Con tres novelas negras en sus hombros, Carlos Zanón es uno de los renovadores del género en España. Desde la publicación de Tarde, mal y nunca (Premio Brigada 21 a la Mejor Primera Novela Negra 2010), el autor barcelonés sorprendió con un lenguaje en que lo coloquial y lo poético cuentan historias donde los personajes tienen tanto amor como violencia para dar. Con Yo fui Johnny Thunders –novela ganadora del premio Dashiell Hammett 2015–, Zanón explora la pérdida de las ilusiones y del deseo, donde la rutina es una adicción más. Acaba de publicar su libro de relatos, Marley estaba muerto.

Viniendo de la poesía, ¿cómo hiciste para entrar en la novela negra esquivando todos los clichés del género? ¿Cómo se filtra el poeta en la narración de las novelas negras?

Lo que a mí me gusta de la poesía también me gusta de la narrativa; en el fondo no fue un cambio tan drástico, sino que la intensidad, la emoción, los recursos poéticos, yo creo que pueden ser aplicables a la hora de abordar una narración. Huyendo un poco de las excepciones de las escenas y más en las cosas, los detalles o lo que te pueda generar, las metáforas, los juegos, en principio, para mí era importante eso: intensidad, emoción, que fuera un rato directo y, para eso, la poesía me servía. En cuanto a los clichés, como lector me desagrada mucho saber lo que va a pasar, entonces, intentas, en la medida posible, a pesar de que la gestión de la historia es siempre parecida, evitar eso, evitar que el lector no sepa que por esa puerta va a entrar alguien.

¿Qué tradición reconocés en la novela negra española? ¿Tenés alguna relación con ese canon?

La novela negra española, no es estrictamente policial, eso es una cosa que te vas dando cuenta cuando lo comparan con la tradición de Estados Unidos o incluso con la francesa. En ese caso, a mí me han comparado a veces con una tradición de Vázquez Montalbán, pero no tanto en la estructura policial, que no lo es, sino en la visión de Barcelona, no del reflejo de un momento. En ese sentido, sí que me puedo reconocer en esa tradición. Hay un autor español, Juan Marsé, que no hace policial, pero sí que es una mirada bastante parecida a Montalbán, desde otro punto de vista. González Ledesma creo que era un autor que probablemente me haga sentir más identificado y con una cierta tradición. También Julián Ibáñez con sus personajes que están siempre fuera de foco, que nunca han tenido la oportunidad de ser alguien. Esa sería un poco la tradición en la que me puedo insertar. Pasa que, cuando escribes, nunca tienes la conciencia de estar metido en esto. Y por ejemplo, El cartero siempre llama dos veces, es una novela en la cual si fuera española, te diría que yo estoy un poco ahí. En esas atmósferas, los personajes pueden hacer cualquier cosa.

Barcelona fue un destino codiciado por muchos de los que salieron de nuestro país después de la crisis de 2001. Era una ciudad atractiva, distinta a la que aparece en tus novelas, ¿podes contarnos qué pasó y cómo fue ese cambio?

La mirada del que viene de afuera siempre es distinta; es más limpia que la mirada del que está adentro, ¿no? Todos los escritores somos una mirada y la mirada es una mirada mentirosa, siempre, en el sentido de que no existe la realidad o el realismo, sino que tú en una novela aunque estés escribiendo una situación realista aparentemente, estás invocando tus demonios, tus fantasmas, tus obsesiones y eso, incluso a la hora de explicar una ciudad, como en este caso la Barcelona, la Barcelona se hace escenario en el cual a mí me sirve para meter un conflicto de personajes. Entonces la modifico en ese sentido. Respecto a cómo ha cambiado, pasamos de una sociedad en la cual se creía que se podía hacer cualquier cosa, que la gente vivía en uno de los mejores sitios del mundo, a darnos cuenta que todo eso en el fondo era una burbuja. En el fondo no distábamos de la vida de nuestros abuelos, o de nuestros padres, y debimos asumir la situación; éramos nosotros los que nos teníamos que ir fuera. Yo con la crisis he visto cosas que no había visto nunca. He visto gente que no tiene ningún comportamiento al margen de la ley, ni nada, tener que esperar en la puerta de un supermercado para coger comida. Gente que simplemente podría ser tu madre o tu abuela o tú. Ha cambiado Barcelona, y eso ha abierto mucho la brecha entre la Barcelona turística, que sigue siendo igual, y la Barcelona en la que vive la gente, que es una Barcelona más dura, más difícil, más complicada y, sobre todo, mucho más dividida a nivel de clases sociales.

