para exponer esos diferentes mundos. Hay un mundo interior de una niña que vivió en un castillo, de alguna manera, es una niña que está cautiva por su padre, pero por amor, protegiéndola de ese mundo de afuera y, el tono que utilizo para esa línea narrativa es un tono un poco más cercano a lo fantástico, al cuento de hadas, mientras que, por otro lado, está el encuentro entre estos dos hombres de mundos opuestos, el padre de la niña y un bandido que lo secuestra. Esa relación entre ellos está marcada por un tono crudo, más realista.

En Medellín hace un par de años que la universidad de Antioquia organiza un encuentro anual del género negro ¿lo conoces?

Sí, por supuesto. Incluso me han invitado un par de veces. No he podido asistir porque se me ha complicado con otros compromisos; a veces te piden una conferencia y, cuando estás trabajando y tienes que parar para dar una conferencia, insisto, se complica.

Varias de las novelas que leí producto de Medellín Negro, hablan de secuestros, ¿qué peso tiene el tema del secuestro en tu país?

Mucho, tiene mucho peso, incluso eso fue una de las grandes dudas que tuve yo al momento de escribir esta historia porque es un tema que, de alguna manera, se ha sobreexpuesto pero con justa razón, porque es un tema que nos ha dolido, se ha convertido en nuestra mayor vergüenza. Hemos padecido muchos años ese delito de maneras casi inverosímiles, secuestros de hasta diez años por la guerrilla; son cosas que no caben en la cabeza de nadie, son diez años de esta gente que perdió su tiempo frente a su propia vida, frente a sus familias, frente a sus profesiones. Siempre he dicho que no hay secuestro corto, todos los secuestros son largos porque eso es algo que va contra todo principio. Se convirtió en un flagelo que nos agobió durante mucho tiempo; muchas de esas personas que estuvieron secuestradas salieron a contar su experiencia. Creo que era una manera también de intentar cicatrizar esas heridas que tenían, contando lo que había sucedido. También me parece importante sentar por escrito cómo es la vida desde adentro de un secuestro. De eso se ha escrito mucho porque, insisto, es un tema que nos ha dolido bastante, de todas maneras tuve mis reservas al momento de querer escribir esta historia; no podía evitarlo porque la historia está basada en un hecho real, en un secuestro real. Traté de abordarlo de una manera diferente, que hubiera una razón más allá de lo económico. Es la obsesión de este hombre por esa niña y la obsesión de ese padre también por su hija. Los dos extremos tienen un encuentro allí, alrededor de un amor común que es esta niña que vivía en el castillo.

 

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¿Cómo te documentaste para escribir la novela?

Apelé a la memoria, aunque yo era muy niño, por lo que también recurrí un poco a la prensa de la época; en ese momento el secuestro no era un lugar común en Medellín, fue un hecho aislado, aislado también del narcotráfico y de la guerrilla. Fue un hecho de delincuencia común que causó gran estrépito. La víctima era un hombre bastante conocido en la sociedad, un hombre generoso que dedicó toda su fortuna a promover la cultura, era un mecenas de artistas, era un hombre que también fundó varias obras sociales, entonces, en ese sentido, el secuestro generó bastante prensa.

Estuve buscando también  los expedientes del caso para enterarme de detalles internos del asunto, pero eso fue una búsqueda inútil, no pudimos encontrar nada, lo busqué durante mucho tiempo; nos juntamos con varios archivos que, tal vez, pudieron pertenecer a ese expediente pero era papel que casi se deshacía. Recurrí también, para recrear esa atmósfera de años 60 y 70, a la música, a la moda, a la historia en general sobre cuanto ocurría en el mundo y en Medellín, en particular.

Justo la siguiente pregunta que iba a hacerte tiene que ver con eso…la música clásica, la música popular, la poesía que muestra la novela, todas esas manifestaciones artísticas que integran la identidad cultural de los personajes, ¿en qué medida estarían cargadas de ideas, de deseos, de voluntad?

Hay de todo un poco. Me apoyé en ello, básicamente, para que me generara una atmósfera que me permitiera entrar en la época. No todo lo que oía, no todo lo que veía o leía lo usé en la novela de forma directa, pero me daba confianza, seguridad; me daba un poco de impulso para contar la época, también había algo que, de alguna manera, era intencional. Toda esta investigación me despertaba un poco de nostalgia. Quería que la novela tuviera ese tono nostálgico, quería contarla desde ese lugar y, de hecho, a veces me ponía a investigar, a buscar unas canciones; me olvidaba de la novela y me quedaba toda una tarde escuchando música de los años 60 y 70, pero creo que eso me sirvió  para alimentar precisamente esa nostalgia que vendría luego a marcar el tono en la novela. Otra parte de esa investigación me sirvió para puntualizar ciertos elementos que me ayudaban a marcar diferencias en la historia, advertir cómo era el entorno cultural de la época, describir  la personalidad de don Diego, un hombre conservador que rechazaba, por ejemplo, los nuevos movimientos poéticos colombianos; no aceptaba el estilo de alguien tan querido por el pueblo, me refiero a Julio Flores; seguramente no lo quería por tratarse de un poeta que frecuentaba bares y cantinas, que declamaba en los cementerios, que generaba cierto escándalo con su vida. También me interesé por reconocer la moda de entonces y ello me sirvió para enmarcar la historia.

