Un rechazo de los convencionalismos sociales en una novela, ácida y amena,  que recorre la periferia de una cruda realidad ahora enjuiciada.
Vínculos ocasionales que describen y reflejan el perfil de un hombre elegido como protagonista. Es la realidad de la ficción, oscilando entre lo trágico y la sorna. 
Todo se muestra en un espejo, distorsionante, que deforma imágenes, aunque no tanto.

El sarcasmo como crítica. Y un despliegue de ironías que, ya capturadas al servicio del discurso y de la acción,  permiten leer con mayor interés las vivencias rengas de un hombre; tal vez de un atorrante entre tiburones. Y, cuando digo atorrante podría estar descalificando al personaje mediante un insulto o, según el caso y las circunstancias, podría tratarse de una justificación o, tal vez, de una pizca de piedad; difícilmente admiración. Del mismo modo, cuando digo tiburones, puedo estar haciendo referencia a los selacios marinos de mediano o gran tamaño, que aparecen de refilón en la novela, o a personas ambiciosas, de mediano o gran poder, que actúan sin escrúpulos y solapadamente.

La farsa de la crítica literaria, como  parte de la gran cultura, la de la mentira impuesta a una sociedad ciega y mutilada que cojea sacrificando a la vejez ajena y solitaria, mientras mendiga sueños. Los hermanos y la fraternidad perdida; diferencias y distancia.

Todo queda entre las palabras y el pensamiento armado.

Desde lo obsceno y desde las incongruencias entre sus expectativas y lo que ocurre, el protagonista intenta derribar un límite, un muro que alcanza la medida exacta de su resignación… Tal vez lo logre.

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¿Podríamos ubicar al protagonista en el escenario -en el punto de partida- para que el lector llegue a olfatear de qué se trata?

Un tipo solitario de mediana edad, de contenida desesperación, inmerso en el mediopelo santafesino, pero que ha accedido a una educación compartida con sectores pudientes, en una época cercana a la actualidad pero imprecisa, un siglo XXI corrido deliberadamente de su eje.

Para más datos: nació en Serodino, su padre era un tendero de origen sirio-libanés y la familia se traslada a Santa Fe cuando Ovidio es un chico ¿Suena familiar?

¿Qué podés decirnos de la voz de la novela. Hablemos también del lenguaje, de la trama y el argumento.

La primera persona en que está narrada “La noche litoral” es una construcción caprichosa basada en voces que provienen de lugares comunes, creencias, mitos y supersticiones, algunas propias del protagonista, pero la mayoría de ellas de una vasta generalización. Es una impostura -que algunos han catalogado de distopía-,  que me permitió estructurar toda la novela que creció desde allí, desde esa voz, desde esos juicios simplones o categóricos, reaccionarios o enloquecidos que Ovidio Balán emite con total impunidad. También es el lenguaje pornográfico de su imaginería sexual, de su deseo, que se erige como el eje de todas sus conductas, más allá incluso de la ambición que lo obliga a embarcarse en negocios turbios de dudosa eficacia, emprendimientos de los cuales rara vez considera su moralidad. Ovidio es un intermediario de clase. Su (precaria) ideología de la salvación resulta acorde a su solipsismo, al rechazo que le provocan ciertos vínculos y a su imposibilidad de inclusión social, ya que apenas puede entablar contacto con seres de diverso grado de marginación.

Ovidio reflexiona sobre la salvación pero no como el estafador o el delincuente avezados; desde su desprecio por el trabajo formal, por las “líneas de producción” que asimila a la esclavitud, lo suyo no trasciende una supervivencia medianamente cómoda, basada en una conducta reactiva a la aceptación de las normas. Ovidio Balán “apechuga hacia adelante”, desprecia a buena parte del género humano y rara vez se apiada; es su modo de negar el futuro, cualquier compromiso que implique algo más que el día siguiente.

¿Cómo decidiste la estructura, en este caso?

