(Aclaración preliminar: para decidirse a comprar y leer este libro es suficiente con saber que María Moreno, en la contratapa, dice la verdad, se trata de un libro inolvidable, y por eso mismo es imposible atacar en una sola reseña cada una de las capas que su lectura nos ha despertado.)

joya

A medida que fui aceptando el juego que proponía Julián López en su Una muchacha muy bella y al cerrar el libro, me sorprendí de la valentía de este tipo para hacer público un fresco tan íntimo de su crisis existencial.

Me sentí estafado cuando me puse a leer las entrevistas en los diarios donde confesaba que su madre no había sido militante del ERP ni desaparecida. Y automáticamente me sorprendió no haber hallado ninguna reseña donde lo putearan en colores les hijos e hijas de desaparecidos por osar profanar un espacio tan sagrado.

Volviendo en mis cabales, me di cuenta que estaba, finalmente, ante una obra literaria excepcional.

López se propuso hacer de su verdadero dolor de pibe huérfano a los diez años–que se puede sentir con pura y cristalina claridad en todo el libro- un alegato que golpee mucho más allá de su individualidad, del diálogo solitario con su propio dolor y nostalgia, para oponer una voz diferente en un debate social que marcó a dos generaciones de sobrevivientes al genocidio de los 70.

El verdadero artista se desnuda en su obra sin miedo al qué dirán y al desnudarse de este modo desnuda a su pueblo, a su ser social y no al artista, o algo parecido dijo Oscar Wilde en 1890. López honra esa máxima como nadie hasta hoy en la literatura argentina contemporánea.

Aquéllas banderas, de la Patria, de la primavera

López monta toda su obra en una operación de catarsis muy personal. Nacido en 1965 (si la solapa no miente), perdió a su madre a los diez años, para la época en que los camiones llenos de soldados y los tanques fluían por la Perito Moreno desde Campo de Mayo hacia el sur, atravesando Nueva Pompeya por el lado del Club Deportivo Riestra, para asistir rápidos a la masacre de los restos de la malograda Unidad Viejo Bueno del ERP que asistía en Monte Chingolo a su símbolo y cifra, a su canto de cisne.

Probablemente esta escena sea la única marca concreta que permita anclar en la novela un momento preciso del flujo espacio-temporal donde López quiere que juguemos esta dialéctica filosófico-poética y política que nos propone.

También me pareció extraño que las reseñas vomitadas al azar por google no citasen in extenso sesudas reflexiones sobre Marcel Proust y su obra monumental En busca del tiempo perdido, siendo tan clara la identidad de este escritor que porta bigotes a la bohemia usanza parisina de la belle époque y que coincidiese la edición del primer volumen de su inmortal obra justo cien años exactos antes de Una muchacha muy bella.

No he leído nunca a Proust pero juraría que López ha logrado un uso exquisito de ese concepto tantas veces elogiado por estudiantes de Filosofía y Letras en las tertulias de los bares roñosos donde pude oírlos.

Porque el narrador de Una muchacha… no recuerda como cualquier hijo de vecino: sin abandonar nunca su conciencia de ser humano adulto y formado, sin embargo viaja en el tiempo de su recuerdo y lucha con todas sus armas intelectuales para ubicarse en el pasado, para volver a vivir con suma intensidad esos momentos breves en que sus sueños y pesadillas de adulto lo llevan a sufrir por no poder disfrutar a su madre hasta el día de su muerte.

Lejos de reconstruir una infancia ficticia, López rearma con extrema lucidez de poeta fotografías, escenas donde el espectador ingenuo termina de colocar los detalles que López no narra. Cuesta darse cuenta que actúa como un buen pintor impresionista, evitando narrar con hiperrealismo el cuadro completo, la arruga más mínima, la última de las hojitas del árbol. Con una maestría abrumadora, da las pinceladas justas para recrear los gestos que sintetizan al personaje y al ambiente.

Ambiente que también es un personaje muy particular, la Buenos Aires de 1970 a 1975 que ya no existe más, literalmente como el derrumbe contemporáneo de la Casa Suiza que López nos hace el enorme e impagable favor de volver a traer a nuestra sensibilidad.

El recuerdo de López es honesto y cruel. Honesto porque nunca quiere dejar de ser la descripción de un sueño, del recuerdo tal cual él lo siente hoy, nel mezzo del camín, en su crisis existencial, y no se engaña ni se deja tentar por una infancia idealizada. La mirada de este adulto respeta esa sensación de crueldad ante cada cachetazo que le dio la vida, por más mínimo y superfluo que pueda parecer.

Como cuando uno le grita a su hija porque se demora demasiado transformando un simple baño higiénico en una aventura espacial, obligándonos a llegar tarde al jardín y retrasar fatídicamente toda la cadena de responsabilidades y compromisos posteriores al reto cordial de la seño. Probablemente mi hija no recuerde nunca ese reproche si llegase a escribir una novela a los cuarenta y tantos, a menos claro, que la pérdida de su infancia esté ligada a una pérdida más profunda en sus afectos más elementales.

