Durante el tiempo que Soseki fue profesor en la provincia de Kumamoto, realizó Viajes a las aguas termales de Nikoi atesorando placenteros recuerdos de los días vividos en esa zona sur del Japón. Con posterioridad (1906) escribió la novela Kusamakura que, de alguna manera, recrea su estadía en esa aldea de montaña alejada del ajetreo y la modernidad que se vivía en la ciudad de Tokio.

Metafóricamente, Kusamakura alude al viaje, a la búsqueda de si mismo, en un marco natural propicio para la contemplación, el pensamiento y la reflexión.

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El protagonista es un pintor que describe su viaje de ascenso por la montaña hasta la posada de aguas termales del viejo Shioda. En primera persona, nos comenta por qué realiza este camino: “( … ) para desvincularme de todo lazo humano cotidiano y hacer lo posible para convertirme en artista, era esencial que pudiera observarlo todo como si se tratara de una pintura, y a todas las personas que iba conociendo como meros actores de un drama Noh o personajes de un poema ( … )”

Durante el periplo nos presenta a los habitantes en su rudimentaria vida, enmarcada en el bello paisaje montañoso, siendo sus personajes centrales el viejo Shioda y su hija O Nami. Ella es la joven de pueblo que al casarse vive en grandes urbes pero que, luego de divorciarse, vuelve a la posada de su padre donde los pueblerinos la llaman “excéntrica” por que no comparten ni sus formas ni sus ideas modernas adquiridas en las ciudades. No sucede lo mismo con el protagonista, que la admira y se siente atraído por ella.

Soseki, en un principio, nos pinta un pueblo sencillo e idílico. Pero, con el transcurrir del relato, terminamos viendo que las dificultades, contratiempos y pesadumbres son inherentes a todo ser humano sobre todo porque la realidad cruza mares y montañas hasta llegar a ese rincón aislado del mundo.

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También, como en varias de sus obras, refleja las diferencias entre, por un lado, los aldeanos y, por otro, los habitantes de las grandes urbes, quienes van dejando a un lado las tradiciones y abrazan la “civilización occidental”. Para marcar este contraste emplea una serie de escenas irónicas: la descripción de la llegada del pintor a la casa de té, donde es recibido por las gallinas; el diálogo con el barbero y el monje novato Ryonen; la sesión de té con el viejo Shioda y el abad; y el diálogo con O Nami, acerca del modo de leer las novelas.

Por otra parte, el autor vuelca en este libro su mundo poético, a través de varios haikus de su autoría. Nos hace participes del arduo proceso de creación de dichos poemas, y manifiesta su apego a la tradición, cuando nos relata cómo el pintor los emplea para dialogar en forma poética con O Nami, tal y como se hacía en el Japón cortesano.

Podemos concluir que Soseki en este libro hilvana un argumento sencillo, que oficia de excusa para plasmar sus reflexiones sobre poesía y pintura, destacando la sensibilidad de los artistas que actúan “(…) comprometiéndose con aquellas cosas que son la más íntima esencia de este mundo relativo (…)”. Nos presenta una pintura donde la figura sencilla (el argumento) reposa sobre un fondo complejo y de gran profundidad (las reflexiones estético existenciales).

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