En 2003 publiqué un cuento largo donde estaba el germen de la novela. Un relato medio delirante cercano al esperpento, que jugaba con cierto límite del realismo burlesco. Era un texto gracioso, cosa muy poco frecuente en lo que escribo: las veces que lo leí en público provocaba ese tipo de reacciones, reírse de sus excesos, de su obscenidad, su patetismo. Ahí empecé a pensar que había algo más en esa historia, y de a poco fui pensando el contexto, el lugar y la época, los escenarios de donde provenía todo. Ya me había ocurrido en otras oportunidades que ciertos cuentos dieron paso a relatos de largo aliento. La novela “Rutas argentinas”, del 2000, nació de tres cuentos que transcurrían en un mismo escenario, lo demás fue albañilería, y un hallazgo que me permitió atravesar todos los relatos por una trama común. Ese libro puede leerse incluso como un conjunto de cuentos (de hecho, algún crítico lo catalogó de ese modo), pero tiene el valor agregado de la columna vertebral que enhebra todas las piezas. Y fue muchísimo trabajo escribirlo por la cantidad de personajes que todo el tiempo desafiaban el equilibrio de esa estructura.

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¿Podrías hablarnos de tus personajes y de la construcción de escenas?

Yo tengo, como escritor, una formación básicamente cinematográfica, tanto para construir personajes, como para imaginar escenas. Me pasé muchos años inmerso en salas, cineclubes, debates, etc. etc. Si bien antes fui lector, difícilmente hubiera llegado a la escritura sin pasar por el cine, por la afinidad constructiva que siempre me ofrecieron ambas disciplinas. Yo fui un enfermo del cine: iba todos los días. Si tenía que elegir entre almorzar o ir al cine, me metía sin dudar en la primera función de la una de la tarde de cualquier sala. Y veía tanto buen cine -el llamado “cine de arte”-, como películas berretas. En los cines de barrio veía tres seguidas, esa cosa tan loca de entrar a la siesta y salir a la noche, me fascinaba. Hasta que llegué a un punto límite, en el cual cada vez me empezaron a interesar menos filmes, menos directores, y el video, y luego el dvd empezaron a desplazar al acto de “ir al cine”. Del resto se encargó el pochoclo, que ha sido el gran asesino serial del cine. Todo ese tiempo disponible, de pronto lo ocupé con los libros. Pero aún hoy, hay películas que siguen siendo para mí tan importantes a la hora de escribir como la literatura misma.

¿Qué objetivo principal le adjudicás a la literatura?; hablemos de literatura y sociedad.

Yo mismo me lo pregunto a menudo ¿Un modo de entender? ¿Una forma de encontrar sentido a la existencia, si lo tuviera? ¿La reproducción de un orden tan caótico como el del universo? Son tantas las preguntas que sería imposible sintetizarlas en una. Otra cosa es la función social de la literatura, que vendría a ser una consecuencia. Cuando esa función social aparece mediatizada por la industria de la comunicación, suele surgir la distorsión, la falsificación, el embozamiento, ese  cosa despreciable del sentido utilitario del mundo que pareciera justificar cualquier conducta humana. Y resulta muy complejo, y hasta pretencioso, situarse en ese lugar de exposición pretendiendo defender cierto principismo, cierta ética. No porque crea que los escritores deban investirse de seres angélicos, o porque entienda que tienen alguna clase de misión trascendente, nada de eso. Lo complejo es guardar coherencia con las elecciones, no asimilar la tarea a emprender cruzadas; respetar ese espacio mínimo, casi inexistente, donde uno se niega a producir chorizos aunque nos digan que el mercado reclama chacinados.

