Debo ser uno de los últimos pavotes que cumplió con el servicio militar obligatorio en la Argentina. Una gran pérdida de tiempo. Y aunque detesto las anécdotas de todo tipo que suenan a cofradía, hoy tengo la necesidad y la obligación de contarles una de esas viejas historias de colimbas.

El comienzo de los cuarenta días de instrucción de combate estaba marcado por el suministro de una espesa inyección detrás de la espalda, justo entre los omóplatos, que te dejaba dos jornadas en reposo con picos altísimos de temperatura, aturdimiento, desvaríos e incluso varios compañeros sufrieron algún que otro desmayo. Una porquería. Según nos dijeron, la vacuna contenía: un cóctel anti-todo, un batido vitamínico y un potente inhibidor sexual. Lo cual parecía ser verdad. Podías correr unos cinco quilómetros diarios en camiseta, calzoncillos, borceguíes, casco y fusil (¡qué imagen!), cruzar un río helado en la mitad del camino hasta empaparte completo, todo con diez grados bajo cero y no tener la más mínima señal de congestión o resfriado.

El acontecimiento ocurrió durante una de las tantas actividades sumamente edificantes y formadoras del espíritu juvenil que proponía el Ejército Argentino en esas épocas. Tanto a media mañana como por la tarde teníamos diez minutos para fumar pero había que hacerlo en cuclillas (¡Otra genialidad militar!). Lo que nos asemejaba más a una bandada de patos echando humo que a seres humanos. Fumaras uno o diez cigarrillos estabas obligado a mantener la posición hasta que los superiores indicaran la finalización del grato recreo.

A una semana de la inyección y convencidos de su eficacia, tanto del batido vitamínico como del inhibidor sexual, fumábamos apaciblemente en cuclillas una mañana nublada de invierno. Recuerdo claramente la inflamación de las rodillas por el maltrato diario y la incomodidad cotidiana de la búsqueda del pequeño placer de fumar. Recuerdo claramente el cielo oscuro cubierto de nubarrones. Recuerdo claramente que las nubes comenzaron a descorrerse con lentitud dando paso a un bello sol invernal. Recuerdo claramente el momento en que un rayo de sol cálido me acarició la piel. Y recuerdo claramente el momento exacto —exactísimo— de una erección urgente, imposible de contener, dolorosa, dolorosísima, punzante… majestuosa también. Los caballeros saben de lo que estoy hablando… las damas también.

Tratando de evitar la poética, la lírica y los eufemismos lo digo así: “una leve brizna del astro celestial… me paró la pija”. Alcanzando así, lo que el poeta Alejandro Millán Pastori (el Rusi) define como “estado lumínico”, lo que Santa Teresa precisa como el éxtasis de la trasverberación, aquello para lo que no alcanzan las palabras y, corroborando una vez más que los seres humanos nos excitamos absolutamente con cualquier cosa.

 

  • Pruebe Ud. llevarse a la cama el miedo a la muerte. Afloje la tensión, relaje los músculos, olvide por un momento a la familia, la pareja, las obligaciones. No intime demasiado con él. Relaje el esfínter y déjese penetrar en una sola embestida, sin lubricantes y sin anhelos. Con el culo así abierto a la vida lo comprenderá todo.

 

  • Trate de sostener la mirada en alto cuando la fortuna le eyacule en la boca. Mantenga el equilibrio entre la falsa modestia y la elegancia altanera. La fortuna no eyacula dos veces sobre la timidez más extrema.

 

  • Intente Ud. masturbar a su psicoanalista, si se resiste, mastúrbese Ud. para incitarlo o incitarla un poco. Si interrumpe el tratamiento puede intentar la maniobra con su médico, su psiquiatra, su fisiatra, su técnico radiólogo, su dentista, su kinesiólogo… hasta con su otorrino. Las infinitas ramas de la salud están de nuestro lado.

 

  • Procure colocar un trocito de mantecol u otra delicia en la punta de su talento, y chupándolo lentamente deléitese con todo el trabajo que tendrá por delante para desarrollarlo y las contingencias que tendrá por detrás, apremiándolo.

 

  • Ensaye besarle el culo a las promesas de integridad. Que son las hijas insumisas de la honestidad y la honradez. No pasará mucho tiempo que pretendan besárselo a Ud.

 

  • De vez en cuando utilice al deseo como consolador. Es un gran consolador. Utilícelo con su pareja en alguna que otra oportunidad pero téngalo siempre a mano y guárdelo bajo la almohada donde los sueños leen nuestra biografía de fracasos.

 

  • Orine en la parte más alta de la escalera para crear una cascada y que su compañero disfrazado de fantasías la espere debajo chapoteando y haciendo gárgaras.

 

  • Aplaste un puñado de besos frescos y jugosos en su entrepierna, aplástelos bien, macháquelos allí. Si no logra concretar la relación al menos la disfrutará un poco. La nada es peor que el asesinato.

 

  • Póngase miel entre los muslos para hacerse lamer por la desesperanza cada mañana. Podrá dormir con ilusiones cada noche el resto de su vida.

 

  • Juegue todas las veces que sea necesario a enséñame-tus-miedos que yo te enseño-mi-amistad. Luego podrán mostrarse la pija y las tetas con resultados mucho menos placenteros.