Es el caso de López, que con total valentía mira de frente las imágenes y sentimientos que ha perdido en ese momento donde no puede haber nada más cruel que perder a tus seres amados. Por eso todos los recuerdos parecen llevar el azul opalino de la tristeza y no la claridad de ese sol que le baña los pies al escritor luchando por redimirse y volver a vivir.

Julián López

A decirme que existe el olvido, esta noche han venido

López nos ha podido embaucar, porque la descripción poética de sus recuerdos es tan íntima -tan desesperadamente íntima- que es imposible no convencerse de la veracidad de cada aspecto de la novela. A mí me gusta esa literatura, la que te convence, la que te creés hasta la última gota. Es asombroso creer que López pudo haber “inventado” alguna línea de lo que acabamos de saborear. He aquí, sin más, una inteligencia superior, admirable.

Porque mientras se trataba de un bellísimo ejercicio de intimidad entre un hombre en crisis tratando de traer al presente a la madre que pudo disfrutar tan breve tiempo, bajamos la guardia y nos limitamos a participar o no de esta posibilidad de espiar en los sentimientos más íntimos de un ser humano tan valiente. Pero al rescatarnos de la horrible verdad no podemos más que poner a laburar la máquina cerebral y desprendernos –si podemos- de ese útero de jazmines y dolorosos azahares donde nos emboscó y ponernos a buscar las marcas textuales del engaño, emergiendo así más conscientes de nuestras propias preguntas.

Allí están para probarlo sus reflexiones sobre la relación entre el sueño y la voluntad y esa terrible pregunta que bien puede explicar todo el ejercicio poético de este libro:

¿cómo se obliga a una potencia a ser el cuerpo de la nada?

López nos propone una respuesta a uno de los dramas de los sobrevivientes y descendientes de la dorada generación asesinada en los 70. La nostalgia del pasado revolucionario que fue y el que “nunca jamás sucedió”, es una cárcel tan horrible como el mejor y más cuidado zoológico o la más cómoda de las vidas que un varón de clase media de Palermo se pueda conseguir. Pero el más bello intento por traer al presente ese pasado muerto no deja de ser una cadena que se debe cortar para poder parir presente y futuro, ya que en última instancia de eso se trata vivir.

Ya no podría asegurar que López lo sepa de primera mano o haya sido parte de su meticulosa investigación, pero ha metido la llaga en un lugar sagrado, el del balance de los protagonistas y sus herederos de la lucha revolucionaria de los sesenta y setenta.

Sin el derecho legítimo de ser miembro del gueto se atreve a rechazar la memoria de esos años limitada al bronce heroico de los mártires. Imagina una militante revolucionaria en su angustia vital entre la presión social que le impone una maternidad “normal” y “dedicada” devotamente a su cría y las exigencias espartanas de una lucha feroz y clandestina contra un enemigo que impone las reglas de juego y sus nefastas consecuencias si no se lo combate.

Indaga poéticamente el sacrificio de una generación maravillosa, capaz de todo sacrificio pero humana, consciente de las dudas y presiones reales que ese sacrificio impone a su vida.

Bien decía Antonio Gramsci (el dirigente que construyó uno de los primeros partidos leninistas en 1918 y que terminó sus días asesinado por su ex camarada Mussolini, no el remedo centroizquierdista que pretenden hacer de él) que correspondía a los cuadros dirigentes el análisis de las fuerzas sociales en disputa en cada coyuntura histórica pero que era trabajo del artista la preocupación por esos seres de carne y hueso donde esas leyes de hierro vendrían a encarnarse inevitablemente.

López toma esa responsabilidad de manera sorprendente, con una audacia rayana en el desparpajo, aunque con total respeto por el tema que está dilucidando.

Esa boina calada, al estilo del Che

Ahora que pude poner por escrito todas estas sensaciones contradictorias puedo por fin comprender por qué a pesar de todo su esfuerzo López no pudo lograr que mi empatía y lectura hedonista se mimetizara con el dolor de ese huérfano, muy a pesar de haberme visto una y mil veces metido en la piel de ese niño de diez años intentando recuperar aquella madre nada heroica y que sin embargo se transformaría, a mi debida crisis existencial también, en la clave de relectura de todo mi presente y futuro, en mi diosa personal, en mi muy bella muchacha.

Me identifiqué tempranamente con la madre del narrador por puro azar, porque López le puso en su biblioteca, La rama dorada de Frazer, avatar moderno y científico de Las mil y una noches, libro que me llevé al exilio en el momento más doloroso de mi vida; luego porque ante mi asombro esa madre fumaba el mismo tipo de tabaco rubio y negro que me seduce fatalmente desde mi adolescencia y finalmente porque en esa pared de recuerdos de viajes por un país exótico y cercano, imposible, y en esa adopción del héroe revolucionario por excelencia como un ser íntimo y querido, en esa breve descripción, López terminó de explicarnos lo que siente un militante revolucionario en los sesenta y ahora.