Mirá, voy a casos puntuales. Yo vengo organizando concursos literarios desde hace 15 años, desde el más grande, el Premio Nacional, hasta el más insignificante. Eso me pone permanentemente en contacto con autores noveles, pibas y pibes que están empezando y andan muy perdidos. Y no soy nadie para darles consejos: cada uno sabe qué cosa es capaz de sacrificar y qué no para desarrollar un oficio, una vocación o como se la quiera llamar. Y a esos chicos los bombardea, los contamina la prensa de los exitosos, los que se exhiben como los que han logrado trascender. Puede parecer algo muy primario, pero los medios trabajan del mismo modo a un tenista que a un escritor “exitoso”, con su particular modo de aplicar ese término.  Me molesta particularmente la impostura que se asigna al acotado espacio público destinado a los escritores, el aura falsa que se crea a su alrededor y a la que algunos se prestan tontamente. Y se aprecia también claramente en ese fenómeno nuevo de los youtubers que recomiendan libros y autores dudosos como si se tratar de alfajores, algo bastante lamentable. Eso, para mí, produce una especie de veneno que se pretende inocular en el conjunto social, más allá de toda ingenuidad, de toda actitud superada, de todo progresismo. Porque te deja sin  respuesta para ciertas preguntas y expectativas de un iniciado.

¿Cómo describirías, en tu caso, el proceso de escritura?

Te diría que necesito siempre dos cosas: una idea argumental fuerte, que me interese lo suficiente como para tenerme no menos de un año enganchado -o todo el tiempo que fuera necesario-; y la voz específica para llevar adelante el texto, quién es el que habla, la distancia del narrador con lo narrado, que de algún modo cifra el ritmo narrativo. El resto lo puedo resolver sobre la marcha, inclusive desviarme del camino, cosa muy frecuente, para perderme en supuestos atajos. Como decían los comunistas: “si Dios es el camino; Marx es el atajo”. A veces sirve perderse.

El resto es laburo; encontrar las palabras que demanda el texto.

¿Cuándo y cómo descubriste tu vocación?

Un poco lo describí antes. Pero siendo muy pibe, antes de los libros, conocí los cómics. En aquel tiempo estaban las revistas mejicanas, que coleccionábamos o cambiábamos, porque había trueque en los barrios. Yo era fanático de la colección Joyas de la Mitología, de Editorial Novaro, que publicaba desde la Ilíada hasta El Tesoro de los Nibelungos. De ahí pasé a los libros por necesidad, porque el cómic siempre ofrecía versiones abreviadas o sintéticas de una obra extensa. Como toda mi generación, pasé por la colección Robin Hood. Una gran influencia adicional la tuve por la radio: a la tarde, mientras mi vieja cosía en la Singer y Armstrong pisaba la luna (no me digan que no vieron esa escena en alguna peli), escuchaba al Peruano parlanchín, Hugo Guerrero Martineitz. Y ese tipo, que tenía en los ´60 y los ´70 la mayor audiencia de la radio, era capaz de leer un texto de 20 minutos sin pausa, algo hoy inimaginable. Estuvo años en Radio Belgrano, y era un maestro leyendo, manejando los tiempos y los silencios. Todavía me acuerdo de cuando leyó Crónicas marcianas; recién aparecía Bradbury en castellano y fue increíble. Un genio el Peruano; evidentemente, eran otros tiempos.

Hablemos de tus referentes, de tus preferencias e influencias.

Muchos, muchísimos. Voy a cometer injusticias y omisiones, y de ningún modo les voy a atribuir influencia sobre mí, porque eso sería de una vanidad insoportable: Arlt, Di Benedetto, Onetti, Briante, Carlos Correas, Saer, Viñas, Piglia, Puig, Walsh, y varios más. No pongo a Borges y a Bioy porque es una salida fácil y tilinga, en la medida en que hace 40 años podría haber dado esa respuesta una modelo en la revista Gente (hoy las modelos no leen más).

Y mil extranjeros más (a Onetti lo considero propio), de Dostoievski a Kennedy Toole; de Flannery O´Connor y Faulkner a Pavese. Muchos, demasiados para nombrarlos.

Pero si voy a ser sincero, diré que el “Borges” de Bioy es uno de los libros más extraordinarios de la literatura argentina. Como “Tartabul” de Viñas, es el Ulysses del Río de la Plata.

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¿Qué importancia le reconocés a la academia?

La Academia no es algo uniforme ni monolítico; comprende muchas expresiones diversas. Hay gente sumamente valiosa, hay supernumerarios, hay maestros ciruela y hubo allí grandes talentos. Como en cualquier otro orden de la vida, no me ocupan ni interesan los que calientan sillones corporativamente, sino los que trabajan con seriedad, que son muchos. Lo preocupante es a veces la distancia que la Academia guarda con la literatura.

¿Qué opinás de los talleres literarios?

Creo en el rol docente que algunos pueden ejercer con eficacia, más allá de su talento literario personal. No siempre se expresa en la forma de “taller”. Cierta guía u orientación, puede ayudar a definir cuestiones. La búsqueda del maestro, de su opinión, de su consejo, es tan vieja como el mundo. Otra cosa son los talleres estilo “grupo terapéutico”.

Cuando dicté talleres, un trabajo muy arduo, muchas veces me pareció que los asistentes buscaban prioritariamente una audiencia, quizá  un primer lector que produjera una devolución casi anónima. No tiene que ver con intentar un oficio o pretender publicar un libro. Es una aproximación. En la práctica, cuando se arma un grupo armónico, por lo general suele ser provechoso, sobre todo para quien anda extraviado en la literatura y puede obtener una guía de lecturas, de autores. Más allá de la cuestión vocacional, está bueno que alguien decida emplear parte de su tiempo en este tipo de cosas.

¿Cómo ves el estado de situación de la literatura en particular y de la cultura en general?

Hablemos de la producción cultural, del mercado y de la crítica.

Difícil, muy complejo. Escucho voces optimistas que vienen del lado del negocio (la apertura a la importación de libros, por ejemplo), y pienso en el daño que eso le va a provocar a tantos sellos chicos que han trabajado mucho estos años para instalarse, y no solamente con autores nacionales, porque también se ha traducido bastante, incluso obras significativas que no estaban en castellano.

Se hicieron muchísimas cosas en estos años, y si bien algunas, o varias, son criticables, o al menos dignas de debatir, como por el ejemplo el Proyecto Sur de Traducciones, en muchos aspectos significó un modo de difusión inédito para la literatura argentina.

Me parece que la Cultura en general va a padecer de males similares. El clima que se aprecia es de desaliento. Probablemente esto ocurra porque en lugar de abrir el debate sobre todas las propuestas culturales que implican inversiones del Estado, se ha pasado a una zona gris, a un estado de latencia, que no estimula esa libre discusión. Yo creo que todo puede ser objetable y perfectible en la medida que hay propuestas nuevas, y se estimule una crítica profunda donde opinen todos los actores interesados. Pero si no aparece ese incentivo a discutir, y lo que ocurre es un relevo de figuras de un signo por otro, la Cultura pasa a ser una suerte de botín político, con el riesgo de que la única opinión provenga de quienes ven a la Cultura como un gasto. Un Congreso Nacional de Cultura entendido como una reunión de funcionarios provinciales y nacionales, procurando conseguir partidas presupuestarias -como ha ocurrido tantas veces-, es una malversación de lo que entiendo como debate. Y la situación al respecto en muchas provincias es desastrosa. Habría que debatir algunos temas básicos, por ejemplo: cómo debería entenderse el federalismo en este contexto, con los cambios que ha experimentado el país mientras se mantienen, sin actualización alguna, instituciones que fueron significativas; cómo se han burocratizado hasta la inoperancia muchos organismos destinados a financiar la Cultura en todo el país. Son muchas cosas, y es algo muy complejo, pero si no se empieza a discutir nunca va a resolverse nada.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Luis Adrian Vives

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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