El martes 10 de mayo tuvo lugar en la sala Ortiz de la Biblioteca Nacional, en el marco del III Encuentro internacional de Literatura Fantástica, la mesa Terror argentino, en la que tres exponentes destacados del género establecieron un recorrido por el mismo. Reproducimos a continuación el texto leído en esa oportunidad por Diego Muzzio.

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En el libro Viaje al Río de la Plata, el mercenario alemán Ulrico Schmidl -quien acompañó a la expedición de Pedro de Mendoza de 1534-, nos cuenta que tres soldados fueron condenados a muerte por robar y comerse un caballo. Cito:

“Esa misma noche otros españoles se arrimaron a los tres colgados en las horcas y les cortaron los muslos y otros pedazos de carne y cargaron con ellos a sus casas para satisfacer el hambre”.

Si la literatura argentina nace con estas crónicas, podemos afirmar que el terror está presente desde el origen. Sin embargo, el género como tal no arraigó entre nosotros que en estos últimos años. ¿Por qué? ¿Tal vez porque el horror político desplazó nuestra capacidad para escribir relatos de terror? Creo que algo de eso hay, sumado a la idea de que el terror era, hasta hace muy poco, un género considerado menor.

Creo necesario aclarar algo: el terror es miedo, mientras que el horror es un sentimiento intenso (puede ser aversión, asco, rechazo) causado por algo espantoso.

En Argentina, me parece, ha existido siempre cierta tendencia a amalgamar terror y horror. En efecto, si recorremos las antologías dedicadas al género vamos a encontrar un cuento como “El matadero”, en el cual, personalmente, no veo un relato de terror. Se trata de horror, en todo caso. Es la misma violencia que se describe en el poema “La refalosa” de Ascasubi, en “Amalia” de Mármol, o el “Facundo” de Sarmiento, la  misma que más tarde retomarían Bioy Casares y Borges en “La Fiesta del monstruo”.

Los primeros esbozos de terror argentinos se encuentran siempre insertos dentro en un corpus mayor que los contiene y los avala: relatos de viaje, artículos periodísticos, la narrativa militar de la conquista del desierto. Es un archipiélago, párrafos aislados, en ocasiones apenas una sugerencia contenida en dos oraciones.

Tomemos por ejemplo la imagen que da título a este trabajo, “La puerta sombría del desierto”. Es una frase tomada del libro La guerra al malón, escrito por el comandante Prado. Para él, como para otros militares del siglo XIX, el desierto es el territorio misterioso del salvaje. Estanislao Zeballos lo llama “el país del diablo”. También lo es para la tropa, compuesta por individuos extirpados a las clases populares, sobre todo gauchos proclives a la superstición. En el desierto todo puede suceder: en este territorio, Prado puede dejarse llevar y comparar a la tropilla de caballos blancos, “tordillos y bayos claros” del general Villegas con “una bandada misteriosa de fantasmas”. O Zeballos puede hacer la descripción del entierro de Painé, una larga procesión donde, cada dos kilómetros, se mata a golpes de boleadoras a ocho mujeres de la tribu, para castigo de las brujas que habían propiciado la muerte del cacique.

Hay otros ejemplos. El periodista Remigio Lupo, corresponsal  que acompañó la Expedición al Río Negro de 1879, escribió crónicas para el diario “La Pampa”. En una de ellas, cita a un tal comandante Olivieri, de quien se decía cometía los peores actos de crueldad con sus soldados, encerrándolos durante días en profundos pozos, torturándolos, y alimentándolos con pedazos de carne que les arrojaba. También en algunos pasajes de Una excursión a los indios ranqueles tenemos otro pantallazo de estos tímidos y dispersos relatos de terror, cuando Mansilla cuenta a sus soldados, reunidos alrededor del fogón, un cuento de fantasmas.

Pero, tal vez, uno de los más claros ejemplos sea el del francés Alfred Ebelot, militar, ingeniero y periodista que codirigió los trabajos de la zanja de Alsina. Ebelot abre su libro La Pampa con un capítulo titulado “Velorio”. Ciertos fragmentos de este capítulo constituyen, para mí, uno de los primeros relatos de terror de nuestra literatura. El autor llega a una pulpería donde se está velando a un niño. La cita es algo extensa, pero me parece que vale la pena:

“Un pesado olor a cebo, a cigarro y a ginebra cargaba la atmósfera. Un humo denso, tan denso como en la cocina, pero más desabrido, lo envolvía todo, comunicando a las cosas un carácter extraño.