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La inmigración es bastante frecuente en tu obra ¿Cómo afecta a esta Barcelona?

La inmigración la quise mirar alejada del “buenrollismo”, es decir de todo lo fantástico, del “viva la mezcla”, de todo maravilloso, “de cuantos más seamos mejor”; pero por otro lado evitar el rato xenófobo. El problema es de la sociedad, no de los que vienen de afuera. Yo me crié en una sociedad donde había gente de todos los sitios, con mucha naturalidad, y había gente de muchos sitios que me caía bien y gente de muchos sitios que me caían mal. Lo que quise explicar es que todos tenemos que convivir y está bien que haya gente de todos los sitios porque eso hace que las sociedades no se queden en una cierta “sociedad bloqueada”, pero eso genera conflictos de convivencia, de maneras de ver la vida, de religiones, de lenguas. Yo no quería obviar eso. A la hora de escribir, si el protagonista era un magrebí no le voy a dar el papel de personaje negativo sólo por su origen. Si en mi historia era magrebí y punto. Y, siguiendo este criterio, tampoco doy por hecho, que un personaje de Cataluña, por ello deba ser el que vive mejor. Quería una mirada que no fuera políticamente correcta y, en este sentido, porque era la mirada que estaba en mi barrio, tampoco mucho más distinto.

¿Ves alguna relación entre la crisis que afecta a España y este desarrollo del género negro?

Creo que la crisis ayudó, en el sentido de que convirtió la novela negra o la novela policial, en la novela costumbrista. Para tú saber lo qué estaba pasando en ese momento, en tu ciudad, tenías que ir a una novela negra. Te lo estaba explicando, desde las pruebas más domésticas a las más duras. En ese sentido, sí creo que ayudó, pero creo que también ayudó en el sentido de que la novela negra, al no ser un género muy prestigioso al nivel crítico, siempre ha tenido en cuenta al lector, es decir, una novela negra te da lo que tú buscas, siempre.

Hay autores que te gustan más, otros menos, pero nunca te engañan, nunca van con ínfulas de alta cultura. En ese sentido yo creo que el género conectó con un sector de gente al que le producía entretenimiento, le decía lo que estaba pasando y además le daba lo que prometía, en un mundo en el cual nadie daba lo que prometía. Pero también hubo una jugada que salió bien, que fue la jugada del Millennium, la jugada de Larsson, es decir aquello fue un tirón. De pronto se encontró un banco de lectores, en este sentido yo creo que también influyó eso.

¿Seguís trabajando de abogado? ¿Cuánto de ese mundo aparece en tus novelas?

Los últimos años casi no trabajo de abogado, es decir, tengo un despacho, pero lo que siempre quise fue ser escritor. Yo hice la carrera de abogado porque había una chica que me gustaba que hacía la carrera de abogados, así que esa fue toda mi vocación. Pero lo que sí es verdad es que trabajando de abogado, yo trabajaba de abogado penalista, conectas mucho con un cierto sector de la sociedad que de otra manera no lo verías. Gente que está viviendo con casi nada. Gente que vive en un presente inmediato, que no tiene ni idea de lo que va a hacer mañana, ni de lo que va a hacer esta noche y sobrevive. Gente que crea lazos de afecto, lealtades, de amistades, odios, a pesar de que el mundo no les da nada, ellos no pueden esperar nada del mundo. Yo creo que eso me sirvió para alcanzar una mirada con un respeto a esos personajes. Yo no los trato, no hago Walt Disney cuando hablo de ellos, pero creo que hay una especie de mirada compasiva; eso es estar con ellos y ver que, en el fondo, no son distintos a la gente que hemos tenido más suerte o que en la partida hemos jugado mejor las cartas.

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Hablemos de Yo fui Jhonny Thunders y de la relación de la música como una educación sentimental. ¿Es tu novela más autobiográfica?

