En las últimas décadas la literatura de género policial ha vuelto a llenar los escaparates de todas las librerías del mundo. Una “maldita historia negra” se fue adueñando con la universalidad creativa de innumerables autores que advirtieron un tiempo de violencia planetaria y, con toda urgencia, se lanzaron a ficcionar de manera cruda y certera la realidad social que domina cotidianamente la vida de todos nosotros. Lejos quedaron los autores que medulaban un contexto con personajes miserables o que se hundían en relatos moralistas llenos de tragedia hipócrita. La letra manchada de sangre, la corrupción sistemática, el mensaje mafioso, la inescrupulosidad, el todo vale, los negociados entre secuaces; parecen ser la moneda corriente en esta renovada cartilla de escritores que juega con el periodismo y la realidad sin ningún problema.

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Por muchos años los aficionados al policial se encontraron huérfanos y humillados con cierta intelectualidad dominante que encontraba en esos libros una lectura barata. Claro que detrás de ese prejuicio estaba latente un axioma: la novela policial es la que mejor refleja la sociedad. Y algo más contundente todavía: el policial tiene un esquema realista y al lector le seduce concluir que eso finalmente sucede, que no lo engañan como pasa en la ciencia ficción, el terror o el realismo mágico.

“…El periodismo de género policial, cuando no cede a las tentaciones del amarillismo, tiene el desafío de pelear un espacio en un mercado en el que sus temáticas suelen ser muchas veces banalizadas o consideradas de menor cuantía.”

“Lo mismo sucedió, en su momento, con la propia literatura policial, durante años considerada un género menor.”

Esta cita de la revista Pistas da cuenta, entre otras cosas, del difundido metadiscurso que sostiene que el policial es un género “bajo” o “menor”, tanto en la literatura como en la prensa. Es sabido que los primeros relatos de la literatura policial se publicaron en revistas, continuando la tradición folletinesca. De hecho, la obra que inaugura la literatura policial: Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe se publicó en 1841 en la Graham’s Magazine. En el ámbito local, la difusión de la narrativa policial se consolidó, según Jorge Rivera, en la década del ’30 a partir de la configuración de un público consumidor de literatura detectivesca. De esa época datan las primeras publicaciones periódicas conformadas exclusivamente por traducciones de relatos policiales: el Magazine Sexton Blake y las colecciones Misterio, Hombres Audaces y Biblioteca de Oro -que recuperaban la tradición de los pulps norteamericanos-. En cuanto a la producción local de relatos policiales, ésta se fue incrementando a partir del la década del ’40. Muchas de las primeras narraciones fueron publicadas en revistas y diarios aún antes de 1940 y otras en colecciones de kiosko quincenales y semanales, hasta llegar en 1944 a una de las más famosas colecciones, en este caso de libros: El Séptimo Círculo, dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. En su libro Asesinos de papel, Jorge Lafforgue hace mención de las influencias que recibieron los autores locales de literatura policial. Distingue, entre otras, dos influencias importantes: la novela de enigma inglesa, uno de cuyos mayores exponentes fue Arthur Conan Doyle con su legendario detective Sherlock Holmes; y la novela negra o hard boiled norteamericana representada principalmente por Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Ambas corrientes publicaron sus primeros relatos en la prensa periódica. Sherlock Holmes apareció en Strand Magazine a fines del siglo XIX y Hammett y Chandler publicaron sus primeros relatos en el famoso pulp Black Mask.

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El fanático del género sabe, en la mayoría de los casos, que no será defraudado y que los malos, desclasados, postergados y humillados, finalmente le mojarán la oreja a los valientes y dominadores. Esta actitud lo pone al lector en triunfador, en el que domina la situación; desde la pelea callejera hasta el robo organizado pasando por todos los entretelones mafiosos que siempre son un misterio.

Es interesante tomar como referencia un concepto de Sergio Olguín quien advierte que: “El género que caracteriza a la literatura argentina no es la gauchesca sino el policial. Creo que es un género que nos queda cómodo. Me parece que si algo define al policial argentino es su desconfianza por el sistema jurídico policial, algo impensado en el policial nórdico e incluso en la novela negra norteamericana.

