Batman nació grande, pero tuvo que crecer para conquistar al público adulto. Varios artistas y un puñado de sagas emblemáticas lo ayudaron a lograrlo y ganarse el calificativo de no apto para menores. 

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Como casi todas las ideas brillantes norteamericanas, esta se le ocurrió a dos judíos: vestir a un sujeto con ropas ajustadas, darle ciertos poderes y convertirlo en un justiciero. No se trataba de un concepto original, claro: Superman está inspirado en milenios de mitología. La idea funcionó, porque los grandes imperios necesitan héroes de papel, porque están gobernados por villanos de carne y hueso.

Con lógica capitalista, un año después de que Jerry Siegel y Joe Shuster crearan a Superman, el también judío Bob Kane paría a Batman, un superhéroe sin poderes más allá de un férreo entrenamiento y una inteligencia a toda prueba. Pensado para chicos, en esta oscura criatura siempre latió la posibilidad de llegar a la adultez gracias a una motivación de tragedia griega: al encapotado no lo impulsa el altruismo, sino la más freudiana de las venganzas.

Sin embargo, los avatares de la industria del cómic lo mantuvieron en un registro casi infantil. Acusados por un psicólogo incompetente de ser los responsables de la violencia juvenil que desde hace años es la marca registrada de Estados Unidos, los artistas debieron replegarse y ponerle pañales a sus historias. Recién en los ochentas, el mercado logró virar hacia un público más adulto y Batman tuvo la oportunidad de demostrar por qué a Adam West el traje le sentaba tan mal.

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Quien le robó la virginidad a nuestro héroe fue un artero criminal del cómic: Frank Miller, conocido hoy por los cómics Sin City y 300, pero que tuvo su punto más alto en  The Dark Knight Returns (1986), una historia en la que decidió, literalmente, destrozar a Batman y llevarlo de buenas a primeras, no a la adultez, sino a la ancianidad. Así, construye la historia de un Bruce Wayne ya pasado de años, borracho y retirado de su carrera de vigilante nocturno. Profundamente frustrado, el multimillonario arriesga su vida en estúpidas hazañas deportivas, pero añora sus tiempos como vengador. Vuelve, claro, pero las cosas no le van tan bien como deberían. El dibujo de Miller evoluciona para adaptarse a la historia, por momentos asemejándose mucho a bocetos que Lynn Varley, colorista y esposa del historietista, completa en un trabajo único. The Dark Knight Returns es una saga apasionante, que revive todos los tópicos del Hombre Murciélago desde un lugar absolutamente novedoso con una idea revolucionaria: viejo y todo, Batman sigue aguantando.

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Entrenador eficiente, no fue la única proeza que Miller le hizo realizar a nuestro justiciero: también escribió Batman: Year one (1987), donde los dibujos de David Mazzucchelli logran dar el tono justo a una historia dura y consistente. Años después, y ya decidido a dejar en claro que puede hacer lo que quiere con el personaje, la emprendió con The Dark Knigth Strikes Again (2001), una burla feroz a la industria del cómic de superhéroes.

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Quien asumiría la posta en esto de llevar a la adultez al encapotado sería un británico: el particularísimo Alan Moore. The Killing Joke (1988) es una historia sencilla pero descarnada: cuenta como el Joker secuestra al comisionado Gordon y deja paralítica a su hija Bárbara, nada menos que Batgirl. El juego de Moore consiste en mostrarnos que hay tanta locura en un payaso perverso como en un sujeto que se viste de murciélago. El final es antológico e insuperable, una pieza del más depurado absurdo existencial.

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Otro que probaría suerte con esto de someter al encapuchado a las peores humillaciones fue Jim Starlin. Aunque dibuja aceptablemente, eligió quedarse solo con las letras y le dejó el arte al siempre genial Berni Wrightson. La historia se llama The cult (1988) y trata sobre una extraña secta que persigue objetivos bastante oscuros. Batman trata de detenerlos, pero termina cayendo en las garras del reverendo Blackfire, quien lo somete a cruentas torturas –Guantanamo, claro, le ganó por varias cabezas, pero esto es ficción– y hasta le lava el cerebro, pero es sabido: Bats es un tipo duro y no hay forma de borrarle el casete de vengador enmascarado. Nuestro osado líder pseudoreligioso no termina bien. Esta vez, la mayoría de edad de Batman queda demostrada por el nivel de violencia que es capaz de generar.

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Unos cuantos años después, Jeph Loeb va a tratar de encarar de nuevo al personaje desde su cara más adulta. Agotados los recursos de la humillación y la violencia, la apuesta viene por el lado del noir, género que a Batman le queda como anillo al dedo. Así, en The long halloween (1996-7) y Dark Victory (1999-00), la cosa viene de mafiosos que se mezclan con los ya clásicos enemigos del Hombre Murciélago. Los dibujos quedan en manos de Tim Sale, con un corte europeo influenciado por el Muñoz de Alack Sinner. Grandes ilustraciones y una historia atrapante que juega sus cartas con las pericia de un buen tahúr.

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No podemos dejar de mencionar la gran apuesta de la editorial DC al crear la colección  Legends of the Dark Knight, donde los mejores artistas de finales del siglo veinte contaron las historias de Batman que siempre habían querido relatar pero que el código de autocensura instalado por las principales editoriales de cómics les había impedido siquiera soñar. Así, nuestro justiciero enfrentará pandilleros, adicciones, conocerá a otros vengadores y avanzará unos cuantos enteros en la conquista de la adultez.

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Lo que el cine nos muestra es la punta del iceberg de casi dos décadas de trabajo incesante con el encapotado. Batman ya no es un bebé de pecho: se hizo adulto a gracias a los golpes de un puñado de artistas que no respetan ni siquiera los mitos más norteamericanos. Así que ahora el que pega es el encapuchado, y nosotros recibimos sus golpes con el más predispuesto de los masoquismos.

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