Periodista, narrador, ensayista, traductor y editor mexicano, Rafael Pérez Gay cuenta con una decena de libros publicados y es una de las voces que ingresa en nuestro mercado gracias a la participación de México como huésped de honor de la Feria del libro de Buenos Aires 2015. Con motivo de su presencia en el país, el sello editorial Seix Barral ha publicado en Argentina la novela Nos acompañan los muertos y el potente libro de memorias El cerebro de mi hermano, de cuyas lecturas surge esta grata conversación mantenida una mañana de mayo en la sla de reuniones del hotel Cristóforo Colombo en la zona de Palermo.

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¿Cómo es tu formación como pensador y escritor? ¿Cómo fue influenciada por tu familia?

Una vertiente es  la prensa literaria mexicana, de una larga tradición.  Consiste en escribir en suplementos y periódicos. Te va formando muy cerca de lo que consideras el público, sin que esto quiera decir que escribas para el público. Es decir, cuando estás en la presa, tú lo sabes bien, tienes que estar conectando rápidamente con el lector.

Por otro lado, provengo de las letras francesas. Yo estudié letras francesas en la Universidad Nacional Autónoma de México, aunque no terminé. También  estudié muchos años en el Instituto Francés de América Latina.  Bueno, por esos azares que tienen que ver con decisiones de la madre o del padre, yo no estudié ingles sino francés y me formé entonces en la literatura francesa. En especial en la novela realista francesa que, yo aprecio mucho… estoy pensando desde luego en Balzac, Stendhal, Flaubert incluso en Proust. Son autores que yo admiro y a los que vuelvo siempre, permanentemente. De todos ellos probablemente me quede con dos: Balzac y Flaubert.

Vengo también de una formación que ocurrió en los años 70 en México, no se si aquí en Argentina sucedió  algo parecido, estalló,  hizo una explosión a mediados de esa década, la incorporación del cine de un modo radical en la literatura. Mi formación sentimental está también muy cerca del cine de aquellos años. Es decir, tenias que tener muy bien puesto a tu nouvelle vague,  tenías que tener muy bien puesto tu Godard, tu Truffaut… años después Bertolucci, Visconti, Fellini… Eran parte importantísima de la formación de los escritores de aquellos años.

Probablemente hoy también, pero hablo de aquellos años, cuando esos jóvenes que fuimos empezamos a leer en 1975.

Provengo también de otra de las grandes explosiones de esos años, que es el rock. La cercanía que tuvimos y que tenemos con la cultura norteamericana le dio, incluso, a Monsiváis para un chiste: decir que éramos la primera generación norteamericana nacida en México. Las grandes bandas de rock de los setenta se incorporaron muy  rápidamente a nuestra formación intelectual…No sé si estos cuatro, cinco  caminos pueden, yo creo que sí, darte como un retrato de los lugares de los que vengo.

Y te respondo la segunda pregunta: la familia fue definitiva. En los años que ocurren cuando yo soy un niño,  los años 60, hay una eclosión en el mundo entero y en México también. En mi casa hay al menos dos, tres jóvenes: mi hermano y dos hermanas. Ellos empiezan a vivir intensamente los grandes cambios. Mi hermano llevaba libros de Sigmund Freud a la casa en 1965, 1969. Traía libros de Juan Ramón Jiménez. Traía libros de un escritor que apenas se empezaba a conocer que se llamaba Jorge Luis Borges, que  también empezaba a conocerse en México. Pues no sé si era El Hacedor -no sé de qué año es  El Hacedor- , no sé de qué año es Fervor de Buenos Aires, me refiero a las primeras edicionesPero es importante esto, porque esos hermanos mayores le dieron un clima al entorno y al núcleo familiar, afuera y adentro. Más o menos, son estos los lugares de donde vengo.

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Nos acompañan los muertos es el registro de los días terminales de dos sombras sin sosiego tocadas por la soledad y el tiempo, los padres seniles del narrador de esta novela cruda e intensa a la vez. Durante los lentos adioses y la larga agonía de dos ancianos perdidos en la longevidad, el narrador mira hacia atrás y ata sus recuerdos a los de ellos, reconstruyendo su propia historia y la de la Ciudad de México. Los vientos de la política irrumpen en la oscuridad de la vejez y en la vida diaria durante el convulso año 2006 y pasan como una ráfaga ante la mirada borrosa de los viejos. La naturalidad prosística de Rafael Pérez gay logra en estas páginas un ejercicio literario que narra las interminables jornadas de enfermedad y deterioro, para recordarnos que los padres no solo son el pasado sino también el futuro de los hijos.