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Sergio Olguín

 

Ricardo Romero el editor de Negro Absoluto dice: “No creo que la literatura sea un discurso que refleja la realidad, sino que más bien la cuestiona. En todo caso el reflejo es sólo un primer movimiento, pero si se queda ahí, muere. Nadie necesita de la literatura para saber lo que pasa a su alrededor. Pero sí para cuestionar la imagen que tenemos de ese derredor. Y por otra parte, ¿impera la violencia social ahora, o siempre estuvo? No sé si esta división que voy a hacer es tan visible y clara, pero la hago como punto de partida, como para deslindar y pensar otras cosas. En la novela negra argentina, se me ocurre, hay dos vertientes: la que contiene crímenes clásicos, grandes estafas, crímenes políticos, pasiones de poderosos siempre impunes, y la que contiene crímenes de cabotaje, los que suceden en los suburbios de la Historia y no salen en las noticias, crímenes llenos de la sordidez de la insignificancia, que hace más patente el sinsentido de la violencia. Me parece que ahí pasa algo curioso con el realismo. En las primeras, la corrupción social siempre es una marca de realidad, los policías y las instituciones nunca salen bien parados. Pero es una marca de realidad más cerca de la ‘idea’, de una idealización o generalización de esa realidad malsana en la que vivimos o creemos vivir. En la segunda, los sucesos, por su misma menudencia barata y secreta, tienden a disparar hacia lugares más caprichosos e inesperados. Ahí aparece lo verdaderamente siniestro, la frontera que no podemos atravesar con ningún discurso que no sea el literario. Ese es el lugar más interesante para mí. Ahí es donde está el verdadero horror, la potencia más irreductible de la literatura por ser, paradójicamente, un entramado vivo de lo real.”

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Ricardo Romero

 

Para los que pertenecemos a esos lectores de folletines amarillos o de revistas de historietas donde se promocionaba como salida laboral ser “detective privado”, este reacomodamiento nos llena de nostalgia y alegría. A veces con cierta vergüenza uno no se atrevía a contar en ciertos cenáculos de escritores progresistas que habían pasado por sus manos esta literatura prostibularia. Acaso de nada había servido la excelente colección del Séptimo Círculo que marcó un antes y un después para muchos lectores entre los que me incluyo. Tengamos en cuenta que para aquel período de los años 60 la novela negra había ingresado en una época de crisis que recién se recompone a partir de los 80.

En el ámbito local desde Esteban Echeverría en adelante el reguero de sangre nunca se detuvo. Ya para 1880 aparecen relatos de índole policial en autores como Carlos Monsalve, Luis V. Varela (con el seudónimo de Raúl Waleis), quien escribe La huella del crimen (1878) o Eduardo Holmberg, con su relato La bolsa de huesos (1896); sin olvidar a Paul Groussac y ese cuento titulado El candado de oro incluido en Sud América (1884), luego vuelto a publicar en 1897 en la revista La Biblioteca, esta vez sin su firma.

En las primeras décadas del siglo XX nos hallamos con Memorias de un vigilante, un texto costumbrista con historias de vigilantes y ladrones que hoy no asustaría a nadie pero que Fray Mocho vistió impecablemente para la sociedad de entonces. Eduardo Gutiérrez nos despierta con su Juan Moreira, un gaucho en decadencia que logra el milagro de la trascendencia. Horacio Quiroga en su libro El crimen del otro cuando incluye El triple robo de Bellmore y William Wilson (seudónimo de Vicente Rossi) quien reúne en 1912 una serie de cuentos policiales bajo el título de Casos Policiales.

