El arte que le imprime belleza a la tragedia, que despierta conciencias, que denuncia injusticias.

La fuerza que cobra el arte cuando se hace eco de un grito sagrado que sale de las tripas.

Tres artistas del Renacimiento; tiempos en los que las ideas de Lutero y Calvino dieron lugar a una serie de movimientos populares en Europa; una grieta entre el norte y el sur del viejo continente.

Artistas protestantes, haciendo cada uno lo suyo en tiempos de más sombras que luces.

Y el nuevo mundo, recién invadido, se evidencia sorprendido frente al otro, que se advierte despiadado. “…Cada día estaba pendiente de lo que acontecía en ese lejano mundo, extraño e inmedible, atravesado por la avidez y el crimen, que España y Portugal habían descubierto y querían repartirse bajo la bendición del papa”. Las expediciones detrás de las riquezas.

La idea de radicar una colonia de protestantes en las Tierras Floridas.

Españoles, franceses, ingleses, portugueses, y más, todos empeñados en manotear la riqueza ajena.

Escenarios de espanto que dan cuenta de la historia de la humanidad, de esta arraigada cultura del sometimiento, del canibalismo extendido en todos los sentidos.

Un registro que acumula informes, relatos, dibujos y pinturas; se trata de captar y transmitir, de esta manera, cuanto sucede durante la travesía.

Pablo Montoya rescata a Jacques Le Moyne, a Francois Dubois y a Théodore de Bry, para hacerlos protagonistas de esta novela histórica que hace pié en el siglo XVI, que hace memoria y hace ruido. Como bien dice el poeta (Francisco L. Bernárdez), “…lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”- en este caso, de los muertos por la ambición, por el fanatismo y la demencia de pretendidos solados de un Cristo mal representado -.

Conquistadores y verdugos. Fuego, muerte, y más fuegos y más muertes.

Persecuciones y crímenes en las guerras religiosas. Crímenes de Estado.

Recordemos que los postulados que resultan del Concilio de Trento, promediando aquel siglo, eso que se traduce en las bases que impone la Iglesia de Roma, genera cierto descontento en Francia; así se origina una nueva corriente religiosa que adhiere a los preceptos protestantes y, también así, llegamos años más tarde a la Matanza de San Bartolomé – los católicos parisinos, haciendo suyo el deseo de Carlos IX, llevan adelante el plan de exterminio contra los hugonotes del lugar -.

“Los asesinatos se hicieron más frecuentes, las campanas de las iglesias redoblaron con intensidad, los más devotos entraron en convulsiones, las mujeres se desmayaban atravesadas de éxtasis, los enfermos empezaron a curarse, los poetas mojaron sus plumas para escribir sonetos y tragedias que conmemoraban la victoria católica. Todos creyeron, finalmente, que Francia reverdecía por el aniquilamiento de los míos. Era como si Dios hubiera aprobado, con estas manifestaciones fehacientes, la hecatombe”.

Aquella noche trágica, de agosto de 1572, quedó inmortalizada por obra y gracia de la historia del arte. Y hechos de igual gravedad, y mayores atrocidades, registra el diario íntimo del conquistador que desembarca con armas mucho más poderosas que la flecha envenenada.

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¿Cuándo y cómo aparece la idea de trabajar sobre este punto de encuentro que proponés entre Le Moyne, Dubois y de Bry?

 A estos dos pintores los descubrí en la década del 90 cuando hacía mis estudios de doctorado en literatura en París. En principio, quise dedicarles un cuento a las aventuras de Le Moyne en La Florida, pero desistí de esa idea. La abandoné porque no tenía tiempo ni el suficiente talento para hacerlo. Mientras que a De Bry y a Bartolomé de las Casas les dediqué a cada uno una pequeña prosa poética que incluí en mi libro Viajeros (1999). Te cuento esto porque esas dos prosas, cada una de media página, son el origen del proyecto que años más tarde emprenderé y que terminará en la escritura de la novela Tríptico de la infamia (2014). Además de esta atracción por los viajeros de la historia, surgió mi interés por lo visual. Y lo visual en mis libros está fundado en la imagen fotográfica y pictórica. Es decir, en el poder que ejerce la fotografía y la pintura en mi escritura. Ahora bien, frente a la pintura escribí un libro llamado Trazos, que es como un hermano de Viajeros. Trazos (2006) es una galería de mis pintores queridos, y allí está François Dubois que, junto a Le Moyne y De Bry, ocupa un lugar preponderante en Tríptico de la infamia. Digamos entonces que a estos pintores los encuentro hacia 1995 y mi conocimiento de ellos se va ampliando en la medida en que voy acercándome al viaje, la pintura, la historia y la violencia y voy nutriendo mi obra de estas temáticas. Tríptico de la infamia, que es mi cuarta novela y mi libro número 20, no es más que la madurez literaria de esas preocupaciones, comparatistas o intertextuales, que tuve cuando empecé a escribir mis primeros libros.   

