El problema con la ternura en literatura es su cercanía al golpe bajo: tomar la autopista de la emoción por sobre el ripio de la inteligencia. Los libros que apelan casi exclusivamente al sentimiento parecen muy simples. Si, además, no contienen palabras, solo imágenes, estamos frente al objeto perfecto del prejuicio bibliográfico. Y a pesar de eso, a pesar de ser casi un antilibro, Pájaro azul de Bob Staake tiene la contundencia narrativa que falta a muchos de los que recurren a demasiadas palabras.

Bob Staake no es un recién llegado al mundo de la edición: ha ganado numerosas menciones con sus más se cuarenta títulos publicados. El problema es que hace libros álbumes, libros para chicos, libros de esos demasiado grandes de tamaño y breves de contenido como para ser tomados en serio. Ilustrador y diseñador, Staake trabaja con frecuencia para The New Yorker, revista donde brillan los grandes artistas gráficos de nuestro tiempo y en la que deslumbra con imágenes muy cercanas al diseño llano, denotando un profundo trabajo con el plano y la teoría del color.

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Publicado por primera vez en 2013, Pájaro azul versa sobre la soledad. Sutilmente ambientado en una Nueva York donde el aislamiento parece una utopía y, sin embargo, ahí está, encarnado en ese protagonista que vive en el ostracismo.

Debo reconocer que la historia es previsible desde la primera página: un niño solitario encuentra la amistad en un pequeño pájaro azul con el que se cruza al salir del colegio. Durante unos minutos de camino, establecen un vínculo basado en una complicidad inocente que muy pronto será puesta a prueba.

Maestro en el arte de generar climas con mínimos recursos, Staake muestra la aislación con dos elementos visuales contundentes, uno por ausencia y el otro por omnipresencia: lo que faltan son las palabras y lo que abunda son los fríos tonos del gris y azul. Con este par de decisiones estéticas, el artista muestra la gelidez de una sociedad muda no por imposición, sino por determinación. La soledad del protagonista es opresiva por lo cotidiano: es ignorado en la calle, en el aula, en el patio de una escuela que no es suya, sino de un mundo frente al que su individualidad se marchita.

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Lo curioso es que la historia de Staake va a subvertir ese mundo de soledad, pero para hacerlo no recurrirá, al menos durante gran parte de la obra, a nuevos elementos visuales: el cambio se erige sin renunciar a las tonalidades frías y a la ausencia de palabras. Así, cuando aparece el pájaro que da nombre al libro, nada se ha roto desde la apuesta visual, pero todo ha cambiado en la historia: no se trata de la circunstancia en las que vive en protagonista, tampoco de sus determinaciones; lo que opera algo mucho más profundo: la generación de un vínculo que da sentido a las cosas. A partir de la relación que el niño protagonista establece con ese pájaro que se interesa por él desde la frialdad de su color y desde una impuesta mudez, la realidad va a cambiar. Los vínculos, sostiene Staake, son los que nos hunden o nos mantienen a flote.

Ejemplo perfecto del verdadero arte secuencial, Staake maneja su historia desde la simpleza de las formas puras, enfatizando a partir de los tamaños y dedicando espacio a detalles pequeños pero que dan carnadura a la historia. Así, cuando el pájaro parece distraerse con otros niños, vivenciamos la alegría del protagonista al reencontrarlo en un primer plano a página completa que conmueve a pesar de su construcción elemental.

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El final de la historia, previsible pero conmovedor, recurre al fuerte contraste entre colores cálidos y fríos, pero lo hace sin torpeza, con una delicada secuencia que lleva su relato al plano de los fantástico y lo transforma de la angustia a la esperanza en pocas páginas. Después de todo, es un libro para chicos, y los niños necesitan de un final feliz. Los adultos, en cambio, no lo necesitamos; solo lo deseamos.

Decía al comienzo de esta reseña que la ternura es una apuesta compleja en literatura, tal vez porque desequilibra la balanza. Nos cuesta desprendernos, pese a los siglos que nos separan, del áureo estatus quo renacentista. Decía también que los libros que apelan a la emoción parecen sencillos; me faltó enfatizar que no lo son. El planteo y las decisiones de Staake en Pájaro azul demuestran la complejidad que existe en este tipo de relatos, lo fácil que resulta subestimarlos y lo mucho que pueden dar al lector desprejuiciado. Porque si la literatura fue, en sus mitológicos comienzos, el intento por dar sentido a un mundo inexplicable, Pájaro azul es un viaje a la semilla para recuperar la esencia de lo que somos: seres gregarios, necesitados del otro, aunque el otro no sea más que un pajarito azul dispuesto a dar la calidez que el mundo acostumbra negarnos.

Muñiz, febrero de 2017.

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