Indudablemente hablar de novela policial es adentrarse en el conocimiento de un género apasionante.

¿Quién no ha perdido el sueño tratando de alcanzar el final incierto de una novela criminal? ¿Quién no quedó sorprendido o indignado con un the end inesperado? ¿Quién no siguió pensando en la obra muchos días después de haberla terminado?

Bien, ésta es la estructura del policial: reflejar la más cruel realidad y despertar fantasías que penetren en el pensamiento humano. Por eso el género convoca a muchos adeptos y, a su vez, juega el papel de acercar a una enorme cantidad de personas al hábito de la lectura.

¿Pero qué sucede cuando el autor es el verdadero protagonista? ¿Qué pasa por la mente de un individuo cuando mata y después se hace cargo del relato escrito como si fuera una declaratoria? Hay muchos ejemplos, mucha tinta ensangrentada que confunde ficción y realidad. Variado texto malogrado, inventado, sublimado, que monta un clima victimizante para después llegar a decir que “todo es ficción”. Es cierto, en el terreno de la literatura, la mentira es una herramienta mágica, una llave que abre puertas a la imaginación, pero no debemos confundirnos; el papel firmado con sangre no siempre tiene dueño y muchas veces ese protagonista calla, enmudece ante la angustia por la censura social.

En este recorrido uno se encuentra con Georgina Silva Jiménez (1913-1996), conocida como María Carolina Geel y desconocida en el mundillo de las letras chilenas, aunque bien recordada por la prensa amarilla y exaltada nada menos que por Gabriela Mistral.

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María Carolina Geel fue señalada como una mujer conflictiva tanto por su literatura como por protagonizar uno de los crímenes pasionales más rutilantes de la época, consumado en el prestigioso Hotel Crillón de Santiago. La crónica periodística de la época exudaba calificativos de todo tipo ante un hecho que parecía casi cinematográfico.

La autora despechada y enloquecida sólo pensaba en vengarse de su pareja y no midió las consecuencias. Era un alma atormentada, sentenciada al fracaso. Se sentía humillada, castigada por el hombre que jugó con su amor.

María Carolina Geel era un joven morena, de escasa estatura, un cuerpo bien proporcionado y atlético preparado desde niña cuando practicaba patinaje artístico y competitivo. Pertenecía a una familia acomodada acostumbrada a las reuniones sociales aunque ella detestaba esa vida placentera, era más propensa a ocupar su tiempo en leer y escribir. Leía a Proust y Rilke y se adormecía con Gabriela Mistral y María Luisa Bombal, dos escritoras que jugarán un espacio importante en su vida. Calladamente cargaba con una enfermedad humillante -sufría de hiperestesia aguda-, un trastorno de la percepción que dinamita los estímulos táctiles y genera un constante cosquilleo, una exagerada sensibilidad a todo estímulo sensorial. Estaba medicada, pero no confesaba su padecer por miedo a perder el trabajo de tipógrafa en la Caja de Empleados Públicos y Periodistas. No era su único mal, a los 42 años cargaba con dos matrimonios frustrados y un hijo ausente viviendo en el extranjero. El amor no era su fuerte y ahora se sumaba el engaño. El mundo se le había caído encima y ese martes 12 de abril de 1955 el enojo le hizo poner el pie en la calle y buscar desesperada el analgésico que calmara ese horrible malestar. Se detuvo en la farmacia de la calle Moneda 941, no compró el remedio, justo en frente vio una armería, no ingresó, su mente estaba dividida y necesitaba huir. Fue hasta la oficina del ferrocarril y averiguó cuando costaba un boleto en tren a Mendoza. No se decidió. Ya era tarde. Caminó hasta el paseo Ahumada y allí, en otra armería, compró una pistola belga calibre 6.35 y marchó a su departamento. El reloj marcaba las 17,35. Ya no tomaría la medicación. No viajaría a Mendoza, no se suicidaría. Solo pensaba en matar a Roberto Pumarino Valenzuela, su amante de 26 años, casado, un hijo, socialista y segundo jefe de la sección máquinas de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas, amigo de un amigo de ella.

Aquella relación prohibida terminaría en tragedia. Él no pudo anular su matrimonio para vivir juntos y al poco tiempo Pumarino Valenzuela enviudó. Ya libre le propuso casamiento a Geel, pero ella se asustó: “Y cuando horas más tarde él hablaba de la vida y de esa música anunciadora de un porvenir común, yo en mí ya había resuelto que esas nupcias no se consumarían”. Acaso aquellas frustraciones de los dos amores anteriores y la sensación de vivir un vínculo de fantasía, hizo que la duda la sometiera. Seguramente prefería el amante a la alianza. Todavía confundida le escribe a un amigo: “Todo el bien que pudiera darme no alcanzaría para desplazar la espantosa miseria moral que el matrimonio llega a infiltrar en los seres”. Pumarino esperó una respuesta y al recibir la negativa sintió que ella no lo amaba. Actuó como un despechado, sin resto buscó los brazos de una joven de su edad y le propuso casamiento inmediato. La boda sería el 13 de mayo. Nunca pensó que la muerte lo sorprendería antes de la ceremonia.

María Carolina lo llamó por teléfono el lunes 13. Concretaron una cita en el Hotel Crillón para el día siguiente, a las 17. Él no sabía que quería irse a Mendoza, tampoco sobre su enfermedad. Ella ignoraba que Pumarino ya tenía una nueva pareja. A esa hora el salón de té del hotel estaba repleto. Ordenaron su pedido. Se miraron y hablaron en voz baja, todo parecía normal hasta que ella extrajo de su cartera la pistola belga y le vació el cargador en el cuerpo. Gritos, estampida, gente aterrada. Ella sin inmutarse se arrodilló, abrazó el cuerpo yacente, acarició su rostro y besó sus labios. Aferrada al cadáver espero a la policía. “Cuando él estaba sentado allí, en el último instante, frente a mí, lleno de vida, yo sentía, escuchaba que mi corazón palpitaba adentro de mis sienes, que iba a ocurrir y que ningún poder sobrevendría para evitarlo. Que iba a ocurrir,¿qué?(…) Y ante aquellos ojos vagos el acto monstruoso estalló de mi ser y todo se precipitó”.

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María Carolina fue levantada del cuerpo de su amante por dos policías. Lo primero que dijo fue que no quería matarlo y que había comprado el arma para suicidarse. Nadie le creyó, la prensa la castigó sin piedad. Dos días después, un testigo que pidió no ser identificado, declaró al diario La Nación: ”Su crisis nerviosa parece ser consecuencia de las razones anotadas por ella y vivificadas por su constante amistad con jovencitos existencialistas con afanes literarios y muchachas dispuestas a caer en tentación con el primer barbón que se le cruce en el camino”. La escritora fue condenada a una pena de tres años y un día de cárcel. En ese infierno Georgina Silva escribió su novela donde revela la vida promiscua de las mujeres en cautiverio sujeto a un texto testimonial y dolido que causará una enorme impresión entre los intelectuales de la época.

Georgina Silva no era una improvisada, era una promesa literaria. Con cuatro libros publicados – las novelas El mundo dormido de Yenia(1946), Extraño estío(1947), Soñaba y amaba el adolescente Perces(1949) y el libro de ensayos Siete escritoras chilenas (1949), ya había demostrado sus condiciones literarias.

Ni bien dejó el encierro en el Correccional del Buen Pastor publicó su contundente trabajo. Nunca más volvería a ser la misma. Señalada, estigmatizada, vituperada, cayó paulatinamente en crisis depresivas. En 1947 publicó El pequeño arquitecto y en 1969 Huida. Dejó de salir a la calle y se replegó en su departamento de Avenida Santa María hasta el día de su muerte, la mañana del primero de enero de 1996. Tenía Alzheimer y demencia senil. No se acordaba de nada, no sabía su verdadero nombre, no memorizaba aquella tarde en el Hotel Crillón, no recordaba a su amante, no tenía en claro que 40 años atrás había pintado con sangre el libro de su vida.

A sesenta años de la publicación de Cárcel de mujeres, volver a este texto sórdido, dramático y visceral nos pone en el terreno pantanoso de una historia autobiográfica sin precedentes y nos llama a la reflexión sobre la condición humana cuando juega al límite.

En este camino de realidades y certezas, se suma otra historia no menos atrapante. Es interesante reflexionar cuando se analiza la historia policial, la similitud en los hechos de dos narradoras que pasaron por una situación parecida. No se trata de ninguna metáfora, aunque por cierto, debe de haber muchas escritoras que se “matarían” por ser parte de un recorrido paralelo. Me refiero a escritoras que empuñaron una pistola y la descargaron con rabia sobre los cuerpos de sus amantes. El recuerdo apunta a dos autoras chilenas que, no obstante estar vinculadas con hechos de sangre que fueron el delirio de la crónica roja de su época, sus propias obras trascendieron esa vorágine literaria mezclada con la crónica policial. La primera es una escritora importante pero ceñida  al territorio; la segunda, una de las narradoras más interesantes de América Latina. Me refiero a María Carolina Geel y María Luisa Bombal.

Empecemos por la que erró el tiro. María Luisa Bombal, autora de dos novelas bellísimas, La Amortajada y La última niebla, quien descargó ocho balas sobre el cuerpo fornido de Eulogio Sánchez, ingeniero y acaudalado miliciano republicano, pionero de la aviación civil, con quien había vivido un romance apasionado y posesivo, ocho años antes. Él era casado y no cumplió con la siempre clásica y falsa promesa de divorcio. En el momento que realizó el disparo, el 27 de enero de 1941 a la salida del Hotel Crillón de Santiago, María Luisa se encontraba en una situación de desesperación, pues su prometido, el médico argentino Carlos Magnani, la había dejado plantada para casarse con otra. Bombal, en un proceso extraño de desplazamiento, descargó su contenida agresividad contra el primer hombre que no le había correspondido. Sánchez no murió ni levantó cargos en su contra y María Luisa, con una irresponsabilidad casi infantil, comentó: «al matarlo a él quería matar mi mala suerte».»Me arruinó la vida, pero nunca lo pude olvidar», afirmó María Luisa sobre su relación con Eulogio, años más tarde.

Sus últimos años los pasó en la casa de reposo de Héctor Pecht. Sumida en el alcohol, visitaba constantemente el hospital afectada por la permanente crisis hepática. María Luisa Bombal falleció el 6 de mayo de 1980 en la ciudad de Santiago de Chile, víctima de una hemorragia digestiva masiva.

La historia de María Carolina Geel es más cruel aunque llena de los mismos lugares comunes. Ella no falló el tiro y fue procesada por asesinato. Sin embargo, apenas pasó año y medio en la cárcel: Gabriela Mistral y casi toda la «ciudad letrada» chilena rogaron al presidente Ibáñez del Campo por un indulto. Durante su paso por la prisión, Geel escribió la novela Cárcel de mujeres. Los hechos imputados a Geel constituyen el tópico de todo crimen pasional, la extraña coincidencia con Bombal es que ambos suceden en el mismo escenario: el súper exclusivo Hotel Crillón. Habían discutido fuertemente, aunque siempre, en voz baja. La última caricia fue de María Carolina: un beso tenue sobre los labios. Inmediatamente llega la policía y, por supuesto, la arrestan. Una foto de la escena del crimen muestra a Geel elegantísima, con un abrigo de corte perfecto y cuello volteado, y la mirada perdida en el vacío. Luego de su paso por la cárcel y la publicación de la novela que es una visión descarnada sobre la vida de las reclusas más que una confesión de parte, se reinserta en el complejo mundo literario chileno. Geel como Bombal mueren algo olvidadas, tanto por los críticos como por los cronistas rojos, la primera agenciándose algo de dinero con algunas reseñas en El Mercurio y la segunda de una pensión exigua que le concedió Augusto Pinochet.