¿Pensaste que ganarías el Premio Alfaguara con la novela?

En realidad, uno participa con la esperanza de ganar y tiene sus momentos de fe. Pensaba que el bagaje, todo el tiempo de escritura, podría ayudar y representar alguna ventaja sobre otros textos. He sido jurado en algunos concursos y sé que hay una cantidad enorme de manuscritos, pero también sé que mucha gente envía el suyo aun cuando le falta oficio, le falta experiencia. A veces he visto que en las primeras diez páginas una novela comienza a agotarse, se nota desde su inicio;  es así que esa cantidad de entregas que, en principio puede llegar a generar preocupación, también puede reducirse y entonces ya no preocupa en la misma medida. También es cierto que hay momentos de total desesperanza, en los que todo parece complicado. El día anterior al fallo, había casi descartado toda posibilidad de ganar el premio porque, entre otras cosas, era como que no me daban las cuentas; el fallo se anunciaría en la hora colombiana. Siendo las nueve de la mañana, mi análisis comenzaba por suponer que debían verificar que el ganador se encontrase disponible, por lo menos en su ciudad, en su sitio, dado que habían anunciado una rueda de prensa. Pasó el día, paso la noche y no sucedió nada; es así que prácticamente lo descarté. Entonces la sorpresa fue recibir una llamada a las cinco de la mañana- hora colombiana-.

 

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¿Cómo crees que va a modificar, tu proyección internacional este premio?

La verdad no se qué tanta importancia puede llegar a tener un cubrimiento de este libro en todos los países de habla hispana; una novela como Rosario Tijeras tuvo un cubrimiento bien amplio, en Colombia, fue hace ya bastante tiempo, hace aproximadamente unos quince años. Supongo que esta difusión podría llegar a reforzar esa experiencia, poniéndome otra vez, como autor, en la boca de más lectores. De todos modos, considero que el premio, en sí, es un reconocimiento que aporta prestigio literario; creo que es un premio que está siempre orientado a ponderar la literatura  y, por ello, es para mí un honor engrosar esa lista de  autores que lo han ganado. El resto del trabajo lo tendrá que hacer el mismo libro, generando un boca a boca entre lectores; obviamente la prensa ayuda bastante dando a conocer el título de la novela, el nombre del autor y, en todo caso, haciendo algún comentario que despierte interés.

Jean Paul Sartre, en el prefacio que escribe para Los Condenados de la Tierra, de Frantz Fanon, advierte acerca del humanismo racista. ¿Acordás con Sartre?; ¿sobre qué valores reposaría la ética de la responsabilidad en don Diego?

Hay un elemento que es muy colombiano, creo yo, y lamentable. Es un fenómeno que no se agota en el racismo, me refiero al clasismo, que es un poco más amplio porque no solamente incluye la raza sino también la condición social. Diría que tanto don Diego, como buena parte de la sociedad colombiana y, obviamente, parte de esa sociedad tan conservadora de Medellín, siempre ha sido una expresión de ese clasismo que incluye al racismo. La investigación que hice sobre este personaje real, me llevó a conocer algo de su pasado; era un personaje que en su momento sintió cierta simpatía por esos movimientos alemanes que vieron, en Hitler, un líder que cautivaba masas. No obstante su historia personal y su perfil conservador, se entiende el hecho de haberse casado con una mujer alemana que padeció los rigores de la guerra; esa realidad hizo bajar en don Diego aquel tono de admiración hacia el movimiento nazi. Ahora, respondiendo puntualmente lo de Sartre, recuerdo una anécdota  que tiene que ver con dos  mujeres pianistas que fueron muy importantes, una se llamaba Blanquita Uribe y la otra Teresita Gómez. Blanquita era blanca y Teresita era una pianista negra de origen afro; don Diego, decidió apoyar a Blanquita en su carrera y la envió a Europa, a EEUU; hizo que se formara en los mejores conservatorios;  ella pertenecía a una clase media, aunque sin mayores recursos económicos, es así que don Diego se encargó de todo y, lo que se decía en Medellín, entonces, de manera irónica, era que don Diego había preferido a Blanquita, por blanquita.

¿Sabés que no es una particularidad de Colombia?; muchos países latinoamericanos experimentan el clasismo y, en ciertas capas sociales, una admiración por el fascismo.

