El lunes 9 de mayo tuvo lugar en la Biblioteca Nacional, en el marco del III Encuentro Internacional de Literatura Fantástica, la mesa titulada Peronismo Fantástico. Reproducimos a continuación el texto leído en esa oportunidad por Marcelo Figueras.

peronismo fantastico (2)

En el principio —así arranca el libro del Antiguo Testamento que conocemos como ‘Génesis’— era imposible no asociar al peronismo con el realismo. El general era un militar y los militares argentinos, con honrosas excepciones, no suelen honrar ni valorar la imaginación. La estética de aquellos tiempos iniciales, desde lo gráfico hasta la arquitectura, se aproximaba más bien al clasicismo heroico y monumentalista de la Alemania del Tercer Reich, pre Holocausto. Y además, ¿podía existir algo más prosaico que esos negros que enturbiaban fuentes con sus patas?

Pero el peronismo fue desde ese comienzo una quimera: un animal fantástico, compuesto por partes de bestias distintas, improbable en términos científicos y, sin embargo, innegable. La estética de lo real fue el Caballo de Troya mediante el cual el peronismo introdujo en la historia argentina un cambio que, hasta entonces, se consideraba imposible: la incorporación de millones de descastados al mundo ciudadano, con derechos que hasta entonces sólo habían ejercido las minorías ilustradas; algo que, en otros lares y otros tiempos, se obtuvo tan sólo mediante guerras e infinidad de muertos.

Pero el adversario no era tonto. Y enseguida identificó a la criatura monstruosa que el doctor Peronstein había armado con trozos de héroes y mártires y echado a andar: el Pueblo, ese gigante parco que Daniel Santoro ha pintado tantas veces con suprema elocuencia. La irrupción del gigante Pueblo, que es uno y es turba a la vez, sembró terror desde entonces en los ricos y los poderosos. Y todavía lo hace: ¿quién creen que visita a diario las pesadillas de aquellos que gobiernan para beneficiarse a sí mismos?

Para complicar el panorama aún más, hizo su irrupción Eva. Esta aparición trastocó por completo el panteón hasta entonces venerado. A mí se me superpone siempre el rostro de Eva al de la protagonista de ‘El nacimiento de Venus’ de Botticelli. Sólo que Eva, además de Venus, era a la vez Minerva, la diosa de la inteligencia y de la guerra justa. Con ella reingresa al microcosmos de la imaginación argentina el elemento milagroso, un poder de transformación que desafía las leyes de lo natural. En el mundo de la ficción fantástica, solemos definir esas capacidades como ‘superpoder’. Y Eva, otra criatura de características quiméricas, era una mezcla de santa y de la Mujer Maravilla, a la que se convocaba, en vida, mediante una carta dirigida a su Fundación; y, después de su Ascensión, mediante un rezo laico que funcionaba como la Batiseñal. El poder de Eva era, es, alquímico. Podía cambiar la esencia de las palabras: tomar un sustantivo con el que se despreciaba a un menesteroso, y con sólo decirlo —’descamisado’—, transformarlo en un blasón, una identidad positiva, una bandera.

Aun así, en el ’55 el peronismo fue vencido por las armas. Ya había perdido a Eva, su talismán, y pareció perder entonces todo lo demás: se lo prohibió formalmente, se proscribió su mera mención y, en los medios que ya entonces Walsh llamaba ‘los diarios de la cadena’, se convirtió en el primero de los desaparecidos de nuestra historia. Pero la suma del poder y del dinero no pudo extinguir su potencia mitológica. Por el contrario, no hizo más que acrecentarla. En las catacumbas del pueblo, la fe se multiplicó. Por eso mismo, los artistas que se conectaron con la fuente central de su energía mitopoiética produjeron obras que sacudieron el corsé de los géneros. Para sintonizar con una quimera, no quedaba otra que usar su extraño ADN.

Con ‘Adán Buenosayres’, Marechal escribió una novela que era en parte Homero, en parte Joyce y en parte Dante, pero a la criolla. Con ‘Operación masacre’, Walsh escribió un libro que era a la vez periodismo y narrativa, creando una forma nueva. Con ‘El eternauta’, Héctor Oesterheld le cerró la boca a los que discutían que la historieta podía aspirar al nivel de la narrativa y reinventó la épica, reemplazando el héroe individual por el heroísmo colectivo. Con ‘Juan Moreira’, Favio dio vida a un film que era al mismo tiempo popular y exquisito y convirtió a un matrero en una figura numinosa. A partir de ‘Oktubre’, el Indio Solari creó una narrativa sonora que en simultáneo evocaba a Roberto Arlt y a Philip K. Dick y sedujo a un público masivo sin hacer concesiones. No importa si en el momento en que concebían sus obras estos artistas reconocían alguna filiación política. Lo indiscutible es que esas obras participan de la naturaleza quimérica del peronismo.

(Esto, por cierto, es algo que Diego Capusotto tiene muy claro, desde creaciones apócrifas como la revista ‘Peronismo lisérgico’ o la película ‘Elvis y el general Perón contra el Hombre Invisible’.)

La narrativa peronista adquiere tanta centralidad, que todo lo que adviene a continuación no puede sino definirse desde su mitología, y sólo en referencia a ella. Muchos pretenderán ser anti, o neo, o post, pero siempre a partir del peronismo. Acá en la Argentina no existe el enfrentamiento Marvel versus DC: entre nosotros, está claro quién es el mejor y mayor productor de contenidos. Y, como desde su concepción, el peronismo conectó con el mainframe del inconsciente colectivo de nuestro pueblo, la narrativa que produce suelen tener valor oracular. Antes que Darth Vader estuvo el Brujo López Rega. Los yanquis están chochos con su Civil War, pero nuestros Iron Man y Capitán América ya se enfrentaron, entre nosotros, en los ’70. Las películas de superhéroes vienen topándose con una limitación que acá conocemos desde hace tiempo: a los villanos que enfrentan al peronismo en democracia no les da el piné, inspiran risa y verguenza antes que miedo. Por eso mismo, aunque nadie haya sido emboscado más veces y durante más tiempo, la muerte del peronismo resulta tan verosímil como la de Jon Snow.

