Salvador Sanz es uno de los historietistas de mayor talento entre los muchos que destacan en Latinoamérica. Su novela gráfica de terror fantástico Legión marcó un hito en su carrera y en la de los lectores.

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Siempre creí que mis pesadillas eran las peores. Despertaba en la agitación de sentirme perseguido, o cayendo a un pozo sin fin, o habiendo visto horrores tan indescriptibles como los monstruos tentaculares de Lovecraft; aún tardaba unos minutos en comprender que sólo se trataba del perverso ilusionismo de mi inconciente. La vuelta a la realidad resultaba siempre tranquilizadora, claro, hasta que un día llegaron sus viñetas. Y entonces descubrí que mis pesadillas no eran las peores por lo que yo creía, sino por algo muy distinto: las de Salvador Sanz son definitivamente mejores.

No sé quién o qué alimenta la imaginación de este porteño, pero no creo que me guste saberlo. Sus historietas son complejos mecanismos de relojería perversa, relatos e imágenes frente a los cuales la pasividad deja de ser una opción.

Compré los primeros ejemplares de Catzole en una de las convenciones de cómics que se celebraron en Buenos Aires a principios los noventa. Claro, no se trataba de esos megaeventos repletos de sujetos disfrazados, sino más bien de una fiesta under destinada a cierto tipo de personas que buscaban abrir un nicho para un arte que estaba siendo arrasado por la furia económica de la década. Fue allí donde encontré un puesto dedicado íntegramente a fanzines. Yo, que hasta el momento había sido un lector más bien oficialista, si se me permite el término, decidí gastar algunos de mis devaluados pesos en algunas muestras de la tan mentada producción independiente. Recuerdo que mi humilde desembolso despertó un caluroso aplauso de los historietistas que personalmente atendían el puesto; tal vez Salvador Sanz estaba entre ellos, no lo sé. Lo cierto es que en aquel momento ni siquiera sabía qué era Catzole, esa revista a la que injustamente se la llamó fanzine.

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Fue en esta revista donde Sanz comenzó a publicar su hoy reeditada Desfigurado (1996-2000). La imaginería que despliega es tan inquietante como original: desde un héroe mutilado por una mujer que tiene una hoja de afeitar en lugar de dientes hasta la creación de un enigma inquietante: «¿Qué se refleja en dos espejos enfrentados?», sofisma que podría pasar a formar parte de los más interesantes trucos del pensamiento junto a la pregunta «¿Hace un árbol ruido cuando se cae si no hay nadie para oírlo?». Desfigurado es una historia compleja, a veces difícil de comprender, con un guión interesante pero que no termina de desarrollarse, tal vez impedido por los cuatro años que tardó en completarse la publicación de sus casi cien páginas. Por momentos, el plumeado recuerda al de Solano López en El Eternauta, obra de capital importancia para comprender la concepción creativa y estética de Sanz.

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Luego de este primer proyecto de largo aliento, Salvador se largaría con otras historias que le permitiría experimentar con su estilo, depurar su línea y avanzar hacia un entintado más pulcro y acabado que permitiera un mejor desarrollo del arte secuencial. Sus obsesiones continuaron, claro, persistentes como las peores pesadillas: el mundo apocalíptico, la esencia última de lo real, la importancia simbólica de la visión que con tanta claridad se manifiesta en El invisor (2000-02), la presencia de la muerte como una fuerza renovadora antes que destructora en Ángela Della Morte (2005). Tal vez el punto que marca un avance más claro de Sanz no lo encontremos en la historieta, sino en una afortunada incursión al mundo del cine de animación en el corto Górgonas (2004). ¿Cómo hizo Sanz para lograr un clima tan acabado y perturbador en poco más de catorce minutos? Podríamos decir que la principal virtud está en un guión sencillo, depurado y sugerente, o en la habilidad para optimizar los pocos recursos con lo que cuenta, o en una inteligente elección de encuadres, o tal vez en todo esto, pero lo cierto es que Górgonas es una obra de difícil disección cuyo ritmo y clima deben ser la envidia de más de un director de cine de terror consagrado. Tengo que decirlo: Górgonas me horrorizó y me fascinó por partes iguales sin caer en un solo golpe bajo y con una historia simple hasta la ingenuidad pero contada con una efectividad pocas veces vista.

Para entonces, Sanz ya me tenía bastante preocupado. «Este niño malo está empecinado en dejarme sin sueño. Lo ha logrado, ha demostrado que puede atemorizarme», me dije. «Pero ahora ya conozco tus trucos, Salvador. Me has dejado sin dormir, pero no lo lograrás otra vez. Ya no volverás a sorprenderme».

Entonces llegó Legión (2006) y me di cuenta de que estaba equivocado.

La historia de Legión puede resumirse en un párrafo: un encadenamiento de hechos traen a nuestra realidad –que no es la única, claro– un ejército de siniestros artistas de la perversión. Esta legión somete, mutila y asesina a los habitantes de Buenos Aires para lograr concretar su objetivo: construir una obra de arte totalizadora y salvaje. Los cuatro protagonistas, más que actuantes, son meros observadores que se ven arrastrados hasta las entrañas mismas de la legión para terminar descubriendo un universo en el que «el arte es sólo una fuerza destructiva, un motor para la guerra y la aniquilación».

Dentro de este argumento –que no por sencillo deja de ser original–, el poder de la narración de Sanz se despliega a pleno, primero al combinar imágenes del mejor estilo bíblico ambientadas en escenarios porteños fácilmente reconocibles con una concepción oesterheldiana –anote, querido lector: yo he inventado esta palabra– del cómic, y luego con una estética de la mutilación que mucho le debe al gore, pero especialmente al universo infernal creado por Clive Barker en su obra fílmica y literaria. De este modo, Sanz nos ofrece, entre sus macabras elucubraciones, una lluvia de sangre que parece la onceava plaga de Moisés cayendo sobre una Buenos Aires evocada con tanta firmeza como aquella que hace cinco décadas fuera cubierta por la nevada mortal.