Los casos de Nelson Coleman publicados en la revista Gran Guignol entre 1922 y 1923 rubricados por J.J. Bertinat es otro ejemplo. Seguramente escrito por un periodista que se escondió detrás de un seudónimo para no perder su categoría. Por los años 30 Enrique Anderson Imbert se despacha en el suplemento literario del diario La Nación con Las maravillosas deducciones del detective Gamboa, logrando un personaje adecuado a nuestro perfil ciudadano. En el 32 el diario Crítica lanza El enigma de la calle Arcos,  lo hace en forma de folletín, su autor firma como Sauri Lostal, sin duda otro calificado periodista del plantel que se ocultó para no dejar sellado su nombre en estas páginas que fueron consideradas como la primera novela policial argentina. Otro folletín que se agrega, lanzado por  el diario Noticias Gráficas, fue la novela El crimen de la noche de bodas de Jacinto Amenábar, reconocida su autoría por Alberto Cordone. Este mismo autor años más tarde (1935) dará a conocer en la revista Tipperaty otra novela de tono estrictamente nacional titulada Los casos de Martín Fierro.

Una novela que no debe pasar sin mencionarse es la de Ramón Doll, Policía intelectual que hoy es una obra inhallable.

No debemos olvidar la figura del Pbro. Leonardo Castellani quien amparado en el seudónimo de Jerónimo del Rey publicó en el matutino La Prensa una serie de cuentos que después incluyó en su libro Las muertes del P. Metri (1942).

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Leonardo Castellani

 

Ya a partir de los cincuenta el género policial tomo envión  gracias a lo aportado por Abel Mateo y su novela Con la guadaña al hombro, donde el detective Bernal Chester se transforma en héroe. Mateo, al igual que sus colegas, también recurrió al anonimato y su trabajo lo firmó como Diego Keltíber.

En 1945 Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo escriben una novela policial que más tarde reconocerían la hubieran querido olvidar. Se trató de Los que aman, odian. Ese mismo año Manuel Peyrou publicó una serie de cuentos La espada dormida y más tarde un breve relato Muerte en Riachuelo incluido en su libro La noche repetida (1953).

Borges y Bioy Casares en 1946 reunieron en Los mejores cuentos policiales autores como Agatha Christie, Graham Greene, William Faulkner y Wilkie Collins, entre otros.

La revista Vea y Lea para 1950 organizó un concurso de cuentos policiales cuyo ganador fue Facundo Marull. En vista de esta iniciativa Leoplan comienzó a publicar cuentos policiales; ya entonces con el género instalado aparecen dos publicaciones: Rastros y Pistas que encontraron un  nuevo nicho editorial y un mercado nunca antes explorado.

A partir de este momento nos invade El Séptimo Círculo, la colección policial de la editorial Emecé, donde Borges y Bioy Casares se transforman en verdaderos baluartes, aunque no podemos dejar pasar a autores como María Angélica Bosco, Marco Denevi, Enrique Anderson Imbert, Rodolfo Walsh, Syria Poletti, entre otros. Walsh, por ejemplo, presenta en 1953 la primera antología argentina del género, Diez cuentos policiales argentinos (Editorial Hachette), donde incluye a Jorge Luis Borges, Leopoldo Hurtado, Adolfo Pérez Zelaschi, Manuel Peyrou, F, Marull, W. Eisen, A, Mayer, Jerónimo del Rey, Adolfo Bioy Casares y el mismo. Recordemos de su autoría Variaciones en rojo, tres novelas breves donde tres asesinatos son investigados y resueltos por dos hombres; el comisario Jiménez, un individuo experto en el oficio y Daniel Hernández, un joven corrector de pruebas de una editorial.

En 1955 dos novelas marcaron el destino del policial. María Angélica Bosco con La muerte baja en el ascensor obtiene el premio Emecé 1954, con un trabajo ambientado en una casa de departamentos de la avenida Santa Fe. Marco Denevi  irrumpe con su novela psicológica Rosaura a las diez que recibiera en Premio Kraft y nos dejara para siempre a ese protagonista de cuerpo tímido y enorme timidez.

