fotografía de portada: Diego Paruelo

Mariana Komiseroff nos trae una sólida novela donde vamos a conocer a una familia de origen muy humilde desde su llegada al país, en busca de oportunidades. Vamos a tardar en saber el nombre del protagonista, pero en cuanto lo empecemos a conocer querremos seguirle los pasos.

La novela es súmamente dinámica, atraviesa diferentes momentos en la historia del país y el eco social de cada momento aparece y atraviesa la vida de esta familia. Familia humilde que en este, como en otros tantos casos, incluye un padre que no está, una hermana que hace de madre, hermanos que crecen a los tumbos, como pueden, donde todos tienen un rol fundamental y donde la madre es un ser dedicado al trabajo para la mera subsistencia en la casilla de madera que se inunda y tiene goteras.

La novela es realista y lo que viene a contar es súmamente concreto, de lenguaje coloquial y personaje muy próximos, la historia nos va llevando hasta un final inesperado que sacude al lector y resignifica la historia.

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¿Cómo nace De este lado del charco?

La novela surgió de anécdotas familiares que se contaban en casa. Historias mínimas, como que mi mamá y mis tíos jugaban en un cañaveral y que cada uno tenía su “caña favorita”. Cuando las contaban, agregaban detalles y parecían historias de película. Hiperbolizaban a través del discurso oral y un poco me fui apropiando de esos relatos para hacer mi propia ficción, mi propia hipérbole. Eso en cuanto a la historia y en cuanto a lo formal, surge de unos relatos que llevé durante varios años al taller de Claudia Piñeiro y que luego conformaron la novela.

¿Cómo construiste a Nari?

La verdad que es un personaje que quiero un montón, tuve muchos diálogos internos con él, noches enteras mirando el techo pensando qué es lo que haría o diría el Nari en determinada situación. Fue un proceso bastante inestable, por momentos era una voz que surgía sólida de una y por ahí en otro momentos tuve que trabajar más el verosímil de la voz masculina en primera persona. Amigos que me decían que en tal fragmento se notaba que lo había escrito una mina, o cosas así.

¿Cómo construiste el personaje de la Flaca?

La Flaca tiene mucho de mi vieja y yo estoy cada día más igual a mi vieja, así que tiene varias cosas mías también. Pero más allá del chiste, que es cierto, es un personaje que necesitaba porque lo que siempre me interesó contar en esta novela fue el vínculo entre los hermanos más grande que, de algún modo, tienen que llevar adelante la familia y criar a los más chicos aunque ellos no terminaron de criarse. Necesitaba una antagonista. Ella es mujer y tiene otra posición ante la vida y las situaciones. Es más expeditiva que él y más cruel incluso.

Ese final inesperado, ¿cómo apareció en el proceso? ¿Sabías desde el principio cómo terminaba esta historia?

Sabía que algo así iba a pasar, no sabía a qué personaje le iba a tocar, cuando supe eso se me complicaron los motivos, y me llevó varios meses saber el porqué de ese final. Tuve una reunión con un conocido mío que es delegado de camioneros y él entre muchas de las cosas que hablamos que me sirvieron a la novela, me dijo que uno de los problemas que tienen los camioneros es que los carteles de altura máxima no coinciden con la verdadera altura entre el piso y los puentes porque cuando arreglan el asfalto tiran capa asfáltica y esa distancia se reduce, pero queda el mismo cartel y eso produce accidentes que el camionero no puede prever. No me di cuenta inmediatamente pero a los pocos días entendí que eso tenía que ver con el final de mi novela.

Escribí el último capítulo cuando iba por la mitad de la novela y en el taller quedamos todos bastantes tristes y sorprendidos. Seguí adelante, pero después tuve que modificar cosas del medio para llegar a ese final porque me quedaba la estructura medio desprolija, saltos de tiempo y elipsis tal vez muy grandes, pero una vez que lo escribí, era ese. Aunque hubiera tenido que reescribir toda la novela ya no lo iba a cambiar.

Dentro de tu trabajo ¿hay temas recurrentes que te convocan a la escritura?

Creo que la familia como institución básica es un tema que me seduce mucho, las familias disfuncionales, claro, el lugar de las mujeres dentro de estas tramas me fascina. La maternidad es una cosa tremenda, comienza como ciencia ficción y después ese vínculo, tan carnal al principio, tan físico, produce una cosa muy despareja en cuanto a estructura jerárquica que a veces se diluye dándole fuerza a la figura del padre, aunque el padre no sea más que un sujeto tácito y todas estas cositas se traslada a la sociedad como quien no quiere la cosa.

