Editorial Lumen acaba de publicar en nuestro país una bella edición de los cuentos completos de Flannery O’Connor. Las historias de este libro hiriente y sobrecogedor tienen como escenario los pueblos y las tierras del sur de Estados Unidos, especialmente su Georgia natal, un mundo decrépito y en ruinas cuyo secular abandono y pobreza ancestral aparecen marcados por la violencia y el odio. Pero más allá de la sordidez, los conflictos raciales, el asfixiante peso de la religión y la frustrada lucha por la libertad, hay siempre en los cuentos de Flannery O’Connor una extraña belleza, una íntima exposición moral de la condición humana que trasciende la anécdota.

Comparada a menudo con William Faulkner o Carson McCullers, con quienes forjó lo que se ha llamado el «gótico sureño», Flannery O’Connor está unánimemente considerada como la gran narradora norteamericana del siglo XX.

Reproducimos a continuación el prólogo del volumen, escrito por Gustavo Martín Garzo. Agradecemos a Verónica Barrueco y a Roxana Bavaro el permitirnos difundir este material.

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Este libro reúne, por primera vez en nuestro país, todos los relatos que escribió la norteamericana Flannery O’Connor, autora de una de las obras más extrañas, perturbadoras e inclasificables de la literatura universal. Es un libro divertido y terrible a la vez, ante el que no sabremos si reírnos o sentirnos horrorizados. Falsos profetas, niños perversos, criminales visionarios, idiotas, mentirosos inocentes, ancianos perversos, santos que deliran, se dan cita en sus páginas. Seres que caminan hacia la perdición sin saberlo, que parecen surgidos del libro de Job y en los que la depravación y la inocencia conviven con perturbadora naturalidad. Harold Bloom afirma que no tenemos un lenguaje apropiado para enfrentarnos con lo divino, y toda la obra de Flannery O’Connor parece ser la demostración palpable de que es así. Sólo que sus personajes, al contrario que Job, no son pacientes y están dispuestos a lo que sea para mantener ese diálogo con la divinidad en busca de un sentido que siempre se les escapa. Su principal recurso es el mal. Es lo que hace el protagonista de «Un hombre bueno es difícil de encontrar», uno de sus cuentos más famosos. Se trata de un hombre extraño e impredecible, al que llaman el Desequilibrado, que se dedica a matar a cuantos se encuentra, sin manifestar la mínima vacilación, como si cualquier forma de conocimiento pasara inevitablemente por el mal. «Hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d’estos últimos. ¡Va estar en to!», profetizaba su propio padre cuando era un niño. Todos los personajes de Flannery O’Connor quieren ver, quitarse la venda de los ojos. Su tarea no es contribuir a que se mantenga el equilibrio de las cosas, sino sacudir ese equilibrio tratando de que algo nuevo aparezca, algo que sea portador de esperanza en un mundo en que no parece haber un lugar para ella. El Desequilibrado, por ejemplo, cree imitar a Jesús con su conducta criminal. «Jesús es el único qu’ha resucitao a los muertos y no tendría qu’haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces sólo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces sólo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad».

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En «El negro artificial», un abuelo quiere dar una lección a su nieto y termina traicionándole; en «Partridge en fiestas» un chico quiere por encima de todo acercarse a un asesino loco para descubrir lo que siente; en «La espalda de Parker» un hombre cubre su espalda de tatuajes para intentar calmar su insatisfacción y su melancolía; en «El río» un niño busca un nuevo nombre y una nueva vida lejos de la casa oscura donde vive. El chico de «El pavo» persigue a un pavo salvaje para matarlo, lo pierde de vista y acaba por encontrárselo muerto. Se pavonea con el animal sobre los hombros, hasta que se lo roban unos chicos de los barrios pobres. Entonces se da cuenta de lo tardío de la hora y de que la noche está cayendo y tiene «la certeza de que a sus espaldas había algo con los brazos tendidos y las manos listas para aferrado».

En todos los cuentos de Flannery O’Connor asistimos a una transformación final del personaje, a un cambio que le permite abrirse, aunque sólo sea por un momento, a un instante de libertad incomparable. «El cielo era de un rosa intenso, y la extraña luz que de él caía hacía resaltar cada color. Cada brizna de hierba que crecía entre la grava parecía un nervio de un verde vivo». A Flannery O’Connor le gustaba hablar de la gracia. «Escribo para un auditorio que no sabe lo que es la gracia y que no la reconoce cuando la ve. Todos mis relatos tratan sobre la gracia en un personaje que no la desea, por eso la mayoría de la gente piensa que las historias son duras, sin esperanza, brutales». Y ciertamente todos estos relatos nos conducen a una conversión. Flannery O’Connor sabe que incluso en los seres más egoístas y perversos siempre es posible un acto súbito e imprevisible de libertad, y en sus relatos siempre trata de encontrar ese momento único capaz de iluminar la escena llenándola de vida. Veamos lo que pasa en «Un hombre bueno es difícil de encontrar». Una familia que sale de excursión se encuentra con el Desequilibrado, un peligroso criminal. La abuela, que es una criatura vulgar y egoísta, ha oído hablar de sus fechorías por la radio y, cuando le identifica, a él no le queda otra solución que matarles. El Desequilibrado y sus secuaces van eliminando a todos los miembros de la familia, incluidos los niños. La última que queda es la abuela quien, tras un breve diálogo con él, se ve arrebatada por un movimiento súbito de ternura y tiende su mano para acariciarle. «¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!». El Desequilibrado se revuelve como si le hubiera picado una serpiente y dispara tres veces contra el pecho de la anciana. Luego pide a sus compañeros que la lleven al foso donde tiraron a los otros. Y, aún confuso por aquella caricia, añade: «Habría sido una buena mujer, si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida».