 

¿Tu familia es de clase media, media  alta?

La familia  que  aparece tanto en El Cerebro de mi Hermano, como la de Nos acompañan los muertos, es una familia clase media-media, que a veces tiende a ser baja por las sucesivas catástrofes financieras que ocurrieron en la vida del jefe de esa familia, que para más datos es el padre del narrador. Pero con un trauma terrible, porque es una familia que proviene de una gran fortuna: de las fortunas que se hicieron durante de la revolución mexicana. El padre de la madre, es decir, el abuelo del narrador – que para éste caso soy yo-  dejó una fortuna importante, que negocios mal planeados o  atrabancados se la comieron, por lo que la familia pasa de ser adinerada,  muy  acomodada, a ser una familia de clase media, a veces baja. Siempre había en casa el recuerdo de ese paraíso perdido que era una  fortuna que se había ido en deudas y negocios mal realizados.

¿Cuánto hay de ficcionalización en la novela respecto de tu familia?

Hay poca ficción, casi diría yo que son dos novelas sin ficción. O bien lo que el mercado español ha llamado  ahora “autoficción”: es decir la voz que narra  se toma a sí misma como personaje  y empieza a reconstruir. Esto plantea una cosa interesante, ¿qué tanto de ficción hay?

Bueno en el momento en el que  se publica y, seguramente estas dos breves ediciones que ha hecho Seix Barral acá, pues son una ficción. Seguramente, para ti pues, debería serlo en cierto sentido, aunque uno tiene que trasmitir la verosimilitud. Soy un creyente de lo que Coleridge llamo “la suspensión de la incredulidad”. Decía Coleridge que una de las claves de la literatura es que debe lograr “la suspensión de la incredulidad en el lector”: el lector tiene que estar creyendo lo que está leyendo, ocurra en Marte, ocurra en  San Telmo u ocurra en la Colonia Condesa de la ciudad de México.

 

Es remarcable que una de tus vertientes de origen sea la prensa literaria porque, en los últimos años, suele ser asociada con una prosa más árida. En tus libros lo interesante e inteligente es que se establece un pacto con el lector con un código muy personal y al mismo tiempo una prosa muy poética. Me interesa preguntarte acerca de esto porque es  un vestigio de lo que en algún momento se llamó “alta literatura”,  que últimamente está, hasta cierto punto devaluado.

Me parece que estás llegando a una fibra -lo que yo considero que es una fibra- no de éstos libros, sino de la literatura a la cual yo soy afín. Yo provengo de la prensa. Y en la prensa, para hacerlo bien (hacerlo bien significa que si te piden una reseña, entregues una reseña y no un soneto y, si te piden un soneto haces un soneto y no una reseña), tienes que desarrollar una técnica y una destreza. Por lo menos en la prensa que a mi me gusta y que aspiro a hacer y que me parece que existe en America Latina en una tradición riquísima. El asunto con la prensa es que se ha malentendido: pareciera que ahora tiene que escribirse a los tumbos, a tontas y locas y a trancas y barrancas, cuando debería ser al revés. Decía García Márquez que un reportaje tiene que estar tan bien escrito como un cuento. Y un cuento tiene que tener la fuerza para atraer al lector como un reportaje. Yo creo en eso y busco eso. También soy completamente partícipe y me adhiero a la idea de la literatura que consiste en que  la prosa parezca natural. Como sabemos, en literatura, la naturalidad es lo más antinatural que hay, porque ha pasado por distintos cedazos. De modo que cuando yo empecé a leer y, más que a leer a escribir, empecé a oír a los escritores que yo admiraba. Ellos siempre decían, de una u otra forma: hay que escribir bien, hay que intentar escribir muy bien, que suene bien. La prosa desabrochada es muy triste. La prosa “en pantuflas” es catastrófica. Yo aspiro a lograr una musicalidad, no digo que lo haya logrado, pero aspiro a ello. Las veces que pasa el texto sobre mi pantalla en la corrección, edito muchísimo, trato de pulir las reiteraciones, las cacofonías, las disonancias. La prosa tiene que sonar bien y el periodismo tiene que sonar bien.

