Pese a que me dedico a la literatura, no sé qué es la poesía. O tal vez sería más cercano a la verdad decir que sí sé, pero se me complica explicarlo. Sucede que la poesía es más una determinación que un hecho, una actitud antes que un resultado. De alguna manera, es la decisión de trabajar sobre los límites del lenguaje, retorciendo, resignificando, explorando la capacidad expresiva de la palabra para crear un mundo posible. Todo buen poeta, me parece, tiene la difícil tarea de ser el dios de su creación.

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Pensar que un libro ilustrado puede ser una forma particular de poética no es alocado, porque implica buscar nuevos territorios para la palabra. Conviene aclarar que entender la ilustración como una muleta para que el lenguaje concrete la significación que no puede obtener por sí mismo es un error burdo; tampoco se trata de un juego de complementos, un encastre casi infantil donde de imagen y palabra se sostienen mutuamente. La verdadera apuesta del libro ilustrado es llevar al plano plástico la exploración poética de la palabra.

PABLO

No estoy seguro de que esta larga introducción venga a cuento, pero la verdad es que en todo esto me hace pensar en la obra del escritor e ilustrador argentino Pablo Brocha Médici. Con varios libros publicados, Médici es dueño de un estilo propio que tiene su clara génesis en la rica tradición del humor gráfico argentino, pero que avanza en la conquista de otros espacios plásticos: el contraste drástico y la forma limpia de los fauvistas, la libertad expresiva de Picasso, la plasticidad de Modigliani son patentes en cada uno de sus libros. El gusto de Brocha por los grandes pintores no es idea mía: su libro El arte no sirve para nada se compone de pequeñas historias inspiradas en obras de grandes artistas plásticos.

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Pero no es esto lo que me asombra de Médici, sino la capacidad de crear una poética personal, de generar un mundo que se rige por sus propias normas. Un claro ejemplo de esto vemos en Barquitos de papel, libro que parte de una idea sencilla: un niño establece un vínculo con su enamorada a partir de la construcción de pequeños barcos de papel. Con su estilo aparentemente simple y una precisa utilización del color pleno en contraste con medidos toques de textura, Barquitos de papel parece dibujado con crayones, lo que nos devuelve no solo a la infancia del protagonista, sino también a la nuestra. Otro tanto puede decirse de Monstruos en el pelo y Paloma, libros con los que Médici construye su trilogía esencial.

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A la manera del genial Oski, Brocha rediseña el mundo sin empequeñecerlo: lo simplifica evitando restarle profundidad, porque su apuesta está en mostrarlo no como es, pero tampoco como debería ser, sino como sus personajes lo sienten. Al igual que la célebre catedral de Van Gogh, sus ciudades respiran, sensación acentuada con habilidad por la utilización de un trazo que simula cierta desprolijidad, como si trabajase al paso, con la celeridad de un amor que necesita ser concretado para no perder su pureza. El fraseo corto de su escritura suma belleza, porque logra trasmitir emoción con pocas palabras. Cuando llegamos a los desenlaces, las metáforas se cierran con sutileza. La palabra se trasforma en otra cosa: Médici acaba de crear su propio lenguaje delante de nuestros ojos; en eso reside la capacidad de conmover que tiene sus libros.

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El recorrido por la obra de Médici podría continuar con Amores, libro en el que la ilustración pasa a un segundo plano y Brocha la emprende de manera directa con la poesía, o con la belleza de Esa historia que nunca pude contarte, hermosa muestra de su capacidad plástica: todas facetas de un universo único, lúdico, creativo, que cruza referencias cultas y populares, pero encuentra siempre una forma personal y distintiva.

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Algo malo tienen los libros de Médici: se leen rápido. Uno siente la necesidad de cartografiar más de ese continente imaginario. La buena magia, me parece, es la que siempre deja con ganas de más.

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