Mariana Andrea Betoño y Daniel Ismael Gómez analizan dos cuentos de dos de los más destacados escritores del la narrativa japonesa contemporánea y reflexionan sobre el impacto social y cultural que dejó como saldo la segunda Guerra Mundial y la reconfiguración identitaria que significó el periodo de posguerra.

No había trascurrido un año desde que disparamos nuestros cuerpos como proyectiles contra los navíos enemigos por nuestro Emperador, que era un Dios, cuando éste proclamó que no lo era.

¡¿Por qué el Emperador se convirtió en hombre?!”

Eirei no Koe, Yukio Mishima.

La identidad es un tópico central en la literatura japonesa de posguerra debido a que se vio fragmentada tras la derrota del imperio. Al saldo que toda guerra posee (debilitamiento económico, destrucción de infraestructura, además de la pérdida de vidas tanto militares como civiles), debemos añadir profundas heridas, unas físico-geográficas provocadas por el uso de las bombas nucleares sobre el suelo japonés1, otras psíquicas y de fuerte simbolismo, como la declaración de la mortalidad del emperador.

En los sistemas literarios particulares de las naciones, el tipo de representaciones y las jerarquías estéticas suelen sufrir cambios a partir de hechos sociales y políticos fundamentales2, y precisamente estas dos heridas provocadas a la sociedad japonesa repercutieron en el sistema de valor que dicha literatura poseía. Los modelos literarios tradicionales se vieron alterados por estos sucesos de posguerra, los nuevos relatos trabajaron con una sociedad desarticulada y un sujeto fragmentado3. Se ha perdido el sentido y la búsqueda de una completitud racional y formal en cuentos y novelas: ya no es necesaria la claridad y un cierre lógico-causal4.

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En “Capullo Rojo”, de Kobo Abe, se nos sitúa in media res en la subjetividad de un personaje que deambula por un vecindario indefinido que simboliza la sociedad japonesa: dicho personaje se sumerge en la búsqueda de un sentido tanto interno como externo. Podemos leer cómo los vínculos con sus vecinos fallan a la vez que lo hace su misma identidad. En contra de toda lógica, el protagonista se pregunta cómo encontrar un hogar para dar termino a su vida. Así, si observamos el progreso de las acciones del personaje, vemos que las acciones físicas se limitan a buscar el contacto con el otro, el cual solo le cierra las puertas, dejando así tanto al personaje como al relato en un círculo de búsqueda y de profunda representación psicológica y desamparada.

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En “Vías de ferrocarril en mi espalda”, de Akira Yoshimura, también observamos una disfuncionalidad social, encarnada en la relación del protagonista con su familia a través de su obsesión con su herida y los huesos de su espalda. Debemos notar, sin embargo, que el aislamiento del protagonista de “Capullo Rojo” es mucho mayor y funciona como espejo de la narración, puesto que gira alrededor de la vida interior del personaje hasta que concluye a raíz de un hilo que sale de sí mismo y lo envuelve en un capullo que lo aislará por completo y operará como símbolo de la frustración introspectiva. Asimismo, el capullo nunca se abre, no se ofrece al protagonista una redención sino que se lo recoge como si fuese un objeto sin vida interior. En comparación, en “Vías de ferrocarril en mi espalda” no se pone hincapié en una subjetividad tan fragmentada ni el absurdo, sino que se resalta el cuerpo y su materialidad en torno a la memoria y una herida que se torna simbólica. Se dejan de lado los tópicos clásicos de la literatura y se instaura una morbosidad en torno a la herida exteriorizada en una de sus costillas. En ninguno de los dos relatos se aborda una narración mimética, más bien sucede aquello que Zambrano describió sobre el caso de Abe, que puede, asimismo, señalarse en Yoshimura y otros escritores de posguerra: “la literatura […] propone una visión del mundo que puede ser dramática o divertida a partir de las búsquedas inciertas de los seres extraviados y de los ambientes confusos” (Zambrano, 2010: 13), y, como enunciamos en el primer párrafo, “muchos elementos no pueden entenderse […] [sino en relación] con las transformaciones que se produjeron en Japón y en el mundo entero luego de la II Guerra Mundial” (Zambrano, 2010: 13). Tras la derrota de Japón, no solo se fractura un tipo de literatura y se deja un espacio para lo fragmentario y lo absurdo, sino que también se pierde aquella identidad de “lo japonés” como símbolo de Imperio bajo la dirección de un emperador divino. Pocos escritores intentarán reconstruir dicha identidad, pero el proyecto quedará trunco pese al colosal esfuerzo de figuras tan importantes como Yukio Mishima.

BIBLIOGRAFÍA

Keene, Donald, 2003. Five Modern Japanese novelists. Nueva York: Columbia University Press.

Mukarovsky, Jan, 2011. Función, norma y valor estéticos como hechos sociales. Apostillas por Jorge Panesi. Buenos Aires: El cuenco de plata.

Vallejo-Nágera, Juan Antonio, 1990. Mishima, o el placer de morir. Barcelona: Planeta.

Sato, Amalia, 2003. “Mori Ogai, figura de la modernización”, en: Ogai, Mori. En construcción. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Sebald, W. G., 2010. Sobre la historia natural de la destrucción. Trad. de Miguel Sáenz. Buenos Aires: La Página.

Zambrano, Gregory, 2010. “Kobo Abe: el arte de hacer novelas”, en: Abe, Kobo. Idéntico al ser humano. Trad. de Ryuichi Terao. Barcelona: Candaya.

1 Sobre la literatura alemana de posguerra, W.G. Sebald opina en su Sobre la historia natural de la destrucción que la repercusión de las heridas geográficas y traumáticas produjo un silencio insuperable. Al respecto, leemos “[quienes leyeran las novelas posteriores a la segunda guerra mundial] difícilmente podrían hacerse una idea de la catástrofe provocada en Alemania por los bombardeos […] el hecho de la destrucción de casi todas las grande ciudades de Alemania y numerosas ciudades más pequeñas […] determinó la fisonomía del país” (Sebald, 71-72). Sería un trabajo interesante comparar el silencio de los escritores alemanas acerca de estas heridas frente a la abundante producción japonesa.

2 Una introducción sobre este tópico es el ineludible trabajo de Murakovsky (2011).

3 En algunos casos, con vistas políticas positivas pese a que las narraciones presentasen un clima desolador, como bien señala Donald Keene: “What was more natural than for an author describing the burned out slums of Tokyo to express bitterness over the wartime ideology that had caused such misery or to express the hope that a new and democratic Japan, hand in hand with other progressive nations, would bring equality to all?” (Keene, 2003: 77).

4 Rasgos de la literatura japonesa de finales de siglo XIX y principios del XX, marcada por la traducción del realismo y el naturalismo europeos, el shajitsu-sa (Sato, 2003:9).

 

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