El nombre de Vicente Rossi se vincula hoy en día menos con la literatura policial que con el estudio del castellano rioplatense, la historia del tango y del teatro local, o con el autor de Cosas de negros. Borges ya había indicado mucho tiempo atrás la injusticia de la historia de la literatura para con este escritor, a quien supo caracterizar, en ocasión de un debate lingüístico que sostuvo con integrantes del Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras, como “un matrero criollo-genovés de vocación charrúa”[1]: “ahora inaudito y solitario Vicente Rossi va a ser descubierto algún día, con desprestigio de nosotros sus contemporáneos y escandalizada comprobación de nuestra ceguera.”[2] Aparentemente, el día anunciado por Borges ha llegado.

Los investigadores y aficionados a la literatura policial (argentina) no podemos menos que celebrar la maravillosa noticia de la publicación, después de muchísimo tiempo, de los Casos policiales de William Wilson, que era hasta ahora uno de los secretos peor guardados de la historia del género en el país.[3] En un texto de dos páginas, “Dos ignorados precursores de la narrativa policial rioplatense” Luis Soler Cañas (bajo el seudónimo de Miguel Ferrán) listó en 1956 todos los cuentos policiales de Vicente Rossi.[4] Aproximadamente cuarenta años después, “Los vestigios de un crimen” fue incluido por primera vez en una compilación de literatura detectivesca argentina, Cuentos policiales argentinos (1997), a cargo de Jorge Lafforgue. Desde entonces, aparecieron también “La pesquisa del níquel” y “Mi primera pesquisa”, en El candado de oro. 12 cuentos policiales argentinos, una compilación realizada por quien escribe esta reseña, que también publicó por ahí algún paper sobre los casos policiales del autor, “Vicente Rossi’s Casos policiales, the English Model and the Search for the Authentic National Tradition: Persecution of the Jews and Defense of the Ruling Elite”. Más allá de esto, nada o casi nada se sabía de la narrativa policial de Vicente Rossi.

Y, sin embargo, Rossi fue, junto con Félix Alberto de Zabalía y Eduardo L. Holmberg, uno de los más prolíficos autores de literatura policial argentina hasta la década de 1930. Con esta publicación, Ediciones Ignotas –y su editor Mariano Buscaglia–  cumplen con un viejo desiderátum en el ámbito de la historia del policial argentino: publicar la totalidad de los casos de William Wilson, aparecidos en La vida moderna –revista que ahora se encuentra completa en la Biblioteca Nacional gracias a una aparentemente auspiciosa nueva política de compras: también adquirió recientemente los primeros 225 números del semanario Tit-Bits–, y compilados parcialmente en Casos policiales (1912). Rossi publico estos relatos entre el 24 de octubre de 1907 y el 16 de marzo de 1910 (y solamente cinco fueron incluidos en el libro, “La pesquisa del níquel”, “Los vestigios de un crimen”, “Un robo en complicidad con la ley”, “El asesinato de Greifen” y “El asesinato del Sr. Gartland”).[5]

Esta edición permite entonces comprender de manera mucho más acabada la larga historia del género en la Argentina. El caso de Vincente Rossi es por demás interesante, especialmente a la luz de la tradición temprana del policial y su evolución futura, y su narrativa puede ser considerada el punto de inflexión entre la literatura policial precedente a 1910 y la posterior. Por un lado, sus historias son ejemplares del final del primer periodo de la literatura policial argentina, 1877-1912.[6] El pseudónimo utilizado remite inequívocamente a la figura de Poe, y en el prólogo al libro, incluido en esta edición y también recientemente reeditado en Crimen y pesquisa, de Román Setton y Gerardo Pignatiello (Buenos Aires: Título, 2016), Rossi se incorpora a la noble tradición de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle. Pero la verdad es que sus cuentos difieren mucho de los de estos autores.

En el prólogo a los Casos policiales, Rossi formula una antítesis entre dos tradiciones diversas, la novela policial clásica y la tradición del policial folletinesco, la novela de aventuras y misterio (heredera de la novela gótica y de la tradición francesa del roman policier), y, a la vez, ofrece algunas razones por las que en El Río de la Plata[7] el género policial debe ser distinto al inglés –fundamentalmente porque en el nuevo continente, afirma, carecemos de los escenarios europeos–:

Es que no tenemos ambiente que nos haga aceptar para entrecasa, milagros de intuición, ni asombrosas coincidencias, ni el engaño del disfraz, ni ventriloquía de oportunidad […] nos falta la materia prima con que se elabora el relato de pseudo-investigaciones hasta el máximo de lo inverosímil.

