Hace treinta años, la pluma de Alan Moore destrozaba el mundo de los superhéroes. Su cómic se convirtió en una leyenda pese a ser un feroz ataque contra el gran mito norteamericano.

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Superhéroes de la vida irreal

La revista Selecciones Reader’s Digest me mintió durante años. Después de leer Watchmen, el cómic que hizo la revolución y llegó hasta la derrota siempre en el mundo de los superhéroes, me di cuenta de que no existen los héroes de la vida real.

Terminé de confirmarlo una noche de desvelo, cuando haciendo zapping me crucé con un documental dedicado a unos extrañísimos sujetos que vestían trajes ajustados y salían a hacer justicia con sus propias y muy norteamericanas manos. El resultado era decepcionante. En primer lugar, la moda: los trajes ceñidos no quedan bien salvo que estén dibujados por Jim Lee o fabricados en la boutique de Hollywood. En segundo, los movimientos: un justiciero no camina; puede, eso sí, correr a velocidades ultrasónicas, pero mejor es que vuele o realice saltos increíbles. En tercer lugar, la inutilidad. Si el Estado hace bien su trabajo, ¿para qué necesitamos un superhéroe de la vida real? En una sociedad perfecta, sería absolutamente prescindible.

Comprendiendo a la perfección estos conceptos, el guionista inglés Alan Moore –tipo raro si los hay, aunque no use un traje ceñido sino una barba de mago trasnochado– decidió dar santa sepultura al género y pergeñó la historia de justicieros más compleja, cínica e inteligente que se haya visto hasta el momento. Lo que hace nuestro aprendiz de brujo es violar la pureza del mito, demostrando lo que tiene de falaz y revelando que detrás de lo que en apariencia es un mero divertimento hay pura ideología neoliberal.

Lo acompaña en su cruzada el también británico Dave Gibbons, dibujante de corte clásico, eficiente en su papel pero sin descollar. Sus rostros son expresivos y los encuadres, adecuados; interpreta correctamente los guiones de Moore, pero cuando llega el final y se necesita el despliegue de una ilustración contundente, Gibbons apenas si sortea el encargo, porque su estilo no nació para la grandeza.

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Pese a lo que se diga, Moore, muy avanzado en otros aspectos, también tiene una visión clásica del cómic y sus guiones responden a un esquema que se aleja de la concepción secuencial postulada por Will Eisner que tan hábilmente desarrollara Frank Miller en obras como Dark Knigth Retruns o 300. Los guiones de nuestro inglés son efectivos y hasta fascinantes por su contenido literario e ideológico, pero no por su esquema formal.

¿De qué se trata Watchmen? La historia parte de una ucronía: Estados Unidos ganó la guerra de Vietnam ayudada por un grupo de superhéroes. Unos años después, los vigilantes enmascarados abusaron tanto de su poder que fueron prohibidos por el mismo gobierno que los apañó. Los que sobreviven, lo hacen en la ilegalidad o renegando de su pasado –algunos con nostalgia, otros con rencor– hasta que uno de ellos es asesinado. Comienza entonces una trama a contrarreloj en donde habrá que descubrir cuál es el plan del asesino. Tal vez este argumento tenga sabor a refrito, pero lo cierto es que Moore lo pensó en 1986, unos cuantos años antes de que Pixar filmara Los increíbles.

En un comienzo, Moore ideó la historia de Watchmen para ser encarnada por los superhéroes de la editorial Charlton que por aquel entonces había sido adquirida por DC Cómics. Sin embargo, los ejecutivos bloquearon esa posibilidad, de manera que Moore construyó sus propios personajes con bastante libertad. Para muestra, bastan un par de calzas: Rorschach, un justiciero sin poderes pero con una perspicacia y crueldad sin límites; El Comediante, protagonista en ausencia de la historia, violador, asesino y sádico; Búho Nocturno, pusilánime e impotente; doctor Manhattan, ser superpoderoso pero indiferente a los problemas de sus coterráneos; Espectro de Seda, heroína feminista que termina siendo sometida en un mundo solo apto para hombres. Los protagonistas de Watchmen se parecen bastante a un grupo de superhéroes soñados por Charles Bukowski durante una de sus numerosas borracheras. Más que representar el ideal del ser humano, reflejan todas sus taras.

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Los compensadores

Dicen los que saben que si respetamos la iconografía medieval basada en el dragón y lo convertimos en realidad, descubriremos que debería volar hacia atrás y que en su caja torácica jamás podrían entrar pulmones tan grandes como para lanzar los poderosos chorros de fuego.