 

  • Si va a solazarse interpretando a la dueña de un burdel, tenga cuidado con las cuestiones de género, las corrientes feministas, tecnofeministas, posfeministas, pornoterroristas, posporno y los movimientos como “Ni una menos”, “Sin clientes no hay trata”, etc., etc., etc. Tampoco se pinte la cara con corcho para encarnar una dominicana, eso es discriminación. Equipe su prostíbulo imaginario con respeto y libertad, que sea un espacio donde todos disfrutemos.

 

  • Evite los tríos y orgías con la mentira, la falsedad y el engaño. Para eso hay seres humanos… para las orgías.

 

  • Por nada del mundo le pregunte a su conciencia si se le pone dura o a su miserabilidad si aún se moja. Hay que ser generoso en la vida y que su conciencia y sus miserias tengan una noche romántica de vez en cuando a la luz de la silla eléctrica.

 

  • Eluda lo mejor que pueda sus fantasías suicidas. Siempre son menores de edad o discapacitaditas. Y aunque la tentación sea grande repita “por favor” y “gracias”. Concretar este tipo de fantasías no tiene vuelta atrás.

 

  • Huya de las entrepiernas poco generosas. No hay porqué ser un eslabón más en la cadena de fracasos e insatisfacciones. Tampoco sea mezquino con su semejante. Conceda algún que otro caprichito y le volverá el ciento por ciento.

 

  • Permita que todas las sensaciones, imágenes y recuerdos emotivos naveguen sus aguas continentales y surquen el espacio aéreo de sus ilusiones. La globalización erótica no es excluyente con el erotismo de la globalización.

 

  • Pase por alto los manoseos obscenos del odio y el resentimiento, del rencor y la envidia: todo lo que no sea amable lo envejece tres mil años.

 

  • No atraviese su vida mamando resentimiento y escupiendo hostilidad. De vez en cuando trague y sonría. Derrame lentamente el excedente sobre su pecho y sonría. Recorra con la punta de la lengua sus labios y sonría. Los recuerdos la estarán filmando.

 

  • Prescinda de los espíritus que no sepan o no puedan salir a jugar. Coloque un barquito de papel en un arroyuelo de leche. Juegue a cambiarle la ropa a las muñecas o a tomar el té con su pene. Remonte un culo. Coloree sus tetitas y las de una amiga. Qué sean bienvenidos los juegos de mesa, cartas, dados y videojuegos sólo si hay lubricante y depilación definitiva.

 

Disfrutemos el momento, este momento y no cualquier otro. El que nos toca. El mundo no se extingue si nos perdemos un orgasmo. El infierno erótico implora silencio. Silencio y una infinita perspicacia.

Y aquí estamos en la vida: tras el largo invierno de la quiosquera en la esquina —la loca— y su tremendo culo, a quién sus desvaríos avejenta y su ropa lustrosa de grasa me espantan.

Adiós al otoño del pibito autista —el endemoniado— que se hamaca y se masturba todos los días de rodillas bajo un trapo en el balcón de enfrente, haga frío, calor, llueva o truene.

Bienvenida la primavera del vecino —el viejo de mierda— que arrastra los pies a lo largo de la cuadra ida y vuelta infinitas veces, criticando en voz alta todo lo que ve,  bufando con amargura sin quitar los ojos de cuanta calza y escote se le cruce.

Salud a los años de la parejita de al lado —los dos viejitos garchadores— que no necesitan consejos.

Adelante con los meses de la gorda de abajo —la gordi— que se pasea como una descomunal reina en pelotas en el gran desfile de modas que es su mundo íntimo.

Disfrutemos el momento, este momento y no cualquier otro. El que nos toca. En la semana justa, en los días serenos, en la media hora más banal… lo efímero de esta vida se me antoja más atroz que sus miserias. Pero a último minuto, en los segundos que nos quedan, en el instante final, siempre… nos quedará aquel rayo de sol.

(*) Texto leído en el Ciclo de lecturas “Siga al conejo blanco”, 10-SEP-2015.-

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Carlos Marcos nació el 13 de enero de 1972, en Uribelarrea, partido de Cañuelas, provincia de Buenos Aires. Bibliotecario, archivista, bibliómano amateur, escribiente y leedor, ama la literatura erótica y se autodenomina Obediente Señor de los Veinticuatro Paraguas, Embajador Plenipotenciario de las Ínsulas de Cervantes, Visitante Notable del Departamento de Caaguazú, Mariscal de Paellas y Afines, Dignatario Dignísimo de la Digitopuntura, Monarca de Noé, Primer Chambelán en Camisetas, Gran Maestre de Nivel Insospechado, Prudente Príncipe de Pruritos, Vasallo Orbital du Cull-de-Sac, Casto Monarca de Parches y Remiendos y Dulce Apóstol del Unsinnswort. Creó la revista No Somos Poetas (Órgano Auricular de Distribución Ventricular). Miembro del Círculo Finir Morondo, es autor de las mixtorietas Inmaculadas (Muerde Muertos, 2010); las novelas Recuerdos parásitos (2007) y Muerde muertos (Muerde Muertos, 2012) en coautoría con su hermano José María; y el libro de cuentos Tu madre… (2015), editado por la Exposición de la Nueva Narrativa Rioplatense. Coordinó junto a Mica Hernández el proyecto iluSORIAS en homenaje a Laiseca.

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