En el fondo, al centro de un nimbo de candiles, aparecía el cadáver del niño ataviado con sus mejores ropas, sentado en una silla, sobre unos cajones de ginebra arreglados encima de la mesa a manera de pedestal, fijos los ojos, caídos los brazos, colgando las piernas, horroroso y enternecedor.

Era la segunda noche que estaba en exhibición. Una ligera sombra verdosa, como un toque de esfumino, asomaba en la comisura de los labios, y se me hacía, no sé si fue una ilusión de mi imaginación, que las jaspeaduras de las carnes reblandecidas no dejaban de contribuir al humo que impregnaba los olores flotantes en el aire. Al lado del cadáver estaba sentado un gaucho, blanco el pelo y color de quebracho la cara, con la guitarra atravesada sobre las piernas. Al verme entrar, había interrumpido su música, como los demás su baile. Se discernían las parejas en medio del humo; el brazo de los mozos envolvía estrechamente el corpiño de las muchachas, y les hablaban de cerca, demasiado de cerca, algo encendidos por la bebida; ellas reían a mandíbula batiente, echaban sonoros piropos, teniendo también los bronceados pómulos coloreados por una pizca de intemperancia. Algunos viejos en los rincones fumaban y discutían de caballos (…)”.

Luego de esta descripción, Ebelot explica:

“Algunos pulperos, nada propensos a la sensibilidad e inaccesibles a preocupaciones, alquilan a tanto por noche los pequeños cadáveres con el fin de exponerlos en un galpón contiguo a su esquina, y organizar sesiones de beberaje, de baile y de música”.

¿Qué falta a estos cuatro párrafos para que se conviertan en un cuento de terror? Apenas una oración, un gesto. Pienso: la sorpresa o incredulidad de uno de esos gauchos que, de pronto, descubre que el niño muerto tiene los ojos abiertos.

La fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en 1871 fue también escenario propicio para que algunos periodistas incursionaran, tal vez sin proponérselo, en el género. En los periódicos de la época, se encuentran breves relatos como el robo del cadáver del doctor Señorans, muerto a causa de la epidemia, enterrado en la Chacarita y exhumado clandestinamente pocos días después para ser trasladado al panteón familiar de la Recoleta. Este mismo episodio, que podría llamarse “aventuras de un cadáver”, es también citado por el periodista catamarqueño Mardoqueo Navarro en su Diario de la peste. El texto de Navarro puede ser tomado como un preciso relato de terror, en el cual se detalla, incluso, episodios de enterrados vivos y de vivos dados por muertos que de pronto resucitan.

Este archipiélago del terror compuesto de microrelatos, de breves párrafos dispersos en distintos textos, durante mucho tiempo no sufre grandes variaciones. Se trata de un terror casi involuntario, surge de pronto sin que el lector lo espere y desaparece con la misma celeridad. Hay que esperar hasta Juana Manuela Gorriti, que incursionó en el terror gótico, y Eduardo Holmberg, que cultivó también el policial, para encontrar dos autores, quizás los primeros, bien asentados en el género. Holmberg, por ejemplo, sitúa la acción de su folletín Nelly en una estancia en la Pampa; en él, describe una tormenta dentro de una tormenta y -curiosidad dicha al pasar-, cita también a Prado. Tampoco podemos dejar de nombrar a Quiroga, discípulo de Poe. Muchos de sus cuentos son los mejores ejemplos del terror rioplatense.

Todas estas narraciones transcurren todavía en un espacio que, de alguna forma, sigue siendo una extensión del desierto, la tierra misteriosa del otro y, asimismo, de lo otro o de la otredad. Este movimiento perdura incluso en el siglo XX. Pienso en dos relatos de Borges que a mí siempre me parecieron formar discretamente parte del género. Me refiero a Funes, el memorioso, y a El evangelio según Marcos. Cito un fragmento de Funes:

“Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables”.