Hace tiempo yo abandone el dilema del periodismo y de la literatura. Me parece una frontera invisible y me parece banal discutir si la literatura es periodismo y viceversa. Yo por lo menos, por mi formación, intento transitar con naturalidad de una a la otra, pero en el entendido de que la prosa tiene que estar bien escrita. O que al menos se note el empeño en el escritor. Que digas, bueno, este escritor, Pérez Gay, ha tratado de evitar los errores que ha cometido en libros anteriores para lograr libros mejores. Es un poco esa la escuela en la que yo me fui creando, tanto para hacer crónica en un periódico, como para hacer un libro o para escribir historias tan personales como estas dos que tienes aquí frente a ti.

 

¿Por dónde transita el resto de tu obra? Porque acá llegaron estas dos obras nada más.

Tengo tres libros de cuentos, que tienen la característica precisamente de que a veces son cuentos, a veces crónicas, a veces articuentos. Son anfibios, pertenecen a un mundo terrestre y marítimo. Escribí un libro que se llama Me perderé contigo, que tuvo buena recepción en ese momento, hace veinte años, precisamente porque eran narraciones de vida cotidiana, cuentos de parejas en departamentos de clase media de la cuidad de México. Aspiraban a narrar un universo que pudiera revelar, en espacios pequeños, verdades grandes. Era una apuesta no poco audaz, en épocas en donde todos los escritores estaban tratando de contar las grandes cosas que habían ocurrido, desde los escritores consagrados hasta los jóvenes. Ese es uno de los caminos de los libros que he publicado antes. Tengo una primera novela que se llama Esta vez para siempre, que es la historia de un editor en una revista mexicana de los años 80. Un libro también anfibio que se llama Diatriba de la vida cotidiana y otras derrotas civiles, que son diatribas en el sentido nuevo pero también antiguo. La antigua diatriba era una conversación, hoy significa estar en contra. Entonces escribo una diatriba de Balzac, una diatriba de la vida conyugal, una del sueño, una del psicoanálisis. En ellas me doy la oportunidad de ser suficientemente irreverente como para meterme con cosas que yo mismo admiro. Y de la prensa he traído, he compuesto y  recompuesto, algunas reuniones que convierto un poco en cuentos El corazón es un gitano. O No estamos para nadie, que son crónicas del delirio y del manicomio de esa sucursal del infierno que llaman ciudad de México.  Estos son dos libros con  intensidad dramática. Son un duro viaje al interior. En otros libros he tratado de cultivar cierta ligereza y humor. Yo creo que hay que tener humor para mirarse a sí mismo y las cosas. El humor no es un estado de ánimo, sino una actitud ante la vida.

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Último reducto de la memoria y de los sueños: el cerebro, donde todo ocurre, pero también donde todo puede parar cuando se convierten una casa a oscuras habitada por nada, nadie, nunca. El cerebro de mi hermano es un relato de la evolución de un padecimiento degenerativo en el seno de una familia. Recuerdos, emociones, temores y expectativas, el singular proceso de adaptación a lo impensable, el dolor de atestiguar la extinción de un ser querido, pero también la historia compartida, los años, los lugares, las pasiones conjuntas, la apertura a la conciencia del propio final, el ajuste de cuentas inexorable con lo vivido…Rafael Pérez gay ha escrito con el cerebro de mi hermano una de sus memorias personales más intensas, un informe final sobre los últimos momentos de José María Pérez gay (1943-2013): filósofo, escritor, traductor y diplomático; hermano mayor y amigo literario. Una reflexión descarnada y precisa sobre la condición humana, la enfermedad y la muerte.

 

Entre estas dos novelas hay una distancia: Nos acompañan los muertos es muy personal, pero está dentro de cierto canon, mientras que El cerebro de mi hermano es extremadamente intensa, narra anécdotas muy descarnadas, incluso ciertas miserias que, para un libro de memorias resulta muy audaz. ¿Cómo manejaste esa intensidad?

