Hace unos años, estaba por cruzar la calle cuando un automovilista, por motivos que desconozco, creyó oportuno insultarme. Sin mediar reflexión, me pareció que correspondía invitarlo a bajar del vehículo. Contra toda estadística, lo hizo. Cuando vi las luces de stop y la puerta abrirse, se me ocurrió pensar que la cosa no había salido todo lo bien que yo esperaba. Recordé esta experiencia mientras leía Lima: un sábado más, la segunda novela de Juan Carrá, porque me produjo las mismas sensaciones: primero resulta violenta, después uno cree poder jugar con sus mismas reglas y al final, la cosa se transforma hasta lo impensado.

lima

Lima cuenta la historia del boxeador cuyo nombre da título a la novela, un personaje que atraviesa las páginas sin que sepamos muy bien cuál es su motivación última. Arrastrado por los designios de una vida dura, nuestro protagonista avanza casi sin darse cuenta y es esa cierta liviandad en su existencia literaria lo que permite a Carrá desarrollar con contundencia los demás personajes: una madama que quiere ser madre, una prostituta renegada, un cura devenido en asesino a sueldo, una señora bien que se quiere pasar al otro bando, un barman que canta tangos como el mejor. Así, la historia se construye como un mosaico impredecible donde Carrá cuela escenas sublimes, todo narrado con magistral pericia y un ritmo propio de la mejor novela popular, con el predominio de capítulos breves y certeros.

La primera sensación al leer Lima es sentirse agredido por las palabras. Carrá crea un universo de marginalidad verbal: escribe como si masticara calle y escupiera asfalto. Hay un deseo claro de copular con sus personajes, de sembrar el esperma de una palabra bastarda –o bastardeada– para concebir una criatura que es representación pero que puede leerse como verdad. No se trata de que se intente emular el habla orillera en el circunspecto espacio del diálogo, sino que el propio narrador en tercera persona es quien se compromete con esa forma de decir, con la gestación de ese universo de engañosa oralidad.

Alejado de cierta impronta periodística que caracteriza Criminis causa, su primera novela, Carrá apunta a un trabajo definitivamente literario, de una subjetividad rabiosa que nos involucra desde la primera página, como si el autor comprendiera que la verosimilitud no está en la convalidación de ciertos espacios académicos, sino en la asimilación de una forma de gritar las palabras. En este sentido, Lima establece claras vinculaciones con espacios emblemáticos de la literatura argentina, desde la emulación del habla gaucha en el Martín Fierro, pasando por la violencia verbal de Osvaldo Lamborghini y por el trabajo casi entomológico del teatro discepoliano, lo que nos lleva necesariamente a la clarísima relación de esta novela con el tango, que no por nada atraviesa toda la historia.

Estimo que los personajes que pasean sus miserias por Lima valen sus buenos pesos, pero a lo largo de la novela se venden por muy poco: el deporte y el sexo forman parte del mercado en una historia donde todo se puede negociar. Así que los golpes y las cópulas son salvajes, crueles, violentos como si el ring, la calle y la cama fuesen espacio continuados de una misma contienda. Todo puede venderse y comprarse en esta historia, menos la redención y el perdón, como diría el Chivo, esa carta que Carrá se guarda para el final como para demostrarnos que siempre hay resto en las manos de un tahúr de la palabra.

Hay autores que se conforman con construir un solo universo, pero Carrá no es de esos: su historia se mueve en dos mundos distintos pero subsidiarios. Por un lado, el oscuro mundo del boxeo clandestino y por el otro, los avatares del Justin, un burdel de Buenos Aires. Comparten la impronta marginal y la presencia naturalizada de la corrupción como parte de las necesidades de la vida. La astucia de Lima está en hacer trascurrir la historia en el hueco de los dos ambientes, justo en la línea divisoria, lo que hace que en las secuencias claves del relato, los personajes parezcan fieras acorraladas, desesperadas y capaces de todo.

Cuando uno termina de leer Lima, comprende que la apuesta de Carrá no es la de convertir la agresividad en literatura, sino la mucho más profunda idea de urdir un universo y contarlo con su propio lenguaje, más o menos como si primero repartiera unos cuantos golpes y después nos invitara al Justin a tomar unas cervezas. No se puede despreciar una propuesta así, pero habrá que andar con cuidado: por ahí anda la Negra, y esa sí que no perdona.

En todo caso, es un riesgo que vale la pena asumir.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Ezequiel Dellutri

Escritor, conductor radial y profesor de Literatura especialista en géneros. Ha recibido distinciones en el ámbito de la literatura fantástica, género dentro del cual ha publicado las novelas Sobre la convergencia (Booklet) y Sobre los inmortales (UPV), además la miscelánea de horror Las tres brujas niñas (Saco de Huesos). Ha escrito dos libros de ensayo para adolescentes, ambos publicados por la editorial Verbo Vivo y publicado diversos artículos sobre literatura de género. Ha sido finalista en dos oportunidades del Premio Azabache de Novela Negra. Editorial Vestales publicó sus novelas Todo queda en familia, Nunca me faltes, Malaventuranzas y Alambre de Púas.

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