Si mal no recuerdo, fue el profesor Orlando Van Bredam quien habría expresado que, “el arte ejemplifica lo que la filosofía generaliza”; ¿podemos coincidir con él?

El arte además de ejemplificar, ilustra, enseña, clarifica y oscurece; pero también dignifica, honra, protege, vitaliza nuestro paso por la vida. Fui estudiante de filosofía y letras y desde entonces opté por la literatura. Pero lo hice porque en la escritura literaria he encontrado un espacio de creatividad que no he podido hallar en la filosofía. Pero hay momentos en que las dos se unen y entonces pondero su abrazo: Platón, Séneca, Marco Aurelio, Montaigne, Pessoa, Camus, Borges, entre otros.

La novela histórica, para alcanzar sus objetivos, admite la inclusión de ciertos hechos y personajes que emparentan más con la ficción que con el rigor que se le “exige” al historiador; ¿qué podrías decirnos de ello con relación a Tríptico de la infamia?

Las cuatro novelas que he publicado hasta hoy (La sed del ojo (2004), Lejos de Roma (2008), Los derrotados (2012) y Tríptico de la infamia) están ancladas en bases históricas. Sobre el tema he escrito bastante y creo entender que una novela histórica es ante todo una novela y, por lo tanto, un ámbito literario donde lo que debe predominar es el aspecto ficcional. A las novelas históricas no hay que perdirles verdades históricas sino verosimilitudes literarias.  Lo que pasa es que, o al menos es lo que sucede en mi caso, uno se atiborra de ciertos elementos históricos dados por una supuesta investigación solo para provocar con mayor contundencia el famoso pacto con el lector. Yo le hago creer al lector que lo que está leyendo es serio, es decir, que está afianzado en conocimientos profundos y rigurosos sobre la temática histórica que trato (El segundo imperio francés en La sed del ojo, La Roma antigua en Lejos de Roma, las guerras de independencia en Colombia en Los derrotados y las guerras de religión y la conquista de América en Tríptico de la infamia), pero los asuntos primordiales de la novela tienen que ver con la imaginación literaria. Es en ese terreno donde el escritor debe jugársela todo por el todo.

La novela ofrece descripciones y detalles que, en algún punto, estarían dando lugar a la idea de un tiempo previo a la escritura; posiblemente un demorarse justificado en función de algún proceso de investigación. De ser así, ¿podrías hablarnos de ello?

Demoré muchos años proveyéndome de la información que requería para sentarme a escribir Tríptico de la infamia. Desde 1995 hasta 2012 que fue el año en que hice una primera versión de la novela en El Retiro, un pequeño municipio de Antioquia. Durante esos años leí libros sobre la Europa del siglo XVI, sobre las guerras de religión, particularmente las que se dieron en Francia, sobre el descubrimiento y la conquista de América. Leí sobre la historia de la pintura y me concentré sobre todo en el Renacimiento flamenco. Leí sobre los pintores que trabajo, que son pintores menores y sobre los cuales no hay mucha información; y la que hay que hay es de carácter exclusivamente académica. Pero esos trabajos, que pertenecen a investigadores franceses, ingleses y alemanes, me sirivieron demasiado. Leí, igualmente, relatos y novelas históricas sobre el siglo XVI que me estimularon en mi tarea de escribir sobre esa misma época. Leí a Alexandre Dumas, a Prosper Merimée, a Alejo Carpentier, a Marguerite Yourcenar, a Miguel Delibes, a Manuel Mujica Lainez, a Arturo Uslar Pietri, a Napoleón Baccino Ponce de León, a Juan José Saer, a Abel Posse, a William Ospina, entre otros. Y, apasionante e inolvidable proceso de escritura, viajé por Europa y visité muchos museos. Recuerdo cuando fui a Lieja, a Lausanne, a Fráncfort (allí me radiqué tres meses en 2013 para seguir las huellas inasibles de Théodore de Bry y terminar la novela). Pasé de nuevo por París (allí viví 11 años) y volví a recorrer las viejas calles de la ciudad de François Dubois, que es el París de la Masacre de San Bartolomé. Pero toda esa investigación libresca y existencial, a la hora de sentarme a escribir, la pasé por el filtro de la imaginación literaria. 

