Sebastián Hernaiz nació en 1981 en Buenos Aires. Es docente de historia de la literatura argentina. Además de El prejuicio del sexo (Vox, 2014), su primer libro de poemas sobre el que aquí charlamos, publicó Rodolfo Walsh no escribió Operación Masacre  (17grises, 2012) y El arte de la guerra en el póker (Mondadori, 2012). Fue editor de la revista el interpretador y conduce todos los domingos a las 21 hs. por Radio Colmena el programa de conversaciones sobre libros Escribir en el Aire.

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¿Por qué El prejuicio del sexo?

El título del libro toma el final y el principio de dos versos de “Whirpool”, uno de los poemas incluidos en la segunda parte. Me interesa el sexo como motor narrativo, como pulsión de vida que organiza y es organizada en los días de la gente; y me interesan las formas en que eso aparece modalizado en el lenguaje. En varios poemas del libro hay algo de ese motor narrativo, de ver cómo se entrelazan las palabras a su alrededor. O quise trabajar algo de eso, al menos.

Los poemas que forman este libro fueron escritos entre 2003 y 2010. ¿Cómo trabajaste en la selección? ¿Cómo se da forma a una unidad poética a lo largo del tiempo?

Sí, fueron escritos en distintos momentos. Durante ese tiempo los publiqué en algunas revistas, antologías o webs donde me invitaban a participar de algún modo. Con el tiempo, si uno vive en Buenos Aires y escribe, lo terminan invitando a distintos ciclos de lectura. Para esos ciclos, siempre debía elegir algunos textos. En ese trabajo de selección, fui armando posibles series y viendo cómo funcionaban en el montaje del conjunto. Si tenés un poema en primera singular de un choque en una esquina y otro en primera plural de una pareja yendo a comprar un auto, tenés la historia de cómo alguien cambia el auto porque chocó. Si tenés el poema de la pareja yendo a comprar el auto y el poema del choque en la esquina después, tenés la historia -tal vez fatal, tal vez literal, tal vez metafórica- de esa pareja. Con ese inevitable efecto de sentidos que da la yuxtaposición, empecé a jugar con una historia en el libro y a ordenar lo que originalmente eran textos independientes. El par de años antes de editarlo por Vox, armé y desarmé esas series, corregí todos los textos a la luz de la totalidad, los charlé con el editor, los volví a armar, corregir y desarmar.

La memoria pareciera ser un hilo conductor de tus poemas: “una tarde que no recuerdo”, “Era chico y las cosas / ahora parecen chicas ellas.”, “hay un locutorio / donde antes era la carnicería…”, “no se comía las uñas nunca, pero algún vicio tendría / por más perfecta que la recuerde”, ¿cómo opera la memoria en tu poesía?

El recuerdo como materia literaria siempre tiene el encanto de contar dos historias en simultáneo: la recordada y la del que recuerda. Y al mismo tiempo, la de esa distancia entre el pasado y el presente. La poesía a veces me gusta que funcione como un buen iluminador teatral. Creo que el mal iluminador es el que va atrás de algo que ya conocemos y que sólo le aporta claridad o brillo. El buen iluminador nos hace entender que no tenemos enfrente un actor, sino unos pies, una mueca, un pedazo de escenario que no habíamos sabido recortar con la mirada por más iluminado que estuviera todo. El buen iluminador inventa lo que la luz vuelve visible, ilumina lo que antes no se veía por más lamparitas que tuviéramos a mano. Algunos poemas me gustan cuando funcionan así sobre el escenario de la memoria.

Y sin embargo, “Vamos a quedar por siempre / en esta piel, en esta isla que late.” ¿Cuánto de permanente hay en la poesía? 

No creo que haya nada de permanente en la poesía. Y para bien.

“De pronto / creo tener el tono de un poema.” ¿De qué modo accedés al tono de un poema?

Trabajando. Pero más que acceder, se construye. Los lugares más comunes de la historia de los disparadores no han dejado de serme productivos para eso: una imagen, una frase, una historia recordada, una historia escuchada, una escena, alguien que me da curiosidad. Pero del disparador al tono: trabajo con las frases.

“Tengo / noches frágiles como dogmas: necesito / imágenes para sobrevivir de pensamiento. / Necesito / ritmos de ensillar lo aburrido.” ¿Cúal sería el tándem que articula imágenes y ritmo?

En el libro hay algunos poemas que se activan más bien a partir de las potencias narrativas de la lectura poética, otros trabajan sobre alguna imagen que pueda dar sentidos nuevos a lo que esa imagen comúnmente significa y otros se sostienen, sobre todo, en el ritmo y la musicalidad más evidentes de las palabras. Hay poéticas que se ciñen a explotar una de esas líneas. En este libro me gustó jugar con las tres: probar ritmos más cansinos en algunos poemas, más estridentes en otros, recortar imágenes y tratar de volverlas más intensas, volverlas historias.

Quizás “¿Qué cosas son, acaso, el poema?” sea una suerte de ars poética: “¿Qué cosas, qué, qué poema es? ¿Acaso / el que se escape al repetir / del repetirse, qué, / cómo, pueda huir del ser de nuevo / uno más del engranaje, cómo, / poema, acaso, ser sentido nuevo del sentido, ser lenguaje / crítico de lo dicho, qué cosas / son, acaso, el poema? (…) no se lee, no se escribe a fuerza de trabajo el poema ya escrito (…) o se va de cero a uno y de ahí hasta el poema?”. Repetición, sentido, lenguaje crítico, ¿cómo se construye el poema?

Si tuviéramos una respuesta para eso, dejaríamos de escribir, supongo. En tanto, se intenta construir trabajando con las palabras para que la experiencia de lectura sea intensa. De algún modo, creo que es la experiencia de lectura la que otorga intensidades y da la potencia de sentidos a esos versos cortados. Los versos sólo pueden dar materia que permita, facilite y potencie esa experiencia de lectura.

Te dedicás también a la crítica, ¿cuál es tu visión sobre el estado de la crítica literaria actual? ¿Y en relación a la poesía en particular?

Me dedico a la crítica y a la docencia universitaria, con algunos deslindes hacia el periodismo cultural. Hace poco empecé con un programa de radio, para probar algunos tonos, algunas formas que no había practicado. La crítica literaria la entiendo como un protocolo desde donde poner en disputa los sentidos que ordenan la experiencia. No creo, por eso, que juegue un juego demasiado lejano al de la poesía.

Por otro lado, la crítica y su relación con la poesía no ha sido muy fructífera en la Argentina, más allá de insistente presencia. Por lo general, pocos críticos de poesía hay que no sean poetas también. No sé si es una ventaja o desventaja o si da igual, pero es un hecho constatable. En el mundo académico no faltan buenos lectores y críticos de poesía, aunque no hegemonizan los claustros. Hubo una generación importante que organizó lecturas entre los cincuenta y los ochenta en la Argentina (Viñas, Sarlo, Piglia) que nunca tuvo buen ojo para la poesía. Eso se siente creo, pero también está cambiando.

¿Cuáles son, han sido, tus referentes literarios?

Creo que aprendí de unos cuantos que el saqueo y la falta de referentes monolíticos es de los mejores modos de escribir.

Fotografía: Laura Arnes

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Roxana Artal

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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