—Tengo a alguien para presentarte —dice mi amiga mientras pincha una papa frita con crema y panceta del bowls que la moza dejó en nuestra mesa—. Es un amigo de Pedro, también arquitecto… Se está haciendo una casa que no sabés… —toma un sorbo de cerveza—…de revista… Es muy copado, te va a encantar. Ahora estaba medio bajón porque la novia lo dejó.

—Uhhh…si está depresivo, mejor no…Paso.

—No, no, está así como vos…

Me quedo pensando: ¿Eso es bueno? ¿Quiero conocer a alguien que está como yo? ¿Cómo estoy yo?

—Digo, así… conociendo gente —agrega.

Me quedo conforme con su aclaración. Me gusta esa categoría. Estado: conociendo… Sonrío.

—Ahí está, mirá —señala a un rubio en la puerta del bar que está como buscando a alguien.

—¿Le dijiste que venga? —me alarmo.

—Naaa… tranqui, tranqui, vive acá a la vuelta —alza el brazo y comienza a hacerle seña.

Miro el espantoso rosa chicle de mis uñas, y encima saltado. Además hoy hizo un calor primaveral y anduve, emponchada, a las corridas por la calle. No tengo olor a transpiración, pero casi.

—Boluda, era una cerveza después del laburo. Mirá mi pinta, no estoy como para conocer a alguien…

—No pasa nada… estás diosa. Relajá —dice sonriendo al rubio que ahora la vio y avanza sorteando mesas.

Con mi miopía no alcanzo a distinguir bien la cara pero parece lindo. De look canchero y sencillo. Se acerca. Sonríe. Saluda. Ay… la puta… me encanta.

Estamos en una mesa para dos, no entra. Pretendemos agregar una silla pero la moza no nos deja. No hay más lugares disponibles en el bar. Insiste en que no pasa nada, en que andaba por la zona y sólo pasó a saludar. Se queda hablando un ratito de parado y después se va.

Día siguiente.

Me manda una invitación a Facebook. Me pongo contenta. Lo agrego.

En su muro tiene fotos de perros. Oh, oh… “Nada, no quiere decir nada. Tal vez sea solo eso”, me autoconvenzo.

Saluda por Facebook. Chateamos. Hablamos unas pavadas y cuenta que en unas horas tiene que pasar a buscar al perro de un amigo que se va de vacaciones y se lo deja para que lo cuide. Dice que le encantan los perros.

“Bueno, eso no lo convierte en un fanático. Pueden gustarle con moderación, como a mí”, pienso. Estoy buscando algo para decir, pero me gana de mano:

—Mirá — y me manda una foto de Toby: un lanudo negro echado en el piso.

“Esto ya lo viví”, pienso. Me acuerdo de mi ex y de mi tercer puesto. “Aunque tal vez sólo intenta parecer sensible…No tengo que adelantarme”, me digo.

Cambio de tema y seguimos hablando. Al ratito vuelve sobre lo mismo: me cuenta que está triste porque hace unos meses se le murió su perro. (Pobre, lo dejan y se le muere la mascota. Este pibe está mufado). Me pregunta si yo tengo alguno. Estoy por escribir ni mascotas ni plantas, pero me reprimo, no quiero parecer una desalmada.

Quince días de puro chat.

No me dice de salir, ni de vernos ni nada. Me está hartando…

Es sábado, nueve de la noche. Estamos hablando desde el mediodía, aunque espaciado. Pienso que hoy sí me va a invitar a salir y por eso me empezó a escribir desde temprano. Todavía nada… tal vez no se anima… decido ayudarlo:

—¿Y haces algo hoy?

—Nooooo. Estoy buscando una peli, para ver con Toby —después de la frase manda una foto del perro, ahora echado en un sillón—. ¿Vos?

—No tengo planes —tiro, como para que me invite.

—¿Y mañana trabajás? —pregunta.

Me ilusiono con que entonces me va a invitar al día siguiente, pero la conversación se va por las ramas. Otra vez estamos lejos de encontrarnos. Otra vez nada.

Después de compararlo con mi ex no menos de cuatro veces, de repente… pienso en su ex. Y siento, de alguna manera, que tengo una amiga en algún lado del mundo. Una nueva. Algo más potencial que lo potencial de esperar una salida con el cuidador de perros.

 

Sobre El Autor

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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