Ya entrado en los años sesenta el giro del la literatura policial fue notable, comienza un nuevo esquema donde la figura del detective clásico queda perimida. El mundo se conmociona y muestra en claro y al desnudo nuevas formas de vida que despiertan en los narradores un cúmulo de ideas renovadas. Ante un boon literario de corte realista e imaginario mágico, la literatura policial impone una pantalla cinematográfica cotidiana, con textos y lenguajes propios donde las historias no son inventadas, suceden y están a la orden del día, formas parte de la cotidianidad y expresan las vivencias de seres de carne y hueso. Estamos claramente tuteándonos con esos agentes todopoderosos, atados a una tecnología impactante que nos deslumbra y nos hace volar la imaginación, héroes con chicas bonitas que nunca mueren y que nos invitan al pecado, a la trampa, al ritual sagrado del ladrón que siempre triunfa y se ríe de la ley.

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Este cronista ya venía con el cuero curtido después de leer a escondidas algunos libros peligrosos como La hija del tiempo de Josephine Tey (1951), El talento de Mr. Ripley de Patricia Highsmith (1955), Disparen contra el pianista de David Goodis (1956), De Rusia con amor de Ian Fleming (1957), El caso Galton de Ross Macdonald (1959), La bestia debe morir de Nicolás Blake (1963), El espía que surgió del frío de John Le Carré (1963), 1280 almas de Jim Thompson (1964), A sangre fría de Truman Capote (1966), El Padrino de Mario Puzo (1969), A todo riesgo de José Giovanni (1969), El día del Chacal de Frederick Forsyth (1971), El nombre de la rosa de Umberto Eco (1980) y otros tantos que navegan por mi memoria. No es que deba hacer gala de libros acumulados pero a fuerza de insistir uno se va domando y por allí aparecen otros tantos sepultados en los anaqueles. Me cuesta recordarlos aunque digo: Historias en rojo de Syria Poletti (1969), Sangre bajo la lupa de Evaristo M. Urricelqui (1972), Buenos Aires Affair de Manuel Puig (1973), El jefe de seguridad de Julio César Gaitero (1973) El agua en los pulmones (1973)  y Los asesinos las prefieren rubias de Juan Carlos Martini (1974), Los tigres de la memoria de Juan Carlos Martelli (1973), Triste, solitario y final de Osvaldo Soriano (1973) Esta noche reunión en casa de Vicente Battista (1975) y ya no me acuerdo, pero no puedo olvidarme de Rodolfo Walsh, Bernardo Kordon, Juan-Jacobo Bajarlía, Daniel Moyano, Ricardo Piglia, Juan José Saer, Rodolfo Fogwill, en fin, me quedo sin carretel.

Lo cierto es que el policial se ha puesto de nuevo la gabardina y los renovados detectives salieron a la calle sin placa identificatoria. Recurro a Leonardo Oyola quien me ayuda: “Todos en algún momento tuvimos que tomar ciertas decisiones. Y la mayoría supimos quedarnos en el molde. Lo que nos atrae de los policiales es que en ellos pasa lo que no es moneda corriente, lo que nos hubiera gustado hacer más allá de si eso respeta o no la ley, de si está bien o mal. De ahí la identificación con esta gente. El sufrir a la par. El desearle que, contra todos los pronósticos, termine ganando sea lo que sea en lo que se hayan jugado.”

Ricardo Romero explica: “Supongo que existe el policial argentino en la medida en que entendamos que es una clasificación que tiene que ver más con las coyunturas que con las obras en sí. El famoso decálogo de Gamerro puede ser una pista en ese sentido. Pero igual creo que las características más valiosas, o al menos las que más me interesan a mí, tienen que ver con la indefinición, con el mestizaje literario, con el tomar el género como un punto de partida y no como un punto de llegada. Estamos en Latinoamérica, en el Tercer Mundo: como Marcelo Cohen dice de la ciencia ficción, acá las cosas tienden a no funcionar. El berretismo es parte de nuestro estilo, pero entendido no sólo como una falla, sino también como un desvío. Las cosas funcionan, pero de maneras inesperadas. Los policías no son tan policías, los criminales no son tan criminales, los muertos no están tan muertos.”

