–Para mí sos una pobre mina que me estuve curtiendo. Alejate –se despachó el muy forro. Y yo ya había encontrado “nuestra” canción.

Admito que tal vez la parte romántica corrió sólo por mi cuenta. Como sea…La cosa es que con sus palabras me noqueó.

Cuando me recompuse del impacto, como la gallega de mi GPS, me puse en modo recalculando.

Fue una cachetada a mi visión naif del romance. Un golpe de realidad que desvaneció los hilos invisibles que fui tejiendo a su alrededor para justificarlo ante mi entendimiento, para embellecerlo.

Pero al fin lo entendí: él era eso que mostraba. No ocultaba una versión mejorada de sí mismo, ni sentimientos profundos hacia mí. Era eso, ni más ni menos.

“Ya está, no vale la pena angustiarme. Yo hice mi parte, lo demás no depende de mí”, intentaba autoconvencerme mientras me alejaba a paso apurado tratando de contener las lágrimas que se me escapaban.

No hubo caso: cuando llegué a mi casa, lloré como una condenada. Por eso y, ya que estaba, por todo. Repasé cada uno de mis fracasos hasta que las lágrimas se me gastaron. Después, ya más liviana, salí de la cama para tirarme en el sillón y ver el primer capítulo de Mad Men, que me habían recomendado.

De pasada me miré en el espejo: ¡Por dios, mi cara estaba desfigurada! Los párpados habían perdido su profundidad y casi no se diferenciaban. Parecía hermana del Rey León. Una vez un médico me explicó que me pasa eso porque tengo el tabique desviado y obstruye las fosas nasales… Bah, ya no me acuerdo bien cómo era… pero algo así.

Veía la serie cuando llamó mi amiga Ada para decirme que a la noche habría una fiesta, que ya había hablado con Mica y que teníamos que ir las tres. Le conté lo que pasó:

–Noooo… no te puedo creer, boluuuda. Que hijo de puta –dejó pasar unos segundos de silencio– Bueno, pero tenemos que ir igual. Para ahogar las penas… ¿no?

Le expliqué que el problema era mi cara, que estaba totalmente impresentable. Dijo que daleeee, que para la hora de la fiesta ya se me habría ido la hinchazón y que nos divertiríamos.

Quince minutos después estaba fregándome la cabeza bajo la ducha y pensando en qué me iba a poner.

—Boludaaaaaaa —dijeron a dúo tapándose la boca con las manos apenas me vieron entrar al departamento.

—Ay… ¿qué? ¿Se nota mucho? —pregunté algo afligida y tocándome la cara.

Se miraron. Mica respondió:

—Naaaa… un poco…pero se te va a ir yendo. Seguro que para la hora de la fiesta ya tenés la cara normal.

—Cualquier cosa decí que es una alergia —acotó Ada mientras me observaba con los ojos entrecerrados—. Pero… —con cara de asco se acercó un poco más—, ¿siempre se te pone así?

—Ya se le va a ir —interrumpió Mica—. Vení, acomodate —invitó, y destapó una cerveza.

Hablamos del amor, de lo que no vemos y de lo que somos capaces en pos de sostener una ilusión. Porque algunas veces la tentación es grande y entonces nos aferramos a una palabra y no oímos la frase, o a un gesto y desestimamos el movimiento entero. Confiamos en eso que “seguramente está” pero no se muestra, o en lo que queremos que sea. Pero en algún momento lo que construimos sobre el otro se cae y cuando lo vemos peladito, sin nada de lo que le habíamos puesto, lo desconocemos. Horror, decepción, desencanto.

Aunque poco a poco se fue atenuando, la cara de león me acompañó durante toda la noche, pero no me importó. Al fin y al cabo era lo que era: la marca de un cuerpo en pena. El llanto de la carne. El cierre de un triste episodio de mi vida que ya empezaba a formar parte de mi pasado y quedaría solo como un punto negro en el historial de mis recuerdos. Y, seguramente, con el paso del tiempo iría perdiendo intensidad hasta ser absorbido por el agujero negro del olvido.

En la fiesta pedimos mojitos, bailamos y brindamos por nosotras, para no engañarnos. Porque -nos consolamos- es mil veces mejor estar sola a tener que soportar a diario a un boludo rondando al lado. Aunque –acordamos por lo bajo- claro que no pasaría nada si sólo es por un rato.

Sobre El Autor

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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