El libro más famoso que escribió María Carolina Geel fue, precisamente, Cárcel de mujeres, publicado en 1956 por editorial Zig-Zag.

La obra narra sus experiencias durante su año de encierro.

«Escriba, cuente, diga simplemente lo que sepa; porque aunque se trate de usted misma, usted no lo sabe todo», le sugirió el crítico literario Hernán Día Arrieta  “Alone” en el prólogo del texto.

Y así lo hizo. Por ejemplo, relató con lujo de detalles los fogosos encuentros sexuales entre las internas, los dramas y la rutina diaria tras las rejas.

Las historias provocaron estupor en la sociedad de la época. Nunca se había redactado algo así.

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«Respetuosamente suplicamos a V.E. indulto cabal para María Carolina Geel que deseamos las mujeres hispanoamericanas. Será ésta una gracia inolvidable para todas nosotras».

Con estas palabras, la escritora Gabriela Mistral, amiga de la asesina, le ablandó el corazón al Presidente Carlos Ibáñez del Campo.

Escribió la solicitud el 14 de septiembre de 1956, mientras ejercía su cargo de cónsul en Nueva York.

El Mandatario respondió rápidamente a la misiva: «Es de enorme magnitud lo que Gabriela Mistral ha realizado por Chile, por lo que sería incomprensible que el Presidente de la República no escuchase una súplica nacida del corazón de nuestra gran escritora. Considere, pues, desde ya indultada a María Carolina Geel. Con la cordialidad y admiración de siempre le saluda su amigo y Presidente, para quien ha sido gratísimo el poder aceptar esta petición tan humana y emotiva».

Cárcel de mujeres se constituyó en el estandarte de una literatura testimonial narrada en carne viva por una mujer que desafió a su destino, que actuó por impulso, que pagó en el presidio su cuota de amor y que dejó para las nuevas generaciones un documento único. Nos parece enriquecedor el pasaje del texto que habla sobre su decisión traumática:

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“Cuando iba a partir, tuve la penetrante intuición de “algo”. Pensé que no regresaría. Guardé el arma en el bolsillo y escribí un papel, dejando una suma de dólares a determinada persona. Hubo un momento en que busqué cierto ridículo ante mí misma e intenté ampararme en él, pero al pensarlo y reconocer la profunda fatiga de mi ánimo, la certeza de que jamás, pese a haber vivido tanto, hallé un ser íntegro y fuerte y de que mi propia jornada fue una sola frustración, una disonancia, vi que yo estaba soportando unos días aciagos que no llegaría a resistir más. Frente a ello el ridículo era una pobre cosa que no se sostenía a sí mismo. Y no me salvó. Y allí, y llegué allí, y ante aquellos ojos vagos el acto monstruoso estalló de mi ser y todo se precipitó, consumado. Para siempre. ¿Quién comprenderá? Para siempre.”

“Si puse un arma en el bolsillo, si cuando me dirigía hacia allá, por el camino me asaltó la ansiedad de que no vería nunca más el hondo verde de la naturaleza, el aire azul, las viviendas de los hombres y dije a aquel chófer que fuese más lento, ¿iba yo ciertamente al encuentro de mi muerte? La libertad de morir había sido cultivada, meditada por mí desde muchos “estados”, es decir, era ella la reserva delicada de las tristezas que trajeron los años, el acto simple de una soledad impenitente, la decisión justa que resultada de una incapacidad casi patológica de estar entre los seres, la meta natural de esa grave y constante angustia de no servir para nada ni para nadie ¿Iba pues, hacia el fin? Si iba, ¿Qué transmutación animal degeneró mi voluntad? Quizás hay climas morales que al saturar inficionan, y yo recuerdo mucho que el transcurrir de esas horas, de esos días, era denso, atribulado y estaba como regido por las leyes mudas de la muerte.”

