Encontrarse con Fernando Pessoa siempre es un desafío. De Pessoa ya se ha dicho todo y tal vez muchos se han quedado con aquello de “el poeta es un fingidor”, sin advertir que se trata de un autor más plural de lo que imaginamos. Su obra incluye prosa y poesía, heterónimos y ortónimos, ensayos políticos, literarios y ese libro inclasificable, magnífico y atrapante que es el Libro del desasosiego. Fernando Pessoa, nacido en Lisboa en 1888 y fallecido en 1935, escribió a lo largo de su vida un corpus creativo impecable, porque fue capaz de construir un símbolo de la modernidad cultural. Como fiel lector de la novela negra, Pessoa nos dejó unas páginas maravillosas sobre el detective Abilio Quaresma, el descifrador, que fueron reunidas en un volumen recientemente publicado en castellano.

“Realmente fui amigo de Quaresma; su recuerdo me duele verdaderamente.” F. Pessoa

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Desde la ventana de su oficina en la segunda planta del edificio Babilonia, ubicado sobre la tranquila y colorida Rua dos Fanqueiros, el Doctor Abilio Quaresma espiaba la vida. Había nacido hacia 1880 en Tavira, pequeño pueblo portugués en la costa del Algarve cuyas casas, blanqueadas con cal y que bien podrían situarse en las costas de Sicilia o Grecia, semejan un cuadro cubista; trasladado con su familia a Lisboa cuando apenas contaba cinco años de edad, se educó allí para ser médico. Sin embargo, dada su poco usual inteligencia —cualificada como del tipo “Inteligencia Filosófica” por su colega Tío Puerco—, se dedicó con gran éxito al oficio de Detective Privado.

Su sombra, casi inexistente debido a la delgadez de su cuerpo, le acompañó siempre; parecía tener más personalidad que su propia figura débil y enjuta, que sumada a una escasa estatura le daban ese aire de insignificancia nunca afectado por la buena alimentación en el Cassimiro y su afición a la amplia variedad de licores de A Brasileira do Chiado, lugar donde solía pasar las tardes de verano, acodado al mostrador y leyendo —siempre atrasado— el Correio da Manhã (diario menor de la capital lusitana).

Sus ojos por naturaleza febriles, no parecían cambiar nunca de expresión; y de no ser por los continuos parpadeos que le causaba el humo de los puros ingleses que jamás logró mantener encendidos hasta el final, se habría dicho que era ciego. Aprendió el francés leyendo a Shakespeare, sin conocimiento previo de ninguna otra obra suya, en una terrible edición de 1906; asimismo, pasaba incontables horas de ocio reclinado sobre su escritorio tratando de lograr, sin progreso aparente, idéntica proeza con un grueso volumen encuadernado en piel de carnero y que contenía un texto en caracteres cirílicos que, si atendía al vaticinio que años antes de comprarlo le había hecho el astrólogo Rafael Baldaya, se trataría de una de las entonces famosas pero desconocidas obras de Fiodr Dostoiewsky, y su título se traduciría al portugués por “Crime e Castigo”.

El Dr. Quaresma era por naturaleza, podría incluso afirmarse que orgánicamente, antipositivista; sus casos, al igual que lo hiciera Auguste Dupin, los resolvía a distancia, pues consideraba dañina para la solución de un caso la observación directa de lo real; reconstruía la verdad sin verla, idealizándola, y sostenía sin titubear que “una vez diferenciados los datos, basta el razonamiento para concluir cualquier investigación”. Disciplinado hasta la manía, era imposible encontrar en su oficina algo que estuviese fuera de sitio.

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En sus más de cincuenta años de vida en Lisboa sólo conoció diez de sus calles, tres lugares públicos, su cuarto y su oficina (ambos ubicados sobre la misma Rua dos Fanqueiros); y a pesar de esto, resolvió casos que no sólo habían ocurrido en todas las regiones de Portugal, sino también muy lejos de allí. Resolvió, por ejemplo, un extraño caso ocurrido en São Paulo (Brasil) veinte años antes de su nacimiento y del cual nadie le había dado noticia. Los lugares nunca visitados de sus casos, se convertían, una vez en la dimensión del concepto y del cálculo, en laberintos geométricos que aparecían completamente lineales y llanos en la exposición de sus resultados investigativos. Tampoco el tiempo fue obstáculo para su facultad de raciocinio y su increíble olfato deductivo pues llegó incluso a solucionar casos que aún no habían ocurrido y que sin duda hubieran desconcertado a cualquier otro detective.

