Aunque Stephen Dixon (Nueva York, 1936) es uno de los autores más prolíficos y talentosos de Estados Unidos, su visibilidad en la cartografía de la literatura internacional ha sido muy limitada y la difusión de su abundante obra narrativa, excesivamente discreta. En los últimos años, la editorial argentina Eterna Cadencia contribuyó con el valioso aporte de divulgar parte de la obra del norteamericano por primera vez en español.

Entre 2014 y 2016 se dieron a conocer dos volúmenes con una selección de cuentos publicados en inglés en las décadas del 70 al 90 –Calles y otros relatos y Ventanas y otros relatos–, y la novela Interestatal (escrita en 1995), con la que fue finalista del National Book Award por segunda vez en su carrera. Había obtenido el anterior con otra de sus novelas más renombradas: Frog (1991). Además, fue galardonado con prestigiosos premios de su país, entre ellos la beca Guggenheim, el O. Henry Award y el Pushcart Prize.

Si bien su padre deseaba que sus hijos siguieran su propia profesión como odontólogo, Stephen Dixon abandonó la carrera luego de dos años y, para distraerse con alguna actividad durante las noches, comenzó a escribir relatos. A modo de subsistencia, se mantuvo con una serie de empleos menores hasta que comenzó a ejercer como periodista para diversos medios, etapa en la que entrevistó a importantes personalidades políticas. Luego de casarse con una profesora de literatura rusa especializada en la obra de Anton Chéjov, Dixon asumió como profesor de escritura creativa en la John Hopkins University de Baltimore, puesto que ocuparía durante más de tres décadas. En esos años, no dejó de escribir ni un solo día, en su mayoría cuentos que publicó en revistas y novelas que, con cierta dificultad, consiguió publicar también en distintas editoriales.

Traducida al español por Ariel Dilon en una proeza artística, las casi 500 páginas de Interestatal giran alrededor de un incidente en la autopista de una ciudad norteamericana. El narrador, al volante de un auto en el que viajan también sus dos hijas pequeñas, se siente amenazado por otro conductor y su acompañante que, aparentemente, primero se burlan de él para luego comenzar a perseguirlo y dispararle con un arma, lo que derivará en un horrible accidente. El protagonista enloquecerá tratando de analizar cómo deberían haber ocurrido las cosas o qué podría haber hecho diferente para que no terminaran como lo hicieron, elucubraciones que van construyendo la novela siempre alrededor de ese único incidente pero a partir de diversos enfoques en un in crescendo de intensidad demencial. Cada capítulo es un nuevo intento por rebobinar la escena desde un ángulo diferente, lo que supone, por un lado, variaciones formales en la escritura. Por otro, es la excusa para internarse en lo más íntimo de la psicología del personaje al seguir cada una de los diálogos que mantiene consigo mismo, en un fluir de conciencia que alcanza una profundidad alucinada.

Ya en los relatos cortos de Calles y Ventanas, queda claro que esos dos son acaso los recursos centrales de su estilo: la escritura como un ejercicio que deja entrever el artificio de la obra, y la lente colocada en lo más hondo de la psiquis humana, en el discurrir interior de sus personajes. Los episodios casi siempre nacen de algún hecho que despierta las paranoias (anticipación a los miedos, suposiciones, fantasías ridículas) o se originan en el análisis posterior de los acontecimientos (una loca obsesión por el “hubiera”). Es decir que la mente de sus protagonistas suele estar extrañamente enredada en un pensamiento ensimismado, lo que a su vez los lleva a contradecirse, con frecuencia titubear o arrepentirse, desdecirse, autocorregirse y volver a contar.

El humor del absurdo y del grotesco tiñen todos los acontecimientos por muy trágicos que puedan a priori parecer. Así, una serie de peleas inexplicables entre desconocidos en la calle que termina con varias muertes; un hombre que se revela contra la muerte de su mujer y, para olvidarla, se va desnudando de sus prendas íntimas en el colectivo; un hombre que juega a disparar balas con sus dedos hasta que, sin querer, le apunta a su esposa; otro que, mientras se resiste a que le amputen la pierna y planea suicidarse, escucha las conversaciones de todos los que pasan por su habitación en el hospital; un suicida cuya bala y cuyas cartas de despedida repercuten en la vida cotidiana de toda una manzana; un hombre muy enamorado que enloquece frente al balcón de su amada, y otro que se imagina todas las formas en que pudo haber salvado a un niño que caía desde un piso alto, son sólo algunos de los disparatados casos que desfilan en sus páginas.