El sentido que inyecta en nuestra historia es tan poderoso, que resignifica incluso lo que ocurrió antes. Cuando Sarmiento pintó la palabra ‘bárbaros’ en una piedra, pretendía aludir a sus enemigos coetáneos; pero, de modo involuntario, ese calificativo terminó definiendo a los adversarios futuros de la causa popular. ¿O acaso hay término que le quede mejor a tanto represor oscuro, a tanto nuevo rico, a tanto panelista de TV, a tanto periodista de opinión a sueldo, a tanto marketing-dependiente, a tanto economista Judas, a tanto negacionista, a tanto turista off shore, a tanto cheto convencido de que la sofisticación se puede comprar, que la palabra ‘bárbaro’? Esta gente es tan ignorante, que cuando oye la palabra ‘bárbaros’ piensa que hablan de otros. Despierten, muchachos. No hay nada más cool que la causa popular. ¿Alguno cree seriamente que, de haber nacido en la Argentina, los epítomes históricos de lo cool—armen la lista que quieran: James Dean, Camus, Godard, Leonard Cohen…— apoyarían aquí a esta derecha pintarrajeada de liberalismo, tan desprovista de polenta e imaginación?

La frase que Sarmiento habría pintado en aquella piedra fue oracular a su pesar: la idea que no se puede matar por mucho que lo intenten, la experiencia histórica que nadie borra del hard drive de nuestro pueblo, es el peronismo.

Mis libros lo entendieron antes que yo. Ahora en junio se reedita mi primera novela: ‘El muchacho peronista’, que es de 1992 y está llena de elementos fantásticos —visiones, elementos ucrónicos al estilo ‘El hombre en el castillo’ de Philip K. Dick— pero vertebrada por la idea muy realista de que, para cambiar la historia, hay que empezar por salir de casa, por abandonar nuestra zona de comfort. Mi última novela, ‘El rey de los espinos’, es el comienzo de una saga que homenajea a Oesterheld y retoma la idea del heroísmo colectivo. Supongo que, por el simple hecho de haberme conectado a ese mainframe del que hablé antes, ambas se vieron atravesadas por ideas que, ex post facto, parecen oraculares. El protagonista de ‘El muchacho’ es un pibe del barrio de Flores nacido en la primera mitad del siglo XX, que con el tiempo se convierte en el primer Papa argentino. ‘El rey de los espinos’, que escribí entre los años 2010 y 2013 aproximadamente, está ambientada en la Argentina de un futuro muy próximo —la contratapa dice 2019, por amor a ‘Blade Runner’— donde gobierna el mismo señor que nos gobierna ahora. Es género épico hecho y derecho, escrito entonces pero hablando de la clase de héroes que, parafraseando a Cortázar, estoy necesitando mañana: como ‘Game of Thrones’ pero argenta, contemporánea y peronista, independientemente de mi designio.

Obras enormes como las que mencioné más temprano son políticas en su esencia, aunque su apariencia lo disimule. Y me atrevería a decir que lo son en el mismo sentido que lo es el peronismo, de cuya naturaleza quimérica participan al conseguir algo inefable, a pesar del machaque constante para que ni siquiera lo intentemos: producir arte que es al mismo tiempo excelso y popular. Estas obras zanjan en la práctica, a través del ejemplo, la división propugnada por los poderosos, entre el arte excelso que sólo existiría para ser paladeado por los elegidos y la basura primitiva que consumiría la chusma. Cualquiera con un mínimo conocimiento se da cuenta de que la obra de estos artistas posee una elegancia que hace que los benditos por la academia echen espuma por la boca; de que su originalidad es infinitamente mayor, lo genuino que se opone al producto de laboratorio multinacional; de que son poderosas porque no son genuflexas, como las que fabrican los artistas que Daniel Santoro llama ‘europeos supernumerarios’; y que interpretan nuestra circunstancia con una precisión y una elocuencia que, por supuesto, no hallamos nunca en los imitadores de la ‘newest wave’ que sopla desde el Norte.

Cuando la dejamos volar en lugar de arrastrarse, nuestra imaginación —nos guste o no— se vuelve peronista. Por eso creo que decir ‘peronismo fantástico’ es redundante, como lo sería decir agua húmeda o fuego caliente. En consecuencia, la verdad número veintiuno (si hace mucho que no repasan las veinte verdades peronistas, háganlo hoy: desde el presente, suenan a proclama revolucionaria) debería ser la siguiente: el peronismo es fantástico… o no es nada.

1893_1785969791623187_7099264599458246137_n

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) es un periodista y escritor argentino, autor de relatos cortos y novelas.
Se inició en el periodismo trabajando para diversos periódicos y revistas tales como Clarín, El Periodista o Humor. Fue director de la revista mensual Caín, y ha colaborado en prensa española como El País. Compagina su labor literaria con la de guionista cinematográfico (Plata quemada, Kamchatka, Peligrosa obsesión, Rosario Tijeras y Las viudas de los jueves). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina.
En 1992 publicó su primera novela: El muchacho peronista. Luego vinieron otras, como Kamchatka (2003), finalista en el IFFP (el premio más importante que los ingleses conceden a un escritor de otra lengua) y ganadora del Valle-Inclán Prize, La batalla del calentamiento (2006) o Aquarium (2009). Su último libro es El Rey de los Espinos (2014).

 

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas