1

Desde la puerta, como un muñeco de trapo moviendo las manos, gritando ¡hola, hola!, sin importar que las pocas personas adentro miráramos hacia afuera. Era mediodía del sábado. Dos o tres dando vuelta, y de pronto, ella gritando un poco más atrás de la entrada. Me fui acercando un tanto asombrado por el saludo. Sostenía un cigarrillo light y me sorprendió mucho su fuerte abrazo. Después de unas palabras pensé que estaba borracha, sin embargo, su sonrisa bajo los lentes de sol, me hizo pensar que se había acordado de mí en algún lugar de sus recuerdos. Se lo dije.

Más tarde vuelvo por un libro.

Y se fue por Las Heras camino a su hotel. Adentro, todos mirándome como congelados. Sin embargo, yo me quedé pensando en que había vuelto sola, y silenciosa la imaginé, flotando como el polen la imaginé, toda negra caoba por dentro en la mitad de la cama.

Y volvió. Yo atendía a una señora y ella rozó mi brazo con su dedo. ¿A qué hora sale vocé?

Y estuvo a las 19:58 esperando afuera.

Fuimos. Doblamos la esquina.

Ella, con intenciones de tomar algo en algún lugar, yo, de caminar la noche entera por sus entrañas, pero la vi distante, alejada pero cercana, temerosa. Y caminamos. Bajamos escaleras. Nos tiramos sobre el pasto en Plaza Francia.

Las estrellas titilaban y un tenue farol alargaba las sombras de otras parejas en el parque. Más adelante, trepidantes sobre la avenida, dibujando una estela continua de luz como la cola de un cometa, los vehículos soplando el pavimento. Las nubes abriéndose como cabellos.

Me habló de la impotencia de no tener nada a pesar de estar con alguien, de su frustración por no tener trabajo y mantenerse sola, esperar siempre que su marido le diera el dinero necesario para estar afuera. Ahora mismo me decía que no le habían dado mucho y que tenía que pasar por el hotel a ver si le había dejado algo. El marido, en una reunión a la que ella no había querido ir. No gusta ir, no me entienden. Yo, embelesado, atraído hasta el último hueso por ella, la escuchaba. De pronto, su voz comenzó a rasparse, entrecortarse. Cuidando de no herirla con la uña desprolija de mi pulgar, sequé sus lágrimas. Que su hija, que su depresión, que su poco amor. La dejé apoyarse sobre mi hombro y me dijo que no estaba acostumbrada a tanto mientras le acariciaba el pelo, tras sus orejas. Era demasiado bella para sufrir por esas cosas, era demasiado niña para no querer el mundo de mierda en que vivimos. Y se fue soltando, fue dejando que la brisa de la noche entrara en ella.

2

¿Quere vocé un ribotril?, me dijo.

Lo tragué con el concho de cerveza que me quedaba. Ella, más relajada ahora, más tranquila con ella misma y sus pensamientos, me dijo que quería fumar un porro.

Caminamos nuevamente. La ciudad encerrada, zumbante nos rodeaba.

Subimos la escalera abrazados. Caminamos por la vereda abrazados. Cruzamos la bulliciosa Avenida Las Heras abrazados y enamorados bajo la noche hacia el hotel donde se hospedaba.

3

La entrada, amplia y fría como una gran caverna modernista. La silueta de dos tipos elegantes tras el mostrador. Cliqueando seco sobre las baldosas, atravesamos el hall. Vocé me entiende. Vocé sabe de lo que hablo. Yo solamente la había escuchado y dado un consejo. Ella sentía que estaba en una tormenta y que no podía salir de ella. Vocé me entiende. Vocé me entiende. Obsesionada y abstraída, perdida, mirando la repetición infinita de nosotros en los espejos del ascensor, en abril tendré mio diploma, en abril seré economista. Eu no posso trabajare. Necesito mio diploma.

La habitación, larga y ambientada como si no viviera nadie en ella, perfectamente ordenada, me pareció un témpano. Sobre la cama, fácilmente para cuatro, los libros que había comprado días antes. Entre páginas, con anotaciones al margen, palabras encerradas en círculo, flechas de un lado para otro, sus apuntes. Eu entiendo. ¿Por qué Freud y Corbera? Eu estoy deprimida, el médico lo dice. Eu me quise matar tres veces. Yo te salvo. Y ella sonrió secándose los ojos y las mejillas, acercándose al cajón bajo la mesa. Salgamos. Y me indicó el balcón, tras las cortinas. Ya no parecía la chica implacable que había ido a la librería, ahora, era otra, y entre palabras, después de agarrar la cerveza del mini bar y preparar el porro sobre la mesita de luz, le dije, todos somos otro, yo mismo soy otro. Y ella pareció entenderlo con el gesto que me hizo. Fuma, fuma mientras me desvisto. Se acercó al placar, abrió la puerta, y después, dejó caer su vestido con un solo movimiento. Cálidos reflejos de luz en su piel, iluminándola, bordeando líneas discretas complacientes. Quédate así. Acá no. Vamos a casa entonces.

De pronto, y luego de haber ido lentamente con sus piernas de bambú hacia el baño, con el brazo cargado de ropa, y diciéndome que todavía no era hora, la puerta entreabierta y las fuertes luces sobre el espejo, fueron mostrándome una chica con pantalones floreados, polera rosa ajustada y pelo amarrado como un tomate. En casa visto así.

3

Dentro del taxi, aletargado por el rivotril, el porro y la cerveza, me recosté en su hombro. Sólo alcanzaba a ver el largo muro de edificios que se deslizaba tras la ventanilla. En la radio, un tango; al instante, ella moviendo sus brazos, juntándolos con los míos, pegando su mejilla a la mía. Despreocupados completamente del recorrido, apreté la caída de su pecho y las costillas que se le pegaban al cuerpo, la curva perfecta de su muslo.

Las luces diluíanse, entrecortábanse.

Los escuálidos troncos de los árboles. Los balcones silenciosos y apagados. Vamos. Vamos.

Sobre El Autor

Fernando Correa-Navarro (Limache, 1981). Ha escrito El guardián de la casa y otros cuentos (Limache250, Bs. As. 2013). Ha traducido La construcción del sueño de Henri Bergson (Limache250, Buenos Aires, 2013 / Alquimia, Santiago de Chile-Buenos Aires, 2015), Cartas desde la Tierra de Mark Twain (La Pollera, Santiago de Chile, 2015).

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