Hay que reconocer que a esta altura de la historia de las ficciones, el hecho de que sigan apareciendo más y más que traten sobre viajes en el tiempo ya no nos emociona tanto. Nos ponemos quisquillosos y le exigimos de más a estas nuevas historias o, simplemente, las vemos para indignarnos y hacer un cacerolazo interno.  Cuesta mucho encontrar algo que no sea cliché, zonzo o excesivamente forzado. Ni hablar de las veces que para estirar una serie se abusan del viajecito y arruinan todo (Heroes, te estoy mirando). Sin embargo, esta no es una nota para quejarme, es para rescatar dos animaciones japonesas que se estrenaron este año y tienen que ver con esta temática: Boku dake ga inai machi y Orange.

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Boku dake ga inai machi (BokuMachi, para los amigos) nos sitúa en 2006. Fujinuma Satoru es un apático y frustrado dibujante de manga de 29 años que trabaja en una pizzería. Tiene la capacidad involuntaria de volver atrás el tiempo para evitar tragedias, algo que él denomina revival. En cuanto se percata de que está comenzando a repetir una misma escena, tiene que buscar el problema que va a desencadenar el accidente. Demasiada responsabilidad para un tipo con pocas ganas de vivir, considerando que el tema escala a niveles estresantes, porque en este primer capítulo la madre de Satoru termina acuchillada, él incriminado y en medio de la desesperación, no viaja unos minutitos atrás, viaja ni más ni menos que dieciocho años hacia el pasado. Satoru volvió la primaria, al año 1988 y la gran pregunta es por qué viajó tanto tiempo atrás. ¿Qué es lo que tiene que desenmarañar su yo de 11 años para salvar a la madre y evitar la cárcel? Todo pareciera tener que ver con una serie de desapariciones de niños en la ciudad. Lo entretenido es que Satoru conserva su mente de 29 años en el cuerpo de un nene de primaria (no, no es Detective Conan, se los prometo). Me pareció muy conmovedor el shock de este adulto encontrándose con su vida de niño, emocionándose con la comida de mamá o tratando de resignificar su interacción con el otro, ya que creció sin involucrarse con los demás.

Este anime se estrenó en enero en Japón y en el resto del mundo por varios servicios de streaming. A occidente llegó como Erased o Desaparecido, porque aparentemente solo algunos consideramos bello un título que diga “la ciudad en la que solo falto yo”, que sería la traducción literal y me parece mucho más pertinente por motivos que les dejaré averiguar a ustedes. La producción corrió a cargo del estudio A-1 Pictures, el gigante detrás de fenómenos ridículamente masivos como Sword Art Online y de éxitos como Kuroshitsuji, Fairy Tail, Nanatsu no Taizai, entre muchos otros. Un detalle peculiar de esta producción fue que no usaron como apertura una canción compuesta especialmente para la ocasión, sino que usaron una del año 2004 de Asian Kun- Fu Generation, una de las bandas japonesas de rock más populares de los últimos años y a quienes les robé descaradamente el título de esto que están leyendo.

El manga original, creación de Kei Sanbe, fue serializado en la Young Ace, una de las revistas más populares del género seinen (para adultos) que supo tener en sus páginas a Evangelion o los mangas de las películas de Mamoru Hosoda. Obtuvo muchas nominaciones, entre ellas, para el premio Tezuka Osamu y el Manga Taishou.

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El anime contó con doce episodios, finalizando en marzo y coincidiendo con el mes de publicación del último capítulo del manga. No contentos con eso, apostaron al éxito seguro y ese mismo mes estrenaron una película live action protagonizada por Tatsuya Fujiwara, el conocidísimo actor al que vimos en Battle Royale (Shuya Nanahara), en Rurouni Kenshin (Makoto Shishio) e interpretando al más brillante megalómano de los últimos tiempos: Yagami Light.

“En esta carta voy a contarte los sucesos que ocurrirán y las decisiones que quiero que tomes para no cometer los mismos errores que cometí”.

Vivimos la vida tratando de aprender de los errores, también la vivimos tratando de superar algunas decisiones de las que nos arrepentimos. Al no poder cambiar el pasado ni borrarlo de nuestra memoria, a veces es imposible no torturarse. ¿Qué pasaría si recibieras una carta de tu futuro yo que, para sacarse ese peso que acarrea el remordimiento, te dice todo lo que tenés que hacer para que una persona, solo una persona, pueda superar otro remordimiento? Orange se trata de eso.

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Orientado al público lector de shoujo (manga para chicas adolescentes), es casi la típica historia de amigos viviendo sus días de secundaria. “Casi” porque, después de todo, esa carta altera la vida normal de Naho, que va a debatirse entre hacerle caso a la carta o no, descubriendo que hay cosas que no puede evitar decidir aunque sepa el desenlace. El manga, de Ichigo Takano, se serializó entre los años 2012 y 2015. Desde julio podemos ver esta animación que ya está en la recta final, contará con 13 episodios y si bien no tuvo la parafernalia publicitaria de BokuMachi, también tiene una versión live action.

Tengo ganas de hablar de más anime con viajes en el tiempo pero hoy me quedo con estas dos series porque tienen algo en común además de este tema: en ellas el autor no se detiene a dar explicaciones sobre cómo ocurre el fenómeno del viaje propiamente dicho. ¿Les digo algo? Sinceramente, no importa. En ninguna de las dos historias el punto fundamental es cómo viajaron. Lo valioso es cómo cada protagonista vive las líneas temporales que le toca vivir, cómo maneja la información de la que dispone y sobre todo qué se hace con el arrepentimiento, con esa mochila de verbos en potencial con la que crecemos, con las percepciones subjetivas del otro que uno acarrea, ¿qué sabemos realmente del otro? La manera en la que se tratan la empatía, el sacrificio, el miedo, la incertidumbre que se tiene aun conociendo el futuro hacen de ambas historias unas perlitas que no hay que perderse, incluso una de ellas tiene una referencia interesantísima a la obra de Akutagawa, El hilo de la araña. ¿Cuál de las dos? No, eso no lo pienso decir.

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