Sí, es muy audaz. En México los buenos amigos y lectores de El cerebro de mi hermano dicen que es un libro muy valiente. Y es que la verdad la literatura requiere de cierta dosis importante de valentía, entendida como esto que estás diciendo: ¿Qué es lo que voy a contar y cómo lo quiero contar? Si lo voy a hacer, tiene que ser casi completo o, de lo contrario, sería entonces preferible hacer algo totalmente de ficción. Para que funcione una obra de estas características tienes que sacar todos los huesos del ropero para contarlos.

Como tú sabes bien, este libro  cuenta los últimos años de la vida de  José María Pérez Gay.  Era  un escritor importante y conocido en México y político también en los últimos años de su vida. Cae muy enfermo con una penosísima enfermedad neurológica, te repito esto que tú ya leíste porque es importante acerca de lo que voy a decir ahora: yo estuve muy cerca de él durante su enfermedad, como notará quien lea el libro. Me pregunté: ¿Vas a dejar que pase frente a tus ojos esta historia, esta trama de la desgracia y no vas a decir nada al respecto? Los periodistas, o quienes vienen de la prensa, no pueden negarse a eso. Es una tentación absoluta. Yo ponía el ejemplo, guardando las distancias, del reportero de guerra. El buen reportero de guerra sabe que corre riesgos, tiene que tener una valentía física y conocer el terreno: dónde pisar y no. Éste es un combate y hay un riesgo interior, también tienes que saber qué paso das, que huella sigues, para que la historia que estás contando vaya tomando forma de modo valiente, pero que también vaya revelándote la humanidad de los personajes que están alrededor. Yendo a mis grandes clásicos, no otra cosa hacía Balzac. No estoy comparándome en ningún sentido sino que, digamos, algunas de todas  las novelas de Balzac eran las de folletín, de la parte baja de los periódicos. Y si contaba de un señor avaro, empezaba a contarte de la avaricia, pero al mismo tiempo te estaba contando de la avaricia en la ciudad y en la sociedad en donde él vivía. De modo que sí, El cerebro de mi hermano es un libro en cierto sentido crudo y descarnado.

Todos tenemos pequeñas ciudades dentro de nosotros, con verdades oscuras e indecibles. Yo trato de contarlas diciéndolas, porqué esa es una de las cualidades de la literatura. Decía Bioy, “Una de las raras cosas de la literatura es que puede ser eterna”. Así me puse a escribir muy rápidamente este breve libro, claro, con una técnica y con un plan más o menos definido. Se trata de brevísimos capítulos de dos páginas, o de una página, que puedan en algunos casos ser casi unitarios. Que estuvieran un ritmo: Enfermedad del hermano mayor- Familia- Ciudad- Narrador, e irlo repitiendo o replicando a lo largo de sus ciento cuarenta páginas con sus libertades. Al final quité algunas cosas, no te voy a decir que está toda la verdad. Nunca debe estar toda la verdad en ningún lugar, ni en la vida, ni en los amores, ni en la literatura. Pero sí está, para mi tranquilidad respecto a este personaje que fue tan importante para mí en la vida, que fue mi hermano, sí está completo un poco lo que él fue y esta expedición a la verdad es mi forma de homenaje. Porque hacer un retrato, implica decir un poco lo que somos. Porque está el hermano, pero también esta el narrador que, a medida que avanza este informe, va descubriendo también quién es, va descubriendo una parte de él a propósito de la muerte. Porque las muertes de seres queridos tienen el rasgo y la característica de descubrir, no sólo a la persona que se acaba de ir, sino a aquellos que nos quedamos.

¿Qué tan difícil es rememorar una y otra vez estos recuerdos con este tipo de entrevistas?

