No se me ocurre mejor escenario para leer Pictografías, de Martín Di Lisio: el living de mi casa, con la frescura del invierno calefaccionado directamente por el sol; el ventanal dispuesto todo para mí, vidriera del contra frente, con sus ropas colgadas y el árbol pelado que nos hace de centro. El mate sobre un banco que oficia de mesa, el sillón, el libro y yo. No hay escenario mejor porque se diferencia de todos y cada uno de los escenarios que dan contexto y, en algunos casos, hasta protagonismo, a los cuentos de este libro. Paisajes que se me aparecen con mucha claridad.

Hago un mapa conceptual en mi cabeza. El término inglés me viene al pelo: Mind Map. Voy conectando elementos de las once narraciones bajo conceptos encuadrados, y también hago la fuerza opuesta para resaltar las diferencias.

Bajo un rectángulo que presenta la palabra ENCIERRO, escribo los títulos “Dos veces no”, “El cuadro”, “Pictografías”, “Oeste”, “El arte de Kiyoshi” y “Senguer” (en lápiz HB, también mental, agrego “Al sur”, no estoy segura). Sin embargo, “Dos veces no” y “Pictografías” son encierros al aire libre, con la falta de oxígeno de una humedad cortante, de narradores que cuentan en primera persona y van al ritmo de los minutos eternos. Uno del apuro y del escape; el otro, del apuro y la llegada. Ahí se mete “Senguer”, una localidad enterrada en nieve, también con un narrador agitado, pero sin miras de escapar del peor encierro de todos, el más apocalíptico: agrego la categoría DESAMOR. Lo escribo en rojo sangre, que chorree, porque cualquier cosa puede pasar. También pincelo “El arte de Kiyoshi”, un hombre abandonado que toma el toro por las astas, y aparece JAPÓN. Claro está, una obviedad, que ahí también se ubica el mismísimo cuento “Japón”, que comparte con Kiyoshi el país que los contiene, el frío, un monte (otro) y nada más. Me acuerdo de Poe. Pienso en eso que decía él de que si la belleza era el objetivo, mejor escribir un poema. Sin embargo, mientras leo “El arte de Kiyoshi”, advierto pura hermosura en ese poster de nieve, de ceremonia solitaria del té, del shōji y el tatami, del origami y de lo fantástico y, por qué no, futurista resuelto con delicadeza estética en un espacio tradicional. El encierro de “El cuadro” es un mambo más psicológico y oscuro, mientras que el de “Oeste”, es absolutamente esperanzador, más o menos como lo que pasa cuando uno escribe un cuento, hay una historia que hace de combustible.

Un nuevo concepto se abre en mi mapa: ROAD MOVIE. Y aparecen los títulos “Cerezas” y “Al Sur”. Lo curioso es que a estos recorridos los unen rutas de GUERRA. En “Cerezas”, Leslie pasea por Mashhad, en Irán, donde la fruta y unos niños lo conectan con sus más tiernos recuerdos y, a su vez, con la muerte que fue y la muerte que vendrá. En el viaje, el taxista, un perfecto desconocido, logra conmoverlo. Por su parte, “Al sur” sucede en el desierto libio, con la boca seca. Sí, la boca se te seca al leerlo. Ya no dudo, le cabe también el ENCIERRO.

“Japón” y “A la manera del Gitano” comparten un narrador en primera persona que, después de años, revela una anécdota que en el pasado lo hizo cambiar de rumbo. En este sentido, el autor parece jugar con la aparente veracidad de los hechos que, al mismo tiempo, se ven tamizados por el paso del tiempo.

“A pesar de esta sensación de final, de este andar de viejo, la historia me la acuerdo muy bien. Estas partituras que tengo acá son el catálogo del mejor Canaro de todos, el que nadie jamás escuchó…”.

“Sesenta años de ese trece de abril. Sesenta años exactos, hoy, de la madrugada en que se murió la vieja, nuestra vieja, y del atardecer de ese mismo día, brumoso, en las orillas del arroyo Maldonado, esas pequeñas barrancas de Villa Crespo, con el Ñato y el Gitano, mis hermanos mayores. Sesenta años, hoy, de ese atardecer de lluvia, sombras y cuchillos en la Buenos Aires del año catorce”.

Siempre se puede dudar de estos narradores, tenemos permiso. Acá se cuela “Un Ramone”, por dos razones: un narrador que puede no estar acordándose bien, y CELEBRIDADES, como en el cuento sobre Canaro.

Mi mapa mental queda lleno de colores. Di Lisio logró pasearme, como en sus historias de ruta, de cuentos clásicos, a cuentos modernos, sin escalas, con una vuelta de página. De los cuchillos del catorce a una anécdota adolescente con Los Ramones. De cuentos que lo dicen todo y dan cierre, a otros, como “Dos veces no”, “Cerezas” y “Al Sur” que cierran con preguntas, que nos dejan espacio para seguir imaginando. Narradores en primera y en tercera. Narraciones en pasado y otras en presente. Contextos urbanos y contextos rurales. Cuentos que recuerdan a autores locales y cuentos que recuerdan a autores extranjeros. No hay fórmulas repetidas, cada historia es un universo distinto, aunque en mi mapa se crucen y se hermanen bajo algunos conceptos. Hay una mano hábil y una mente curiosa al servicio de lector.

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Hay un factor común, que no nombré en la reseña, en todos tus cuentos: precisión en la información que los estructura o les da contexto; un lugar, una disciplina artística, por ejemplo. A la hora de escribir, ¿hacés investigación o elegís temas sobre los que sabés y los llevás a la ficción?

En general, en casi todos mis cuentos hay al menos un factor que requiere de información externa, más allá de la escritura. No es adrede. A veces suele ser algo geográfico, o parte de una biografía, o la historia de una pintura. Con respecto a los lugares donde se desarrollan las historias, en muchos estuve y en muchos no. Me parece importante la verosimilitud. No sé qué pasaría si un japonés llega a leer mis cuentos sobre Japón, si se los creería o no. Pero trato de ir hacia esa información: distancias entre lugares, temperaturas, épocas. Y eso requiere al menos una pequeña investigación en paralelo.

¿Cómo es Martín lector? ¿Se pasea por todos los géneros? ¿Hay que leer de todo para escribir de todo?

No me paseo por todos los géneros. Pero sí intento mezclar, ficción y no ficción. Leo cuento y novela, a veces teatro, y voy mechando con ensayos. Libros de antropología, históricos, políticos. Todo eso, la no ficción, me da muchas puntas para escribir. De hecho, en Pictografías, hay al menos dos cuentos influenciados por libros antropológicos. Yo creo que es saludable leer cuento para escribir cuento, leer novela para escribir novela, y así. Al menos leer los géneros que uno escribe.

¿Qué estás leyendo ahora? ¿Qué autores te impactaron últimamente?

Ahora leo «El loco Dorrego», de Brienza. Vengo de leer «El sentido de un final», de Barnes, y «Hombre en la orilla» de Miguel Briante. Luego iré por «El asco» de Horacio Castellanos Moya.

Briante me gustó mucho, no sé si me impactó, pero lo recomendé. Impactarme, no sé, sigue impactándome Saer, este año leí «Lo imborrable», casi lo último de Saer que me quedaba, y esas lecturas siguen siendo memorables.

¿Cómo seleccionaste los cuentos para este libro?

Fue un recorte de la época. De dos o tres años de trabajo, solo habrán quedado un puñado de cuentos afuera de Pictografías. Pero al momento de armar un libro, no me sobra tanto material. Lo mismo me pasó con mi primer libro, Hacerse agua, eran los cuentos que tenía en ese momento, que de algún modo, marcan mi momento de escritura.

¿Estás trabajando en cuentos nuevos?

Desde que hice la selección para Pictografías hasta hoy, habrán pasado dos años. En este tiempo terminé mi primera novela, corregí alguna que otra obra de teatro, y terminé unos ocho o nueve cuentos nuevos. Estoy cerrando un par de cuentos más para llegar a once, un número que elijo, que me gusta, para formar un libro. Serán los próximos once que salgan la cancha.

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