Dedico una buena parte de la semana a revisar novedades, catálogos, visitar blogs. Pocas veces me he llevado buenas sorpresas dentro de la nueva poesía argentina: mucho tallerista, mucho yo-yo-yo, dramaturgia del habla, Lacan a la vena, vanguardistas anacrónicos, metafísica de fin de semana. Los poetas fuertes son contados con los dedos, son gente que publica poco, piensan en obras, discuten, no se comen el queso de la buena onda. Pasa que cuesta hallar un texto álgido, completamente vivo, cruel con el lector, sastre con la palabra. Y en una de esas búsquedas me encontré con Crudas de Paz Busquet y me quedó algo claro: en esas páginas había alguien que pulió la experiencia sin dejar la brutalidad de lado. Lo que primero me acercó al libro fue ver la brevedad de los poemas y sentir la tensión al término, un control de la subjetividad y a la vez pleno lo descarnado, la herida, sin malabarismos ni bosques europeos de por medio, al contrario, una sinestesia entre el campo, la sexualidad, la infancia y lo animal.
El libro está dividido en cuatro partes: “Paisajes de infancia”, “Niñeras”, “Matar y morir” y “Prioridades y olvidos”. Cada una abre halo de misterio, una historia de familia bien no contada, una relación con la muerte y el amor que pasa por abrir cuerpos y verlos latir. Interrupciones en gran medida, cada poema es la rajadura de un vestido, ya desde la primera parte se declara el contraste: “Las botas de infancia / trajeron la suerte de hundirse / en semen temprano”. Desde ahí la experiencia se presenta como una domadura a la que se resiste la voz que hace sus memorias. En un poema como “Hombresitos” esa cuestión aparece patente, la no delimitación del cuerpo animal del cuerpo humano:

Alistan la jauría
en el galpón, los perros
ya presentían la caza.
Apretó el caño la culata
en la sien de su mujer
juntos pelo y arma.
¡Estás loco papá!
¿O la queres matar?
La helada endurece
el gatillo, pero las liebres
son fáciles, van llenas
de dolor animal.

Ted Hughes definía la escritura poética como una caza, la posibilidad de capturar un animal, entendiendo que cada poema es un organismo vivo que salta, se retuerce, intenta escapar. En la poesía de Paz Busquet el recuerdo es también una criatura inquieta, para nada dócil, porque esa intimidad resulta ser la historia de unas hermanas, la crianza, los mitos de la ruralidad (sino el último de los mitos) y los descubrimientos del cuerpo: “Te cuidan te abandonan,/ hay una cuestión de economía en este amor” (“Cristina”). O como si el poema mismo le dijera a quien lo escribe: “Castígame igual que al perro / que muerde gallinas. / Termina con los gusanos que invaden / la pata que se rompió entre las púas (…) Desliza las tijeras por mi cabeza, voy a tocar con el cráneo el aire y la lluvia” (“Tusar”).
El epígrafe de la primera parte ya define esa manera: “me animalizare en sueños y,/ como un animal, / me dejaré matar.” Así el mundo circundante y salvaje embarra, con su misma pulsión, la emoción que reconstruye. En otro tiempo se hubiera dicho que esto es un acto de brujería, el sometimiento de la razón a los designios oraculares de la natura, pero hoy por hoy resulta ser un antídoto contra la domesticación moderna, una exploración hacia el lenguaje en estado crudo.
Lo demás es la continua relectura por el puro gusto de entrar en ese mundo, de ver esos caballos prendiéndose fuego, las crías de una coneja latiendo, dos hermanas trenzándose el pelo, los nombres de todas las niñeras y sus historias, la georgrafía de las cicatrices: “No quise que las moscas comieran / del tajo. Te canté / nanas de cuna y te cosí, / No dormiste entera” (“Olvido”). Poemas que me traen de vuelta la sensación que me dejó una obra de Paula Dittborn: al mirar por la ventana de una casita de muñecas se podía ver adentro la proyección animada de un mito de la infancia, una situación totalmente siniestra. Esa es la resonancia de Crudas: la de entrar en la intimidad y en un estado ominoso, en las rajaduras que dejan la infancia y la vida al descampado. Sentir el impacto de ese verso, mínimo, unitario, oscuramente sonoro, podría ser similar al impacto de un aguilucho contra el vidrio y luego esa avalancha de preguntas:
¿CÓMO MUERE UN AGUILUCHO?

El aguilucho impacta
en el parabrisas y astilla el vidrio.
El centro redondo del golpe
Ocurre al costado de otro círculo más grande.
Se abren rajaduras como rayos.
Se dibuja esa historia en pedazos
diminutos de cristal.
¿Cómo muere un aguilucho?
¿Se apaga de a poco
hasta el final rígido del cuerpo
que ya no se mueve?
¿Se rompen sus sistemas?
¿Estallan los órganos y los ojos
en el impacto?
¿Se muere igual que vos?
¿Que un hermano, un genocida,
una nena en el invierno?
¿Que un viejo, una víbora,
un niño padre, un niño negro?

Sobre El Autor

Diego Alfaro Palma (Limache, Chile, 1984) publicó los libros de poemas “Tordo” (Ediciones del dock 2016, Cuneta, 2014 / Limache250, 2013) y “Paseantes” (Ed. Temple, 2009). También realizó la antología de la “Poesía reunida de Cecilia Casanova” (Ed. Univ. de Valparaíso, 2014) y reeditó la “Antología de Ezra Pound en Chile” (Universitaria, 2011). Tradujo “El pensamiento zorro”, prosa de Ted Hughes (Limache250, 2013). Sus ensayos han aparecido en “El horroroso Chile. Ensayos sobre las tensiones políticas en la obra de Enrique Lihn” (Alquimia, 2014) y en varias revistas de Chile y el extranjero, entre ellas la importante revista alemana Alba. Su libro “Tordo” recibió el prestigioso Premio Municipal de Santiago en 2015 y anteriormente una mención por su borrador en el Premio Nacional Eduardo Anguita en 2013.

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