“Aunque la novela termine mal, aunque triunfen los malos, el libro se cierra y eso permite ordenar las cosas. En principio, saber quién es el malo. Identificar al criminal. ¿En cuántas novelas policiales el criminal se sale con la suya? En ninguna, porque siempre el lector sabe quién es el criminal. Se me ocurre una excepción sumamente perturbadora, la cuarta parte de 2666, de Bolaño. Debe haber más, pero no muchas. También está el hecho de que el policial, a diferencia de la ciencia ficción y el terror, tiene un engañoso perfil realista. Y el realismo siempre parece tener más lectores en un mundo donde el discurso informativo se ha vuelto tan poderoso.”

Elvio Gandolfo, un especialista en estas cuestiones, dice lo siguiente: “Sí es posible hablar de un policial argentino, porque existe. En general es mejor en unos cuantos cuentos excepcionales (Borges, Waslh, Arlt, Mignogna) que en muy pocas novelas donde fue muy bueno. Es muy divertido escribirlo, como hicimos con mi amigo Gabriel Sosa para la serie dirigida por Juan Sasturain, en dos ocasiones. Lo que sí, no creo demasiado en los ‘seres nacionales’. En todo caso si lo hay se refleja siempre, aunque esté firmado con seudónimo yanqui y ocurra en Manhattan.”

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Elvio Gandolfo

 

Yo recuerdo que durante la dictadura militar (1976-1983) esto de andar llevando libros bajo el brazo era peligroso, incluso se leía a escondidas y cuando circulaba cierto autor “comprometido” ya la mirada de los muchachos no era la misma. Sin embargo, en ese período, muchos autores se soltaron y una nueva literatura arrastró parte del estiércol literario dominante. Pienso en Piglia, Di Benedetto, Castillo, Walsh, Rozenmacher, Costantini, Wernicke, Briante, me quedo sin nombres y peco de olvido. Pero volvamos a las historias de chorros y malvivientes y pensemos que esa literatura barata y folletinesca renovó el vestuario y hoy apura a los lectores con ánimo renovado. Hay que decirlo: un excelente momento, una etapa de brillo y lentejuelas se adueñó de la literatura policial. De pronto aparecieron nuevas editoriales, jóvenes escritores, festivales  como el BAN, en Buenos Aires, Córdoba Mata en la ciudad mediterránea, La Chicago Argentina en Rosario, Azabache en Mar del Plata, donde se reúnen y pontifican los fanáticos de esta especialidad.

Uno no puede eludir en este panorama la pregunta caliente: ¿Ésta moda de la literatura policial argentina no es una proyección del estado de cosas que refleja la sociedad? Los tiempos violentos siempre atravesaron en tejido social, muchas veces enmascarados para dejar pasar el tiempo y que todo caiga en el olvido. Las redes sociales, la cultura de una información de pantalla, los medios masivos de comunicación, una prensa más amarilla que nunca y el permiso personal a decir las cosas sin miedo, permitieron salir de la cueva a mucho malestar y a la enorme miseria humana que se ocultaba mostrando esa “otra cara” donde quedaba en descubierto el cinismo y la hipocresía de innumerables hechos y situaciones de violencia. Por eso ese espejo no siempre refleja la imagen deseada y la literatura en este caso puede ser  una caja china donde los individuos se empatizan con el autor. Ricardo Romero vuelve a socorrernos y algo nos dice: “Me resulta conflictiva esta pregunta. ¿Reflejar? No creo que la literatura sea un discurso que refleja la realidad, sino que más bien la cuestiona. En todo caso el reflejo es sólo un primer movimiento, pero si se queda ahí, muere. Nadie necesita de la literatura para saber lo que pasa a su alrededor. Pero sí para cuestionar la imagen que tenemos de ese derredor. Y por otra parte, ¿impera la violencia social ahora, o siempre estuvo? Con estas salvedades, pruebo responder. No sé si esta división que voy a hacer es tan visible y clara, pero la hago como punto de partida, como para deslindar y pensar otras cosas. En la novela negra argentina, se me ocurre, hay dos vertientes: la que contiene crímenes clásicos, grandes estafas, crímenes políticos, pasiones de poderosos siempre impunes, y la que contiene crímenes de cabotaje, los que suceden en los suburbios de la Historia y no salen en las noticias, crímenes llenos de la sordidez de la insignificancia, que hace más patente el sinsentido de la violencia. Me parece que ahí pasa algo curioso con el realismo. En las primeras, la corrupción social siempre es una marca de realidad, los policías y las instituciones nunca salen bien parados. Pero es una marca de realidad más cerca de la ‘idea’, de una idealización o generalización de esa realidad malsana en la que vivimos o creemos vivir. En la segunda, los sucesos, por su misma menudencia barata y secreta, tienden a disparar hacia lugares más caprichosos e inesperados. Ahí aparece lo verdaderamente siniestro, la frontera que no podemos atravesar con ningún discurso que no sea el literario. Ese es el lugar más interesante para mí. Ahí es donde está el verdadero horror, la potencia más irreductible de la literatura por ser, paradójicamente, un entramado vivo de lo real.”

