La Isla Rodante, la segunda novela de Francisco Capellotti, es una fantasía épica  sobre la Guerra de Malvinas. El protagonista debe abandonar Buenos Aires para desempeñarse como abogado en el Poder Judicial de Tierra del Fuego. Allí lo recibe parte de su familia que, en un primer momento, le brinda explicaciones geológicas sobre las anomalías de la provincia, como la abrupta separación del mar de la costa atlántica o la estática constante de los cuerpos.  Sin embargo, a medida que avanza el relato, los acontecimientos sobrenaturales irrumpen con mayor fuerza en la cotidianeidad de los fueguinos; hasta que comprenden que su presencia tiene como motivo llevar a cabo una misión: recuperar Las Islas Malvinas. Fantasmas, ángeles, animales con poderes, recursos y fenómenos naturales mágicos, todos forman parte de una conspiración telúrica para enfrentar a los ingleses.

Los capítulos  que narran la aventura se alternan con fragmentos de historia argentina que retroceden en el tiempo, no sólo hasta los años ’80, sino hasta la conquista del suelo americano por parte de los ingleses. Los mitos, las leyendas y la inexactitud de las referencias que construyen el discurso histórico, están en completa sintonía con el presente de la aventura y logran crear una continuidad con ella. La falta de tensión ante los elementos fantásticos, que son rápidamente asimilados por los personajes y el lector, acerca a la novela a la fantasía épica más que al género fantástico (en el sentido más cortazariano del término). Es decir, el extrañamiento propio del fantástico se disuelve para dejar lugar a la construcción de una lógica propia en la que los héroes fueguinos, las criaturas sobrenaturales y la magia conviven en mundo  cuya coherencia encuentra sus bases en un acto de justicia.

Actualmente, Francisco Cappelloti se desempeña como prosecretario de la Cámara de Apelaciones y como docente en la materia de Derecho Constitucional en la Universidad de Ciencias Sociales y Empresariales en Tierra del Fuego. Además del destino, existen similitudes entre la experiencia que el escritor y el protagonista de la novela tienen respecto a su viaje. Ambos atraviesan por un proceso de “malvinización” que funciona como motor, en el primero, de escritura y, en el segundo, de alistamiento en el ejército fantasma.  Durante ese proceso, surgen reflexiones en torno a la construcción de la memoria que intenta comprender cómo puede ser que los contemporáneos a la guerra no tengan el menor interés por ella o que algunos consideren que es mejor así, que los ingleses son más eficientes en la administración de las islas. En suma, la lectura hace pensar que la diferencia en el vínculo que Tierra del Fuego tiene con la Guerra de Malvinas no parece justificable por las latitudes,  porque la memoria de un país no debería  construirse a partir de parámetros,  la memoria sobre la Guerra de Malvinas no debería ser directamente proporcional con la cercanía a las islas.

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Antes de que empiece La Isla Rodante, escribiste una advertencia al lector, aclarando que no es tu intención ser preciso en los detalles históricos, geográficos ni científicos. Sin embargo, los discursos de dichos ámbitos se mezclan constantemente con la ficción ¿Cuál fue el material que utilizaste para escribir el libro?

Si bien para escribir el libro investigué demasiado, intenté hacer tal investigación sobrevolando la información sin adentrarme demasiado en ella por varios motivos: en primer lugar no quería que tanta información me quitara la posibilidad de crear ciertos mundos fantásticos. Por otro lado, no quería aturdir al lector con tantos datos específicos y, en tercer lugar, quería mantener la esencia del libro que es una novela. Para ello, mi tía que es una antigua pobladora de Tierra del Fuego, me brindó una infinidad de libros sobre la historia de nuestra provincia como así también de la conquista de la Patagonia y lo interesante es que muchos de esos textos pertenecen a escritores fueguinos. En verdad mi tía me dio la mayor parte del material que, en mayor o menor medida, se ve reflejado en el libro.

Los capítulos de la novela son cortos y la trama está llena de saltos temporales, lo que hace que el ritmo historia se acelere por unos momentos y se suspenda por otros, rozando el estilo cinematográfico, ¿cuál fue el proceso de escritura?

Creo que vivimos en tiempos acelerados, todo es efímero, rápido y conciso y eso también se ve reflejado en la escritura actual. Muestra de ello son las redes sociales y, más precisamente twitter. No sé si eso habrá influido o no al momento de hacer la novela, pero lo cierto es que me inclino en escribir de forma concisa, Matar a Borges, mi anterior novela también estaba construída en capítulos cortos, no tan cortos como la Isla Rodante, pero sí apuntaba a evitar el aburrimiento del lector,intentando entremezclar historias que en definitiva mantienen un hilo conductor. Ello no significa que piense en el lector al momento de escribir, más bien pienso en mí como lector e intento plasmar el libro que me gustaría leer.