El 30 de noviembre de 1935 el Dr. Quaresma, como acostumbraba hacerlo siempre que se le presentaba un caso, pero esta vez sin que nadie le hubiera visitado o llamado telefónicamente, tomó su sombrero que por alguna razón sintió estrecho al ponérselo, se instaló dentro de su grueso abrigo de paño y salió caminando a lo largo de la Rua dos Fanqueiros, con esa gravedad que le sumaban siempre sus momentos de máxima concentración deductiva, para girar luego a la izquierda en el Largo dos Franceses pasando frente al Hospital San Luís hasta arribar, como siempre, al Terreiro do Paço, bajo cuyas arcadas había resuelto casi la totalidad de sus casos, mientras miraba ciegamente los barcos que atracaban en un muelle cercano; ese día, los ojos perdidos sobre el Tajo, devaneaba en una absurda frase en ese inglés que no comprendía y que, sin embargo, sentía tan cercano: “I know not what tomorrow will bring”…

Nadie volvió a ver al Doctor Abilio Quaresma, y, por lo demás, quizá nadie lo haya visto nunca. Así como sus hermanos, vivió una vida fuera del tiempo, y, tal vez pueda decirse: su existencia nunca tuvo la densidad de una vida real.

Como lector siento que esta obra me lleva de las narices a ese esquema hemingwayano de no decirlo todo y que la nada sea el todo. En los trece relatos que componen el libro ninguno parece terminado y eso es una estrategia de Pessoa, porque algunas de esas historias no dejan de ser un boceto, un croquis a mano alzada, una postal de escenas sueltas. En este conjuro, la lectura sobre Quaresma puede resultar frustrante si nuestra ansiedad nos sobrepasa respecto de la idea de leer novelas policiales clásicas.

La pregunta sencilla ante estos textos sería: ¿Cuál es la  intención de Pessoa al recrear al descifrador? Trato de concluir que Pessoa busca llevar al extremo el racionalismo de los detectives de personalidad británica, dándole vida a un personaje que no se maneja con las reglas y los códigos emblemáticos; porque solamente aplicando el sentido común Quaresma consigue resolver crímenes que para el resto parecen imposibles. Una especie de Sherlock Holmes sin pipa ni ayudante. Traer  a esta opinión al mismísimo Holmes no es casual, porque Pessoa conocía bien su trayectoria y en algunos pasajes uno puede encontrarse con Sherlock a través de alguna cita como “si eliminamos lo imposible” o el que uno de sus casos se resuelva porque “los perros no ladraron”.

En el primer relato –el más extenso y más elaborado del libro, pero no el más interesante- Pessoa nos presenta a un tal Vargas que aparece muerto, aparentemente suicidado, en un callejón de Lisboa; tenía en su poder unos planos de un prototipo de submarino que, entre tanto, han desaparecido. La policía no consigue descubrir si ha sido un suicidio o un asesinato; entonces entra en escena Quaresma, que tras un discurso bastante extenso sobre el método de razonamiento empleado, termina por anunciar quién es el asesino.

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El resto de las historias siguen un esquema semejante, aunque mucho menos exagerado; por eso, las que más me han gustado han sido las que aparecen a continuación en el volumen («El pergamino robado», «La muerte de don João», «La carta mágica»), que están relativamente completos, y en las que Quaresma se muestra igual de perspicaz pero mucho menos prolijo. Claro, algunas de las soluciones son absolutamente inverosímiles, porque los problemas planteados son de lo más rebuscados, pero aun así no dejan de tener cierta originalidad e interés. Los últimos relatos del libro están tan incompletos,  casi resultan incompresibles.

Debo admitir que en varios momentos sentí cierto malestar a tal punto de dejar el libro a un costado y en lista de espera, pero reelaboré mis obstáculos paranoicos y seguí con la lectura hasta el final. Concluí que este manejo de Pessoa no era otra cosa que su ferviente admiración por el género y que su escritura no fue otra cosa que un homenaje, a lo largo de su vida, a tantas páginas manchadas de sangre y misterio y que su destino final no fuera una gimnasia intelectual reflejada en manuscritos acomodados en un cajón de su escritorio.

Abilio Quaresma fallece en 1930 en Nueva York, a los 65 años. Pessoa fue amigo de Quaresma, su único amigo, diríamos, por lo tanto y como tal  quiere sacar a su amigo de la injusticia tremenda del anonimato y por eso escribe sus hazañas como investigador, y en el retrato que realiza de él nos encontramos una mente un tanto dispersa, con unos razonamientos de distinta calidad, un alcohólico impenitente y que, a la vez es médico: casi se diría una mezcla interesantísima de un Sherlock Holmes exento de cocaína pero no de alcohol, embutido en un doctor Watson que le sirve de apoyatura terrenal a sus muchos desvaríos: “un médico sin clínica y un descifrador de charadas”.

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Pessoa define las andanzas de Quaresma como “aventuras intelectuales” porque al escritor portugués, que ganó varios concursos de acertijos, le encantaban los enigmas. “El raciocinio aplicado era su placer abstracto”, dice de Quaresma, con lo que exhibe a lo largo de estas páginas un catálogo de acertijos, problemas de ajedrez, rompecabezas de toda índole, incluso matemáticos, lo que le cuadra con su carácter, triste, paciente, de nulo sentido estético y que vive en un cuartucho destartalado de la Rua dos Franqueiros. Es un perdedor, por lo tanto, único rasgo que le emparenta con los antihéroes tan presentes en la novela negra.

