Vio un rostro reflejado en el negro lodazal y pensó que debía haber llovido poco antes. Vio unos dedos que se hundían en el barro, se aferraban. ¿Qué hacían esas manos en el suelo? ¿Qué peso sostenían? En el cielo una luna redonda sojuzgaba todo.

Su mente embotada no atinaba a encontrar un recuerdo. ¿Dónde estaba? Miró alrededor pero no pudo distinguir las sombras de la noche. ¿Quién era él? Una sensación de perezosa vacuidad lo colmó. Ese sólo instante duró años. Sacudió la cabeza y clavó la mirada ausente en el cerezo en flor.

Texto suenios 1

Cerezo en flor

Al verla, su corazón se inflamó. Diez mil caballos galopaban en su pecho. Pensó en acercarse, o mejor dicho, sintió el impulso de correr hacia ella, de colmarse y de llenarla. Sintió la desesperada necesidad de entrar en ella, de fagocitarla, de confundirse y no ser más dos distintos. La nombró en secreto por milésima vez. Volvió a nombrarla en voz más alta, y el sonido de su nombre reverberó en su piel. Fumiko. A lo lejos, ella giró y encontró su mirada expectante. Bajó la vista de inmediato, como es correcto entre las jóvenes. Pareció dudar un momento. Sin embargo, largó a caminar sin prisa hacia él. Por supuesto que no volvió a mirarlo. Sabía que él seguía allí y hubiera sido indecoroso. Se acercó lenta entre la gente, caminando por la feria, comprobando aquí la calidad de un abanico y preguntando allá el precio de la seda. Debía hablarle. Pero aunque había ensayado este momento muchas veces, su corazón lo traicionaba. Lo castigaba tan fuerte que él podía escuchar sus propios latidos. La sangre subía y bajaba de su cabeza a toda velocidad, y él pensó que no podría mantener la compostura. Ya estaba cerca como nunca antes, tanto que él pudo notar las imperfecciones de su piel. Abrió la boca con dificultad para soltar un saludo formal, pero masculló el aire frío. Ella dejó caer un pañuelo de la manga del kimono y siguió su camino. Él recogió el pañuelo y la dejó ir. En la seda, una flor de cerezo.

“Fumiko”, dijo otra vez, pero de su boca no salió sonido. Sus pensamientos erraban en tinieblas profundas, en las tierras más allá del Sol. El aire estaba helado y le quemaba la nariz. ¿Dónde estaba él? El paisaje ya no importaba. Él se preguntaba dónde estaba él. ¿Dónde se encontraba? ¿Qué espacio estaba ocupando? Su cuerpo era un conjunto de sensaciones incoherentes, tan inconexas, que no podía sentir la contundencia de un yo. Le faltaba su propia presencia. “Esto es el infierno”, dedujo. Un filo carmín plateado destelló.

La luz lo encandiló suavemente al entrar. Nunca se había aventurado hasta esos barrios por la noche. Su estricta educación y la nueva fe se lo sancionaban. Pero sí la había seguido antes durante el día. Así sabía dónde trabajaba, dónde vivía. Entró con decisión. La música del shamisen y el espíritu del sake lo llenaban todo. Preguntó por ella y le dijeron que se acababa de retirar a su habitación. Pagó una botella de licor tibio diez veces más de lo que valía para que le indicaran cuál era la puerta.

Texto suenios 2

Shamisen

El anciano ebrio se había dormido antes de que ella pudiera siquiera cantar para él, lo que le resultó un alivio. Abrió la ventana para disipar el olor rancio del alcohol. La luna se coló hasta el fondo de la pequeña habitación. Pero sintió frío, y se acurrucó junto al viejo bajo la misma manta. La puerta se deslizó, y él la vio haciéndole el amor a un cadáver.

Volvió a mirar el rostro en el lodazal encarnado y vio una mueca desfigurada. ¿Quién sería esa criatura funesta? ¿A quién pertenecían esos ojos degenerados? Una de las manos que aferraban la tierra se abrió en gesto espástico y reveló el género teñido de un pañuelo. A un lado rodó el wakisashi. En su mano, la flor del cerezo. A lo lejos, el cerezo en flor.

Wakizashi

Wakisashi

 

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