Muchas veces me he preguntado de dónde proviene el miedo que me genera este párrafo. En principio, creo, de la feliz conjunción de latín y penumbra. Pero también del hecho que, desde la primera vez que leí el cuento, fue inevitable para mí pensar en Funes como en una especie de Lázaro. El narrador no entra en un rancho, sino en una tumba. Algo parecido me sucede con El evangelio según Marcos. La crucificción elidida de Baltasar Espinosa, la amenazante mansedumbre de sus verdugos, los Gutres, siguen despertándome, en cada lectura, un terror mucho más intenso que cualquier monstruo de Lovecraft. Pero hay un tercer cuento de Borges, incluido en El libro de arena, que puede ser considerado como un relato de terror puro. Me refiero a “There are more things”. En él, Borges nos describe la casa colorada y, a través de ella, vislumbramos el ser monstruoso que la habita o la habitó.

La nouvelle Sombras suele vestir (1941), de José Bianco, traductor de The turn of the screw, de Henry James -a quien tanto debe-, la cual se encuentra haciendo equilibrio en la delgada frontera entre terror y fantástico, es otra de las obras maestras insoslayables. Tampoco podemos dejar de citar La casa de ceniza, de Abelardo Castillo (1967). Dice Castillo: “La casa de los Usher y las desniveladas habitaciones del colegio de William Wilson están, notoriamente, en el origen ‘arquitectónico’ de mi casa”.

Seguramente estoy olvidando autores y obras. Sin embargo, quiero resaltar que, durante el siglo XIX y buena parte del XX, el terror argentino no sólo es escaso, sino también que sigue de algún modo el paradigma sarmientino civilización-barbarie, además de estar, por otro lado, muy emparentado con el gótico.

La publicación de la novela El mal Menor, de Carlos Feiling, en 1996, produjo un notorio salto en cuanto a temática. Esta obra es, creo, un punto de inflexión. En el prólogo, escrito por Ricardo Piglia, podemos leer: “El relato de terror es quizá la forma más devaluada y más activa de la cultura actual. La dificultad de fijar con claridad sus límites es una prueba de que no ha sido aún legitimada por la crítica académica (…). La novela de Feiling se afirma -como es habitual en el género- en una descripción costumbrista de ciertas zonas (el barrio de San Telmo en este caso) donde suceden mínimos estallidos de violencia terrorífica”.

Piglia toca dos puntos importantes. El carácter marginal del género, el cual desde hace un tiempo está siendo felizmente superado, y lo que él llama la “descripción costumbrista de ciertas zonas”.

En la actualidad, los escenarios donde el terror acontece son, en muchas ocasiones, las villas, las orillas del riachuelo, las zonas marginales de la ciudad, como en los cuentos Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enriquez, aunque en estos textos no se trata de una mera descripción sino, creo, de un importante componente de denuncia social. El campo como territorio extraño vuelve a irrumpir también y a actuar como zona fronteriza. Pienso en Distancia de rescate, de Samantha Schweblin, texto en el que también está presente la denuncia, en este caso de los herbicidas. Hay otros autores adentrándose en este territorio, para continuar con la metáfora, muchos de los cuales han participado en estos últimos días de este encuentro en la Biblioteca Nacional.

“El viento esparce el hedor de los ahorcados”, escribió Mujica Laínez en “El hambre”, el cuento que abre Misteriosa Buenos Aires. El hedor originario de esos cadáveres devorados entre las sombras de la primera fundación vuelve a soplar sobre nosotros. Un cuento, una novela de terror escrita en nuestro país podría comenzar o terminar con una Buenos Aires desde cuyas terrazas y jardines se eleva el tradicional aroma de la carne asada; salvo que ese olor sería, hoy, el hedor nauseabundo de la carne humana.

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Diego Muzzio nació en Buenos Aires en 1969. Poeta y narrador, cursó estudios de Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires. En 1991 aparece su primer libro de poemas, El hueso del ojo, en 1996 recibe el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes con Sheol Sheol, en el año 2000 Gabatha recibe el Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, y con Hieronymus Bosch gana el Segundo Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes en 2004. Se destaca su obra infantojuvenil entre la que destacamos La asombrosa sombra del pez limón de 2005Un tren hacia Ya casi casi es Navidad de 2008El faro del capitán Blum y Galería universal de malhechores, ambos de 2010.

Muzzio residió en Francia de 2004 a 2014. En 2015 publica el libro Las esferas invisibles, que recoge tres nouvelles de terror influenciadas por el gótico, El intercesor, El ataúd de ébano y La ruta de la mangosta.

Sobre El Autor

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