Cuando era más chica tenía grandes colecciones de distintos tipos de objetos. Me comprometía mucho con estas y las cuidaba, las contemplaba, las tenía en cuenta.

La primer colección que recuerdo haber desarrollado es bastante peculiar. Me gustaba mucho el jugo marca Ades, ese que tiene grandes cantidades de soja. Me gustaba tanto que cada vez que iba al supermercado lo agarraba de la góndola y lo tomaba ahí mismo. A temperatura ambiente. “Que asco” pienso ahora, mientras escribo. Luego, cuando llegaba a mi casa, desplegaba las dos solapitas triangulares que están pegadas a los costados de la botellita de cartón y la apoyaba en mi cómoda. Tenía cientos. Decía que eran palomitas. Las solapas de cartón eran las alas, y el sorbete rayado blanco y verde vendría a ser el pico de la paloma. “Que asco”, pienso también ahora, las palomas. De chica no me daban asco. De chica era amiga de una vieja que estaba siempre en la plaza y les dábamos de comer. Estaban las palomas de la plaza y las palomitas de mi cómoda.

Otra gran colección que recuerdo haber tenido eran cajitas vacías de las pastillas mentoladas Tic-Tac. Las comía compulsivamente y luego dejaba reposar las cajitas apiladas unas encima de las otras en un estante de mi biblioteca. Me seducía la propiedad privada. Todos los grandes tenían sus objetos. Todos, y sobre todo mi padre. Todos sus lápices, sus gomas de borrar, sus mil relojes pulsera. Y eran y siguen siendo tan suyos, tan de su propiedad. Creo que yo también quería tener algo ultra mío. Entonces empezaba por lo que estaba más a mi alcance, cajitas de tic-tac, tetrabricks de Ades.

Una vez mi madre entró a mi cuarto y, al ver todos los Ades acumulados en la cómoda me  dijo (en un tono que en su momento sonó para mi bastante baja línea) que eso era un asco, que mejor coleccionara otra cosa. Recuerdo muy nítidamente decirle “¡No! ¡Mis palomitas!” y mi discurso aparentaba tristeza, pero algunos de mis mambos se mantienen intactos desde que soy chiquita, y se que sólo lo decía para que los objetos no se enojen. Que en el fondo tenía muchísimas ganas de que venga alguien y tire a la mierda todas las palomitas de Ades. No podría haber sido yo, ¿cómo les iba a provocar ese destino tan poco digno que tiene la basura? Recuerdo pensar a los cartoncitos en las bolsas negras de basura, mezclados con yerba, restos de fideos y carilina sucios, luego en un camión, siendo apelmazados con un montón de otros restos para finalmente terminar en un agujero gigante en algún misterioso lugar del planeta ensuciándolo todavía un poquito más. No quería ser yo la que les hiciera eso.

A medida que crecía, los años venían cada vez con más objetos: botellas de vidrio, prendedores de los Simpsons, más tarde llegaron los discos, llegaron los libros, llegaron los lápices que mi padre comenzó a regalarme a mí. Los instrumentos. Los dibujos. Las fotos. Llegaron las entradas para los conciertos pegadas en el corcho, y mi cuarto se convirtió en un enorme cementerio de objetos sin uso. Objetos que ahora puedo decir que me servían para construir un mundo, objetos que dialogaban en silencio conmigo. Que me acompañaban a todos lados. Mi cuarto, mis bolsillos y mis mochilas estaban siempre cargados de cosas. Elementos que creía que si perdía simbolizaban la perdida de algo en mi. No tocaba tanto la guitarra, pero tenía una púa en el bolsillo que si la llegaba a perder habría ocasionado un corto pero intenso desequilibrio mental.

Paulatina y a la vez radicalmente eso viró, dio un giro. Comencé tirando cientos y cientos de papeles. Papeles con dibujos, con notas. Tiré toda la colección de revistas Genios y Billiken. Tiré golosinas acumuladas desde hacía años. Tiré las cajitas de tic tacs. Quizás fueron los amigos, el amor, los cigarrillos, pero la acumulación comenzó a volverme loca. Pinté todo mi cuarto de blanco. Vendí ropa en ferias americanas, vendí libros en Plaza Italia y doné útiles a la iglesia.

Detesto generar basura, cargar con demasiados objetos en la mochila. Llaves plata y celular (más puchos, más ipod) se convirtieron en casi lo único que quiero cargar. Muchos de mis amigos cuando vienen a mi casa se quedan fascinados con algún objeto, con alguna latita de pastillas Altoids o con algún lápiz. Entonces aprendí a regalar, a soltar, a des hacerme de los objetos pero no tirándolos a la basura.

Hoy en día, me aqueja la cantidad de basura que hay en el mundo. Me pone mal arrojar al tacho de basura objetos que pueden tener valor para alguien. Comencé a mandar a reciclar todos los apuntes viejos de la escuela, regalé discos a mis amigos, entregué ropa e incluso libros.

Antes me refugiaba en los objetos, ahora me refugio en otros lugares. Lugares que todavía no tengo la perspectiva suficiente como para especificar. De todas formas, creo que es mejor así. Si alguien quiere algo que me avise.

 

Violeta Sticotti nació en Buenos Aires en 1997. Está en quinto año del colegio Paideia. Vive en Colegiales y le gusta escribir.

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