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Bartolomé de las Casas: una figura histórica que muchos admiran y otros se reservan la opinión. Posiblemente despierte suspicacias por su origen y por esa primera etapa que lo envuelve en un inevitable conflicto de intereses, por su condición de encomendado español. Pero termina siendo un apologista de los indígenas y el protector universal de sus comunidades. Me gustaría conocer tu opinión sobre el desempeño de este doctrinero, hombre de la Iglesia, que acompañó la colonización con sus denuncias y sermones.

Para mí es el gran personaje, al menos en el sentido ético, y en el sentido de lo que hoy llamamos respeto por el otro, del descubrimiento y la conquista de América. Si no fuera por hombres de su talla, España y su imperio renacentista estarían empantanados de escoria hasta la coronilla. Su transformación humana es paradigmática. Pasa de ser un feroz encomendero a defender los derechos humanos de los indígenas, se vuelve monje y estudia teología porque sabe que su defensa para ser escuchada debe pasar por los recintos universitarios y las cortes reales de su época, viaja no sé cuántas veces de España a América para intentar lo que nunca logró del todo: amansar la crueldad de la conquista, hacerla más dulce desde la práctica de un humanismo cristiano que habría de sembrar las bases de la antropología, de la sociología, de la teología de la liberación, de los estudios culturales de hogaño. Bartolomé de las Casas es la luz que brilla, desde el punto de vista moral y también desde el punto de vista de la curiosidad intelectual que nos despierta el otro, entre esa caterva de fascinerosos que desembarcaron en América para acabar con las sofisticadas, inteligentes, sensibles y hermosísimas culturas amerindias. En Tríptico de la infamia hay páginas dedicadas a él y uno de los capítulos más intensos de la novela, el que trata sobre el exterminio indígena, es una glosa de su Brevísima destrucción de las Indias realizada desde los grabados que hizo De Bry.    

La novela apela a la memoria pero, además, ¿reedita la denuncia contra Europa por el exterminio indígena?

Desde que era adolescente guardo una gran simpatía por el mundo indígena. Cuando era estudiante de bachillerato descubrí la novela indigenista (José María Arguedas, Ciro Alegría, Jorge Icaza, Alcides Arguedas) y me llené de solidaridad hacia esos seres humanos que han sido sistemáticamente maltratados desde que Europa llegó a este continente. Pero en ese entonces (década del 70) en Colombia las luchas indígenas estaban politizadas hasta el marasmo y la caricatura. Las guerrillas comunistas quisieron cooptarlas y el mensaje de la resistencia indígena se enturbió. Ahora en nuestro país pasa algo muy diferente con respecto al indígena: estamos acercándonos a una faceta que me parece más genuina, es decir, a su pensamiento ancestral, a su ejemplar visión ecológica del planeta, a sus plantas medicinales, a sus lenguas y a su patrimonio oral, a su espiritualidad que está atravesada de una honda sabiduría, a su sentido de la fraternidad y la solidaridad humanas. Esa simpatía y esa compasión que siento hacia el mundo indígena ha madurado con el tiempo y están en la base, sin duda, de la escritura de Tríptico de la infamia. Por otra parte, debo decirte que mi novela apela a la memoria de las víctimas de las guerras de religión y de la conquista de América y, en esta dirección, va en contravía de ese montón de novelas históricas que celebran el encuentro entre América y Europa desde perspectivas épicas y completamente prohispanistas. Mi propósito está en las antípodas de esas miradas celebratorias. Yo creo, y hasta ahora ningún discurso histórico o literario o religioso o nacionalista, me ha convencido de lo contrario, que la conquista americana está enraízada en el crimen. Tríptico de la infamia expresa esa certeza sin vacilación.