Al igual que los dragones, los héroes son construcciones míticas que no funcionan en la vida cotidiana.  La pregunta es por qué desde tiempos inmemoriales, estos seres que son tan irreales como los unicornios despiertan el interés de la humanidad.

La respuesta más sencilla es que estos personajes tienen una función cultural. Para los antiguos, revelaban un nuevo camino, que de alguna manera inventaba una nueva etapa para su pueblo. En la Edad Media, se convirtieron en representantes de la virtud cristiana. Conscientes de que los personajes irreprensibles no se llevan bien con la literatura, los autores jugaron el hábil desafío de la debilidad. Los héroes caen, pero pueden levantarse y es por eso que algunos creyeron que era pertinente pensar que podrían existir de la vida real, cuando la propia frase –y en esto, cual Prometeo, desafiaré a los dioses de la Real Academia Española– es una contradicción en sí misma: si es un héroe, jamás será real. Para las personas que destacan, inventamos otro término, mucho más claro: prócer.

En la posmodernidad, nuestro mito más querido se vistió con calzas ajustadas en un invento americano que recorrió el mundo pero sin embargo, jamás dejó de ser propiedad exclusiva del Tío Sam. Los superhéroes no representan la virtud ni abren nuevos caminos, sino que son funcionales al sistema capitalista. Sirven para compensar lo que el Estado no logra resolver. Cuando la justica no alcanza, surge Superman para sostener lo que se cae; cuando el crimen organizado está desatado, aparece Batman, un vengador no solo de sus traumas de la infancia, sino de todo un pueblo que quiere hacer zapping tranquilo. A partir de este esquema dual  surgieron todos los demás personajes de la golden age: en el mundo del cómic norteamericano, o se es Batman, o se es Superman.

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Dentro de la hoja de la cultura, los superhéroes están fuera de plano, solo que no se sitúan en el margen lateral, sino en el superior: para ellos no rigen las mismas normas que para el común de las personas, porque son seres excepcionales. Así que si deciden torturar, presionar y someter, el sistema no se mete con ellos, porque van por fuera. No son sus poderes los que le permiten esto, sino la ética superior que se desprende de estos. Al superhéroe se lo respeta: encarna la justicia más allá de la ley y permite estabilizar la sociedad sin caer en complicadas cuestiones morales. Todo se le permite, porque está arriba, no abajo ni al costado.

La apuesta de Moore es sencilla: si el sistema necesita compensadores, entonces no es un buen sistema. La gran pregunta sería: ¿qué es para Moore un héroe? Y la gran respuesta está en otra de sus obras: V for vendetta, la continuidad política de Watchmen. El inglés comenzó a escribirla en 1982 para la revista británica Warrior, que cerró antes de que pudiese concluirla, así que recién luego del éxito de Watchmen volvió a reunirse con el dibujante David Lloyd para terminar la historia que, curiosamente, también fue publicada por DC Cómics. La máscara del terrorista Guy Fawkes detrás de la que se oculta su protagonista hoy recorre el mundo como sinónimo del libre acceso a la información y la cultura hacker. En esta obra, Moore plantea su verdadera idea de héroe: un sujeto que, en lugar de compensar el sistema, lo destruye para construir uno nuevo. Cuando el Estado no funciona, no se lo repara: se lo descarta y se comienza de nuevo.

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Soñando con héroes, Moore sigue el camino opuesto al de Cervantes. Los dos idearon un mundo en el que sus personajes pareciesen reales y tangibles. El español descubrió que había ideales que todavía podían sostenerse; el inglés, que si una cultura necesita crear personajes que pueden pasar sobre la ley, hay algo profundamente inmoral en sus cimientos.

Ya no leo más la Selecciones, porque sus historias reales cada vez me parecían más increíbles. Prefiero las fantasías de Moore, que me miente a sabiendas para que me dé cuenta de cuál es la verdad. Un camino más peligroso, porque ningún héroe va a salvarme de los peligros de vivir en un mundo capitalista y salvaje.

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Sobre El Autor

Escritor, conductor radial y profesor de Literatura especialista en géneros. Ha recibido distinciones en el ámbito de la literatura fantástica, género dentro del cual ha publicado las novelas Sobre la convergencia (Booklet) y Sobre los inmortales (UPV), además la miscelánea de horror Las tres brujas niñas (Saco de Huesos). Ha escrito dos libros de ensayo para adolescentes, ambos publicados por la editorial Verbo Vivo y publicado diversos artículos sobre literatura de género. Ha sido finalista en dos oportunidades del Premio Azabache de Novela Negra. Editorial Vestales publicó sus novelas Todo queda en familia, Nunca me faltes, Malaventuranzas y Alambre de Púas.

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