Yo fui Jhonny Thunders, probablemente era la novela que yo tenía la sensación que era más personal. De tal manera que creía que no iba a gustar, en realidad, había firmado contrato con la editorial y no se la daba a leer porque pensaba: “cuando la lean, van a decir que no.” Era más personal en el sentido que yo apuntaba a lo que significó para mí la música. Yo vivía como muy aislado en un barrio, en una familia, en un mundo en el cual tenía la sensación de que no encajaba. De pronto, un día te encuentras con la música, en el cual hay una canción de alguien, que ha compuesto y cantado hace quince años o a trescientos kilómetros o quinientos kilómetros de ti, que en cierta manera te conecta, te dice que no estás tan solo, que no eres tan raro. Y luego la urgencia, es decir, yo cuando salió el punk tenía once o doce años y la sensación de que la gente no sabía tocar muy bien, pero que era muy importante para ellos esa canción, ese momento. Eso para mí fue muy trascendental, entonces yo quería meter eso en Yo fui Jhonny Thunders, que la novela fuera como una canción, que sonase. Y luego como pretexto para hablar de lo que significa hacerse mayor cuando te das cuenta que la vida es algo más que una canción de tres minutos. Cuando las cosas aparentemente no importan tanto como cuando tenías quince años: los amigos, ni las canciones, ni el amor, ni el deseo, todo ya es muy rutinario, muy aburrido. Ni deseas igual, ni te desean igual, ni te entusiasman tanto las cosas. Ése era un poco el escenario, entonces lo que hice fue un poco el relato de un pistolero que vuelve al pueblo. El personaje Francis, Mr Frankie es un músico barcelonés que vuelve al barrio después de haber tenido muchos problemas con las drogas y no haber triunfado en el mundo de la música, y él pretende hacer las cosas bien, ser una persona normal. Se encuentra en un barrio, con la crisis de la gente que ha hecho las cosas como tienen que ser y tampoco están mucho mejor. Esa es un poco la idea. En cierta manera era jugar con esas dos cosas y hablar de mi barrio, de mis calles, de mis discos. Quería era hacer un libro que no me tuviera que levantar para ver si esa canción la grabaron en el año setenta y tres o en el año ochenta y ocho.

Y bueno, salió bien como podría haber salido mal.

 

Yo fui Jhonny Thunders está plagada de referencias culturales en las que estás hablándole a gente que encontró refugio en esas mismas canciones, que les daban una esperanza para seguir. ¿Hay un propósito en esas citas más allá de los guiños al lector?

La música en el libro era esencial. No era una banda sonora, ni guiños, ni referencias, sino que era algo mucho más importante. Era de qué estaba hecha la novela. Esas canciones eran como agujeros donde esconderte, y entonces la jugada era: esto era importante para mí, pero no sabía si era importante para alguien más. La sorpresa para mí, como autor, es que sí, que lo era, pero no quería que fuera como la típica novela policial, en la que entra un personaje y está sonando jazz; si hablas de Billie Holiday, habla de quién era ella por dentro, no que suena una canción. Y aquí era lo mismo, yo quería meterme dentro de lo que significa esas noches o esa vida vivida como si durase tres minutos.

Frankie y su regreso.  Hay un deseo del pasado, se desea más el barrio que la fama perdida. Esas calles de iniciación donde se gestaron ciertos momentos que parecen inmejorables. Hay una idealización también de lo que ya no se puede tocar. Quería saber qué nos podías contar de eso y cuál es tu relación con el pasado.

En lo que hace a mi relación con el pasado no soy nostálgico, en el sentido de que, siempre he vivido el presente como la mejor época de mi vida. No me gustaría volver a nada. El viaje de Francis, de Mr. Frankie a lo que quiere volver es a sentir, volver a enamorarse, volver a entusiasmarse por algo. El quitarse como si tuviera siempre como la cabeza llena de algodones… ¿no? en este sentido él lo que revindica es eso pero para el presente, para el futuro, no como una reminiscencia. Me molesta mucho el discurso de: “cuando éramos jóvenes, éramos muy salvajes. Cuando éramos jóvenes”…. Eso no me sirve, me da igual, me importa lo que haces con tu vida ahora. Y Francis busca eso, volver a engancharse en la vida, en este sentido, no como un reflejo del pasado. Él vuelve un poco al barrio como el país donde le pasaron por primera vez las primeras cosas. Entonces él en cierta manera quiere volver a engancharse con eso, quiere reencontrarse con su primera novia, con sus amigos, con su entorno para volver a crecer, volver a engancharse con lo que era su esencia, es eso. No es en absoluto nostálgico.

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El tema del deseo, la rebeldía de joven contra la obligación del grande. Hay una idea de que Frankie prefiere aquello que está mal y lo hace sentir vivo, a no desear nada, porque eso directamente es como estar muerto. ¿De qué manera se articula el deseo?

Ahí está un poco el quid de la cuestión, es como madurar, como dejar de ser un niño idiota sin convertirte en un hombre idiota, esa es un poco la clave de la vida, en cierta manera. Sobre todo jugar con los mitos, es decir, si tu padre te abandona a los tres años para convertirse en una estrella del rock, tú como su hijo pensarás: “es un héroe”, pero igual es un imbécil que no ha asumido sus responsabilidades, que te está haciendo más daño que otra cosa….

Cómo gestionar eso, yo creo que es la clave de parte de la novela y la clave de todas las personas, es decir, cómo podemos no traicionarnos a nosotros mismos, ser leales pero al mismo tiempo madurar, crecer, ser otra cosa, ¿no?

Yo creo que tenemos que ser responsables de nuestros actos, de nuestras omisiones y tenemos que ser capaces de generar cosas, pero para eso hay que decidir. En el fondo, lo bueno de Mr. Frankie es que él decide cosas, no se queda parado. El personaje de su padre, por ejemplo, es un personaje que se queda en el banco porque no hace nada, no toma decisiones. Es una persona con un pasado comunista pero que en el fondo se ha acomodado y no se ha equivocado porque nunca ha tomado una decisión. En el caso de Francis, sí, el juega su carta a tope, él va hasta el final, entonces en ese sentido tiene posibilidad de cambiar. Yo creo que ahí está la clave, como crecer, madurar, asumir tus responsabilidades sin traicionarte a ti mismo.

El tema de la paternidad es otro de los temas que explora la novela, en la que vemos que hay dos maneras distintas de llevarla adelante. El padre que siempre estuvo con Frankie, y Frankie, por su lado, que nunca estuvo con su hijo. Y ambos se quejan: “Bueno, vos estuviste siempre” y el otro le dice: “vos no estuviste nunca”. ¿Hay una manera de hacer las cosas bien, de ser un buen padre?

El tema de la paternidad es un tema complejo y yo creo que poco tocado, en el sentido de decir cómo puedes no hacer mucho daño sobre tu hijo. Cómo puedes educarle sin meterle tus fantasmas, tus miedos y no machacarle. Cuando tú tienes un padre fantástico, maravilloso, en el fondo te está haciendo un flaco favor, tienes que tener mucha personalidad para hacer otra cosa y, al revés, si tienes un padre pusilánime, un padre que no pinta nada, un padre conformista, en el fondo es todo lo contrario, es decir, te está forzando a tomar decisiones y a hacer cosas. Yo creo que en la novela se plantean las dos cosas; en este sentido está el padre que siempre ha estado, pero que no sea una influencia para él porque tiene un pasado muy oscuro y porque realmente ha estado siempre, pero para impedirle o para rebajarle la altura de sus sueños, para decirle que no lo haga, para decirle que no se atreva; y por otro lado la figura del padre que no estuvo, que no asumió sus responsabilidades, priorizó su egoísmo, sobre su hijo…¿no? Las dos opciones no son buenas pero ¿cuál es la buena? No lo sé. Yo creo que lo bueno de las novelas es plantear alternativas, preguntas que cada uno se tiene que contestar en cierta medida; pero yo creo que es complejo, es difícil.

Siempre es más fácil que una persona empatice con la música que con la literatura. La música en veinte líneas contó una historia de amor y lo hizo bien, porque cada uno completa a su manera el sentimiento en cuestión. Con la novela es más difícil tratar ese tema por más que tengas seiscientas páginas. Reformulando la frase de Cortázar, podríamos decir que la música gana por knockout y la novela gana por puntos. Quería saber tu opinión, justo es una novela que mezcla las dos cosas.

A mí me gusta tanto Cortázar que todo lo que diga Cortazár me parecerá bien. Yo creo que la aseveración suya de que el cuento gana por knockout y la novela por puntos. La música es un arte muy especial porque te transforma, es decir, tú escuchas una canción y te cambia el estado de ánimo. En el fondo el compositor tuvo un estado de ánimo que colocó allí y se transforma en ti. En una canción de rock and roll es absolutamente brutal porque no sólo es intensidad, es un bombo que te suena en la cabeza, es electricidad, es el instante inmediato, es una voz que te dice “aquello es lo más importante del mundo” que te coge de la solapa y te dice “escúchame”. Claro, como compites con eso.

