Un autodenominado sanador pránico, que sería algo así como sanador energético,  radicado en Estados Unidos y oriundo de quién sabe donde (“Soy hijo del mundo”, después lo escucharía decir), estaría un mes en Argentina dando un taller de meditación y limpieza. Espiritual, claro, nada de trapos ni baldes. Mi amiga Ada insistió para que la acompañara

A cambio de 300 pesos prometía “limpiar bloqueos internos” y sanar tanto física como espiritualmente. Además, su “luminosa presencia” -como anunciaban en la gacetilla que lo promocionaba- curaría depresiones, regalaría bendiciones y aliviaría decepciones amorosas. Convocaban a quienes desearan “expandir amor y elevar vibraciones”.

Ada terminó de enumerar las promesas -que leía de su celular- y me miró entusiasmada. Comenté que no entendía eso de las vibraciones.

La palabra me remitía a varias cosas: a una situación terrenal y bastante explícita con fines sexuales, a un suelo tembloroso y a mi delfín masajeador de espalda. Ninguna de estas situaciones era apta de elevar.

Apenas terminé de exponer mi razonamiento se me vino a la cabeza las convulsiones (que podrían llegar a entenderse como una vibración exacerbada) de la chica de camisón blanco y pelo largo que flota unos metros sobre su cama en la película el exorcista. Pero no, este sanador hablaba de luz y de amor así que supuse que no tendría que ver con eso.

A diferencia mía, que me suelo acordar de la energía cuando tengo que pagar la luz o, peor, cuando me la cortan, Ada entiende más del asunto y se entregó a la tarea de explicarme sobre vibraciones energéticas.

Me dejé convencer y la acompañé.

Una rubia de pelo largo enrulado abrió la puerta. Mostró una exagerada felicidad al vernos. Me incomodó un poco. No sabía cómo responder a tanta emoción y se me acartonaron los movimientos. Le pegué un pomulazo sin querer.

Vestía una musculosa de lentejuelas plateadas que contrastaba con el bronceado de su piel y un pantalón holgado de tela blanca. Sobre los hombros, una chalina de gasa. Estaba descalza y tenía hecha la francesita en manos y pies. Después de apretujarnos y estamparnos un beso en la mejilla, nos invitó a pasar.

Era una casa grande, de espacios amplios y decoración sobria: abundaban los blancos con detalles puntuales de color, como las pinceladas bordó de un cuadro o la lámpara de pie turquesa. Excepto por la figura de un buda plateado que se exhibía junto a otros adornos y un mandala que colgaba de la puerta vidriada que conducía al patio, no había rastros de culto a la espiritualidad ni de hippismo en la ambientación.

La dueña, como después explicaría, era una seguidora del “gurú” que se había ofrecido a alojarlo durante su estadía en el país y, “ya que estaba”, le prestaba la casa para sus talleres y, bueno, tampoco –dijo– le costaba nada encargarse de convocar gente.

Una platinada de pelo lacio hasta el hombro, con un bronceado similar al de la anfitriona y un vestido coral que le llegaba hasta los pies descalzos, anotaba nombre, apellido, mail y teléfono de las mujeres que iban llegando. Después cobraba y guardaba el dinero en una caja. Olía rico: a perfume importado.

Al fondo del jardín se distribuían unas sillas en el pasto. Miraban hacia un árbol bajo el que se erguía una especie de altar: sobre una mesa había dos portarretratos con hombres que parecían hindúes, uno de barba muy tupida y el otro pelado. Vestían túnica bordó y estaban meditando. En medio de los retratos humeaba un palo santo. En el piso, prolijamente acomodados sobre una manta, unos tubitos de vidrio transparente, como instrumentos de laboratorio, y unos cristales de colores.

Estaba por agarrar uno para chusmear cuando me sorprendió una voz seductora:

—¿Te gustan?

Giré y me topé con una hermosa sonrisa blanca. Era el protagonista de la jornada, “la luminosa presencia”, que no sé si iluminaba pero, puedo dar fe, había algo penetrante en su mirada.

Tendría unos cuarenta y largos, pero muy bien llevados: vestía una remera blanca entallada que dejaba adivinar pectorales tan trabajados como sus brazos. El pelo le tapaba el cuello y lo tenía sujeto en una colita baja. Un pantalón blanco de tela y, no podía ser menos, también lucía un perfecto bronceado.

Ada, que se había quedado sociabilizando con unas mujeres, vino a mi rescate. En eso, una señora que recién llegaba gritó ansiosa:

—¿Dónde está? —y arrancó con paso apurado hacia el “gurú”. La seguía una chica regordeta de unos treinta y largos que parecía su hija. Cada una cargaba un bolso de playa, gordos de las cosas que guardaban. De ahí sacarían mantas, frutas secas, agua, repelente para mosquitos… No era la primera vez que participaban de este tipo de talleres y se habían venido preparadas.

—¿Te podemos tocar? —preguntó sonriente la más grande cuando tuvo cerca al sanador.

Él aprobó con una sonrisa y las mujeres, sin ningún tipo de reparos, comenzaron a palparlo en torso y brazos.

Nos acomodamos en las sillas distribuidas en semi círculo y comenzó la sesión.

La más chica de las mujeres que había pedido tocarlo confundió la oración de bendición con la de sanación y, después de actuar una especie de espasmos corporales, festejó que le habían succionado la angustia. La anfitriona le avisó que todavía no entrábamos a la parte de sanación. Roja de vergüenza, arremetió que tuvo un efecto anticipado.

Después, la consigna fue concentrarnos en sentir el aire a nuestro alrededor que, según aseguraba el sanador, iba cambiando de espesor. “Ahora está más liviano. ¿Lo sienten?”, decía. Para mí era intangible. Otras le daban la razón.

Vinieron los ejercicios de respiración. La dueña de casa se paró a un lado del “gurú”, con las piernas abiertas y las rodillas semi flexionadas. Con sus pelos sueltos a merced de los giros de cabeza con los que acompañaba cada inhalación y exhalación parecía Susana Gimenez en la publicidad de “shock”.

Para el final, pedían una devolución. Solo una mujer lamentó no haber “sentido” ninguno de los movimientos energéticos que anunciaron durante la jornada. El resto se mostró conforme con los resultados. Pensé que todo se reducía a una cuestión de fe y a una imperiosa necesidad de creer que la magia existe. Porque, después de todo, quién podría asegurar lo contrario.

Mientras caminábamos hacia el auto, ya solas, le pregunté a Ada qué le había parecido. Si realmente había sentido algo.

—Mmm… un poco…—respondió con la mirada baja. De repente, como si se acordara de algo, saltó:

—¿ero viste qué bueno que estaba?

Nos reímos y nos metimos al auto. Con la vista recreada y la esperanza de energías renovadas que atraerían la buena fortuna hacia nosotras, decidimos ir por una cerveza para contentarnos mientras tanto. Y, de paso, sentarnos afuera del bar a seguir inhalando y exhalando para recrear un poco más la vista y a ver si al fin sentíamos algo.

Sobre El Autor

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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