“A menudo yo me sorprendo ensimismada, de pie, en el centro del cuarto, igual que muchos, seguramente, antes que yo; igual que hoy mismo muchos otros en las cárceles del mundo.”

El libro no pasa por el espacio previsible de la confesión y el arrepentimiento para llegar al perdón por su falta. De hecho el texto evade de manera sistemática la palabra “asesinato”. Se trata más bien de instalar el poder de la escritura como arma y estrategia para obtener un determinado salvamento social. Pero más allá de las estrategias textuales, la cárcel constituye un lugar de iniciación para la narradora. Iniciación múltiple y compleja, pues la protagonista, escindida, experimenta la cárcel como materia de escritura, a partir de su observación de las demás, y su posición social –ella estaba en una sección especial del reclusatorio, el pensionado- puede escoger, a su vez, la autoexclusión que le permite aislarse de la convivencia diaria con las otras prisioneras. Habita así una cárcel dentro de la cárcel y este juego de reclusiones le permite una ficción del encierro que resulta más afín a la experiencia conventual que a la realidad carcelaria.

María Carolina también atraviesa la problemática de la vida de las internas y lo hace de una manera valiente porque su texto sin ataduras prejuiciosas surge como un río de emociones contenidas. El tema de la sexualidad invocado por la narradora aparece caracterizado en el marco de una degradación ligada a lo corporal, desde luego que esta degradación está unida a la sexualidad, una sexualidad que constituye la real iniciación de la protagonista en la cárcel. La homosexualidad recorre los cuerpos de las prisioneras y sumerge a la protagonista en la angustia de este nuevo saber. A pesar de que se entiende el lesbianismo no como una opción, sino en tanto perversión que otorga una especie de sobrevivencia afectiva frente a la realidad carcelaria.

Así, Cárcel de mujeres, es el resultado de una experiencia radical. Pero es también una operación designada a escamotear las aristas que la narradora desea sortear. Sin embargo, la escritura como práctica que se caracteriza por la ambigüedad que portan sus signos deja entrever, con relativa facilidad, las fragilidades en la construcción del relato que emprende. Allí se filtra la dirección de un ojo voyerista que, en el centro de la descalificación, deja transcribir la dimensión del deseo del encuentro con esa mujer que le resulta despreciable, porque, quizás, es su propio deseo homosexual lo que desprecia y por eso se encarniza no con la legitimidad de la diferencia, sino en el relato de una obstinada desigualdad.

Sobre El Autor

José María Gatti es psicólogo social, periodista e investigador.. Se especializa en la obra de Ernest Hemingway y colabora en distintas publicaciones del extranjero analizando la vida del escritor. En 2010 su bitácora www.lapipadehemingway.blogspot.com fue seleccionada por Technorati, el principal buscador automático de blogs, entre los 10 mejores blogs temáticos sobre Ernest Miller Hemingway. En el 2012 su cuento La leyenda del vino resultó finalista en el Concurso de Relatos Cortos Tinta, sangre y vino, organizado por las Bodegas Paternina (Logroño -España), con motivo del 55 aniversario de la visita del escritor a la bodega. En mayo de 2014 participó como ponente, con su trabajo Lo policial en Hemingway, del Cuarto Festival Azabache. Negro y Blanco, en Mar del Plata (Argentina). En setiembre, representó a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en el V Festival Medellín Negro (Colombia) con su ponencia El sicariato colombiano en Argentina. Ha publicado Tres ensayos sobre arte latinoamericano (1980), En tren de charlas (1982), Hola Hemingway. Una mirada centenaria (1999), Ladrón de desalmados (2004), Gente de palabra (2005), La pipa de Hemingway (2008), Víctimas Inocentes (2013) y Carne en flor (2015).

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