No tenemos castillos prehistóricos, ni siquiera modernos, que cual fabulosas cajas de satánica relojería, son depositarios de los más grandes arcanos de escotillón, en la mampostería, en los herrajes, en los tapices y en la leyenda. Tampoco tenemos callejones de profesionales de la delincuencia, impunemente instalados y patentados en tugurios tenebrosos; ni tenemos palacios misteriosos… En fin no contamos con el decorado y la tramoya que exige el cuento preconcebido de criminales-frégolis y polizontes ingenuos. (Casos policiales de William Wilson 1907-1910, p. 9)

Así, el prólogo sostiene que por un lado se sigue el modelo de Poe y de Doyle y, a la vez, que ese modelo se combina con un verosímil realista de narración. Situados en Montevideo y Buenos Aires, Wilson intenta que sus relatos no sean “contados solamente”, pretende que además puedan “simular realidades” (p. 10) y por eso se resigna a “la pobreza de movimiento escénico y la ausencia de episodios estupendos, que dan atracción y amenidad a la lectura de esta especie que hoy se edita profusa y sin escrúpulos” (p. 10).

En cuanto a la edición, cabe indicar que el libro de Ediciones Ignotas ha sido realizado con el cuidado que los relatos merecen. Se han incluido las últimas versiones de todos los cuentos, es decir, las cinco versiones del libro más los cuentos de la revista que nunca llegaron a ser reelaborados por Rossi. Y además se ha sumado a la edición un interesante prólogo del mítico Ray Collins y una breve semblanza biográfica del autor.

En cuanto a los relatos, cabe señalar que, en tres de las historias, el periodista y detective William Wilson colabora con el oficial de policía Máximo, quien consigue una promoción gracias a la ayuda de su amigo en “La pesquisa del níquel”. En algunos casos, las historias ofrecen una visión empática de los criminales. En esto coincide con muchas de las narraciones de la época, como las de Eduardo L. Holmberg o Luis V. Varela, en las que los delincuentes suelen no ser castigados y se promueve en cambio la compasión y la comprensión de las causas del crimen, tal como sucede en muchas historias de Chesterton o en las de Rodolfo Walsh sobre el sobre Comisario Laurenzi. Pero en Rossi además prima una extraña concepción de justicia según la cual existirían ciertos criminales que la ley no condena. Se trata de una concepción menos de crímenes que de criminales y, a qué negarlo, el lector se queda con una especie de regusto de xenofobia y antisemitismo. De hecho, en “El asesinato de Greifen”, un judío es asesinado y la justificación de ese asesinato revela una clara incitación hacia a la matanza de judíos y prestamistas, de modo similar a lo que sucede también en “Extraña estafa a un extraño náufrago del Colombia”, último relato policial publicado por Rossi.

Greifen… era uno de esos misteriosos opulentos, sin hogar y sin amigos, que entregados a su incomprensible ascetismo, se inyectan hasta el más completo envenenamiento la creencia de que no son mortales… Era uno de tantos avaros; tenebrosos alquimistas que convierten las lágrimas ajenas en oro propio.

Éste crimen pertenecía a la especie de los que quedan impunes, por torpe que sea el asesino.

Caso vulgar; hoy es aquí, mañana en Londres o en Viena… Como los eclipses, se suceden con cierto sabor a Calendario; y muy contadas veces se han podido encontrar los móviles o dar con el criminal.

Existe pues una ley fatal en la especie humana que ordena las ejecuciones de esos enigmáticos seres disgregantes. (p. 63)

De este modo, por momentos las narraciones llegan al extremo de culpar incluso a las propias víctimas. Por eso, estas historias policiales dejan una impresión ambigua en el lector. Ciertos crímenes –cometidos en “complicidad con la ley”– no solo están justificados, incluso alentados, ya no en la literatura, también en la sociedad. En “El asesinato de Greifen”, “El asesinato del Sr. Gartland”, “Un crimen en complicidad con la ley” y “Extraña estafa a un extraño náufrago del Colombia” se promueve sin ningún reparo los delitos, robos y asesinatos contra usureros, avaros y judíos, tres características que casi parecieran funcionar en Rossi como sinónimos.