Gabriela Borelli el otro día me hizo una entrevista para Radio Nacional y cuando yo respondí que me interesan las familias, ella dijo una frase de Tolstoi “todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.” Me encantó la frase y sí, me interesan las familias en su infelicidad, pero creo que en De este lado del charco también tienen un modo particular de ser felices.

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Foto: Diego Paruelo

¿Hay algo del teatro que traigas a tu escritura no teatral?

Pensar en imágenes es la principal herramienta que me da el teatro para la literatura. Empecé a estudiar teatro porque quería escribir mejor y no sé si escribo mejor pero me cambio la vida y la escritura. Ahora estoy mucho más pendiente de los movimientos y las “locaciones” donde se mueven los personajes. Desde que estudio teatro es más fácil hacer el pasaje de la abstracción de una idea a una situación concreta.

¿Cómo fue tu formación?

Hice el CBC para letras y dejé antes de arrancar, estudié Critica y dirección de teatro y me cerraron la carrera cuando iba por la mitad, pasé por cine en el IUNA y dejé, etc. Sigo en la búsqueda o tal vez la academia no sea para mí, es siempre una pregunta que me hago. Estudio actuación en la escuela de Marcelo Savignone, hice seminarios de mil cosas. En literatura me formé en talleres que para mí fueron muy importantes con Claudia Piñeiro y Fernanda García Lao. También hice un seminario con Laiseca. No tengo título, por ahora solo el del secundario. Soy una fracasada de la academia.

¿Cuáles son tus referentes?

La gente que admiro va variando la verdad, pero los que están bastante fijos y se me vienen a la cabeza en literatura son Claudia Piñeiro, Guillermo Saccomanno, Fernanda García Lao. En teatro Marcelo Savignone y su concepción teatral asociada al movimiento, Rafael Spregelburg y la incorporación de dispositivos tecnológicos que tienen que ver con las nuevas maneras de comunicarse, el colectivo Piel de Lava que son unas actrices multifacéticas que te dejan con la boca abierta, Chamé Buendía que montó Othelo, la tragedia más tremenda de Shakespeare, en clave de clown, Carla Solari que el año pasado le puso el cuerpo a la Fedra de Yannis Ritsos y la rompió, Mauricio Kartún y su poética que ya está destinad a convertirse en clásico. No es que me interese hacer algo parecido a lo que ellos hacen pero es gente que lees o ves laburar y parece que te están dando una clase maestra. El otro día leí De ganados y de hombres, de la brasilera Ana Paula Maia y tuve dos pensamientos, el primero fue que necesito que traduzcan más libros de ella y el segundo fue: ojalá algún día pueda escribir con un narrador en tercera como el que usa en esa novela. Me encanta cuando la literatura y el teatro me dejan así, con ganas de hacer. Vivo sorprendida de la genialidad humana.

¿Cómo ves el estado de situación de la literatura en la actualidad? ¿Cuáles son las voces más interesantes y cuáles los nacimientos más promisorios?

Me parece que el 2001 nos obligó a ser creativos. El trueque es un ejemplo de eso. Las editoriales independientes son el resultado de las preguntas que se hizo la sociedad en ese momento de gran crisis. Creo que fue una época muy próspera del 2001 a esta parte en términos de publicaciones. Las voces que habían sido silenciadas desde lo social, lo económico, lo político y, obviamente, también en lo cultural tienen hoy un espacio por el surgimiento de la editorial independiente. Autores del conurbano, tal vez criados en situaciones precarias, existimos, también, gracias a las redes sociales que son de gran influencia en cuanto al acceso al circuito literario. Una novela como la mía, y como otras,  no hubiera tenido lugar dentro del mercado de las grandes editoriales. Yo festejo esta proliferación que se dio en estos últimos años y ojalá se mantenga y se siga extendiendo a los autores del interior, lo veo bastante difícil con la nueva situación política. Ojalá los libros publicados por editoriales independientes puedan incluso leerse en las escuelas secundarias, ese es un terreno por conquistar. Veo que hay adolescentes muy aburridos con la literatura de los programas y me da pena porque sé que les re coparía leer un libro como Las garras del niño inútil de Luis Mey o Cómo desparecer completamente de Mariana Enriquez, Kriptonita de Leo Oyola, Un Beso de Dick del colombiano Fernando Molano Vargas o los poemas de Mariano Blatt, nombro estos porque son algunos de los libros que los amigos de mi hijo de se llevan de casa, que tienen más que ver con sus vínculos y sus realidades sociales y sexuales.