Yo creo que son armas distintas. Lo que es cierto es que si tú consigues agarrar algo de ese ritmo, algo de esa sensación y no darle todo hecho al lector, sino que lo que tú escribes sea esponjoso. yo creo que te acerca a esa sensación. La música es buena porque evoca. Si la literatura consigue evocar algo, que tú puedas hacerlo tuyo, en el fondo no es tan importante que yo te hable de una canción, lo que es importante es que tú, cuando me leas, tengas tu canción, o tengas tu sensación, o tengas esa sensación de pérdida y ahí es la partida que tienes que jugar. Pero claro, ellos tienen muchos elementos, tú sólo tienes un papel y un bolígrafo.

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¿Cómo esperás que impacte tu literatura, de tanto color barcelonés, en lectores de otras ciudades? ¿Dónde ves vos lo universal?

Bueno, yo creo que todas las ciudades son muy parecidas, en cierta manera. Yo, por ejemplo, hablo de Barcelona, pero de un barrio de Barcelona. Yo cuando era pequeño me podía pasar casi un año sin ir al centro de Barcelona; entonces mi barrio no creo que sea muy distinto de un barrio de Buenos Aires, un barrio de Montevideo o de Madrid. En este sentido creo que lo local, lo anecdótico, en el fondo, es lo universal, cómo te relacionas con tu entorno. Creo que nunca es una frontera eso, creo que siempre en el fondo la literatura lo que hace es ponerte un traje de otro, que te sienta bien o no te sienta bien. Lo que me parece que no funciona es como si yo, por ejemplo, llevando sólo dos días en Buenos Aires, pretendo hacer una novela ambientada en Buenos Aires contando cómo relacionáis vosotros o cómo entráis en un bar, cuáles son vuestras historias, ahí sí que no funciona la literatura, ahí no hay imagen. Si yo hablo de lo que yo sé, tú lo que haces es completarlo con lo que tú sabes y lo que tú vives. Creo que ahí está la clave de la literatura.

Como autor con diversas ocupaciones: poeta, novelista, crítico, periodista, dramaturgo.  ¿Cómo ves el panorama cultural español? ¿Cómo fue afectado dicho panorama con la inmigración?, en especial, hubo mucho argentino también en España después del 2001.

Creo que es un buen momento de la literatura española, quizás no hay grandes, grandes novelistas porque en la tradición española es cierto que faltan grandes novelistas. No tenemos como los rusos, franceses o los ingleses. Tienes que ir muy atrás para conseguir enganchar. Pero sí creo que hay mucha gente que está haciendo cosas muy distintas, que está escribiendo bastante, con la mano suelta, haciendo propuestas bastante interesantes en el género policial y fuera. En realidad, cómo influyó la inmigración y la inmigración argentina, en particular, y sudamericana, en general, fue algo trascendental; mis hermanos mayores, el boom hispanoamericano que así se llamó, que pasó en Barcelona, porque la gente literaria estaban allí, nos libró de toda la caspa realista post franquista; nos abrió un nuevo mundo, nos empezó a ver que se podía utilizar el lenguaje para escribir otras cosas. Yo siempre cuento que, cuando yo era chaval intercambiaba discos, intercambiaba cómics, pero también intercambiaba los cuentos de Cortázar; no tenías la sensación de que eso fuera literatura. Ni que fuera algo elevado, sino que era algo que conectaba mucho. Entonces para nosotros esa tradición, la tradición argentina, de autores argentinos, como algunos autores hispanoamericanos, eran nuestra tradición; yo tengo la sensación que conecto mucho más con ese tipo de literatura que con autores de los años cincuenta o sesenta españoles que ni sé sus nombres. Fue trascendental. La inmigración argentina fue una inmigración política, muchas veces, ¿no? Con lo cual, vinieron a Barcelona y España, gente con carreras, gente de distinto nivel, con ideas, entonces aquello conectó muy pronto con la intelectualidad. En el fondo fue casi de igual a igual, y evidentemente la literatura española no sería lo que es, sin el impacto que supuso todo ese nuevo mundo.

