Las imitaciones (2016) forma parte de una macronovela que Ramiro Sanchiz denomina como “proyecto Stahl”, la cual comenzó en el año 2009 con la publicación de Pérsefone y hasta el momento cuenta con doce libros que se vinculan entre sí a partir del personaje de Federico Stahl.

Esta nueva entrega es una ucronía en la que cada mundo posible es un “paisaje mental” de la obsesión que sufre la protagonista, Valeria Quintana, ante la misteriosa muerte del rockstar uruguayo Federico Stahl. Marcada por su música desde la infancia transforma el fanatismo en su profesión hasta convertirse en una especialista de su trayectoria musical que es tan extensa y multifacética como la de David Bowie. Por eso, la imposibilidad de Valeria para concebir su vida y un mundo sin Federico Stahl le sugiere que su muerte es una performance más del cantante.

Lo interesante es ver el proceso mental mediante el cual Valeria se convierte en un detective que en vez de emplear el poder de deducción utiliza su pulsión de deseo para interpretar cualquier señal como una confirmación de que Stahl está vivo. En su búsqueda se encontrará con testimonios extraños, drogas sintéticas, nuevas experiencias sexuales y supercomputadoras que alimentarán gradualmente su posibilidad de vivir en una realidad aumentada proyectada por su mente. El narrador acentúa este proceso con la construcción de un mundo que se desordena constantemente con la saturación de referencias musicales y literarias en clave, la inclusión de teorías científicas aleatorias, el desarrollo de los personajes secundarios y de las consecuencias de un contexto post-bomba que se torna confuso con la omnipresencia forzada de la figura de Federico Stahl. A su vez, el juego que se presenta con diferentes géneros literarios (el realismo psicológico, la novela policial, la ciencia ficción) le ofrece al lector la posibilidad de perderse en distintas interpretaciones que por momentos se acercan a la realidad propuesta por la protagonista y, por otros, se distancian.

15208062_10209932179393841_1914545627_n

¿Cuándo surgió la idea de escribir una macronovela y qué te motivó a embarcarte en ese proyecto?

No fue algo que se me ocurriera de la noche a la mañana. En 2004 me pareció que estaba en algo así como un callejón sin salida: tenía por un lado una gran fascinación por la poesía de Mallarmé (junto a la de los simbolistas franceses y la línea que va desde ellos y Jarry, Valéry y Saint John Perse hasta el surrealismo) y por otro mi amor de siempre por lo que podríamos llamar cierta literatura especulativa o imaginativa, en la que entrarían la ciencia ficción y la fantasía. En cuanto a lo último me pareció que no estaba produciendo nada de interés, y en cuanto a lo primero que era un poeta malísimo. De modo que pensé en darle un giro a la cuestión y escribir una novela fantástica sobre Mallarmé. La premisa era que si daba rienda suelta a mi obsesión de entonces y escribía sobre Mallarmé desde todos los registros que pudiera concebir, entonces tarde o temprano esa fijación se disolvería y yo encontraría otra cosa que hacer. Pero la idea no prosperó, o, mejor dicho, derivó en otra cosa: la autobiografía de un escritor tan obsesionado consigo mismo que sólo cediendo a la mayor de las autoindulgencias encuentra una manera de reconectarse con el mundo. Entonces me propuse escribir la autobiografía en varios tomos de un escritor megalómano, llena de datos enciclopédicos en plan vida y opiniones; ese personaje lo tomé prestado de un cuento que tenía escrito hacía unos años (un relato sobre el fin del mundo en que aparecía un poeta llamado Federico Stahl, y el nombre vino de mi lectura de El desarreglo de Lol V. Stein, la increíble novela de Marguerite Duras) y lo convertí en el autor de esa autobiografía ficticia. Llegué a escribir bastante, pero pronto decidí incorporar también la presunta “obra” de este escritor, bajo la forma de novelas que reescribían textos canónicos para adecuarlos al proyecto autobiográfico. Llegué a escribir una parodia muy estudiosa del Portrait de Joyce, que todavía conservo en mi disco duro, y cuando quise acordar cualquier cosa que escribiera podía encontrar su manera de incorporarse a este proyecto. Entonces decidí que no escribiría otra cosa que cuentos y novelas de (o sobre, o protagonizadas por) Federico Stahl. Desde esas coordenadas escribí tres novelas (Lineal, Perséfone y Vampiros porteños, sombras solitarias), en las que aparecían pequeños escapes hacia lo fantástico que complicaban la noción de una autobiografía digamos “real” y que no tenía ganas de presentar simplemente como textos escritos por Stahl, de modo que decidí ampliar el proyecto: escribiría sobre muchísimos Federicos Stahl, cada uno en su universo alternativo, todos ellos con sus puntos de divergencia y sus particularidades. Algunos terminaron siendo ucronías (como La vista desde el puente, La historia de la ciencia ficción uruguaya y Las imitaciones) y otros simplemente mundos paralelos (como Ficción para un imperio o El orden del mundo). Pero siempre queda la idea de que todo está conectado, que se ofrecen variantes, que de una novela pueden surgir otras tantas, y que todas son, en rigor, capítulos de un texto muy extenso y en proceso permanente de escritura; me gusta el término “macronovela”, de modo que termino diciendo que todos mis cuentos y novelas son capítulos de ese libro fragmentado.

