Hay ocasiones en las que uno se encuentra con un tesoro. Esta es una de ellas. Entonces decide hacer algo de justicia y se mete a comentar a un autor olvidado, a un libro inhallable que, con más de 40 años, hoy le pasa el trapo a más de uno. Este es Jack Carter, un asesino implacable, algo así como la versión proletaria del Parker de Stark/Westlake.

Ted Lewis on the set of Get Carter 1971

Ted Lewis en el set de Get Carter 1971

La historia de la literatura está plagada de injustos olvidos. Libros y autores a los que un misterioso funcionamiento combinado de mercado, años, circunstancias editoriales y vaya a saber uno qué pila de otros factores terminan condenando al ostracismo, para la enorme desgracia de nosotros, los lectores. Me animo a decir que, en el campo de nuestro amado género negro, el de Ted Lewis es uno de esos casos.

Nacido en una ciudad industrial del norte de Inglaterra, Ted Lewis tuvo una corta carrera, ya que el trago le ganó la batalla cuando tenía apenas 42 años. En un artista de su estatura, tiempo suficiente para escribir algunas novelas que fundaron el género negro británico. Ni más ni menos. Y no es que lo diga yo: lo dicen David Peace (1), James Sallis, Max Alan Collins, Derek Raymond, y una parva de críticos. Y lo ponen a Lewis en ese pedestal gracias a esta, su primera novela. Asesino implacable es traducción de su título original, Jack’s return home. El debut de Lewis fue adaptado al cine rápidamente, en la memorable Get Carter (Mike Hodges, 1971), con Michael Caine en el papel de Jack Carter (2). Get Carter está considerada la mejor película criminal británica, incluso mencionada entre las mejores películas británicas de todos los tiempos. Tal fue el impacto de su adaptación que la novela misma fue reeditada desde entonces con su nuevo título en inglés, Get Carter. (3)

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Jack Carter es el narrador de la historia. Es un matón que trabaja en Londres, a las órdenes de dos hermanos (según dicen algunos, inspirados en los míticos Kray). La novela comienza con Carter volviendo a su pueblo natal, a velar a su hermano. No es que desbordara de amor fraterno, más bien todo lo contrario: hay un odio antiguo ahí, entre dos hermanos que eligieron caminos opuestos en la vida. Mientras Jack se inclinaba cada vez más fuera de la ley, Frank era un tipo legal, que crió solo a su hija, Doreen, de quince años. Un tipo serio que jamás se excedía con el whisky. Nunca. Por eso a Jack le resulta extraño saber que Frank ha muerto en un accidente de ruta, totalmente borracho. Por eso decide volver a casa, y averiguar la verdad.

Frank trabajaba en un bar, propiedad de unos mafiosos locales. Esto lo sabe Jack. También sabe que esos mafiosos del norte son socios de sus propios patrones de “el hollín”, que es la forma en que allí se refieren a Londres. Desde luego, sus jefes intentan desalentar a Jack de viajar allí. No les interesa crear conflicto alguno en esa zona. Pero resulta que por estos días, y más por una mujer que por asuntos de trabajo, la lealtad de Jack con sus jefes es más bien escasa. Viaja igual para confirmar, ahí arriba, todas sus sospechas, e internarse en un fin de semana de locura y muerte, alimentado por su necesidad de venganza, de cerrar cuentas en la tormentosa relación con su hermano.

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¿Por qué asignarle a esta novela estatura canónica dentro del género negro inglés? Mis motivos son varios.

El primero, el personaje de Carter. Cruel, violento, no le importa nada cuando se propone un objetivo. Mata y golpea a todo el que se interponga en su camino, incluso a mujeres. No le tiembla el pulso al traicionar a sus jefes. Conoce (porque es su medio de vida, y porque es inteligente) la maraña de poderes sucios debajo de la superficie de una sociedad anestesiada por el bienestar de la posguerra. Ambiguo, tiene una mirada crítica de este status quo, del que él mismo saca provecho. Un personaje tan importante como los mejores del género. Resumiendo, y para relacionarlo con otro monstruo más conocido, Carter sería algo así como una versión proletaria del Parker de Stark/Westlake.