Legión tiene muchas virtudes, pero destacaremos sólo las dos que consideramos más notables, aquellas que la sitúan en la cima de la producción de Sanz y deberían colocarla con facilidad asombrosa en el panteón de los cómics más originales de Argentina y, probablemente, del mundo:

En primer lugar, Legión, aunque explícito en su contenido visual, es sutil en la construcción de la trama. En una economía que, como sugiriera Will Eisner, es propia de la historieta, Sanz logra elipsis que no sólo dan velocidad a la trama –como el omitir el surgimiento del rostro en las nubes– generando cierta ambigüedad que acrecienta el misterio y acentúa el poder de evocación. Recordando ciertos momentos de Sin City de Frank Miller, la utilización del color deja de ser un mero acompañamiento para colocarse al servicio de la trama: el relato comienza con tonos grises, incorpora en color con la llegada de la lluvia de sangre y retorna a la monocromía cuando los personajes se adentran en la escultura erigida por la Legión.

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Tal vez la única pequeña resquebrajadura en la historia de Sanz sea el escaso desarrollo de sus personajes. La ausencia de información sobre ciertos detalles de la trama benefician la historia, pero los protagonistas carecen de carnadura humana. Quizá convendría preguntarse cuánto cambiaría la historia con personajes mejor desarrollados. Es difícil responder este interrogante. Es posible que muchas de las virtudes de esta obra se vean opacadas por una empatía mayor entre el lector y los personajes, pero lo más probable es que le hubiese aportado una nueva dimensión a una historia que ya de por sí trabaja en diferentes planos de significado.

Sin embargo, hay que aclarar que Sanz maneja como nadie en Argentina los recursos de la narración gráfica: sabe construir tensión e intriga no sólo a través de la historia y de las imágenes, sino a partir de las secuencias. De este modo, encadena pequeñas viñetas mudas que sugieren climas, vínculos, relaciones, haciendo gala de un exquisito uso del plano detalle como si de un juego fílmico se tratase. Un buen ejemplo de esto es la secuencia del colgante, donde el simple dije del collar de una anciana no tan inocente nos demuestra que nada es azaroso. Algunas escenas, como la página en la que se introduce el título, proponen un planteo claramente cinematográfico, logrando una percepción de movimiento tan sutil que las líneas cinéticas de las que tanto abusa el manga nos parecen un recurso tosco y poco ingenioso.

Concepciones del arte secuencial tan marcadas como ésta son difíciles de encontrar en la historieta argentina, que hasta hace algunos años todavía transitaba por senderos más clásicos, con una preponderancia del guión por sobre una idea integradora que aporte coherencia y plasticidad.

El segundo elemento que se destaca en Legión es el enorme poder de evocación de sus ilustraciones. Sanz ha demostrado tener una gran capacidad para generar imágenes de una belleza atroz, profundamente enrizadas en símbolos arcanos y universales. Esto se evidencia en la misma figura de los jinetes de la legión, con su mezcla entre primitiva y medieval, pero en la impactante secuencia de la coronación, donde un tema que podría haber dado para la peor escena gore –a las que Sanz parece ser tan afecto–, termina convertido en una postal que refleja toda la hermosura de la perversión y el dolor.

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Por último, el mensaje esbozado sobre el final de la obra es inquietante. ¿Puede el artista transgredir los «límites de la cordura» sin pagar el precio de su osadía? La vida de grandes artistas como Donatien Alphonse François, –más conocido como el Marqués de Sade–, Edgar Allan Poe o incluso el post impresionista holandés Vincent van Gogh demuestran que el precio de la transgresión de determinadas normas en busca de una expresión más profunda muchas veces tiene un resultado perturbador en la vida del artista. ¿Podría esto llegar a afectar a toda una sociedad cuando esta ha decidido transigir todas las reglas? Y cuando se ha optado de manera masiva por el quebrantamiento de los límites, ¿cuál será la función del artista, profeta sin profecías que pregonar? Hábilmente, Sanz decide un final abierto, que no por serlo deja de funcionar como un cierre, superando así un problema que oscureció parte de sus primeras obras.

¿Hasta donde llegará Salvador Sanz? O, mejoremos un poco la pregunta: ¿Hasta donde nos hará llegar Salvador Sanz? Su obra aún es reducida y es lógico teniendo en cuenta que la historieta argentina nunca ha logrado recuperar el terreno perdido en cuanto a cantidad y calidad de publicación. Viendo la impactante evolución de Sanz y el lugar de privilegio que merecidamente se le da en la nueva etapa de Fierro a su nueva obra Nocturna (2006-8), uno creería que está logrando el reconocimiento que necesita para poder continuar soñando sus macabras pesadillas, esas que se enraízan en lo mejor de la historieta argentina como una muela podrida que ningún dentista debería arrancar.

Muñiz, octubre de 2007

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Sobre El Autor

Escritor, conductor radial y profesor de Literatura especialista en géneros. Ha recibido distinciones en el ámbito de la literatura fantástica, género dentro del cual ha publicado las novelas Sobre la convergencia (Booklet) y Sobre los inmortales (UPV), además la miscelánea de horror Las tres brujas niñas (Saco de Huesos). Ha escrito dos libros de ensayo para adolescentes, ambos publicados por la editorial Verbo Vivo y publicado diversos artículos sobre literatura de género. Ha sido finalista en dos oportunidades del Premio Azabache de Novela Negra. Editorial Vestales publicó sus novelas Todo queda en familia, Nunca me faltes, Malaventuranzas y Alambre de Púas.

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