¿Cómo es el proceso de escritura de la macronovela?, (por ejemplo: ¿escribís varios libros a la vez o uno por vez?, ¿cómo evolucionan?, etc.)

No tengo un método. Me gustaría ser más disciplinado (en el sentido Frippiano del término, supongo), pero en general opero según mi interés del momento o la idea que se me ocurra. Cada libro publicado de alguna manera postula los demás; por ejemplo, mi novela El gato y la entropía #12&35 tiene sesenta y cinco notas a pie de página, y me pareció en su momento que podía ser una buena idea tomar cada una de esas notas y expandirla a una novela corta, un cuento largo o un cuento, según me fuese posible. Todavía no he hecho gran cosa al respecto, más allá de anotar ideas, pero ahí está el proyecto y en estos días sistematicé un poco lo que podría ser el primer libro salido de esa idea. Me gusta que los libros escriban otros libros mientras yo miro para otro lado o me acomodo mejor en mi silla y me tomo un café; que se pueda zafar del sujeto romántico, de la expresión y ese tipo de cosas. Me aburre mucho todo eso, prefiero pensar en máquinas y procedimientos. A la vez, no suelo escribir más de un texto a la vez, salvo que en medio de la escritura de una novela se me ocurra un cuento y lo vea tan claramente que no pueda quedarme tranquilo hasta escribirlo. Me gusta, eso sí, estar escribiendo siempre. Me tomo como mucho tres o cuatro días de vacaciones cada vez que termino una novela.

Las imitaciones, como ucronía, propone mundos posibles que transcurren en la década de los ’90 en Montevideo y Buenos Aires. En la descripción de cada uno de ellos, el narrador deja entrever un conocimiento de época que le permite, a su vez, desparramar ciertos comentarios críticos sobre algunos espacios y su sociabilidad característica. ¿Cuál es el vínculo con cada ciudad y qué relación tiene con tu literatura?

Con Las imitaciones me interesó armar un narrador que fuera a la vez cercano a la omnisciencia y especialmente interesado en la protagonista; que le hablara, la criticara, la comprendiese hasta cierto punto. De ahí que algunos espacios por los que se mueve la protagonista generan una respuesta emocional o intelectual en el narrador. En cuanto a las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, supongo que aparecen siempre transfiguradas en los cuentos y novelas que escribo. No me interesa tratar de representarlas de modo convencionalmente fiel o lúcido porque ese tipo de realismo de la “fidelidad” (en escenarios, en el habla) me aburre; me importa más recrearlas y falsearlas, incluso hasta el punto de volverlas inverosímiles, como a lo mejor ocurre con las ciudades en la frontera que aparecen en Las imitaciones. De Buenos Aires sé poco y nada, pero de Montevideo, ciudad que evidentemente conozco más y mejor, me interesa eludir los lugares comunes de cierta narrativa, los escenarios más consabidos, digamos, como la Ciudad Vieja o el Centro, el Barrio Sur con su candombe o las esquinas consagradas en la cultura popular (como la de Durazno y Convención en la canción de Jaime Roos) y tomar como punto de partida otros barrios que me resultan más sugerentes: Capurro, el Prado, algunos tramos de la rambla.