Quiero hablar de Derecho en cuanto a esto que te decía de la sensación de inseguridad y la relación que tiene con una inseguridad jurídica ¿cómo se piensa la inseguridad, en la sociedad moderna en la España contemporánea? Porque, por ejemplo, hay una sensación de inseguridad, que tiene que ver con la violencia de la calle y hay otro tipo de inseguridad previa a esa violencia, que es una inseguridad por ahí institucional con respecto a otras fuerzas que ejercen presión en la realidad para que tome un cause determinado.

En cierta manera con la crisis, nos hemos dado cuenta de algo: que habíamos generado una trampa perfecta, después de la muerte del dictador y de la transición, lo que hubo fue rechazo a todo eso y, también, por voluntad del establishment, se despolitizó a la sociedad, en cierta manera se logró que no nos interesara la política. En mi generación, en cierto momento la política era cosa de los hermanos mayores. Eso conllevó a que dejamos de colaborar, dejamos de estar conectados como vecinos, como sindicatos, como partidos políticos. Con lo cual nos convertimos en consumidores, básicamente. ¿Qué ha pasado? Cuando hubo una crisis, nos dimos cuenta de las trampas, de la inseguridad jurídica, es decir que, en cierta manera, cuando quisimos encontrar respuestas y juntarnos para resistir las leyes de los bancos que a muchos los echaban de sus casas; ante una reforma laboral en el cual no tenías ni la mitad de derechos reconocidos al trabajador cuando vivía Franco, y en realidad lo paradójico era eso, un trabajador tenía más derechos con una dictadura que en democracia. Cuando te diste cuenta de que tú ya no decidías nada y todo se decidía en Bruselas. Cuando te das cuenta que el dinero lo utilizaban para rescatar a los bancos y no para rescatar a la gente; cuando quisiste unirte y te diste cuenta que no sabías cómo hacerlo. Te habían roto las cadenas que te juntaban a ellos. Eso creó una sensación de caos y también una sensación de rearme ético, en el sentido de que nos fuimos generando desde las células pequeñas de barrios, vecinos, entidades, plataformas que, en cierta manera, han conseguido que la alcaldía de Barcelona y Madrid estén en manos de partidos que en el fondo son plataformas de izquierda, ciudadanas y vecinales. Pero evidentemente no existe una voluntad política de cambiar las leyes, seguimos igual de inseguros, la gente tiene más trabajo, los trabajos son de peor calidad, nadie puede pensar en el futuro. Las generaciones de nuestros hijos ya están pensando a dónde irán a trabajar fuera de España. Seguimos con el tilde de ser consumidores, uno tiene la sensación de que cuando las cosas vayan un poquito mejor, la gente intentará cambiar el auto, pensará en cambiar la televisión, volveremos a caer en los mismos vicios. Luego llevamos mucho tiempo de un gobierno de derecha, en el que han hecho muchas cosas; afectó mucho, por ejemplo, lo que pasó con el juez Garzón. Ese tipo de sensación de no poder enfrentar a los poderosos, de verdad. Es decir puedes hacer caer a un alcalde o a un presidente de un gobierno, pero no puedes hacer nada contra los que mandan de verdad, contra las fuerzas económicas, las empresas; en realidad ellos deciden tu vida y eso sí que ha sido un despertar, y yo creo que actualmente no sabemos cómo luchar contra eso.

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Y esa sensación ¿cómo se plasma o cómo ves que se plasme en el género negro?

Bueno, el género negro, yo soy bastante crítico con eso, creo que hay una plasmación en cuanto retratas eso. La ficción puede llegar más lejos que el periodismo. Un periodismo siempre tiene que tener una prueba que demuestre que alguien decidió eso o que se hizo eso por esto, aunque lo sepas, aunque el periodista sepa que es verdad, que se firmó que ese bosque lo cortará para hacer una organización para ricos, si no puede demostrarlo, no puede publicarlo, no puede decirlo. La ficción sí que sirve para, a base de mentiras, llegar a la verdad. En este sentido, te enfrenta con un espejo y te dice: las cosas pasan así, esto pasa así, pero se queda ahí, es decir, el lector de novela negra y el escritor de novela negra, es un escritor, no es un revolucionario, no sale a la calle con un libro de Jo Nesbø a quemar containers ni coches. Entonces, lo nuestro funciona como denuncia pero nos quedamos ahí, no significa mucho más. Luego yo creo que, por parte de muchos escritores de novela negra o novela policial, es muy cómodo sentirse muy progresista, muy de izquierda, muy denunciando. Pero luego cuando vas a votar, estoy convencido que votan otras opciones y que, en su vida, en el fondo son unos burgueses, que lo que quieren es estar bien colocados en un mundillo literario para conseguir un premio, para publicar bien, o sea, en el fondo hay cierta hipocresía. Algunos se muestran escandalizados porque hay gente, inmigrantes, que vienen en barcos y se ahogan, pero votan un partido que lo que hace es poner muros, pues yo creo que hay mucho de eso también.