¿El arte, como tal, tiene el don de poder imprimirle belleza a la violencia?

La violencia siempre es terrible y deberíamos de separla definitivemente. Pero está a toda hora circundándonos. No nos quita de encima su mirada y arroja sobre nosotros su hálito descompuesto. Ahora que respondo esta pregunta, multitudes de desarrapados huyen de Alepo, que es donde se concentra ahora nuestro descomunal equívoco. La humanidad no aprende la lección. No le bastan todas las guerras que ha tenido. No ha sido suficiente con las guerras egipcias y mesopotámicas, ni con las griegas y romanas, ni con las del medievo y el renacimiento, ni con las guerras napoleónicas, ni con las guerras independistas, ni con las mundiales, ni con Vietnam y Ruanda. Seguimos despojando, ahora en Siria, bajo cuartadas económicas, geopolíticas y religiosas, a la pobre y desamparada criatura humana. Esa violencia como puede ser bella. Jamás lo será. No creo en esa posibilidad, la rechazo con todas mis fuerzas. La belleza es otra cosa. La belleza está del lado del bien y no del mal. Lo que pasa es que, para acceder al lado claro de nuestra condición, es menester conocer su densa turbiedad. Así estamos hechos defintivamente. Somos el ángel y el demonio. Pero cuando he dicho que Tríptico de la infamia es una novela del horror y la belleza, me estoy refiriendo a que la parte de la belleza que le corresponde es la que tiene que ver con la búsqueda de ella en el aprendizaje del arte y del amor y del conocimiento del otro. Lo que pasa es que el aprendizaje artístico de mis tres pintores se ve zarandeado por las grandes turbuencias sociales del siglo XVI.

Hablemos del aspecto estético de estas culturas atacadas; del uso de los colores, por ejemplo.

En Tríptico de la infamia se aboga por esa posibilidad estética. Mientras sus demás compañeros están haciendo la guerra contra los españoles o los indígenas, Le Moyne, que es pintor y ha venido a América a pintar, se sumerge en el mundo de los colores empleados por los indios timucuas cuando se dedican a tatuarse. Y se pregunta a toda hora cuál es la relación que podría haber entre el arte renacentista europeo y el arte indígena de América. Evidentemente, esta primera parte de la novela vislumbra en la práctica del tatuaje de esta pequeña comunidad indígena de La Florida, y que habría de desaparecer con rapidez por los efectos de la conquista, una estética tan profunda y diferente a la occidental que Le Moyne no logra comprender, no tiene capacidad para hacerlo por lo demás, del todo sus misterios. Pero lo que sí es cierto es que se maravilla ante la paleta indígena, ante las múltiples representaciones de los motivos pictóricos de esos hombres que él se niega a reconocer como inferiores a los hombres europeos.

Los tatuajes de los nativos, ¿qué paralelos podríamos establecer con  los que se hacen, cada vez más, en la actualidad?, ¿son comparables?

Los tatuajes de ahora están, en su mayor parte, ligados a la sociedad de consumo o a modas alternativas carentes de un discurso estremecedor. Leí mucho sobre los tatuajes de la actualidad para escribir Tríptico de la infamia, pero preferí utilizar las intepretaciones que da la antropología estructural sobre las pinturas corporales indígenas. Me atrajeron, en particular, las que ofrece Lévi-Strauss en Tristes Trópicos sobre algunas comunidades indígenas del Brasil que se tatúan y consideran esta actividad como lo más importante de sus vidas. El tatuaje siempre se verá como un adorno, como un elemento decorativo en el cuerpo. Pero cuando a éste lo establece, como sucedía y sucede en ciertas comunidades nativas, un vínculo con el misterio cósmico planteado desde la existencia comunitaria, de inmediato, y sobre la observación antropológica, surge una revelación de índole poética. En realidad, me acerqué a las pinturas corporales de la mano de la perplejidad poética. Y creo que es este tipo de mirada la que, finalmente, aglutina las diversas intepretaciones sobre los tatuajes que propongo en Tríptico de la infamia. Podría aventurar, finalmente, algo sobre estas relaciones entre los tatuajes indígenas y los tatuajes de las sociedades neoliberales. Los unos son la expresión de un orden simétrico que aspira al misterio divino; los otros parecen paralizase en la mera expresión de un bullicio individual. Los primeros son sabios en su precisión lineal, así estas líneas pretendan adquirir un cierto barroquismo; los otros se extravían en el marasmo asfixiante de un montón de formas que provienen, muchos de ellos, de los medios de comunicación.   