Una gran parte de la novela coquetea con la ciencia ficción, aunque  por momentos se inhibe  con la aparición de argumentos vinculados a las drogas, el sueño o la locura. ¿Hubo un trabajo premeditado respecto al género? 

Yo diría que esas drogas son también de ciencia ficción o, al menos, que son notoriamente no-reales y que su desarrollo, su síntesis digamos, aparece presentada en relación a la ucronía y a asuntos que parecen muy ligados a la ciencia ficción. Del mismo modo que los viajes misteriosos –sueños, locura, alucinaciones, etc– que operan en la novela pueden tener un referente también de ciencia ficción, en tanto podrían estar producidos por la interacción de mi protagonista con una inteligencia artificial, cosa que la narración en sí deja bastante claro que pasa. Y eso es un tema de ciencia ficción. Pero, en todo caso, para mí el escenario ucrónico y la reescritura de la historia del pop ya aporta la cuota de ciencia ficción que necesito. Eso fue premeditado, pero otras tantas cosas fueron dándose sobre la marcha. Todo el asunto de la relación de mi protagonista con esa inteligencia artificial es una variación sobre el argumento de mis novelas Los viajes y Trashpunk, y fue algo que también me había propuesto de entrada, así como contar esa historia desde una suerte de imitación de Neuromante, con su conflicto entre las IA Wintermute y Neuromante. En algún momento temprano de la escritura me dieron ganas de imitar Neuromante, imitar La subasta del lote 49 e imitar Ubik, todo a la vez. Era de alguna manera necesario. Ahora, en la medida en que voy olvidando los procesos de escritura, lo veo como tocar un mashup en lugar de un cover convencional.

Estoy de acuerdo con que las drogas pueden ser el punto de encuentro con el género, sobre todo tratándose de una ucronía. Sin embargo cuando Valeria, la protagonista, intenta explicarse lo que le sucede a partir de los efectos de una droga, de la locura o de un sueño, no admite los argumentos relacionados con la ciencia ficción sino que, por el contrario, los neutraliza. Este coqueteo constante ofrece una clave de lectura que problematiza y le da una vuelta de tuerca a la categorización de la novela…

A Valeria la aterra pensar que ciertos asuntos puedan ser reales; por eso, cada vez que uno de esos asuntos se le aparece –y todos tienden a la idea de que su ídolo Federico Stahl está vivo, al contrario de la verdad “oficial” de su historia–, se esfuerza por buscar una hipótesis que lo reduzca a un delirio. Prefiere dudar de su salud mental que saberse una más en ese grupito de conspiranoicos que desprecia y que a la vez la fascinan. ¿De qué otro modo, además, podría explicarse las cosas que va viendo y no huir corriendo? O cree en todo a pies juntillas o trata de movilizar algún ímpetu crítico. Quizá debería escribir una variación de Las imitaciones en la que Valeria acepte todo eso que parece querer creer sin animarse y se convierta en otra teórica de las conspiraciones. Más allá de esto, me gusta que las caracterizaciones sean al menos un poco problemáticas, que dejen espacio para pensar las cosas de otro modo. La ciencia ficción que más me interesa, de hecho, es la que rechina en su clasificación de género; sobre todo porque me parece evidente que la ciencia ficción no puede reducirse a una serie de marcas de escritura; es cierto que esas marcas existen y que la mayoría de la ciencia ficción las aprovecha, pero la historia del género (y yo no sé si la CF es un género en el sentido en que lo es el policial, por ejemplo) está llena de libros que juegan con otras reglas, desde El arcoíris de la gravedad y Crash hasta M. John Harrison, Jonathan Lethem o el Rick Moody de The four fingers of death.

Al final del libro incluís una nota en la que intentás anticiparte a las posibles críticas hacia tu novela. ¿Por qué decidiste incluirla?

Primero, por costumbre. Me gusta incluir notas de agradecimiento al final de los libros y ahí termino siempre contando por qué o cómo escribí lo que escribí, y en esa declaración de intenciones siempre opera, asi sea de manera implícita, una reacción a una crítica posible, en plan no, eso no es un error, es deliberado. Segundo, por ansiedad. Pero es siempre un intento fallido, en última instancia, porque por más que te adelantes a dos o tres críticas posibles, vendrá una cuarta que será la que te agarre desprevenido. Y ahí es donde tenés que pelear, así sea contigo mismo y lo que te produjo que te señalaran fallas o errores. A veces se sale de ahí con ideas. O, a lo mejor, es todo un juego, o sea un combate. Dado lo que creo saber de mí, tiendo a creer que este tipo de enfoque es la actitud que me resulta más sana. No digo que deba funcionarle a otros.

También incluís una “entrevista presentada como ensayo” donde reconocés tus influencias literarias a partir de tus gustos como lector: “la santístima trinidad” conformada por Pynchon, Gibson, y Dick. Sin embargo, se percibe la presencia de algunos saberes generales provenientes de otras esferas no literarias, como la física cuántica y la música. ¿Dónde se originan esos gustos/influencias y cómo se conectan con la escritura?

Sobre la entrevista: eso pasó por una decisión editorial. Los editores de Décima quieren que sus libros incluyan material extra, como los documentales, los descartes y los remixes en una edición deluxe de un disco. En su momento, no recuerdo cuál de los editores, Candal o Pedernera, me mandó una serie de preguntas. Las contesté y a ellos les pareció que las respuestas quedaban mejor si eran presentadas libres de las preguntas, así que tomaron ese material y le dieron un formato más similar al de un ensayo. Puede quedar un poco arrogante cerrar una novela con una serie de pronunciamientos sobre la escritura y etcétera, pero a mí eso no me importa. De hecho, también puede verse como una manera de hacer algo parecido a un manifiesto. Mi personaje favorito de “El aleph”, por cierto, no es Borges sino su rival, Daneri.

Después, sobre la física cuántica y la música: son temas que me fascinan, junto a otros tantos. A veces me pongo a pensar en qué novela podría escribir sobre, por ejemplo, los ruidos subsónicos no identificados que han sido detectados en los océanos y que se supone tienen que ver con deshielos y icebergs. Sobre eso todavía no se me ocurrió nada, pero un día leí sobre la mancha de basura del Atlántico y después me puse a escribir El orden del mundo, donde hay una isla así en el giro oceánico del Atlántico Norte y resulta que es donde va a parar todo lo que se pierde en el planeta. Me aburren los escritores que solo hablan de literatura o de emociones.

En dicha entrevista-ensayo reflexionás en torno a la figura del lector y el escritor, ubicándote con distancia  de algunos estereotipos. ¿Cómo definirías, entonces, tu figura como escritor y cuál considerás que es el lector ideal para Las Imitaciones? 

Me gustan que las cosas se vuelvan siempre un poco más raras. Me interesan más los procedimientos que los resultados. Me gusta el azar. No me va la literatura como catarsis o como expresión de las emociones profundas de un sujeto. No me interesa la narrativa en la que la caracterización y las virtudes a la hora de “contar una historia” son centrales, ni me importa que haya por ahí algún gerundio o un adjetivo truculento. Posiblemente decir todo esto me convierte en otro lugar común de escritor, pero no me importa. En cuanto al lector ideal: me parece clarísimo que alguien que leyó otros libros míos (si le gustaron lo suficiente como para leer uno más, y otro, y otro) tendrá una relación diferente con Las imitaciones que quien la lea sin esas experiencias anteriores; del mismo modo, si te interesa la cibernética, la inteligencia artificial, la filosofía de la conciencia, la ciencia ficción y la historia del pop, en particular Dylan, Morrison y Bowie, entonces aunque llegues incluso a la conclusión de que soy un pésimo novelista, que no sé contar ni mi visita al dentista, dudo que la novela aun así no te ofrezca algo que pueda parecerte interesante o divertido. Supongo que alguien que esté dispuesto a leer otros libros míos y que a la vez le gusten los videojuegos, la ciencia, la ciencia ficción, la fantasía, la música de Eno, Fripp y Bowie y que cree que la apropiación, la reescritura, la autofagia y las variaciones son procedimientos válidos e interesantes, podría acercarse a ser ese lector ideal. Pero es lo mismo que decir que el lector ideal de Las imitaciones es alguien con los mismos gustos que yo, o que escribo las novelas para mí.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Abrir la barra de herramientas