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En Flannery O’Connor siempre está presente, como señaló Thomas Merton, el problema del valor. «¿Quiénes son las buenas personas? —pregunta—. Son muy difíciles de hallar. Entretanto, tendremos que contentarnos con las malas personas, tan respetables que resultan horribles, tan horribles que resultan cómicas, tan cómicas que resultan patéticas, pero tan patéticas que sería horroroso tener piedad de ellas. Tan cómicas que uno no se atreve a reír demasiado fuerte ante el temor de atraer a los demonios del desprecio». Flannery O’Connor nos pide que suspendamos por un momento nuestro juicio sobre estos personajes y es entonces cuando descubrimos que, a pesar del horror que provocan, hay en ellos un resto de inocencia, como si se redimieran en cada acto brutal. «El que pierda su alma, ése la salvará», puede leerse en el Evangelio. No se trata en suma de seres patológicos, porque la patología no anuncia nada ni comporta conocimiento alguno. El mal es materia de elección, en tanto que la enfermedad no lo es. Y en estos relatos los personajes eligen, quieren ver más allá. Hay en ellos una especie de dignidad negra que les coloca más allá de la desgracia.

La literatura de Flannery O’Connor hunde sus raíces en la literatura grotesca norteamericana del siglo XIX. Una literatura que venía de la frontera, llena de personajes disparatados cuya comicidad no surgía de un defecto, sino de un exceso de energía. Así son todos sus personajes: tan cómicos como terribles. Personajes que parecen llevar una carga invisible, cuyo fanatismo es un reproche, no una excentricidad. Flannery O’Connor pensaba que el novelista no podía ser «la criada de su época» ni debía aspirar a hacer una literatura que cicatrizara las heridas. En uno de sus escritos nos cuenta cómo una señora le escribió desde California reprochándole el pesimismo y la negrura de sus relatos. «Lo que quiere el lector cuando llega a su casa —le dice—, es leer algo que eleve su corazón». Flannery O’Connor le contesta que si su corazón hubiera estado en el lugar adecuado sí se habría elevado. Ella piensa que la gran literatura busca el acto redentor, sólo que el mundo actual ha olvidado lo que significa ese acto, como ha olvidado el verdadero significado del mal. Vuelve a resonar en nuestra memoria la reflexión del Desequilibrado ante el cadáver de la anciana. «Habría sido una buena mujer, si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida». Los relatos de Flannery O’Connor tienen el poder supremo de agitar nuestra conciencia. No es posible permanecer indiferentes ante ellos, de la misma forma que no es posible mantener la calma cuando alguien te apunta con una pistola. Tienen el poder de hacernos despertar, desvelan a ese lector cansado que somos todos, exhortándonos a una especie de paciencia. «Continúen leyendo estas barbaridades —parece decirnos—, no abandonen prematuramente a estos seres depravados. Saldrán ganando, no sé cómo, no soy más que una escritora, pero ustedes saldrán ganando».

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John Huston rodó en 1978 una película basada en Sangre sabia, la primera de las novelas de Flannery O’Connor. Por la rareza de su argumento, la rebelión de un joven fanático religioso contra Cristo, tuvo muchos problemas de financiación, aunque finalmente pudo rodarse en el tiempo récord de cuarenta y ocho días. John Huston, en el último capítulo de su autobiografía, escribe: «Nada me haría más feliz que ver que esta película consiga aceptación popular y rinda beneficios. Demostraría algo. No estoy seguro qué…, pero algo».

La película pasó sin pena ni gloria, que es un poco el destino que corrió la obra de Flannery O’Connor durante los años setenta, que fue cuando Esther Tusquets la publicó en nuestro país casi en su totalidad. El lector tiene ahora, gracias a esta preciosa y renovada edición de sus cuentos, la oportunidad de conocer una de las obras más intensas, perturbadoras y bellas que se han escrito jamás. Nada me gustaría más que esta edición se agotara enseguida y que, una tras otra, se fueran sucediendo las reimpresiones en los próximos meses. Parafraseando a John Huston, «demostraría algo. No estoy seguro qué…, pero algo». Tal vez el fin de la era del lector cansado. No desaprovechen la oportunidad, les aseguro que merece la pena.

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