Ernesto Mallo, fundador del BAN (Buenos Aires Negro) aclara el panorama: “Creo que la novela policial, y específicamente la novela negra, que siempre incluye temas sociopolíticos en su cócktail, está muy atenta al acontecer cotidiano y a los rumbos que va tomando la criminalidad. En ese sentido el arte siempre va más rápido que la ley y la justicia, ya que estas sólo pueden obrar sobre hechos del pasado, en cambio el arte bien entendido siempre tiene algo de profético y algo de redentor.”

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Ernesto Mallo

 

“Lo atrapante es su actualidad y también que habla de nuestro tiempo, de nuestras preocupaciones, de nuestros miedos y de nuestras opresiones. El policial produce modelos de identificación muy fuertes, tanto para el que cree a pie firme en el respeto a la ley como aquel que le gustaría burlarla. Tanto al que ansía justicia como al que le encanta que el criminal se salga con la suya.”

A esta altura de las circunstancias ya queda claro que el fenómeno policial es una parte de todos nosotros. Debemos  seguir dándole las gracias a Walsh, a Piglia, a Borges, a Bioy Casares; pero también a Tomás Eloy Martínez, Alvaro Abós, Rubén Tizziani, Raúl Argemí, Vicente Battista, Mempo Giardinelli, Pablo De Santis, Juan Sasturain, Guillermo Saccomanno, Angélica Gorodischer, Felipe Celesia, Sergio Olguín, Claudia Piñeiro, Luisa Valenzuela, Javier Sinay, Leonardo Oyola, Carlos Gamerro, María Inés Krimer, Iván Moisseff, Alicia Plante, Elsa Osorio, Eduardo Sacheri, Martín Kohan, Orlando Van Bredam, Mariano Quirós, Matías Bragagnolo, Mercedes Giuffré, Ezequiel Dellutri, Reynaldo Sietecase, Osvaldo Aguirre, Diego Grillo Trubba, Ricardo Ragendorfer, Rodolfo Palacios, Candelaria Schamun, Miguel Ángel Molfino, Guillermo Orsi, Guillermo Martínez, Federico Levín, Gabriela Cabezón Cámara, Mercedes Giuffré, Horacio Convertini, Daniel Sorín, Guillermo Orsi, Juan Terranova , Carlos Salem, Juan Carrá, Kike Ferrari, Hernán Ronsino, Mariano Quirós, Selva Almada, Tatiana Goransky, Javier Chiabrando, Ricardo Romero, Matías Bragagnolo, Enzo Maqueira, Alejandro López Rey, Patricia Suárez, Nicolás Correa, Ana Ojeda, Alejandro Soifer, Ezequiel Dellutri… y perdón, disculpas, sorry; lo lamento por las ausencias, sepan entender, soy un sexagenario y mi disco rígido es limitado.

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