Son las 4 y algo de la madrugada de este lunes 11 de enero. Cualquier hora o momento es malo para enterarse que falleció David Bowie. Hay cierto escepticismo del que uno es presa en estos tiempos de noticias rápidas. Ese ritmo de noticias que se atreve a querer pasar por natural, común y cotidiano no termina de convencer, por lo que muchas veces resulta inevitable someterse a no creer en todo lo que se lee por ahí. Y todavía me lo permito, mientras escribo, a menos de media hora de encontrarme con tan tremendo anuncio. La noticia es devastadora. No sólo por el contenido en sí, sino además por la convalidación de lo que se venía rumoreando. Lo confirmó su propio hijo: Bowie perdió la partida tras batallar durante 1 año y medio contra el cáncer. Sí, esa puta enfermedad, la más mala de todas. Así que uno escribe lo que le sale. Lo que le sale sobre uno de los artistas y estrellas de rock definitivos. ¿Es que acaso hace falta aclararlo? La noticia sigue calando hondo y el síndrome de la hoja en blanco está como nunca.

Apelo una vez más a la posibilidad del «falso rumor», pero no hay chance. Ya ha pasado más de 1 hora desde que comenzó a circular la noticia y a nadie se le ocurre desmentirlo. Para colmo de todos los males no han transcurrido ni siquiera dos días desde que se editó su nuevo álbum Blackstar, que venía a cortar un hiato discográfico de 3 años, lanzado el mismo día que se conmemoraba su cumpleaños 69, y que constituía una celebración demasiado ansiada pos sus amantes. Casi siete décadas durante las que, desde el inicio de su carrera, Bowie llegó para convertirse en el emperador supremo de la combinación de los géneros musicales y la teatralidad, el último de los modernos, el Picasso del pop. Alguien como quien no habrá otro igual. La pérdida es demasiado inmensa como para seguir insistiendo en explicar esto de los sentimientos. El camaleónico artista que en tantas ocasiones se reinventó cambia de color una vez más, y es un luto demasiado grande que sólo la luz de su arte, incalculable y lejos de toda posible descripción gráfica, se encargará de disipar con el paso del tiempo.
Que Dios te bendiga David…

Sobre El Autor

Periodista especializado en música y artes desde 1986. Escribió en medios gráficos como La Nación, Página 12, La Maga, Pelo, Metal, Expreso Imaginario, Chicas, Madhouse, 13/20, Pan y Circo, Diario Sur, Revista Rock & Pop, Gente, Rock en Blanco y Negro, Rock N’Shows Magazine, entre otros, y también colaboró en medios radiales y de TV locales, como así también en publicaciones y libros de Brasil, Estados Unidos y Europa.

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3 Respuestas

  1. Vinil-o-philia

    Busco en mi memoria y me atrevo a decir que la muerte Bowie es la más lamentada desde que George Harrison partió de la tierra hace 13 años; y sin ánimo de desvalorar la estatura de Hari es posible que incluso nos tengamos que remontar a la de John Lennon en 1980. Todos hemos de morir, es obvio y hasta inútil acotarlo, pero lo que más duele es que un artista como David Bowie aún estaba en capacidad de sorprendernos con buenos discos y ya eso no será posible. Por cierto que siendo lo más objetivo posible Blackstar es un excelente trabajo; algunos dicen por ahí que pudo rematarlo mejor pero no creo que se le pudiera pedir más a un hombre que agonizaba. Un disco perturbadora y desoladoramente brillante, el más oscuro de toda su discografía con unas letras que adquieren completo significado tras conocerse la noticia de su muerte. En fin, la vida sigue y debemos estar anímicamente preparados para otros decesos pues todos nuestros íconos de siempre ya entraron en su etapa de desgaste natural. Gracias por la nota, concisa y justamente emotiva…

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    • Marcelo Sonaglioni

      Gracias por tus comentarios, y perdón por la tardía respuesta, acabo de verla. Coincido con lo que decís e insisto con eso que muchos decimos, que de algún modo la muerte de Bowie no deja de resultarnos increíble, en una de sus acepciones, literalmente resulta difícil de aceptar y de creeer que sucedió. Mis saludos.

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