Como abogado, te dedicaste al derecho penal, me interesa saber por qué no caíste en la tentación de hacer novelas negras de derecho, de tomar ese arquetipo. Vos retratás la sociedad española, el bajo fondo barcelonés, etc. Por ahí podés tomar algunos elementos que tengan que ver con tu condición de abogado, pero desde otro lugar, no desde el ejercicio del derecho; me interesa eso, porque me parece que tiene que ver con lo que estabas contando, justamente.

Bueno, porque en el fondo yo entiendo mucho más a la persona que vive el día a día y que no tiene recursos para enfrentarse al sistema; entiendo mucho más el personaje anónimo que quiere ser protagonista de algo un día, que cómo funciona la cabeza de un policía. No puedo entender por qué alguien se hace policía. No digo que no esté bien, pero no puedo entender cuál es el mecanismo. Tampoco puedo entender el mecanismo del abogado como personaje literario en el cual, o crees en la justicia y te enfrentas al sistema; me parecía un planteamiento muy norteamericano, en el fondo me salvo yo y enfrento eso, me parece muy realista y por otro lado tampoco me interesaban las pesquisas. A mí me interesa qué pasa por la cabeza de la gente, qué puede hacer una persona normal en circunstancias que no son normales y qué sería capaz de hacer en tales condiciones. ¿Yo sería capaz de matar al marido de mi amante, así me quedo con ella? Bueno, sí o no, no lo sé. Ahí está la novela, en esos mecanismos, en la impunidad. Por eso en mi novela no aparecen policías, porque no me interesan. Pero en el barrio donde viví tampoco había policías, la gente se sabía comportar o no, lo solucionabas tú. Entonces no tuve nunca esa tentación porque no me interesa y tampoco sabría hacerlo bien.

Me gustaría que tomemos esa construcción imaginaria de cierto bajo fondo español, ya sea en la literatura, en la tuya y en otras manifestaciones artísticas como ser el caso de la novela gráfica Jazz Maynard, por ejemplo.

La novela gráfica, cuando retrata esos mundos, yo creo que utiliza un punto de vista poético, es decir no me gusta la novela que retrata el bajo fondo cuando es excesivamente descriptivo. Yo creo que la novela que me gusta a mí es una novela emocional y evocativa y eso cuando te enfrentas a un cómic, a una novela gráfica, te planteas una serie de elementos, es un recurso muy poético, la calle tiene lo que tiene, tiene la bolsa de plástico, tiene un mendigo, esos edificios hechos de una manera determinada para que quede una sensación; me interesa mucho porque está muy cerca eso. Eso también lo hace el cine, te enfrenta. A mí me gusta porque es una manera emocional de conectar con una historia. Como lector, de cómics, de libros y de cine o de canciones, me gusta la conexión emocional con las cosas. No me interesa que me expliquen algo en un sentido intelectual. Por ejemplo, el autor de Spirit, cuando te metes en algunos de sus cómics, de sus novelas gráficas, estás leyendo una historia, pero estás leyendo trescientas historias y, además, tiene mucho que ver con utilizar un género denostado que los críticos no valoran, como es la novela negra, para hacer algo más grande que otros proyectos culturales mucho más pretenciosos.

¿Estas trabajando en algún proyecto nuevo?

En octubre saco en España un libro que se llamará Marley estaba muerto. Es una novela, rota en cuentos de navidad, con personajes que pasan y se mueven de un lado a otro. Intenta un poco apurar el estilo, superarlo, hay algunos capítulos de la novela que contienen sentido del humor y bueno, intenta ser algo distinto. A mí siempre me gustaron mucho los cuentos de navidad, me parecen como tremendos. La cuestión es, un poco, siempre escapar de lo que has dicho antes, de lo que la gente espera que vuelvas a hacer.

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Damián Vives y Carlos Zanón

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