Tanto la historia como el estilo son hardboiled puro y duro. Sin respiro, acelerado, violento, desencantado y crudo. Ni siquiera la relación de Carter con su hermano Frank, en la que juega un rol importantísimo su sobrina Doreen, contagia de sentimentalismo ni a la historia ni al personaje. En cambio, le da volumen dramático a ambos, apartando a Carter del estereotipo del mero pistolero a sueldo. Hay una historia muy dolorosa ahí, que es el motor que impulsa en ese fin de semana de sangre.

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Hay más: la ambientación en un escenario distinto de la gran ciudad, en el norte de Inglaterra. Si bien no se menciona el pueblo, podemos imaginar que es como el lugar de nacimiento del propio Lewis. Acerías, humo, ladrillos y calles grises son el decorado industrial del que Lewis muestra el lado oscuro: no la prosperidad, sino la decadencia y el crimen. Lewis describe con una especie de poesía triste y rabiosa el hacinamiento en los barrios bajos, el alcohol que todo lo baña, los bares repletos, la niebla del tabaco, los zares del juego, la prostitución y el porno levantándola con pala sus fortunas. Toda la podredumbre que asoma por debajo, en una época en la que sólo hay ojos para el swinging London, las bandas pop, las minifaldas.

Lewis, Ted - Asesino implacable

Una perla de este valor merece un mejor destino entre los amantes del género en nuestro idioma. La única edición que se conoce (de esta novela, y de toda la obra de Lewis) es de 1974 (4), hoy prácticamente inhallable. Si sirve como consuelo, parece que hasta en su inglés original Lewis ha sido un autor difícil de encontrar. Recién a partir de 2004 una editorial independiente de Nueva York se ha propuesto reeditar toda su obra. Ojalá lo logren. Sería al menos un avance, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador/editor que acierte a publicarlo en castellano.

(1): David Peace la ha mencionado en entrevistas como la novela de la que tomó muchos elementos para 1974, primer volumen del adorado Red Riding Quartet.

(2): el film se estrenó en castellano como, justamente, Asesino implacable, lo que explica el extraño título elegido para la publicación de la novela, posterior a dicho estreno.

(3): hubo otras adaptaciones de la novela, ninguna muy valorada por la crítica. Una fue Hit man (George Armitage, 1972), una versión blaxplotation de la historia (con Pam “Jackie Brown” Grier). La otra, más reciente, fue Get Carter (Stephen Kay, 2000), con Stallone en el papel principal.

(4): La presente edición es del Grupo Editor de Buenos Aires, para su colección de policiales Laberinto.  Nada muy digno de mención salvo por una cosa: la traducción. Resulta evidente que fue hecha en Argentina, tanto por el uso, algo forzado, de modismos locales (los policías son “canas”, el saludo, “chau”, el bolígrafo, “Biro”, Carter lleva la ropa en un “bolsón”, etc.) como por esa censura algo naif que sugería reemplazar “hijo de puta” por “h… de p…” o carajo por “c…”. Estas curiosidades algo molestas me llevaron a reparar en el nombre de la traductora. Gran sorpresa me llevé cuando vi que se trataba de Matilde Horne, la misma que tradujo a Tolkien para la Minotauro de Porrúa. Aunque arriesgaría que se trató de uno de sus primeros trabajos, vale la mención para recordar cómo fueron las cosas alguna vez en esta orilla del Río de la Plata.

Seguí pinchando: si asumimos que Ted Lewis está en el ADN del noir británico,  qué mejor que darse una vuelta por algunos de los eslabones posteriores de esa evolución. Primero con Derek Raymond y después con los contemporáneos (y simultáneos, aunque muy diferentes) David Peace y Jake Arnott. Todos reseñados por Mazzeo en http://laformaenquealgunosmueren.blogspot.com.ar/

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