En contraste con esto, “La pesquisa del níquel”, el cuento con que comienza el libro, es sin dudas el relato más sutil y logrado. Presenta el misterio de la falsificación de monedas de 20 centavos. La curiosidad del detective es excitada por la aparición constante de monedas recién forjadas, que contrastan con las gastadas piezas de otras denominaciones. El enigma consiste en que la fundición de monedas de 20 centavos no sería un negocio redituable, pues el costo del material superaría el valor monetario. Para resolver el misterio, Wilson pone un avisto en el periódico buscando un grabador de medallas, adoptando una treta utilizada por Dupin y Holmes. El aviso es respondido por un trabajador italiano, que da “lecciones de música, de mandolino” (p. 17). Wilson le solicita que realice medallas del mismo tamaño que el de una pieza de 20 centavos para una supuesta promoción de cigarrillos y le da, para usar de modelo, una moneda de la que ha removido un mechón de pelo de la figura acuñada:

–No hemos podido conseguir que nos sirvieran los grabadores más conocidos, por estar cargados de trabajo y ser urgente el nuestro, así que celebramos su oferta.

Mientras yo decía esto, mi amigo sacó de un bolsillo una moneda grande, de plomo, que presentaba de un lado el busto de la Libertad, idéntico al de las monedas de níquel, y del otro, la leyenda Cigarrillos Cacique – Vale por 20 atados.

–Se trata –indicó mi amigo– de hacer un troquel para acuñar monedas de este tipo, con la diferencia de que en vez de Cigarrillos Cacique dirá Cigarrillos London, y deben tener el aspecto y tamaño exacto de las monedas de níquel de veinte. (p. 18)

Cuando el grabador trae la muestra, la figura tiene el mechón, pues había sido acuñada con el modelo que el músico utilizaba regularmente para la falsificación. A pesar de que el acusado se niega a confesar, Wilson logra resolver el misterio –resolución que nos ahorramos aquí–. Como en la mayor parte de las historias de Rossi, la ley no castiga al criminal –en este caso porque no hay prueba suficiente–.

Las afinidades con los relatos de Poe y de Doyle son evidentes: la naturaleza en parte artistica del criminal; la falsificación como una obra planeada por la razón para despistar a los agentes de la ley; el aviso engañoso en la publicación periódica que atrae el delincuente (idéntica estrategia utiliza Dupin en “The Murders in the Rue Morgue” para atraer al marinero y Holmes en numerosos casos); incluso el hecho de que la justicia representada no es retributiva, pues el criminal no recibe castigo alguno (como en “The Purloined Letter”, “The Murders in the Rue Morgue”, “The Man with the Twisted Lip”, “A Scandal in Bohemia”, “The Adventure of the Yellow Face”, etc.). En este relato, y quizá solamente en este relato, Wilson sigue los principios poéticos anunciados en el prólogo: evita los elementos melodramáticos y construye una trama cerrada y redondeada de whodunit.

Sobre el cuento de Rossi hasta aquí más conocido, “Los vestigios de un crimen”, baste decir que las deducciones del detective nos sorprenden menos y son menos inventivas que en “Mi primera pesquisa”, “La herida del repórter” o “La diadema de la calle Artes”. Pero si uno confronta estas historias con la prédica del prólogo, resulta llamativo el número y variedad de motivos y elementos que provienen de la tradición de las sensation, adventure o melodramatic novels, criticadas con dureza allí.

Publicados bajo las presidencias de José Figueroa Alcorta y Roque Sáenz Peña, inmediatamente antes y después de las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo, los relatos de Rossi pueden ser considerados como el grito agonizante de la República Conservadora, que supo establecer el fraude electoral como método para la perpetuación en el poder y continuó con el proyecto político-económico comenzado en 1880. En consonancia con las ideas de El payador (1916) de Lugones, estas narraciones policiales persiguen a los inmigrantes recientes, y revelan a la vez los cambios contemporáneos que llevarían a la debacle de la República Conservadora.

Así, los cuentos de Rossi presentan muchos de los motivos y dispositivos que encontramos en los relatos policiales anteriores y contemporáneos, aquellos escritos por Eduardo L. Holmberg, Luis V. Varela, Carlos Olivera, Carlos Monsalve, Félix Alberto de Zabalía, etc. Estos son, entre otros, la importancia de la biografía del criminal, el hecho de que el detective no actúa de manera puramente intelectual (i.e., no es un armchair detective) y tampoco compite con la policía, sino que colabora con ella; la herencia genética es un elemento importante para explicar los crímenes; el hecho de que el azar –tal como sucede en la tradición del policial francés del siglo XIX– desempeña un papel fundamental en la resolución de los misterios, etc.[8] Pero a la vez, estos relatos pueden ser vistos como un nuevo modelo de narrativa policial, vinculada con la Era de Oro de la novela de enigma. Publicados poco antes del comienzo de la Golden Age y poco después de la aparición de la primera historia de Father Brown, de Chesterton –el primer presidente del Detection Club–, los Casos policiales aspiran de modo rudimentario a la resolución puramente intelectual propia de la novela policial inglesa. Son así un punto de inflexión en la tradición argentina, pues se encuentran ligados a los relatos previos y también anuncian los cuentos de Víctor Guillot, Eustaquio Pellicer, Enrique Anderson Imbert, etc. (En este mismo sentido, cabe destacar la reciente publicación en Ediciones Ignotas de El vampiro y otros cuentos de horror y misterio, de Víctor Juan Guillot.)