El protagonista de la historia afirma en un momento: “Antes de que llegara a Tierra del Fuego, la cuestión Malvinas no estaba arraigada a mis sentimientos” ¿Cómo era tu relación con la Guerra antes de vivir en Tierra del Fuego?

Mi relación con la guerra, como la mayoría de la gente de mi edad, se podría decir que era indiferente. Crecimos con esa guerra y, sin embargo, poco y nada nos enseñaron sobre Malvinas. No nos nutrieron de esa historia reciente y si queríamos indagar sobre ello debíamos hacerlo nosotros mismos. El proceso de desmalvinización ocurrido después de la guerra, donde el proceso militar escondió a los sobrevivientes de Malvinas para no demostrar signos de debilidad de un gobierno de facto que moría, sumado al mundial de fútbol en España 82 hizo que aquella guerra se escondiera lentamente bajo la alfombra. En cambio, acá en Tierra del Fuego por donde uno camine hay homenaje a los caídos en Malvinas o referencias al respecto. Cuando llega el 2 de abril la gente, bajo el impiadoso frío, se reúne en vigilia para conmemorar a los héroes de Malvinas. Quizá la cercanía con las islas, -lo que significó que aquí se viviera la guerra mucho más de cerca-, como así también el hecho de que BIM Nº 5 (Batallón de Infantería de Marina), quien fue el último en rendirse de manera victoriosa en la guerra, se entrenara en Tierra del Fuego, hizo que el sentimiento sobre Malvinas sea más ferviente que en otros lados.

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La guerra de Malvinas se abordó en varias novelas argentinas a través de los años, de maneras muy disímiles, por nombrar algunas: Fogwil escribió Los Pichiciegos en el ‘83, Gamerro Las Islas en el ‘98, Juan Guinot 2022 La guerra del gallo en 2011 y hace apenas dos años Carlos Godoy publicó La construcción, ¿Los leíste? ¿Te influenciaron a la hora de escribir tu propia novela sobre el tema?

Esta pregunta se relaciona con la anterior. En el colegio nunca nos dieron de lectura libros como ésos, ni tampoco recuerdo a amigos que le hayan dado ese tipo de lecturas. Los que quisieron indagar sobre Malvinas debieron hacerlo por sus propios medios, como tuve que hacer yo al momento de comprar Los Pichiciegos por ejemplo. Eso lo logré gracias a mi amor por los libros y no por la instrucción que me debió dar el colegio o bien el Estado. Obviamente que el libro de Fogwil influyó, pero si debo ser objetivo influyó aún más el libro de quien me escribió el prólogo de la novela, Vidas Marcadas de Agustín Gallardo, él es un chico de mi generación que se propone indagar sobre nuestro pasado más reciente y cómo repercute ello en la actualidad.

El protagonista de la novela no es el primero que denuncia el desconocimiento sobre la historia de las islas y pone en tela de juicio la exigua memoria y el desinterés por la guerra de las generaciones contemporáneas a ella. A la par que tu novela -como las ya mencionadas- alienta el revisionismo trayendo al presente el tema, pero utiliza esos vacíos generacionales a su favor para colmar el relato de mitos y fantasías. ¿Cómo crees que se relacionan literatura y memoria en este caso?

La literatura en muchos casos sirve para reflejar desde el punto de vista del escritor nuestro pasado, pues de ese pasado estamos hechos y por ello es preciso también indagarlo. Existen infinidades de novelas, cuentos, obras de teatro, películas, cómics y demás sobre distintas etapas de nuestro pasado, incluyendo el género “no ficción”, cuyo mayor intérprete a nivel nacional es Walsh con su Operación Masacre. Creo que ese tipo de literatura sirve para entregarle al lector otra forma de leer la historia, otra posibilidad que no necesariamente sea historicista, sino también que la historia pueda leerse con otra impronta.

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Tu primera novela, Matar a Borges, es un policial. La Isla Rodante pertenece al género fantástico. En otras entrevistas anunciaste que tenés otras novelas escritas, ¿elegiste algún otro género para incursionar o no es una decisión que premedites a la hora de escribir?

En sí lo que predomina en mis escritos es la mezcla de ficción y realidad. No pongo ningún tipo de reparo para el momento de escribir. Muchas canciones, por ejemplo, me sirvieron para hacer cuentos, en especial Cerati, escribí “Cuento para persiana americana”, y también mezclé “Un misil en mi placard” y “Ella usó mi cabeza como un revólver” y creé mi propia historia. También me animé hacer una mezcla de Silvio Rodríguez y Catupecu Machu para inventar otra historia. Un amigo mío en joda apodó este nuevo experimento como “Narock” (narrativa-rock). En sí son inspiraciones que salen y se plasman como salen. Actualmente estoy terminando una novela corta que tiene que ver con versionar canciones, pero no existe nada nuevo bajo el sol, seguramente alguien ya lo hizo o lo esté haciendo.

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