Sábado. Cuatro de la mañana.

 

Me meto en la cama y me tapo hasta el cuello. Entra un mensaje al celular. Quiero ignorarlo pero no me aguanto y espío sin abrir el whatsapp para evitar las tildes azules. Dejo el teléfono en la mesa de luz. Me doy vuelta y duermo.

 

Domingo al mediodía.

 

Mientras se calienta el agua en la pava agarro el teléfono. Ahora sí abro el mensaje de Lucas: “Aviso, por las dudas, que llegué bien. Besos”. Devuelvo un emoticón sonriente y sigo con lo mío.

 

Vacío el mate y vuelvo a cargarlo con yerba nueva. Pruebo uno. Está frío. Escupo en la pileta y espero un poco más. Me digo a mí misma que sí o sí hoy arranco con la novela. Como mínimo defino la trama. Me reprocho que no puede ser, que basta de perder tiempo. Le juro al techo.

 

Mensaje de Lucas: “La pasé muy bien anoche. ¿Hacemos algo en la semana?”. No contesto.

 

Me acomodo frente a la computadora. El cursor titila sobre la página en blanco y me quedo mirándolo por un rato, como hipnotizada. Tomo un mate y pienso que primero necesito despabilarme. Me paro y voy hasta la radio. La enciendo con esperanza de encontrar alguna canción que provoque el milagro de la inspiración. “Al menos una idea clara”, le imploro al techo. “No te cuesta nada”, trato de convencerlo. Voy de un extremo al otro con la ruedita del dial sin ningún resultado.

 

Agarro el celular y contesto: “Sí, después vemos”.

 

Vuelvo a la computadora y escribo: “Trama: una chica de un pueblo del interior se muda a La Plata y ”. Reemplazo La Plata por Capital para un mayor contraste. Borro todo. Tipeo: “Una chica de ciudad va a vivir a un pueblito rural que” y después lo cambio por “Una chica se siente atrapada en la ciudad”.

 

Me desanimo y resoplo. Pinto todo y presiono suprimir con odio. Llamo a mi amiga Ada. Atiende:

 

—Holaaa, perdida, ¿en qué andás?

 

—Nada… lo de siempre, estoy con eso del libro…

 

—Ay, ¡qué bueno! Ya lo quiero leer. ¿Te falta mucho para terminar?

 

—En realidad, estoy en la etapa de definir la trama…

 

—Ahhh… Bueno, pero es lo más importante, ¿no? —arriesga, y trata de animar—. Después el resto sale solo.

 

—See…—Dudo un poco hasta que decido que necesito refuerzos y entonces me sincero— La verdad es que estoy preocupada. No me sale nada. Tal vez debería dejar de insistir y concentrarme en otra cosa —Me quedo esperando a que me convenza de lo contrario.

 

Ada habla de la ley de atracción y me explica que para poder escribir la novela antes debo sentirme una escritora, comportarme como tal y, para mayor efectividad, visualizarme con el primer ejemplar. “Te juro que funciona. Una amiga de una amiga lo comprobó”, asegura.

 

Corto el teléfono y me dispongo a iniciar el proceso de autoconvencimiento. Frente al espejo del baño me repito: “Soy escritora. Soy escritora”. Miro un labial rojo que sobresale del estuche de maquillaje, pero me parece demasiado y desisto.

 

Mensaje de Lucas: “¿Y ahora qué hacés?”. Uh, que pesado. “Lucaaaas, me desconcentrás”, le grito al teléfono. “A full”, respondo y sigo con mi plan: “Soy escritora. Soy escritora”, me miento.

 

Voy al living y me acuesto en el piso con las palmas hacia arriba, como en yoga, cierro los ojos y trato de imaginarme con mi primera novela. Me veo parada frente a un stand con un trajecito negro entallado que me queda perfecto y señalo un libro con una enorme sonrisa blanca. Parezco más una promotora que una escritora.

 

Me concentro en corregir mi visualización. Ahora estoy sentada con una camisa –tal vez demasiado escotada para la ocasión- firmando los ejemplares que me alcanzan las personas formadas en fila. Por las dudas decido abrochar otro botón.

 

Aunque esta imagen me parece más acertada que la anterior, reparo en que nunca fui a la presentación de un libro y no tengo idea de cómo son. Agarro mi agenda y apunto en la sección de tareas pendientes: ir a una presentación. Le agrego tres signos de exclamación y subrayo doble para que resalte del resto de las anotaciones.

 

Vuelvo a la computadora. Otra vez el cursor titila sobre la página en blanco y otra vez no me sale nada. Cierro los ojos y me concentro para invocar a mi escritora interior. No hay caso, no aparece. Apoyo la cabeza en la mesa. Me paro, doy unos pasos y me vuelvo a sentar. Me frustro y cierro la notebook. Pienso que mi vida es una mierda.

 

Agarro el celular. Mensaje a Lucas: “¿Qué hacés?”. “Ey, hola! Estoy con los chicos vamos a un cumple, ¿vos?”. “Me acordaba de vos y me dieron ganas de verte”. “Me gusta que pienses en mí. Vení con nosotros! Querés?”. “Mmm… cero ganas de salir, mejor otro día…”. “Uy, no, no me digas así. Ahora te quiero ver”. Devuelvo una carita sonriente. “¿Qué hiciste hoy?”. “Con la novela…”. “Mi escritora favorita…”. Lo odio. “No te burles”. “No me burlo”. “No hace falta que te recuerde que no publiqué nada”. “Pero lo vas a hacer. Ya te puedo ver”. “Seee… yo también. Eso intento. Bueno, hablamos. Beso”. “No, no, voy para allá”. “¿Y tu cumple?”. “Después vemos”.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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