 

Titulo: Casos policiales de William Wilson 1907-1910

Autor: Vicente Rossi

Editorial: Ediciones Ignotas

177 páginas

 

 

[1] Borges Jorge L. (1997-2001): Textos recobrados, 3 vols.  Eds. Sara Luisa del Carril and Mercedes Rubio de Zocchi. Buenos Aires: Emecé, vol 3 (2001, p. 68).

[2][2] Ibid., vol 1. (1997), p. 373.

[3] La apuesta de la editorial parece más que promisoria. Además de este volumen han publicado una compilación de Víctor Juan Guillot, El vampiro y otros cuentos de horror y misterio (2016) y Tres nouvelles fantásticas argentina 1880-1920 (2014), con textos de Luis V. Varela, Entique E. Rivarola y Pedro Angelici.

[4] Soler Cañas, L.: “Dos ignorados precursores de la narrativa policial rioplatense”, in: Histonium, 210 (1956), 57–59. Aquí, Ferrán lista once historias detectivescas publicadas en La Vida Moderna. De ellas, el libro no incluye el relato “El ladrón invisible”, un hecho que parece muy justificado, pues muy posiblemente la historia no haya sido escrita por Vicente Rossi. Horacio Jorge Becco, un conocedor de la obra de Rossi, no menciona esta obra en su “Bibliografía de Vicente Rossi” (pp. 25–32), en Rossi, Vicente: Cosas de negros. Buenos Aires: Taurus, 2001, pp. 25–32. Además, esta historia, en contraste con las otras, no tiene lugar ni en Montevideo ni en Buenos Aires, sino en Londres, y tampoco está firmada por Wilson, sino por “Williamson”. Publicada en La Vida Moderna, el 13 de octubre de 1909 (3–5), apareció en el mismo número que “Mi primera pesquisa”, uno de los relatos de Rossi. A pesar de las similitudes de las firmas, no resulta fácil distinguir rasgos estilísticos comunes, ni coincidencias de la trama o en la conducción de la pesquisa; y el detective no es aquí William Wilson –tal como sucede en las los relatos de Wilson–, sino Cristóbal Race, “el detective motorista”.

[5] Extraño caso, al igual que el de Hammett, Rossi dejó de escribir tempranamente historias policiales, a pesar de que vivió hasta 1945.

[6] Cf. Setton, Román, Los orígenes de la narrativa policial en la Argentina. Recepción y transformación de modelos genéricos alemanes, franceses e ingleses. Madrir /Frankfurt am Main: Iberoamericana / Vervuert, 2012.

[7] Este es el lugar de publicación que figura en la portada de Casos policiales, a pesar de que el colofón indica que el libro fue publicado en Córdoba. Rossi, Vicente (bajo el pseudónimo de William Wilson), Casos policiales. Río de La Plata (Córdoba): Beltrán y Rossi Editores, 1912.

[8] Cf.: Setton, Román, “Die Anfänge der Detektivliteratur in Argentinien. Rezeption und Umgestaltung der deutschen, englischen und französischen Gattungsmuster”, en: HeLix. Heidelberger Beiträge zur romanischen Literaturwissenschaft 4 (2011), 102–125.

Sobre El Autor

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Román Setton es Doctor en Letras por la Universidad de Colonia (Alemania). Actualmente se desempeña como investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y como profesor de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad del Cine. Desde hace varios años, se dedica a la investigación del desarrollo del género policial en la Argentina. Ha publicado numerosos libros y artículos en revistas científicas. Sus últimos libros son Fuera de la ley: 20 cuentos policiales argentinos 1910-1940 (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2015) y Crimen y pesquisa. El género policial en la Argentina (1870-2015): literatura, cine, televisión, historieta y testimonio (Buenos Aires: Título, 2016), editado junto con Gerardo Pignatiello.

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