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 DIXON DIXIT

¿Por qué cree que suelen referirse a usted como a un escritor de escritores?

Supongo que me llaman un “writer´s writer” porque escribo lo que tengo ganas; no lo hago con el fin de gustarle a las editoriales, los medios o los agentes. Escribo para mí mismo en primer lugar, y luego para los lectores. Publico mucho, pero publicar nunca fue un objetivo primordial en mi caso.

También es habitual decir que usted es un autor muy productivo, un grafómano.

Mi única necesidad real ha sido continuar escribiendo siempre, no sé estar de otra forma. En sesenta años escribí cerca de seiscientos cuentos cortos y dieciocho novelas. Normalmente, al día siguiente de terminar un relato, empiezo otro. Las ideas surgen de algún episodio que veo o de mi mente. Si, al comenzarlo, siento que puede derivar en una historia, continúo, si no, al día siguiente inicio otro. Termino una página por día, sobre la que trabajo horas hasta sentir que ya no puedo mejorarla más; termino unas trescientas páginas al año. Todas mis páginas lucen igual siempre: veinticuatro líneas la página, diez a doce palabras por línea, soy muy esquemático en ese sentido.

En su obra, lo trágico y lo cómico conviven de un modo muy natural, como en la vida y como no es habitual en otros autores. Lo absurdo, lo grotesco y lo irracional fluyen juntos.

En el inicio nunca sé si va a ser una historia breve o larga, si va a adoptar un tono humorístico o trágico, o cuál será el tema central. No sé nada. Todo se define sobre la marcha. Lo que siempre sé es que tratará sobre alguna cuestión emocional: las emociones, sobre todo el amor en sus diversas manifestaciones, son el tema central de mi ficción. Últimamente he comenzado a incluir el tema de la vejez.

Y el miedo. Pareciera que usted escribe para anticiparse a cualquier circunstancia dolorosa, a la fantasía de que algo pudiera ser desolador si sucediera.

Es cierto, muchas de mis historias se anticipan a la posibilidad del dolor. Mi obra trata sobre la intensidad, mi escritura es intensa, los libros que me gusta leer también lo son. Mis miedos y mis emociones se filtran en la escritura. He sido un padre protector y ansioso, aunque mis hijas ya tienen treinta y treinta y tres años. Me preocupo por mis seres queridos, incluso por mi gato. Pero nunca temo por mí mismo.

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En ese sentido, los niños ocupan un lugar importante en los cuentos y son, desde luego, protagónicos en Interestatal. La relación entre padre e hijos siempre aparece retratada con afecto, responsabilidad, se nota que es un rol sentido.

Sí, la presencia de los chicos o de los hijos es muy fuerte en mi escritura. Los días más memorables de mi vida fueron los de los nacimientos de mis dos hijas y el día en que me casé con mi esposa Anne Frydman. Son todo para mí y esas relaciones aparecen en los personajes de mis historias.

Su esposa fue profesora de literatura, especialista en Chéjov. Además de sus cuentos, suele mencionarse a Kafka, Bernhard y Beckett como autores a los que usted ha leído particularmente y con los que tiene afinidad. También hay algo –el disparate combinado con el juego formal– que lo emparenta con los autores de la patafísica o el Oulipo, como Queneau o Perec.

No tengo afinidad con esas corrientes en particular, sólo he leído parcialmente las obras de Perec o Queneau. Escribo, eso es todo. No tengo influencias. Al haber dictado clases de escritura creativa, he leído a muchos autores, pero no siento que nada de eso haya influido en mí, ni las obras ajenas ni mi actividad como profesor de la materia.

¿Y autores norteamericanos que le interesen?

No me han interesado y hay muchos de ellos que no me atraen. Rara vez leo a mis contemporáneos. Un autor tiene que ser realmente bueno y original para que continúe con la lectura. Ahora mismo ese autor es Roberto Bolaño. Durante los últimos diez años ha sido Thomas Bernhard. No he encontrado otros autores como ellos, ningún otro con quienes equipararlos. Quizás Gabriel García Márquez, un poco más, con sus cuentos cortos y nouvelles.

También suele compararse su estilo con el de Woody Allen.

Hay similitudes entre mis temas y las películas de Woody Allen, es verdad, en el tratamiento del humor, las preguntas existenciales planteadas de un modo inusual, cómico, personajes intelectuales y judíos que hablan mucho, pero hasta ahí. Él, me parece, es liviano; yo intento bucear un poco más, probablemente también porque la escritura lo permite más que el cine. Además, él sabe que, como necesita el apoyo financiero de otros para la producción de sus historias, tienen que ser exitosas, atractivas para mucha gente. Mi obra no requiere eso y ahí ya empiezan las diferencias.

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Sus personajes masculinos, además de ser en general intelectuales y judíos, a menudo se muestran inseguros o fracasados. En cambio las mujeres encarnan el lugar del poder, son las que abandonan al protagonista por otro hombre sin un asomo de culpa, siempre.

Escribo sobre mujeres seguras, tal vez es porque así han sido en mi vida y así las veo. En cambio es verdad que los hombres suelen aparecer más inseguros, débiles, dudosos. Quizá basado un poco en mi personalidad. Por otro lado, escribir sobre el fracaso es más interesante que hacerlo sobre el éxito.

Hace pocas descripciones físicas de personas y lugares pero cada una de sus escenas está llena de acción que nunca se detiene y resulta muy fílmica. El lenguaje es tan protagónico que, a menudo, funciona como el motor de la acción.

Ciertamente, describo poco los aspectos físicos porque ralentiza el avance de la trama. Las historias ideales en mi caso suceden entre dos personas que están hablando; normalmente un hombre enamorado y una mujer que no sabe si lo corresponde con el mismo amor. También hay muchas cosas que suceden dentro de la memoria: un hombre que recuerda cómo recordó lo que había recordado, etc. Sucede porque eso que parece todo interior (adentro de la psiquis) es, al mismo tiempo, exterior para mí.

Si bien, en sus inicios, trabajó como periodista en periódicos y en radio, entrevistando a figuras como John F. Kennedy, Richard Nixon y Kruschev, en su ficción no suele abordar temas políticos o sociales. Se concentra en lo íntimo, lo doméstico, lo individual.

No escribo sobre grandes temas, eso es para los escritores exitosos o escritores que quieren ser exitosos, masivos. Pero no es para mí. Escribo sobre lo que piensa un hombre despierto y lo que sueña dormido. Me interesa escribir sobre las pequeñas cosas, los gestos mínimos, lo cotidiano, sobre nuestra forma de hablar, sentir y relacionarnos. Me importan las cuestiones políticas, pero nunca escribiría sobre ello.

¿Y por qué escribe?

Mi padre esperaba que mis hermanos y yo siguiéramos los estudios en odontología como él. Pero no me interesaba. Una noche me senté a escribir en la máquina y, sin darme cuenta, escribí una historia. No podía parar, estuve escribiendo durante horas. Al día siguiente, a la noche, volví a sentarme con la idea de reincidir y escribí otra y otra y luego otras más. Nunca paré. De todas formas, no sé muy bien por qué alguna vez empecé a escribir o por qué lo hago. Siento que si lo supiera y pudiera responderlo, tal vez dejaría de escribir, y no quiero.

 

 

Sobre El Autor

Mariana Sández (1973) es escritora, editora y gestora cultural. Licenciada en Letras, realizó estudios en Literatura Inglesa (Manchester) y la maestría de Teoría Literaria y Literaturas Comparadas, con especialidad en literatura y cine (Barcelona). Ha coordinado y desarrolla diversos programas literarios para instituciones de Buenos Aires como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo Latinoamericano (Malba), el Festival de Literatura (Filba), la Feria del Libro y Villa Ocampo, entre otras. Participa en proyectos editoriales de artes visuales y colabora como crítica literaria en distintos medios. Publicó el libro de relatos Algunas familias normales (Zona Borde, 2016) y el libro de entrevistas y ensayos El cine de Manuel. Un recorrido sobre la obra de Manuel Antín (Capital Intelectual, 2010). Algunos de sus cuentos obtuvieron premios en Argentina y en España.

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