Te juro que nadie me lo había preguntado antes. Es curioso, pero nadie me lo ha preguntado en México. Yo termino cansado, emocionalmente cansado y desde luego triste. Porque es volver, una y otra vez, sobre los padres que se caen a pedazos de viejos y sobre el hermano que murió unos años antes de lo que debió haber muerto, en condiciones catastróficas para alguien que se dedica a la literatura y a la vida intelectual. Es duro volver al momento. El recuerdo suele ser doloroso y estos más. También me siento en ocasiones un tanto repetitivo, y digo “bueno, deberíamos dejar ya este asunto por la paz”. Pero bueno, los libros están aquí y te cuento algo más acerca de ellos, este año aparecerá una novela más, será parte de lo que yo  llamaré  “una trilogía indeseada”.  Es el libro en el que yo estaba metido, la novela que estaba escribiendo cuando  ocurrió la enfermedad y muerte de José María Pérez Gay, o de este hermano. Es la historia de la  enfermedad del autor. Porque el autor está escribiendo una novela de principios del siglo veinte. No es una novela histórica, es una novela en la textura narrativa de Nos acompañan los muertos, reconstruyendo parte de la bohemia de la ciudad de México. Aparece por ahí  Amado Nervo, sale Julio Ruelas…Cuando le dan una  mala noticia y le dicen bueno, tiene cáncer. Y entonces  tiene que poner en orden  sus cosas, que  son los papeles históricos que tiene. Es la historia de esa enfermedad y al mismo tiempo la imposibilidad de la novela que esta escribiendo en ese momento. Hay unos capítulos largos sobre el dolor: los tratamientos para la vejiga son dolorosos. Hay una exploración sobre el dolor, que el narrador de esta novela trata de conectar con los personajes sobre los que está escribiendo, con estos escritores de la bohemia mexicana que discursivamente buscaban el dolor y la muerte. El narrador está viendo un entramado, un montaje cultural e intelectual que no tiene que ver con la realidad misma y trata de desmontarlo.

También se trata de un libro de memorias o, al menos de autoficción.

Sí, también es de autoficción. Yo estaba escribiendo Nos acompañan los muertos y un día me paré y oriné sangre. Fui al médico y me dicen que tenía  cáncer de vejiga. Afortunadamente era un cáncer en principios, esto fue hace 8 años. Y siempre cruzo los dedos cuando me preguntan del asunto. De hecho yo estaba terminando Nos acompañan los muertos, y en una  frase muy al pasar,  cuando acaba de morir la mamá, el narrador sueña con ella. Y la mamá viene y le dice  “no me dijiste que estabas enfermo, para qué somos entonces las familias”.

En El cerebro de mi hermano también hay un diálogo semejante que divide y articula la novela…

Sí, es cuando el hermano mayor le dice: “¿pero tu qué sentiste cuando te dijeron que tenías cáncer? Y el narrador le contesta: me sentí irreal, pero si no ves a la enfermedad de frente, la enfermedad te devora…

Pero bueno, esos serán los tres libros y prometo no incurrir más en estos macabros temas.

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Este año la ciudad de México ha sido el invitado de honor de la Feria del Libro. ¿Cómo ves el panorama literario mexicano actual?

Algo que persigue no sólo a la actual a literatura mexicana, sino a la literatura en general, es el mercado. La persigue como una sombra,  capaz de echar a perder incluso a buenos escritores. Eso me parece que es algo que hay que tener en cuenta: las grandes editoriales, la idea de los adelantos, la idea de que “te compro la novela que ni siquiera has empezado a planear”,  que tienes que estar traducido en veinte idiomas…acaban muchas veces con  buenos escritores.

Acá sucede también que te proponen el tema de la novela.

Allá, también.  A mí me lo han propuesto, no en Seix Barral, en otras editoriales: “¿por qué no haces una novela sobre esto?” Y digo “porque yo no puedo hacer novelas por encargo” No puedo escribir. Probablemente  si me pidieras un reportaje sí, si me interesara. Si me pidieras un reportaje de la noche mexicana, diría un poco a lo Gay Talese, “me ha pedido mi editor que haga esto”. Pero no puedes pedirme que haga una novela por encargo. Ocurrió mucho en México con el bicentenario de la Independencia. Todos los escritores no, pero una cantidad de escritores tiene una novela  de un héroe y de un prócer: Morelos,  Hidalgo, Porfirio Díaz, la Patria, la Patria Chica, la Patria Grande…

Yo creo que son cosas que un escritor no debería hacer. No creo que se pueda escribir un libro personal intenso por encargo. Y no creo que se deban tomar temas, si no tienes un  tema para escribir  un libro, no lo hagas. Y listo. Cállate la boca un año y medio, ponte a leer como loco, haz periodismo, qué se yo. Y luego, danos el libro que realmente traes entre manos, el  que ha soñado. Uno no puede renunciar a eso. Porque si renuncias – volviendo a mis principios y mi trayectoria – no tiene ningún sentido: no sólo el acto creativo sino la literatura.