Si y es curioso porque el clasismo, a veces, se da incluso en clases no necesariamente altas, sino que se advierte también en las clases medias.

Teniendo en cuenta por una parte la resistencia de Dita ante la propuesta de unirse a Diego en matrimonio y, por otro lado, la expresión “casa de muñecas”, la pregunta es si habría una referencia implícita a la obra de teatro de Henrik Ibsen?

En realidad no, la leí hace muchos años; en verdad lo que realmente estuvo siempre marcando el contexto fue el conjunto de hechos reales. Ese castillo existió y, si bien en la vida real no lo construyó don Diego, él lo compró a medio terminar pero, de todos modos, yo siento que, sí, lo construyó, como una especie de reino para su esposa y para su hija y, el hecho de la no boda, del no matrimonio, también obedeció, en parte, a esa investigación que hice, en la que nunca encontré ningún registro de ese matrimonio. Lo consulté también con algunos familiares, de don Diego, y ellos decían que nunca se enteraron de esa boda, que nunca hubo una fotografía, nunca hubo una invitación. Simplemente una vez él llegó de Europa con una mujer alemana, era una mujer culta; fue una educadora que fundó varios colegios en Medellín, importó el método Waldorf de educación, que todavía no había llegado a Colombia, ella lo implantó  en las escuelas y colegios que fundó; entonces era un dato curioso, además él tardo mucho tiempo en presentársela a su familia y a la sociedad. Todo ello hizo que yo imagine una mujer liberal en su pensamiento, una mujer culta. Esa educadora que lleva métodos más vanguardistas a Colombia, me sugiere una licencia de ficción y, desde ese lugar, la veo también, así, un poco liberal en su intimidad y ahí armo la construcción de ese personaje, por ese lado.

El aislamiento impuesto a Isolda para evitar que la alcance y contamine el mundo de afuera, ¿no esconde un sentimiento culposo en virtud de los efectos temidos como consecuencias lógicas de una cultura occidental, eurocéntrica, generadora de opulencia y miseria en América latina?

Yo pensaría que todas esas manifestaciones de opulencias, definitivamente pueden llegar a generar un malestar, pueden llegar a generar, situaciones como la de este secuestro. Era raro ver esta manifestación de opulencia, porque si bien Medellín siempre fue una ciudad de contrastes y de gente muy adinerada, por la misma industria que se generaba allí, yo sentía que la sociedad, en esa época, tenía una tendencia a ver la opulencia con ojos críticos; de hecho, quien disponía de un buen pasar trataba de vivir con cierta discreción; aquella época era muy diferente. La ciudad cambió, radicalmente, muy pocos años después. Con la llegada del narcotráfico, esa opulencia sí se mostró de una manera desenfrenada y tenía además una doble intención; era como querer retar a la clase alta con esas nuevas fortunas que surgían del narcotráfico y había, también, una intención de demostrar, sobre todo a la clase más humilde, más baja, que eso era fácil conseguirlo, como mostrando que “esto lo puedes conseguir si quieres ser parte de este mundo”. Eso fue algo nefasto que todavía perdura en la mentalidad nuestra, porque es la mentalidad del “dinero fácil”, que fue un poco el efecto de esa opulencia. En el caso de don Diego, sí, se miraba un poco, tal vez, con cierto resquemor pero, yo creo que… – en este momento se me acaba de ocurrir- él invirtió esa fortuna en cultura  y en obras sociales y, a lo mejor lo hacía de corazón, o tal vez tenía que ver con algún grado de culpa por vivir de un modo tan irreal, de vivir en ese otro extremo; a lo mejor la culpa lo impulsó a querer compensar un poco esa diferencia social que marcaba aquel estilo de vida que él llevaba.

 

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Como lector ¿te interesa el género negro?, te interesa la literatura de género.

La verdad nunca busco libros  pensando en el género, me gusta encontrarme simplemente con buena literatura; he leído algunas novelas negras que me han gustado. Incluso caí accidentalmente en el genero negro, Rosario Tijeras ganó una vez en Gijón, el premio de Ashley Hummer como novela negra y yo fui el primer sorprendido por que nunca la escribí pensando en eso, nunca consideré que era una novela negra, pensé que esa nominación había sido una equivocación y me lo aclararon; yo estaba aferrado al esquema de la novela negra tradicional policíaca y me he dado cuenta que ese campo se ha abierto mucho más e incluye varios elementos sociales y psicológicos, que hacen que la novela negra  sea mucho más amplia.

Te lo preguntaba porque resulta interesante el abordaje que hacés.

Esta es una novela que a muchas personas les ha resultado difícil de catalogar; puede ser un thriller, puede ser una novela negra o puede ser un cuento de hadas, contemporáneo, con el lado macabro que tiene todo cuento de hadas.

 

 

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