Abro la computadora. Le pido al mozo un cortado y la clave de Internet. Estoy en medio de la estrategia “cambiar de espacio para que afloren ideas”. Solo necesito una: la llave para entrar a mi futura novela.

No creo que la encuentre en Facebook, pero igual lo abro para sentirme en contacto con el mundo exterior. Un vistazo rápido por el muro de inicio y minimizo la pantalla.

La blancura de la página y el cursor que no deja de moverse, como un zapato impaciente, forman un combo que me intimida. Tal vez si fuese más amarillenta, como esas hojas ecológicas, con renglones y una pluma amable esperase serena a las ideas ya se me hubiera ocurrido la trama de mi novela.

A modo de ejercicio trato de describir lo que veo. Escribo un párrafo. Me aburro y maximizo Facebook. Alguien postea la presentación de un libro que se llama “El trapito” y recuerdo que asistir a uno de esos eventos figura en la sección “tareas pendientes” de mi agenda.

Es en dos horas y decido ir. Además, asistir me libera de la obligación de escribir, porque digamos que ya estaría haciendo algo por la causa. Ya está, asunto resuelto. Todavía me queda algo de tiempo así que, sin culpa, googleo “Microsoft” y busco un mail de contacto. Quiero decirles lo de las páginas amarrillas con renglones.

Llego a las menos diez. La dirección que anoté en un papel me deja frente a una puerta azul. Toco timbre y abre una chica de anteojos y pelo recogido. Le digo que vengo a la presentación de la novela. Me hace avanzar por un pasillo y subir una escalera que desemboca en una terracita.

Mesas de madera con sillas -todavía vacías- se distribuyen en el espacio. En el fondo, un sofá verde con un micrófono encima y una mesa baja. Supongo que será el lugar para el que habla. De las paredes cuelgan, como guirnaldas, focos de colores que aportan una alegría cálida.

Qué vergüenza llegar tan primera. Eso es cosa de nerd. Los importantes o cools siempre caen tarde y con la clara certeza de cuáles serán sus maniobras al entrar. No se quedan titubeando en la puerta, mirando quién está, dónde sentarse o con quién hablar. Como yo ahora, aunque todavía no hay nadie. No, ellos nacieron seguros y decididos. Entran enérgicos, saludan acá, allá, se comportan como si todo el mundo les quisiera hablar pero no tuvieran suficiente tiempo para atenderlos, y si por un segundo se quedan solos sacan el teléfono y simulan abocarse a una tarea crucial mientras buscan algún Pokemon para cazar.

Comulgo mi nerdismo y me acomodo en la primera mesa, la que está más cerca del micrófono, para escuchar y ver sin interferencias. Saco mi anotador e intento escribir, para hacer algo mientras tanto.

A las y media empieza a subir gente: uno tras otro hasta que el lugar se llena. ¿Esperaban abajo? Estoy sola en la primera mesa. Una pareja de señores grandes y dos cincuentones me miran y cuchichean. Reparo en que tal vez no fue la mejor idea ocupar este lugar. Finjo concentrarme en mi anotador.

—Disculpame —dice la señora que ahora está parada frente a mí. Los que la acompañan esperan unos pasos más atrás—. ¿Te molesta si nos sentamos con vos?

Somos cinco y hay cuatro sillas. Les digo que me voy para atrás, que no hay problema. Insisto pero no me dejan. “Pero no, si sos flaquita, entramos todos”, decide la señora, y termino con un cachete en la silla de ella y el otro en la del marido.

Resultaron ser los padres del escritor que presenta el libro. Cualquiera que no sea yo imagina que la primera mesa está reservada para la familia. Me preguntan si conozco al hijo. Respondo que no. Miento con que me invitó un amigo que al final no vino. Mientras digo eso trato de recordar quién posteó la presentación en Facebook.

Por suerte llega el escritor y todos giramos para verlo entrar. Avanza repartiendo sonrisas a quienes les palmean el brazo. Otros dos le siguen el paso. Se acomodan en el sillón y descubro que conozco a uno de ellos: un ex profesor de la facultad que me tenía secretamente enamorada.

Años sin vernos y nos encontramos justo ahora, cuando estoy en sandwichito con dos viejos. Quiero convertirme en líquido y filtrarme por las rendijas de la madera o, al menos, estar perdida entre la gente, más atrás. Miro al piso para que no me vea. Pienso que tal vez ni siquiera me recuerda y levanto la cabeza cuando el autor empieza a hablar de su novela.

La concha de la lora, está mirando. Me sonríe sorprendido y le devuelvo el mismo gesto. El escritor pasa el micrófono al otro, que ahora empieza a hablar. Mira a la que está en medio de sus papás (o sea, a mí) y secretea con mi ex profesor, que será el siguiente en tomar la palabra para elogiar la obra.

Termina la presentación y pretendo escabullirme hasta la salida, pero el profe no me da tiempo y viene a mi encuentro. Dice que qué sorpresa, que no esperaba encontrarme, que qué hago acá, quiere saber qué fue de mi vida y me pregunta si quiero tomar algo.

Pasaron dos horas y seguimos hablando. Cuenta que se divorció y me alegro. Digo qué lástima. Lo noto más viejo pero igual de encantador. Trato de decir la menor cantidad de pavadas posible.

Casi menciono “mi novela” cuando me pregunta a qué me dedico, pero me auto-salvo a tiempo y le cuento que escribo los obituarios del diario. Menos interesante pero más sincero, decido a último momento. Aunque pensándolo mejor no sé si la verdad suma, capaz no.

Él sí tiene una vida interesante: tres novelas publicadas, una fue llevada al cine, escribe guiones y sigue dando clases. Me deprimo porque que nunca me va a dar bola. Se calla y me mira. Sostengo la mirada sin saber qué decir. Sonrío y sonríe. Bajo la vista y se acerca a mí.

Una protuberancia erupciona en su espalda. Me alejo asustada, pero enseguida noto que de esa deformidad nacen un par de maravillosas alas. Él las agita y muestra su gracia. Se eleva un poco y extiende los brazos. Me aferro a sus manos y me dejo llevar. Flotamos. Desde arriba todo se ve más lindo.

Siento un cosquilleo tibio en la espalda. No me da miedo. Nada malo puede pasar. Descubro que también a mí me salen alas, que también yo puedo volar. Y subo, y sube. Y sube, y subo más.

Los días se convierten en semanas y las semanas en meses. Ya estamos muy alto. No sospecho que mañana, cuando despierte, me encontraré sola y lo veré allá abajo, sin ánimos de seguir volando. Entonces la altura me dará vértigo y un vacío me carcomerá por dentro. Caeré. Me desarmaré en el asfalto. Después pasaré un buen tiempo juntando mis restos.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Tina Muzi

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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