Todas las tardes la vieja Rosalía se sienta en el umbral de la puerta y mira para afuera. Coloca la silla al borde del marco y asoma la cabeza para mirar hacia ambos lados, como si esperase a alguien.

Cuando escucha pasos que se acercan por la vereda echa la espalda hacia atrás, se pone derecha, se pega al respaldar de la silla, y se queda quieta hasta que esos pasos se convierten en alguna figura humana. Ahí cumple con los deberes del buen ciudadano y dice: Adio´m´hijo. Agacha la cabeza para acompañar el saludo y apreta los labios. La frase le sale entrecortada, se come las palabras, la lengua le resbala en las encías vacías.

La Rosalía está a una cierta distancia de la vereda, tiene dos canteros con la gramilla crecida delante de la entrada.
A la hora que abre la puerta el sol le da de lleno. Ella entrecierra los ojos y se lleva una mano a la frente para cubrirse. Se vuelve hacia dentro, desaparece en el interior y sale con una bolsa. Baja con cuidado los escalones, luego cruza la calle y tira el contenido en el bulevar. Varios perros que duermen a la sombra, en la vereda de enfrente, se desperezan apurados y van hacia ella. La Rosalía no les toca el lomo cuando comen, tiene miedo que la muerdan, ya le pasó de niña. Con solo verlos comer es como si los estuviese acariciando. Es el único momento que se la ve sonreír. Tiene las encías muy finas y rojas.

Cada vez que les da de comer sonríe acompañando el movimiento con un tic nervioso: se lleva la mano a la oreja y se frota la cicatriz –que está desdibujada por los años y estirada por el agujero donde engancha los aros.

***

Cuando era niña la Rosalía tenía cinco perros en el campo. Pero su preferido era el Batuque. Un perro chiquito. Resultado de una cruza entre un ovejero alemán y una perra mediana. Salió parecido a los dos. Si lo miraban desde arriba parecía un ovejero alemán, pero si lo mirabas de frente tenía las patas cortas como las de un chancho.

-Ahí viene el feo del Batuque– decía el padre riéndose y le tocaba el lomo haciéndolo renegar. Cuando terminaba de saludarlo el perro gruñía mirándole y se iba a la par de la Rosalía.

Habían crecido juntos, como hermanos. Era su guardaespaldas. Cuando alguien llegaba al campo él la custodiaba a más no poder, se ponía delante de ella y no la dejaba avanzar. Se adelantaba mostrando los dientes y se movía en círculos cortos. Hasta que el padre pegaba un grito: fueraaa Batuque. Y Batuque se alejaba. Salía ofendido pegando un ladrido lastimoso hasta el galpón. La Rosalía se quedada al lado del padre, nerviosa, mirándole como caminaba enojado. Saludaba sin ganas a los recién llegados con los ojos vidriosos. Ella sabía que iba a estar ofendido por unos días, no iba a poder jugar con él.

Cuando Batuque tenía unos trece añosvivía ofendido, ya no se acercaba a la casa, ni a Rosalía. Ni siquiera la miraba a los ojos cuando ella lo llamaba. Había empezado hacerse el distraído y se había vuelto rebelde. Corría a los caballos en el corral porque sí, ponía nerviosas a las vacas cuando estaban haciendo el tambo, corría a las gallinas y no las dejaba comer ni poner huevos. La madre de Rosalía renegaba todas las tardes para encontrar los nidos. Hasta que el padre lo ató a una cadena al lado del galpón y no lo soltó más. Quedó ahí hasta que se murió. Murió flaco y canoso. Ya no se le veían los dientes de lo largo que tenía los bigotes. El padre había prohibido soltarlo, como también bañarlo o cortarle el pelo.

-¡Lo dejaste morir!- decíaentre gritos.

-No, el perro se puso malo, peor habría sido que le diera un tiro con la carabina –y agregó– ¿O no te acordas cuando te mordió la oreja?

No se acordaba de eso. Se había olvidado. Le había dado de comer las sobras del almuerzo y cuando Batuque masticaba los huesos ella le tiró la mano para acariciarle la cabeza, este le saltó encima mordiéndole la oreja.

Mientras el padre le hablaba, Rosalía se había llevado la mano a la oreja para tocar la superficie de la cicatriz.

***

Claudia

Claudia Pérez

 

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