ESTANTES VACÍOS

Magic Book

Esa mañana Silvina se despertó pensando. “Por fin llegó el día”. Le costó mucho hacerlo porque sabía todo lo que le esperaba. Fue hasta la cocina, se preparó un té con galletitas y miró a su alrededor. Estaba casi todo embalado para la mudanza, vasos, platos, fuentes, enseres de toda índole, manteles, servilletas y demás.

El lavarropas y la heladera estaban cubiertos por improvisadas fundas armadas con sábanas viejas. La pileta, mesada, armarios, alacenas abiertos y vacíos. Había limpiado todo lo mejor que podía con la ayuda de su amiga Marcela.

En el dormitorio solo le faltaba guardar la ropa de cama que había usado esa última noche. Todo lo demás estaba en valijas y bolsos.

Por fin se dirigió decididamente al living comedor. Ese era el lugar de la casa que más congoja le causaba.

Lo primero que miró fueron los estantes vacíos de la biblioteca. No se pudo contener y se puso a llorar con enorme pesar. Esos estantes que sus ojos habían recorrido innumerables veces en busca de libros de todo género, libros de su padre, de sus hermanos, de su ex novio, de amigos y suyos. Libros que se habían acumulado desde que era una escolar, luego una estudiante universitaria, una profesional o una simple mujer en pos de lectura gratificante.

Todos esos libros estaban ahora dentro de las cajas de cartón provistas por los comerciantes de la zona y que había tratado de guardar con cierto orden y con la ayuda de su amiga.

Revisó nuevamente todos los estantes con temor de haber olvidado alguno de aquellos volúmenes tan significativos para ella.

Vino a su cabeza aquél tan difundido verso de Becquer “Del salón en el ángulo oscuro…”. ¿Por qué recordaba en ese instante esa rima? No podía ser algo casual.  Se convenció que debía buscar controlar nuevamente cada rincón de esos largos estantes. Seguramente había olvidado algún libro y se daría cuenta cuando lo buscara al acomodar todo en nuevos estantes vacíos que había hecho instalar en el departamento al que se mudaría ese exacto día.

Faltaba muy poco para que llegaran los encargados de la mudanza y comenzaran a cargar todo en la camioneta de fletes. Todavía debía bañarse y vestirse, pero algo se lo impedía. Se dijo que buscaría metódicamente en todos y cada uno de los estantes y detrás de ellos ya que no estaban amurados a la pared.

Sonó el timbre del portero eléctrico. “Bueno, ya está, basta de nostalgia y a abrir la puerta, si olvidé algún libro será lamentable y quizás los nuevos habitantes lo encuentren y me lo devuelvan.”

Atendió e hizo pasar a los cargadores de los bultos y las cajas. Pidió disculpas por no estar lista, rápidamente se prepararía y los ayudaría. Llegó también su amiga Marcela quien le había prometido que no la dejaría sola en esa ocasión.

Silvina le comentó su inquietud sobre el libro olvidado.

-Vamos, no te hagas problema, si dejaste cualquier cosa ya te avisarán los nuevos. Parece gente muy amable- dijo para apurar el trámite. A ella también le costaba dejar esa casa donde había pasado noches enteras estudiando para rendir exámenes con Silvina y otros compañeros.

-Tenés razón, ya voy y la termino con dilaciones.

Cargaron todo, los hombres lo más pesado, y las muchachas los bultos livianos.

Por fin Silvina revisó las ventanas y las llaves de paso, cerró la puerta con doble llave y subió a la camioneta junto con su amiga.

Recorrieron más de veinte cuadras rumbo a su nuevo hogar y repentinamente Silvina pidió que volvieran; explicando al chofer que había dejado abierta la ventana del dormitorio.

Solo con su llave en la mano bajó de la camioneta, abrió la puerta de calle, subió al segundo piso, con temor y temblor entró a su ex departamento. Con rápida mirada recorrió los estantes vacíos. Lo vio. En un rincón estaba la “Breve antología de literatura fantástica” que le había regalado su padre cuando cumplió quince años.

Sin acercarse al libro, volvió a cerrar la puerta y partió.

 

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