¿Cuántas veces uno/a mismo/a se ha arrodillado ante las presiones del mundo normal y ha luchado contra sus demonios y los ajenos, los propios y los heredados, para decidir ante cada aspecto estéril de la cotidianeidad si quitarle tiempo a su deseo o al de los seres amados, para entregárselo a la rutina de la actividad, la reunión semanal, la pintada, la movilización, el riesgo siempre presente de la represión física o material del Estado?

Tenía un responsable político que nos explicaba pacientemente, mil y una veces, que entregábamos tantas tardes de sol a cambio de un mundo donde nuestras familias pudiesen disfrutarlas plenamente.

“La primer trinchera de la lucha de clases está en la propia cabeza del militante”, “la familia actúa como un agente del Estado forzando al militante a abandonar su lucha”, “quien se arrodilla ante el hecho consumado es incapaz de enfrentar al provenir” son frases que se han atribuido a Trotsky y que apuntalan como un mantra las pocas armas morales y éticas del/la militante de carne y hueso que debe necesariamente encarar la duda y la presión social a cada paso que da para, sostenerse en el camino elegido. Hablo de los militantes conscientes, que han elegido el lugar de la lucha de clases que transitan.

Las semblanzas heroicas de la generación maravillosa de los 60 y 70, escritas por el orgullo genuino de sus camaradas y sobrevivientes, no nos han permitido a las generaciones militantes que nacimos en democracia armarnos con suficiencia para ese reto tan íntimo y elusivo como en la novela de López.

Quienes arribamos a la lucha contra el Estado como outsiders, hijos de madres que no metían caño ni pasaban el periódico en la clandestinidad de los atroces años de las tres dictaduras, quienes no heredamos el dolor pedagógico de familiares sin tumba, tenemos que remontar este Purgatorio de construirnos una ética militante de la nada misma.

Sin reproche alguno, podríamos decir que la generación gloriosa de los setenta no se ha dedicado a educarnos con paciencia y comprensión tolerante a sus hijos/as y nietos/as en este punto.

Y me refiero a las mejores expresiones de esa generación, las que rechazaron de plano los mausoleos pagados con guita del “Estado Democrático” para sacar los pies de la lucha de clases vigente y ponerlos en el plato de la “inclusión” y las “políticas de DDHH”. Estos últimos han heredado un legado mucho peor, se han pasado de rosca en la “autocrítica” y pretenden pararse del lado de un “no te metás” mucho más pérfido, no basado en la amenaza de lo que te puede pasar si te metés, si no en un lugar mucho más paralizante, donde la revolución es una utopía tan inalcanzable que lo mejor que puede hacer un “socialista del siglo XXI” es dedicarse a la negociar con la canalla la “construcción de lo posible”.

julian

Te morías por volver

López ha publicado una novela sacrílega, que tiene el tupé de escupirle en la cara a los nostálgicos de los setenta una versión descarnada de esos años, que se permite describir a Titanes en el ring, desde la crueldad de un niño que sólo ve cuerpos gordos y fláccidos sudando maquillaje en un ring destartalado, que descubre la única verdad del tango en el esfuerzo de una señora mayor soltera por recuperar un prestigio ya largo tiempo perdido.

Es un llamado a la valentía de un tipo que es capaz de hacernos vivir en sus recuerdos como si fuesen propios pero que nos cachetea para sacarnos de ahí, sin pensar ni siquiera si estamos vestidos o semidesnudos, y empujarnos a la calle, a la realidad de niñas de catorce años que tiran de un carro para sobrevivir. Que nunca ha dejado de saber que el té de finas hebras a veces se puede comprar y otras no, y que en la descripción de las megatorres construidas sobre las ruinas de las Bodegas Giol, elípticamente, sintetiza la conciencia de una sociedad decadente como el capitalismo que moldea su barrio.

Porque si no sabemos superar el hastío existencialista y decadente de la nostalgia “a la Proust”, como bien hace aquí López, usando con genialidad las excelsas herramientas literarias de su “maestro”, no podremos nunca evitar ese designio funesto que vio claramente Karl Marx en 1852, en su maravillosa descripción de la lucha de clases en Francia:

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y transmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos se disponen precisamente a revolucionarse y a revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.”

Karl Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonparte, 1852

(siguiendo la traducción de Ediciones de la Comuna, Montevideo, ROU, 1995)

Quienes todavía no nos hemos arrodillado ante las enormes presiones del presente, agradecemos la valentía, la calidad técnica y la indomable irreverencia sacrílega de Julián López para ayudarnos a reflexionar, en medio de este duro camino de lucha contra las pesadillas del pasado que todavía oprimen nuestro cerebro.

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