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¿Qué decir de las declamaciones poéticas que hacían los nativos americanos?

Que casi todas han desaparecido por la acción de la modernidad occidental. Bartolomé de las Casas, justamente, se opuso a las leyes reales que prohibieron, iniciando la conquista, la realización de los Areitos, esas largas jornadas que hacían los indígenas de las Antillas y en las que bebían, danzaban y declamaban sus poemas y sus historias ancestrales. Y se opuso porque sabía que era un golpe mortal para la existencia de los indígenas. Pero la religión católica, plagada de monjes paranoicos, vio en todas estas riquísimas expresiones culturales el rostro del demonio y las acabó a sangre y fuego.

Por un lado, el pensamiento indígena; sus sentires, sus géneros expresivos, sus rituales, sus costumbres, sus creencias. Por otro lado, la mirada eurocéntrica sobre ese mundo indígena, teniendo en cuenta que el siglo XVI encuentra a la civilización occidental atravesada, para bien o para mal, por prejuicios de tipo religiosos. ¿Esta realidad, en qué medida gravitó?

Es la que marca el pálpito más polémico de la novela. En ese desencuentro, o en este brutal abrazo entre Europa y América, y en el que perdieron casi todo, las comunidades indígenas, prevalecieron dos realidades insoslayables: la ambición económica y la ambición religiosa. Además, que hubo siempre en los conquistadores europeos una mentalidad de superioridad psicológica y cultural que hizo más humillante esta expoliación. Pero Tríptico de la infamia pretende mirar este asunto desde una perspectiva inusual en el campo literario: a su modo mi novela es una novela europeísta porque sus tres pintores son de allá y miran a América y la comprenden con herramientas culturales de Europa. De hecho, los pilares de esta interpretación no solo es el pensamiento de Bartolome de las Casas, sino la lucidez que caracteriza los ensayos Montaigne sobre la conquista de América. En esta dirección, la novela tiene una fuerte raíz americana: uno de sus grandes temas es cómo se presentan las guerras de religión y cómo estas se unen terriblemente a la conquista de América y al exterminio indígena.

Las mujeres; por ejemplo, Ysabeau, que pisa fuerte en esta historia, ¿cómo la presentarías?

El Ysabeau se llamaba uno de los navíos de la expedición a La Florida y en la cual Le Moyne habría de participar como pintor y cartógrafo. De esta circunstancia me vino la idea de nombrar a este personaje, que es completamente inventado. Isabeau es el puente entre Le Moyne Y Dubois. Es la mujer de la novela, en el sentido de que es el objeto del deseo, del amor erótico, de la epifanía artística. Pero también es el objeto sobre el que cae la pavorsa violencia humana. La puse en estas páginas porque el erotismo es uno de mis temas preferidos en tanto que estimula la poeticidad de mi escritura. Además, que cuando se une a Dubois, Ysabeau se convierte en el ser amado de sus pinturas. Es este personaje el que me permitió darle al aprendizaje pictórico de Dubois un toque anacrónico que me parece sugestivo. En realidad, el proceso que tiene Dubois como pintor no solo es el de un pintor francés de la segunda mitad del siglo XVI, sino el que ha tenido un pintor occidental en los últimos cinco siglos. Por ello, cuando Dubois aprende pintando a Ysabeau, de lo que se está hablando es del papel que la mujer ocupó, como modelo estético, en los pintores impresionistas. Ysabeau es, tal vez, el personaje más entrañable de Tríptico de la infamia.

Fotografías de Marlon Meza Teni

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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