Andrés y Rossana están casados y nunca pudieron tener un hijo. Cuando se deciden a adoptarlo, la burocracia los burla. Entonces reciben una oferta encubierta: viajar desde Buenos Aires hasta San Miguel de Tucumán, en el norte argentino, para buscar un recién nacido a cambio de dinero. Todo prometía ser más fácil y rápido, pero se equivocaban, pues habrá obstáculos de sobra: desde sus propios terrores hasta el antagonismo de muchos familiares, la corrupción policial y los incontables rivales que se toparán en el camino. Peor aún, quedará en evidencia su porosidad como pareja y ambos transitarán al filo de la disolución. Con El viaje, novela finalista del Premio Planeta 2014, Miguel Siso-Fernández se debate entre el thriller y la road-movie de suspenso. Ofrecemos a continuación los primeros párrafos de la novela.

El viaje

Capítulo 1

Era marzo y una ola de calor tardía amenazaba con licuar Buenos Aires. Olga y Rossana charlaban bajo un ombú centenario en la plaza de los Tribunales para rehuir el sol de las doce. Más allá de la sombra de la copa, el entorno encandilaba y despedía bocinazos.

Olga batía su melena teñida de rubio para enfatizar cada palabra crucial que decía. Los viandantes varones la cubrían de piropos feroces y hasta le hacían el gesto de chupetearla. Ella los ignoraba. Su afán no era levantar hombres sino calcar a las famosas y mimarse a sí misma. Por eso nunca rehuía presentar el escote, los muslos o las pantorrillas, mucho menos insinuar las curvas con ropa en talle. Era voluptuosa, provocativa, y se vestía, peinaba y maquillaba como vedette de farándula.

Rossana era su antítesis —a los ojos de Olga, una hippie vieja—. Ella cubría su pronunciada delgadez con ropa pesada, oscura y unicolor. Su cuerpo huesudo casi parecía escurrirse bajo sus canas. De no llevar el pelo descubierto, podría haber pasado por una esposa jasídica.

—¿Hace cuánto que los veo remándola por acá, mami? ¿Tres años? ¿Cuatro? No esperen más —instaba Olga—. Mucho juez deja colgado al que le parece: gays, parejas de países limítrofes…, a ustedes. Yo que te lo digo. Vayan a Tucumán y compren un chico.

—¿Tan fácil es? —preguntó Rossana cuando pudo tragar saliva.

—Si tienen la plata y las ganas, sí. Conversalo con tu marido y después me avisás. Yo los voy a ayudar. Prómes —dijo Olga y levantó la mano derecha en jura. Luego se despidió con un beso y apuró los pasos hacia su despacho en el Palacio de Justicia. La jauría de hombres lobo que debió atravesar pareció querer preñarla en el acto. Y ya había posado uno de sus tacones de aguja sobre la escalinata del edificio cuando sintió que la tiraban de las pulseras. Era Rossana, que venía con el rostro enrojecido y trataba de recuperar el aliento tras la carrera.

—No me aguanté —jadeó mientras mostraba el celular con una mano y se acomodaba las canas con la otra—. Llamé a Andrés y me dijo que sí.

Capítulo 2

«Habrá que tener huevos», dijo Andrés entre dientes cuando colgó el teléfono a Rossana, pero su alma se desgajaba en terrores.

Buscó calmarse repitiendo de corrido alguna frase de sus libros de autoayuda. Solo entonces sus palpitaciones volvieron a sentirse inofensivas y no un aviso de infarto, las manos dejaron de sudarle frío y ya no sintió que le hervían la nuca y las orejas. Poco a poco resucitó en sus oídos la voz de sus compañeros del despacho contable, el sonido de los teclados, de las impresoras, de las bocas chupando mate… y hasta el tambor y el vocerío de una protesta callejera que se colaba por la ventana.

A la hora del almuerzo se excusó para no quedarse a comer en la oficina, mucho menos ir con los compañeros a la sandwichería habitual. Ya con el viaje a Tucumán en mente, prefirió visitar el banco para constatar sus finanzas. Sabía que eran vergonzosas. Solo quería asegurarse de cuánto.

Salió del edificio y caminó hasta la avenida de Mayo y calle Florida. El estómago le gruñó. Él no le hizo caso. Entró en la sucursal y el aire acondicionado lo vigorizó. El banco había cambiado de nombre y nacionalidad cuatro veces desde que él lo conocía: había sido argentino cuando abrió su primera y única caja de ahorros, luego estadounidense, después surafricano y ahora chino.

Andrés se limpió el sudor de la frente con el revés de la mano. Sacó un número en la terminal de autoservicio y se sentó a esperar en duelo a muerte con la impaciencia. En las pantallas de cristal líquido aparecían letras y números que hacían saltar de su asiento a algún afortunado y le indicaban a qué caja o cubículo dirigirse. Un pitido acompañaba tal mensaje y servía para recapturar la atención de los distraídos en la lectura, las charlas o las cavilaciones.

Por fin fue el turno de Andrés.

Detrás del mostrador lo esperaba un joven bien vestido. Estaba bronceado, tenía los ojos celestes, el cabello corto y cobrizo y una barba candado muy bien cuidada. A Andrés le pareció guapo. Primero, porque en verdad lo era. Segundo, porque él ya sabía ponderar tales cosas sin que le inquietasen. Se llamaba Darío, según su portanombre, y tendría unos veinte años menos que Andrés. Llevaba la camisa arremangada y su saco de vestir colgaba del perchero. En el antebrazo derecho tenía tatuada una frase en letra caligráfica: We are all made of gold (‘Todos somos de oro’). Andrés pensó que lucía muy bien en su piel lampiña y tostada. Todo lo contrario de un brazo suyo, color camarón crudo y poblado de vello negro.

—Quisiera ver la posibilidad de un préstamo —titubeó Andrés. Luego comprobó con un vistazo que todos los empleados eran como Darío. Nuevos, bonitos y jóvenes. Las mujeres eran delgadas, tenían el rostro como de porcelana y una cabellera hipnotizante. Los hombres, por su lado, parecían sacados con tenaza de un anuncio de perfume europeo.

Andrés se preguntó si el cambio de capitales había inspirado al banco a reclutar personal con pinta de modelo publicitario. Nada parecido a él, un tipo más bien regular tirando a feo. «Blanco, pelo castaño rizado, 1,75, 75 kg , barba descuidada, velludo. No soy un Adonis»… Así se había descrito en el anuncio de contactos personales con el que pescó a Rossana (había omitido su acné de adulto). Su desgarbo y desaliño le había valido un rechazo memorable en la primera entrevista de trabajo. Su potencial jefe, un exitoso publicista, lo había citado a un almuerzo casual en el McDonald’s de Corrientes y Pellegrini. El Pato, así lo llamaban, se movía por el microcentro en una bicicleta ultraliviana y plegable que había traído de Nueva York, adonde iba bastante seguido por negocios y placer, y donde acostumbraba a asegurar, con meridiana vehemencia, que Argentina había sido como Suiza y por culpa del peronismo ahora parecía Latinoamérica. A la entrevista con Andrés llevó jeans ceñidos, camiseta del videojuego Space Invaders y un saco deportivo. Bajo el brazo, un casco símil de sandía, y la bicicleta prácticamente en un bolsillo. Famoso por directo, el Pato honró su reputación y fulminó a Andrés antes de girar sobre sus talones e irse sin tan siquiera sentarse a la mesa: «Yo contrato a la gente por la pinta. Si busco a un albañil para que me haga la casa, tiene que parecer obrero paraguayo, no coiffeur de Barrio Norte, ¿me entendés? Vos no tenés pinta para contable de mi agencia, capo. Sorry».

Darío miraba el monitor de su computadora y evaluaba las finanzas de Andrés sin mover un músculo de la cara. Estaba bien entrenado para el trato cordial pero frío, y por eso nunca perdía la compostura ni con el más necio ni con el más belicoso de los clientes. Cuando terminó de leer, dictó el fallo:

—Señor, sus ahorros no alcanzan cuatro cifras medias y tiene dos cuotas de la tarjeta en mora. No puede pedir un préstamo por falta de solvencia. Si está en apuros, mi consejo es que venda algún bien. El banco se lo compra si quiere, pero a un precio que ponemos nosotros.

Andrés pestañeó para recuperarse y prefirió no llamar demasiado la atención sobre su necesidad de dinero. Por el contrario, fingió no tener apremios económicos, mucho menos uno tan descabellado como el suyo, por no decir ilegal («comprar un bebé: ¡a quién se le ocurre!», pensaba…). Se levantó de la silla, estrechó la mano a Darío y le dijo chau con una sonrisa que reveló hasta el último de sus molares.

Darío le estrechó la mano también, pero no sonrió.

Sobre El Autor

Miguel Siso-Fernández (Caracas 1970), escritor, traductor, y profesor de traducción. Su primera novela, "El viaje" (Click Ediciones), fue elegida entre las diez finalistas del Premio Planeta 2014 entre más de 400 inscriptas. Su segunda novela, "Ínsula", saldrá a la venta próximamente. Desde niño lo entusiasmó la literatura, el cine, el teatro y los idiomas extranjeros. Vivió en Caracas y Ciudad Bolívar (Venezuela) y finalmente se radica Argentina, primero en Buenos Aires y más recientemente en San Miguel de Tucumán. Publicó, por concurso, en la antología «Minotauro» (2011, Latin Heritage Foundation, Washington); y en 2013 sale a la venta su libro de cuentos «El niño» (el autor, Buenos Aires), compilatorio de diez relatos fantásticos y de terror que le ocuparon varios años. Su temática, sombría y existencialista, rara vez logra finales felices. Se licenció en Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela y es Magíster Traductólogo egresado de la Universidad de Birmingham, Inglaterra. También cursó estudios de inglés, italiano y alemán. En Buenos Aires y Tucumán toma talleres de lectura y redacción literaria con escritores y críticos literarios de renombre, además de seminarios de traducción. Actualmente forma alumnos en la práctica de la traducción inglés>español, escribe su tercera novela y un nuevo libro de cuentos.

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