Del mismo modo que no concibo la literatura sin la lectura empedernida. Entonces primero: el mercado es una sombra que puede acabar con  varios escritores. Segundo: esa idea del mercado hace que muchos escritores escriban rápido y descuidadamente. Porque en el canon, en muchas ocasiones, tratar de lograr una buena historia va un poco a la baja.

Una buena historia, un párrafo inspirado, intenso, arriesgado, audaz, eso lleva tiempo. Considero entonces, respecto a esta actualidad literaria,  que habría que alejarse un poco de ese mercado. Ese es el trabajo de los editores, ellos están haciendo bien su trabajo. Los que no están viendo bien el horizonte de la literatura son los escritores. Pero también entiendo que hay un tipo de escritor que quiere hacer una historia seria, única. Que quiere ser casi liberado de su propio demonio en esa historia. Y hay también otros escritores que quieren ser libros vendedores, algunos lo logran. Yo siempre hago chistes, si  supiera como se venden cien mil ejemplares, te aseguro que haría ese libro….  Bueno nadie lo sabe, el éxito es incomprensible, yo lo veo así. Pero la literatura mexicana goza de buena salud, tiene buenas plumas, tiene intensidades, tiene obras en marcha, importantes.

¿Tenés algunos nombres, de los que acá no se conocen, para que empecemos a investigar?

Sí, si tengo. Seguro lo conoces pero tengo que mencionar a Juan Villoro. Es uno de nuestros escritores mayores en este momento, que se ha encargado de hacer una obra importante. Hay un magnifico escritor de historias que tiene que ver con la ciudad de México, se llama Héctor De Mauleón, que no vino aquí – debió de habérselo invitado –  Tenemos a Eduardo Antonio Parra, que es un narrador similar a otro que debes tú conocer que es  Elmer Mendoza. Cuando digo similar es porque son los rumbos: textos del norte de la ciudad, textos violentos, duros, Eduardo Antonio Parra es un buen escritor.

Enrique Serna que va a estar en la feria, es un muy buen autor. Es un novelista muy notable mexicano, autor de novelas gruesas, pues no sé si  en el sentido decimonónico, pero  bien entramadas, con personajes bien delineados y buenos temas. Tiene una novela histórica que escribió antes de todo este boom,  que se llama El fruto de la patria. Otra La sangre erguida, que es una novela sobre unos actores de pornografía en una comedia de enredos. Fabrizio Mejía Madrid, que anda por aquí, también es un buen escritor. Fabio Morábito, que pasó por aquí…te estoy dando además ejemplos de muy distintas literaturas pero autores interesantes.

Bueno tenemos aquí, también en este momento, a un escritor mayor, Héctor Aguilar Camín, que tiene una novela que publicó Random, Adiós a los padres. Entre las mujeres hay una que me gusta, no sé si circula aquí, que se llama Ana Clavel, buena, tiene una novela que se llama El cuerpo náufrago. Es una escritora dedicada a las zonas de la trasgresión, del erotismo, ubicadas en la ciudad de México algunas de ellas, las primeras sobre todo. Ana García Begua esta aquí, en la Feria en el stand mexicano. Ella maneja el humor, es una escritora que  utiliza la comicidad como instrumento literario para revelar mundos, es una humorista. Claro estoy hablándote básicamente de autores que nacieron en los 50, entre los mas jóvenes, dije Fabrizio Mejía, que debe tener 40 años…no sé, tendría que pensar en otros, pero la literatura mexicana varía. Hay varias literaturas como te digo, es un buen momento.

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Sobre El Autor

Actualmente es el Director de Gestión Cultural de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Entre 2016 y 2020 coordinó el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq de dicha institución y antes fue Coordinador del Programa de Literatura y editor de la revista literaria Abanico. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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