A toda esta pintura se suma la geografía casi turística de una Lisboa melancólica que nos acerca a la melodía de un fado cercano. Acaso en este terreno, Pessoa acentúa su maravillosa descripción casi bíblica, que bien puede relacionarse con el alcohol de Quaresma y su patética angustia.

Pessoa adoraba a Edgar Alan Poe, lo que es absolutamente coherente con su modo de tratar la ciudad moderna y el gesto matemático hacia la concentración requerida para escribir una obra literaria. Pessoa halló en el detective Quaresma, la excusa para imbuirse de lleno en el frenesí metropolitano con las claves de un género literario que le ofreció muchos goces como lector, género del que opinaba era el idóneo para entender la sociedad de su tiempo. En su ensayo ‘Influencias’ llega a decir que la novela policial es uno de los pocos placeres que le queda aún al intelectual. Pessoa, nada tiene que ver con el thriller, aparecido en aquel tiempo, y sí con la novela de corte policial británico, a la que se aficionó siendo estudiante en Durban, Sudáfrica, escribiendo en inglés; en aquellos años escribía en ese idioma algunos relatos policiales. Pessoa, que se quería razonador del universo, ve en el detective creado por Poe un correlato de sí mismo y quiso llevarlo a una práctica de aire eminentemente portugués.

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Esto que dejó escrito Pessoa puede que a alguien lo tome de sorpresa por la idea de considerar a la novela policial como un género menor, no literario, una clasificación que hoy ya ha desaparecido. La novela negra está viviendo un «boom» en todos los países y tiene una gran demanda con todo tipo de lectores.

Pessoa, se suma así- aunque él dio un paso más al escribir en este género- a otros grandes de la literatura que amaron lo «noir», como el uruguayo Juan Carlos Onetti, quien se pasó los últimos años de vida en su cama leyendo novelas policíacas o André Gide, cuyo ídolo era George Simenon.

Entre sus distintas formas de entender la escritura, Pessoa creó otra máscara, al detective privado Quaresma, un investigador, vestido con abrigo de paño, sombrero y gran lector de Shakespeare, que quién sabe si nació para investigar al propio Pessoa.

Estos relatos tuvieron una primera edición en 2008 también bajo la dirección de Ana María Freitas que prologa la reciente edición. El nuevo volumen completo que publica ahora Acantilado ha sido traducido por Roser Vilagrassa.

Como final y al pasar, rescato algunas frases de Quaresma que me dejaron cierto beneficio y la descripción de un malgastado personaje.

Admito estados frustrados en la paranoia, porque admito estados frustrados en todo. Todo en la vida es la frustración de algo mejor.

La aproximación a la locura de un individuo se observa cuando empieza a manifestarse actos que dependen del uso abstracto de la razón.

La locura es soñar despierto sin advertirlo.

No, no le aconsejo que la perdone, porque no le aconsejo algo que usted no puede hacer. Pero le aconsejo que la olvide.

Hombre de estatura media, delgado, bastante delgado -hay quien diría que hasta esquelético-, vestido con un traje gris que, o estaba muy mal hecho, muy mal cuidado, o ambas cosas. Llevaba un cuello blando, bajo, desarreglado, y la corbata, negra y sencilla, tenía el nudo hecho con descuido y la tela caía hacia un lado.

Tenía la cara chupada y la piel, deteriorada, era entre morena y clara, de aspecto pálido; la nariz, ligeramente corva, era estrecha y algo torcida; la boca, de tamaño medio, daba un toque de carácter a una fisonomía deprimida y flaca, porque estaba cerrada y los labios eran finos.

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Idioma original: portugués

Título original: Quaresma, descifrador. As novelas policiárias

Traductor: Roser Vilagrassa

Año de publicación: 2014

Sobre El Autor

José María Gatti es psicólogo social, periodista e investigador.. Se especializa en la obra de Ernest Hemingway y colabora en distintas publicaciones del extranjero analizando la vida del escritor. En 2010 su bitácora www.lapipadehemingway.blogspot.com fue seleccionada por Technorati, el principal buscador automático de blogs, entre los 10 mejores blogs temáticos sobre Ernest Miller Hemingway. En el 2012 su cuento La leyenda del vino resultó finalista en el Concurso de Relatos Cortos Tinta, sangre y vino, organizado por las Bodegas Paternina (Logroño -España), con motivo del 55 aniversario de la visita del escritor a la bodega. En mayo de 2014 participó como ponente, con su trabajo Lo policial en Hemingway, del Cuarto Festival Azabache. Negro y Blanco, en Mar del Plata (Argentina). En setiembre, representó a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en el V Festival Medellín Negro (Colombia) con su ponencia El sicariato colombiano en Argentina. Ha publicado Tres ensayos sobre arte latinoamericano (1980), En tren de charlas (1982), Hola Hemingway. Una mirada centenaria (1999), Ladrón de desalmados (2004), Gente de palabra (2005), La pipa de Hemingway (2008), Víctimas Inocentes (2013) y Carne en flor (2015).

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