Las voces que están surgiendo que me parecen muy prometedoras son la de algunos cuentistas. Tomas Downey con Acá el tiempo es otra cosa, Camila Fabri con Los accidentes y Acheli Panza con Santoral son tres autores que a mi entender se destacan por trabajar atmósferas bastante espeluznantes, lo extraño es su objeto de de observación. Cristian Godoy tiene varios libros de cuentos publicados, entre ellos Galletitas importadas y Santa Rita, donde trabaja la crítica social a través  del humor y la ironía inteligente, le interesa la anécdota mínima, la que podría pasar desapercibida a los ojos de cualquiera. Salvador Biedma tiene una novela costumbrista bellísima, Además, el tiempo, en la que la dilatación del tiempo genera una atmósfera onírica. Hace unos días descubrí un libro de cuentos que se publicó en el 2011, 380 Voltios de Esteban Castromán, se lo regalé a mi hijo y estamos bastante fascinados.

¿Cómo manejás el clima, la atmósfera, en tus narraciones?

No pienso específicamente en eso. No me sale cuando quiero hacerlo. Muchas veces los que leyeron De este lado del charco me dicen que se rieron o que les llama la atención el optimismo de los personajes y yo creía que había escrito un dramón súper pesimista. Generalmente pienso dos cosas al momento de construir un capítulo, la primera es el tema, una cuestión más abstracta, una idea general de qué se va a tratar y alguna cuestión cotidiana concreta, que puede ser una línea de diálogo, una secuencia de acciones, algo que me haya llamado la atención de la vida, incluso algo que escuché en la calle. Al principio parecen que por ahí no tienen nada que ver pero al momento de escribir se unen como en el mismo camino, pero la atmósfera siempre es un misterio para mí.

¿Cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”?

En De este lado del charco lo que más me preocupó fue el lenguaje, el código en el que iba a contar la historia, lo aclaré al inicio cuando a partir de algunas anécdotas que pude poner en palabras, decidí el punto de vista y lo demás, la trama y el argumento fueron surgiendo y se organizaron en torno a ese lenguaje. El lenguaje es como un límite geográfico de la trama, cuando elijo un modo de contar ya intuyo que  cosas pueden suceder y que no. En la novela que estoy escribiendo ahora lo primero fue la trama, tenía muy claro lo que quería que pasara en líneas generales y ahí fui viendo que lenguajes y qué voces me convenían más.

¿Cómo funciona la memoria –olvido y recuerdo- en tu literatura?

Yo no me acuerdo de nada, soy muy olvidadiza y a veces me acuerdo cosas y no se distinguir muy bien si me pasaron o las inventé para la ficción.

¿Cómo es tu proceso de escritura?

No tengo un proceso de escritura, puedo escribir casi en cualquier circunstancia, tuve un hijo muy chica y  también siempre tuve trabajos de muchas horas y los ratos dedicados a la escritura siempre los sentí, como dijo Laiseca, como “tiempos robados”. Escribo cuando puedo. No soy prolija.

¿Cuáles son tus influencias literarias?

No sé qué autores influyen en lo que escribo, no lo tengo definido y además me parece un abuso de soberbia decir que uno escribe a la manera de alguno de los capos.

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La autora con Claudia Piñeiro, Paula Brecciaroli, Ariel Bermani, Bruno Sz y Leonardo Oyola en la presentación de la novela realizada en la Biblioteca Nacional

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Candelita Gomez

Nació en Buenos Aires en 1986. Trabajó durante quince años en diversas puestas en escena como directora, dramaturga, asistente y actriz. Exploró el universo audiovisual, realizó su cortometraje ESTERTOR y escribió otros guiones. Se formó en teatro, dramaturgia, danza Butoh y contemporánea. Colaboró en correcciones y traducciones de guiones de cine, poesía y narrativa. Trabajó durante ocho años en el Museo Nacional de Bellas Artes donde, durante el 2015, produjo el ciclo Bellos Jueves. Actualmente trabaja en la Biblioteca Nacional, se forma como docente en letras y escribe por necesidad vital.

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