Soy una medusa que se derrite en la silla. Pasaron quince minutos desde la última vez que miré el reloj. Recién en tres horas podré bajar las escaleras, atravesar la puerta del diario y encarar para casa.

Entonces giraré la llave de la puerta de mi departamento y al entrar encenderé solo la lámpara; pondré en el televisor un recital de Amy Winehouse. O mejor, de Zaz. Sí, Zaz. Me serviré media copa de vino blanco; cortaré cubitos de queso y los dispondré en un plato junto a un puñado de aceitunas verdes. Acomodaré todo en la mesa baja y hundiré mi lindo culo en el sillón. Podría tirarme un rato a mirar el techo, lo que dure un tema, o quizás dos.

Pero todavía tengo que soportar tres largas horas de trabajo. Y resistir con los ojos abiertos al murmullo del ambiente que llega como un rumor arrollador. Tres horas… Y después sí: sacar la cabeza y respirar.

Una vez alguien me dijo que aprendió a dormir con los ojos abiertos y que gracias a esa extraordinaria capacidad podía tomarse unas siestitas reparadoras en la oficina. Me pareció genial. Creo que debería enseñarse en las escuelas. El tiempo muerto –ese que transcurre a la espera del movimiento de las agujas del reloj- mata el alma y no se le parece al placer de no hacer nada.

Abro Facebook y miro la lista de contactos conectados. No me interesa chatear con nadie. Giro la ruedita del mouse para que desfilen las fotos que suben otros: una de mi mamá con sus amigas bajo la etiqueta “cena con las chicas”; Luciana y Mati suben imágenes del festejo del primer mes de casados, ella le hizo una chocotorta y él le dice que es la más rica que comió en su vida y que la ama, ella le devuelve corazones y le contesta que lo ama más, entre otras cosas empalagosas. Guácala, cuanta grasada. Sigo pasando. Yami y Fer celebran siete años de amistad en Facebook, “Cuántos momentos…”, dice Yami; se activa un video que en un minuto me enseña a pintar un cuadro con la imagen de un gato. Qué rápido y fácil, no sé cómo no se me ocurrió antes. Sigo. Foto de un anillo y mi ex ex ex ex anuncia su compromiso. ¿Eh? ¿Estaba de novio? ¿Con quién? ¿Por qué nadie me avisó y me tengo que enterar así, de sopetón, que va a ser feliz antes que yo?

Suena el teléfono y atiendo. Me reta un viejo.

—¡¡¡Acá nadie retira la basura, señorita!!! ¡¡De eso tiene que escribir usted!!

—Señ…

—¡¡¡Déjeme hablar, le digo!!! —interrumpe— Escuche y anote lo que le voy a decir. Usted está para eso. ¡Que venga un fotógrafo ahora. No se puede vivir así y acá nadie hace nada! ¡¿Entiende lo que le estoy diciendo, eh?! Porque somos gente grande nosotros. Así que eso. ¡Venga ahora! —Tuc. Corta sin dejar ninguna dato. El eco de su alarido queda retumbando en mi cabeza por unos segundos.

Sigo stalkeando a mi ex ex ex ex. Quiero averiguar si la novia es más linda que yo. No la encuentro. ¿Dónde estás futura mujer de mi ex? Da la cara maldita cobarde. Ex, no entiendo, ¿no la tenés en Facebook? ¿Acordaron independencia facebooquera? Selfie con un amigo de sombrero bajo la etiqueta “Día de campo”; otra con la familia reunida alrededor de una torta. Que arruinado está el hermano, él, en cambio, parece más joven, ¿Envejezco a los hombres? Otra foto con el amigo de sombrero, pero ya no lleva sombrero. Los abdominales de mi ex, hipermarcados, aparecen reflejados en un espejo de baño. Facebook podría proveer para «la gran fritanga». Foto con una mujer, dice que es la amiga así que no es la novia, supongo. Otra vez con el amigo sin sombrero, y otra, y otra, y otra. Facebook lo dice en su recuento: “En la mayoría de las publicaciones de 2016 aparece con … el amigo sin sombrero”. ¿¿¿Acaso mi ex es gay y se casa con él???

Me llaman. Una señora quiere sacar un aviso porque hace un año se murió el marido. La espero en la puerta y la hago pasar. Me dicta. Pide que lea en voz alta lo que anoté. Dice que va a agregar algo, pero después se arrepiente porque no quiere pagar más. Se queda pensando. Pregunta de cuánto suele ser la extensión de los avisos para los que llevan un año fallecidos. Quiere saber si alguien más publicó algo para su marido. Se larga a hablar. Dice que se conocieron en la adolescencia, que él era su vecino. Le dejo la cara con media sonrisa plantada y me voy.

Repaso la relación con mi ex ex ex ex y trato de encontrar indicios de su homosexualidad. Mmm… no, por ahí no. Prefería limarse las uñas antes que cortárselas con alicate. Sí, a full. Pero también le fascinaban las herramientas y siempre encontraba alguna cosa rota para reparar. En ese sentido era el ideal. Además, ver su torso desnudo con gotas de sudor bajando por sus músculos perfectamente marcados y trabados de hacer fuerza con la pinza o con la materia que en ese momento se le imponía le quedaba absolutamente sexy, y viril.

La señora saca un pañuelo de tela de su cartera. Se lo lleva al lagrimal.

—Bueno, ya está… —tiro a modo de consuelo y para ir cerrando—. El aviso le quedó muy bien —digo mientras junto los papeles de la mesa.

La señora me quiere mostrar una foto y me pide que mire una imagen en su celular. Un hombre de traje, flaco, aparece sentado en un sillón. Le sonríe a la cámara. “Ahí ya estaba mal”, dice la señora y amplía la imagen del parche que el enfermo lleva en el ojo hasta dejarla en primer plano, y me vuelve a acercar el celular. Me cuenta cómo fueron los últimos años del marido.

Mientras la señora habla, Juan, más atrás, desenvuelve un paquete de facturas. Algunos se acercan, agarran una y se quedan charlando alrededor. “Señora, no me va a quedar ninguna”, pienso pero no se le digo. Se calla. Espera que le diga algo, pero no sé de qué venía hablando.

—Y si… así es la vida… que le vamoahacer —tiro y me paro.

Por suerte se va. Vuelvo a mi lugar con factura en mano. Abro Facebook. Encuentro un chiste. Leo: “Quiero poner un anuncio por la muerte de mi suegra.

—Son $10 por palabra.

—Ponga “Murió Josefina”.

—Cobramos por cinco palabras como mínimo, o sea $50.

—Sólo quiero gastar $20.

—No se puede.

—Entonces ponga: ‘Murió Josefina. Vendo Toyota Corolla’”.

Suelto una risa fuerte. Marta, sentada enfrente, saca la cabeza por un costado de su monitor y me mira. Le leo el chiste. Sonríe y vuelve a desaparecer detrás de la pantalla. A mí me sigue causando gracia. Trato de contenerme pero la risa me presiona la boca para que la libere. Se me escapa escandalosa. Cierro Facebook para que desaparezca el chiste, pero la idea me persigue. Me rindo y me río. ‘Bueno, ya está’, me digo, pero no hay caso, sigo. Me río más. No puedo parar. Me río porque… quiero llorar.

Sobre El Autor

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas